|
Capítulo
6. La fiesta de disfraces.
El
aire fresco de la madrugada me hizo comprender que todo lo que había
pasado esa noche, tarde o temprano tenía que suceder; aunque me había
sorprendido el fuerte impulso con el que se había acelerado mi proceso
de transformación. Ese que siempre mostraba avances y retrocesos. El
detonante fueron los momentos mágicos en los que Nío, con su
comportamiento dominante, descubría mi faceta oculta, consiguiendo que
le desease aún más, completamente a ciegas y… con todas mis fuerzas.
La necesidad de volver a sentir, como una droga, las sensaciones
recientemente vividas, las que me ataban a él, empezaron de nuevo a
torturarme. Ya era presa, sin vuelta atrás, del endiablado Nío, el que
ha conseguido que recorra ese camino final sin cautelas, que flote
hacia él, que sea otra Lydia muy distinta, transformada. Una mujer
diametralmente opuesta a aquella que no sabía si quería recorrer un
camino, pero sí tenía claro que de quererlo, sería despacio, que no
deseaba dar el paso final para abandonarse a la lujuria de esa pareja,
que no quería engañar a su novio, que se arrepentía nada más haber
traspasado la línea de la decencia. Por el contrario, ya era una mujer
que se identificaba y se sentía a gusto en su nuevo papel de obediente
y perversa zorrita; una mujer que ansiosamente esperaba satisfacer las
más oscuras intenciones de su amo, sin asustarse ni dudar; una mujer
que deseaba escuchar la salvaje llamada del único hombre que hacía que
sus entrañas explotasen en un festival de placer y abandono.
A la vez, todo lo que estaba sucediendo me generaba inseguridad. En mi
retina todavía flotaba el abrazo entre ambos, Nío y Eva, una unión que
podría retomarse y hacer que todo se rompiese, que el frágil equilibrio
que creía tener, saltase por lo aires. Ella seguía atrayéndome, eso no
lo dudaba, pero en su papel de empleada y ex-amante era capaz de
cualquier cosa por obtener de él esos gestos de deferencia. En ese
momento ya estaba completamente convencida de que los hechos que me
conducían a entregarme a él, habían sido premeditadamente pensados y
diseñados por ambos, o mejor aún, ordenados por Nío para conseguir que
me atenazara la angustia de no tenerle conmigo, de no sentirle a mi
lado y dentro de mí. Lo que hubiese dado por ser la elegida, por vivir
de una manera interminable el momento en el que ambos compartíamos esa
pequeña estancia, solos, sin intrusos. Pero, al parecer, eso tampoco
estaba en su guión. Sus actos estaban planeados meticulosamente, sobre
todo los que se desarrollaron cuando ambas luchábamos por la conquista
de nuestro hombre. Dos hembras en pleno combate buscando ser “la
elegida”.
Sin valorar ese juego, el recuerdo de las impresiones físicas todavía me
hacían temblar: sentir su polla dentro de mi boca había sido una de las
sensaciones más increíbles del mundo, por lo deseada y por la maravilla
que fue, hasta el punto que anhelaba estar lamiéndola sin descanso.
Tenía que reconocer que Nío me había traspasado más de lo que yo a él,
o, mejor dicho, lo suyo me parecía mucho más intenso. Aunque tenía
claro que era solo el principio, que él estaba dispuesto a premiar mi
entrega, cuando se diese, con mil y un placeres, pero debía esperar
sumisa a que él me lo ordenase, me lo pidiera o atendiera mis súplicas
por sentir su dura verga dura dentro de mí, como si eso fuera lo
únicamente necesario para sobrevivir, el fin mismo de mi vida.
Ya no quería otra cosa que sentir lo que sentía, ya no deseaba nada más…
nada más me importaba que él, su cuerpo desnudo para mí y ofrecerle a
cambio todo lo mío. Volver a acariciar su polla e introducirla en mi
boca, sentir ese sabor, paladearlo y esperar cualquiera de sus
perversos mandatos, cumplir sus deseos hasta por fin conseguir que él
penetrase mi coñito caliente; una de las partes de mi cuerpo que ya le
pertenecía y quería regalarle. Sé que con mucho gusto y con fuerza
abrazaría su miembro, estrujándole hasta sacarle hasta la última gota
de su rico néctar. Este pensamiento de entrega absoluta y pertenencia
sin condiciones me producía un placer indescriptible. Ese debía ser mi
regalo, mi compensación al momento tan divino que me hizo vivir entre
bastidores.
Cuando me acosté, Carlos no había llegado aún, sólo me preocupó que
hubiese tenido algún percance, nada más. En mi cabeza había poco sitio
para él, casi todo lo ocupaba una idea obsesiva: Nío. ¿Cuándo me
llamará? ¿Cuándo me permitirá ir a su lado? ¿Cuándo me dirá lo que
quiere que haga? ¿Cuándo me dejará besarle, abrazarle, sentirle mío?
¿Cuándo podré perderme en sus brazos y ser poseída hasta el final?
Presentía que mi vida tenía poco sentido si él dejaba de ser mi dueño y
yo su esclava. “Por favor... llámame a tu lado...” me oí decir en voz
alta con los labios temblorosos antes de perderme entre las
irrealidades del sueño más acogedor del mundo.
La noche fue larga y mis sueños no los recuerdo bien, pero tuvieron que
ser muy intensos pues amanecí empapada en sudor, un sudor que abrigaba
la parte más íntima de mi ser. Era como el reflejo que queda de una
noche grandiosa, de un recuerdo de esos agradables sueños que en algún
momento fueron realidad, pero al tiempo un sudor frío de miedos aun
pegados a mi piel y que seguían invadiéndome, a pesar de mi clara
intención por expulsarlos, desecharlos, evitar que cumpliesen su papel
entorpecedor de mi placer.
Al despertarme Carlos no había llegado aún a casa y eso me intranquilizó.
Busqué el móvil en mi bolso: dos mensajes y cinco perdidas. La primera
llamada era de él, a las cuatro, seguramente cuando intentaba buscarme
y yo andaba bastante perdida o no quería encontrarme, solo llamar para
interrumpir algo. Las demás llamadas, también suyas, a distintas horas
de la noche y de la madrugada. Saber que me había llamado tantas veces
me serenaba, indicaba que no le había pasado nada grave y, sobre todo,
se preocupaba por mí, lo que haría menos traumático y doloroso el
momento de enfrentarse a tantas cosas. Me fui en busca de los mensajes
pensando que también eran suyos. Sin embargo, no procedían de su
teléfono sino del de Eva: “Espero querida que con nosotros hayas pasado
unos buenos momentos; creo que ya has disfrutado una parte de tu
recompensa”. Era confuso, no sabía muy bien cómo debía entenderlo,
¿cómo un reproche? ¿Una cuenta pendiente? ¿Mi futuro más inmediato?
El segundo mensaje era más conciso pero no más claro: “Llámame en cuanto
te sientas liberada”. Tampoco entendí muy bien lo de “liberada”,
supongo que no pretendía que me deshiciera de Carlos, ¿o quizás ese era
su plan? Vamos, el de ambos, claro.
Justo en el momento en que me disponía a telefonear a Eva y a intentar
aclarar algunas dudas, oí la puerta de casa. Era Carlos, con cara de
cansado y de cierta preocupación. Se acercó a mí y sin mediar palabra
me abrazó, lo hizo intensamente fuerte y me sentí una desamparada entre
sus brazos protectores, muy necesitada de su cariño y comprensión. Así,
permanecimos unidos, cuerpo contra cuerpo, enmudecidos, trasmitiendo
nuestras sensaciones a través del silencio de la madrugada,
directamente al interior de nuestras mentes. Pero, aunque no hacía
falta hablar para comprendernos, para entender nuestras sensaciones,
enseguida el silencio empezó a angustiarme.
-Carlos– dije separándome de él y mirándole fijamente a los ojos.
-No, no digas nada. Creo que esto era algo que tenía que pasar, lo
necesitábamos.
Nunca antes me había hablado así, con esa comprensión, con esa sensatez,
parecía otra persona, quizás era su cansancio y confusión lo que le
tenían aturdido. Para no generar ningún tipo de duda insistió:
-Cariño, eres lo más importante de mi vida y sé que a pesar de mi viaje
a Francia no me has reprochado nada, teniendo todo tu derecho de
decirme…
No le dejé continuar. Le besé tiernamente en los labios y su sabor me
trajo de golpe todo el cariño que tantas veces había buscado en su
boca, y que ya casi no recordaba. En ese momento sentí que todo iba a
cambiar entre nosotros, no sabía en qué dirección, pero esos besos
estaban haciendo que una etapa de mi vida concluyese. No pude evitar
que Eva y Nío se colasen en mi mente, entre los labios de Carlos y los
míos. Ellos podían ser los artífices y responsables de la vida que de
forma subyugante se abría ante mí.
Lo percibí todo claro. Las dudas que tanto os he intentado transmitir las
vi ordenadas en cada uno de los platillos de una gran balanza. En un
lado, las que crecían y eran irremediables, las que se referían a mi
relación con Carlos porque le seguía amando, es más, creo que le amaba
más que nunca; y, en el otro, las que se habían ido reduciendo hasta
desaparecer, las que antes se interponían entre Eva, Nío y yo. Esas ya
no existían. ¡Les deseaba a los dos! De igual manera, sin soportar la
deserción de ninguno de ellos.
Eso fue lo que comenzó a aclararse con la luz del día. Nunca me hubiera
creído capaz de amar, de manera diferente pero con igual intensidad, a
dos personas a la vez. Aunque nunca antes había vivido una sensación
tan placentera, tan intensa, tan adorable, tan estrambótica y perversa
que me hiciese sentir tan llena de vida, a pesar de que lo mío con
Carlos nunca fue inerte. Antes de la inauguración de Fantasía no había
engañado a Carlos con nadie, nunca, pero lo sucedido primero con Eva y
después con Nío no lo consideraba un engaño vulgar, sino más bien algo
cercano a la necesidad de respirar, al deseo de sentir, al anhelo de
volar. Algo vital y necesario.
El epicentro de mis titubeos
era la idea de volver a engañar a Carlos, de ese manantial brotaba mi
lastre torturador que se convertía en bloqueo a la hora de disfrutar
plenamente de la dichosa ex-pareja. Por mi bien sabía que debía vencer
ese escrúpulo, ahuyentar esos temores, por lo que llegué a pensar en la
ruptura, eliminar lo que parecía interponerse entre mis objetivos,
acabar con nuestra relación, pero me asustó el dolor de su ausencia,
perder a quién amas siempre es doloroso. ¿Decírselo? ¿Intentar que
comprendiese que mi amante era mi necesidad y tratar de convencerle que
no podía dejar de quererle a él? Sé, que ese amante no iba a cubrir las
lagunas más emotivas que dejara Carlos. Nío me usaba y me volvía loca,
pero no estaría cuando realmente necesitara cariño y ternura, y ahí
residían mis más fuertes miedos.
No voy a ocultar que me había convertido en toda una furcia, la atracción
por su polla hacía que mi cuerpo le perteneciese, que mi mente
obedeciese cualquier orden suya. El deseo y la obsesión siempre pueden
más que la cordura. Sabía que si, tal y como prometió, me llamaba para
follar, no me iba a resistir y después ya no habría vuelta atrás.
Entonces, Carlos debería saberlo para atenerse a la nueva situación,
esto es lo único que tenía claro. Sabía que me había visto con la verga
de ese hombre en mi boca, y aunque esos momentos habían sido muy
explosivos, también fueron incompletos, fugaces, tan solo mi primer
paso hacia él, no una carrera a ciegas en su dirección. Diréis que soy
una clásica, pero el no haberme sentido inundada por el miembro de mi
amante (¿él lo era?), hacía que todavía no me sintiese en la etapa que
cada vez deseaba con mayor inquietud y ardor.
Durante la semana siguiente Carlos y yo no volvimos a hablar del tema. No
sé muy bien si por querer ocultar nuestros respectivos miedos o por el
temor de saber los sentimientos del otro. Intentando evitar meternos en
un túnel sin salida, guardando secretos que paradójicamente nos
mantenían más vivos y dependientes que nunca. Ambos estábamos
modificando nuestra forma de pensar, se intuía. También era lógico,
¿no? Si yo andaba loca de noche y de día pensando en Nío, él estaría
haciendo lo propio con la preciosa Eva. Esa extraña pareja nos había
sorbido el seso hasta el límite de llegar a convertirse en nuestras
ardientes y continuas obsesiones.
Esos días andaba intentando encontrar la manera de hablar con Carlos, para
liberar la tensión, explicarle lo que me estaba sucediendo, contando
con su nuevo planteamiento sobre nuestras vidas, y encaminar nuestra
relación hacia un lugar común, en el que ambos cupiésemos y, además,
quedase sitio para nuestros deseos ocultos. Una tarde, justo en el
momento en el que había decidido hablar con él, ya sabéis que a los
hombres les cuesta más:
-Lydia, es una llamada para ti– dijo tendiéndome su móvil.
-¿Para mí? ¿En tú teléfono?– contesté muy sorprendida.
Me coloqué el auricular sin pensar de quién pudiera tratarse, pero el
asombro fue mayúsculo:
-¿Quién es?– pregunté.
-Hola Lydia guapa, ¿cómo estás?– la inconfundible voz de Eva me dejó
muda.
Miré a Carlos intentando ver en sus ojos algún atisbo de cordura, algo que
me condujera a saber cómo actuar en algo que no tenía ninguna salida
airosa, pero no encontré respuesta; a cambio y curiosamente, sólo con
oír la voz de Eva mis pezones se pusieron duros como piedras.
-Lydia, Lydia… ¿estás ahí?– insistía ella.
-Si, Eva, perdona.
-¿Por qué no has contestado a mis llamadas? ¿Supongo que no estarás
arrepentida de haber sacado de tu interior esa lujuria que tanto
necesitabas exteriorizar?
-Yo… Eva… ahora no puedo… mejor hablamos en otro…
-¡Oh!, por Carlos no te preocupes, ya he hablado con él. Verás, no
debes torturarte, lo bueno hay que vivirlo y lo malo hay que
desecharlo. No debes preocuparte ni sentirte mal. Los dos habéis
experimentado grandes sensaciones, bueno yo también debo incluirme,
tenéis que recordarlas con el mismo placer que las recibisteis. No es
momento de pensar en que si lo hecho no debería haber sucedido, sino
más bien, es hora de buscar emociones más fuertes, de compartir, de
vivir la vida, de hacer en vez de pensar.
Eva parecía estar leyéndome el pensamiento. Sin duda su sabiduría en la
cara oculta de nuestros pensamientos era enorme, hasta el punto de
verme empequeñecer mi voluntad y sentirme una vez más dispuesta a
cualquier cosa que aquella voz junto a la de Nío me ordenase.
-Mira Lydia, creo que lo mejor en este caso es que nos veamos todos con
una buena excusa.
-¿A qué te refieres?– inquirí con una creciente excitación dentro de mi
estómago.
-Vamos a celebrar el aniversario de Fantasía con una fiesta especial
para clientes y amigos exclusivos.
-¿Aniversario?– dije incrédula sobre el paso tan vertiginoso del
tiempo.
-Si, mañana se cumplen tres meses de su inauguración, ¿recuerdas aquel
día?
De nuevo, me vi transportada a los pensamientos que intentaba ocultar y me
dejaba caer, manejándome a su antojo en aquel laberinto que volvía a
calentarme. Las imágenes atropelladas de Nío, su polla, la pareja
diabólica, incluso Carlos con Eva, me empezaron a excitar, a ponerme
muy cachonda.
-Lydia, os esperamos… recuerda, mañana a las 10 de la noche. Es una
fiesta de disfraces. Nío también tiene muchas ganas de veros.
-¿Nío…? Pero Eva… nosotros…
-Carlos está de acuerdo, borra esos malos pensamientos de tu mente y no
te tortures, preciosa.
Eva no me dejó contestar, todo parecía ya decidido, nada de
arrepentimientos, nada de excusas. Me asustaba la claridad del
planteamiento pero, no lo voy a negar, me facilitaba mucho las cosas y
hacía menos necesaria mi conversación con Carlos. Una sensación de
plenitud y rica obligación me arrastró, y me sentí enteramente deseosa
de acudir a esa fiesta. Además, por primera vez parecía que los cuatro
sintonizábamos la misma emisora.
Nada más cerrar el móvil, Carlos me estrechó con fuerza por la cintura y
me dio un apasionado beso en la boca.
-¿Dé qué vas a ir, cariño?– preguntó con una sonrisa de complicidad y
como si todo aquello formase parte de la cosa más natural del mundo.
-Pues… ya sabes que hay dos disfraces que me vuelven loca.
-¿El de colegiala, tal vez?– dijo recordando una de las últimas fiestas
a las que fuimos y que anduvo todo el rato preocupado por mí y por el
resto de los mortales que acudieron a esa fiesta.
-No, el otro.
-Vaya, el de la piruleta me vuelve loco, pero, si no recuerdo mal, no
te referirás… al de… Ufff.
-Sí, el de enfermera caliente y dispuesta a todo, ya sabes.
-Otra vez me va a tocar cuidar de ti en la fiesta.
-No temas, creo que no serás el único que lo haga, jejeje- y seguí
besando sus labios mientras casi se me hacía palpable la sensación de
ese doctor que me auscultaba de la forma en la que lo hacía a sus
pacientes de Hospital ardiente. Me abrasaba en deseos de saber si el
anfitrión iba a admitirme en su equipo médico.
Como una posesa desabroché el pantalón de Carlos, y me lancé a engullir su
polla que, en breves segundos, hice crecer en mi boca hasta mostrar una
dureza pétrea y a la vez diferente y renovada. Mi coño comenzó a
humedecerse al saber que la situación nueva que se abría ante nosotros
le excitaba también a él; su Lydia iba a buscar las manos de un
perverso doctor y él parecía desear que eso ocurriese. Carlos iba a
intentar dar caza a mi dulce Eva y eso le tenía en excitación continua,
pero lo mejor de todo era que a mí, también. No le dejé que me follase,
quería que se corriese en mi boca, no dejar de sentir aquellas venas
tan marcadas por la sangre contenida en su miembro, saborear esa
excitación múltiple y tan sólo dejar que desde atrás y encorvado hacia
mí, chapotease con sus dedos en las puertas de mi coño, para acercarme
también al éxtasis, y poder pensar así que esa polla, la de mi novio,
era bicéfala, siendo a la vez la de Nío.
Cuando empecé a sentir sus espasmos y la presión que hacía sobre mi cabeza
para que la tragase toda, la memoria me transportó a aquella noche en
que alcancé, lo que ha sido seguramente el mayor de los placeres que he
tenido en mi vida. Sus piernas temblaban porque indudablemente él
también estaba más excitado de lo normal y además hacía bastante tiempo
que no lo hacíamos y, más aún, que le dejase correrse en mi boca y de
pie. Se dobló sobre si mismo mientras disparaba sus andanadas de semen
directamente a mi garganta y con temblores en sus dedos, buscó de nuevo
la babosa entrada de mi coño para ayudarme en lo que a mí misma me
estaba procurando: un orgasmo bestial que nos hizo caer al suelo entre
fuertes suspiros, temblores, gritos de placer y una sensación tan
liviana que al momento comencé a volar en sus brazos.
Desde ese momento, el poder de Eva y la sombra de Nío, comenzaron a vivir,
sin remedio, entre nosotros do, formando parte de nuestros momentos más
íntimos.
Al día siguiente, preparé con esmero mi vestimenta para aquella cita,
procurando no pasar por alto ningún detalle. “La enfermera perversa”
podría ser el nombre de mi atuendo: batita reducida, supermini y muy
escotada, ayudada por un sujetador que realzaba más mi pecho; unas
medias de rejilla blancas con ligueros; un tanga blanco, naturalmente,
y unos zapatos de plataforma bastante más altos a lo que estoy
acostumbrada. Para rematar una pequeña cofia con su cruz roja y todo y,
una pintura de guerra de lo más seductora, desproporcionada con una
enfermera habitual y muy en línea con toda una zorrita buscona. Carlos
se decidió por un disfraz que me ponía muchísimo: obrero de la
construcción irresistiblemente sexy, con camiseta blanca muy pegada a
su cuerpo que, manchada intencionadamente, mostraba su musculatura;
pantalones vaqueros ajustados; un casco blanco para rematar la faena y
una barba de tres días que le hacían más salvaje y deseable que nunca.
Mi Carlos volvía a brillar a mis ojos.
Nos volvimos a encaminar, como hacía ya tres meses, hacia la entrada del
infierno, hacia Fantasía, pero con la diferencia de todos los cambios
que se habían producido a nuestro alrededor y, sobre todo, dentro de
mí. Carlos iba soberbio y hasta se le veía orgulloso de llevar a su
lado a la enfermera putita. Algo inaudito en su comportamiento machista
y desde luego con muchísimas más ganas de las que demostró en aquella
inauguración. A medida que me iba acercando, mi corazón latía con un
estrépito creciente, alocado, ofreciéndome sus servicios y
anticipándome que esa noche estaba dispuesto a cambiar de ritmo todas
las veces que yo quisiese. Yo estaba decidida a darle trabajo,
iniciando una estampida cuando nos plantamos en el umbral del Sex-shop.
Nío salió a recibirnos como aquella otra vez, pero en esta ocasión
vestido de “Doctor maléfico”, aquella misma bata que mostraba en sus
películas y que tanto soñé y disfruté, su fonendoscopio colgado del
cuello y sus ojos brillantes, más brillantes que nunca.
-No voy a decir que me sorprenda veros por aquí, pero sí que se os ve
radiantes. Y tú, mi preciosa Lydia, estás tan arrebatadora con lo que
se atisba debajo de tu abrigo que no voy a tener más remedio que
contratar tus servicios para mi equipo del hospital ardiente– sus
palabras me abrasaron: le había gustado mi atuendo y a mí me encantó
que así fuese porque iba a ser yo misma la que solicitase un puesto en
su consulta.
-Buenas noches, Nío– soltó Carlos mientras estrechaba su mano y
deshacía en gran medida el encanto del doctor.
-Gracias por venir, Carlos. Esta noche no hay rosa de bienvenida pero
me vas a permitir que bese a tu princesa como ella merece y como no
hice entonces– terminó su frase mirándome directamente a los ojos con
una expresión tan embriagadora que fui yo la que ofrecí mis labios para
recibir un liviano pero prometedor beso de aquellos labios que
abrazaron los míos con su calor y que me hicieron temblar como nunca.
-Bueno, Nío, ya sabes que una fiesta así siempre promete ser, por lo
menos, entretenida. Por cierto, te queda que ni pintado ser médico, no
te falta detalle, incluso tienes éxito con las enfermeras, como todo
buen doctor que se precie.
-Pasar dentro, por favor, voy a quedarme un poquito por aquí, todavía
no han llegado algunas de las personas que no quiero que hoy falten–
nos dijo Nío y con esa frase se me hizo un pequeño nudo en la garganta,
porque esa noche esperaba que para él no hubiese nadie más especial que
yo.
-Ah, por cierto, podéis encontrar a Eva en la barra– añadió con su
espectacular e irónica sonrisa.
Esta fue la frase que hizo más mella en Carlos y, nada más entrar, quiso
confrontarla con la realidad. En la barra más cercana a la entrada
estaba ella, su dulce y, también, mi dulce Eva, con la seguridad que
siempre le caracterizaba, dominando la escena. Al observarla de lejos,
siempre me ataba al lugar en el que estaba para disfrutar de esa
visión, tan sensual, tan arrebatadora, tan electrizante y, esta vez,
con una cofia de enfermera clásica en su cabeza, dejando algún mechón
caer por su frente… infinitamente bella. ¡Que coincidencia!
Nada más vernos dejó la atención del bar para salir a nuestro encuentro.
Estaba exquisita y lucía unas piernas deslumbrantes y enfundadas en
unas medias blancas muy parecidas a las mías. Tuve ciertos celos de que
ese cuerpo que imantaba las miradas de todos los allí reunidos llevase
el mismo atuendo que yo. Había mucha variedad de disfraces pero,
paradójicamente, nosotras dos éramos las únicas del ramo de la salud.
Tuve esa sensación que una mujer siente cuando alguien va vestida como
ella, en el mismo sitio. De nuevo aparecía en mi interior la sombra de
la competencia con aquella preciosa mujer. Pero, al sentir cómo sus
labios rozaban los míos mientras me susurraba al oído: “Hoy será el
día”, no tuve ningún temor; supe que estábamos en el mismo bando y
sentí como un agradable calor me recorría por dentro a la vez que hacía
despertar de nuevo a mi dispuesto corazón.
La observé mientras besaba con delicadeza a Carlos que no dejaba de
mirarme de reojo, buscando en mis ojos, primeramente, la aprobación
aunque en un segundo su mirada se tornó provocadora y, finalmente, dejó
escapar un destello de complicidad. Me volvió a demostrar que era una
delicia de mujer, que seguía siendo protagonista de mis fantasías,
dentro de las cuales y, en más de una ocasión, era una de las
enfermeras que me ayudaba a atender al Doctor Nío. Totalmente deseable
a mis ojos, ensalzada por los tacones altos que habían sustituido a los
cómodos zuecos del atuendo real. Y se movía con la gracia de una
pantera en libertad, imprimiendo a su cuerpo una cadencia que
embelesaba al más despistado de los allí presentes. Traviesa, pensé que
Carlos iba a tener difícil conseguir esa noche las atenciones de esa
diosa, aunque no iba a ser yo quién compitiese con él, mis objetivos se
dirigían en otra dirección.
Nada más lejos de la realidad. Vi como daba ciertas instrucciones a otra
camarera, disfrazada de niña mala y perversa, con coletas, camisa
blanca, corbata y falda plisada, otro clásico que no podía faltar en
una fiesta como esa. Se quedó con nosotros después de habernos traído
una botella de cava bien frío. Recordaba nuestras apetencias de la
última vez que nos vimos en la discoteca. Ufff, el cava me hizo pensar
en el cuarto de la pasión, pero a diferencia de otras veces, mi mente
no voló al momento en el que la polla de Nío se perdía en mi boca sino
que se inundó con el sabor de su semen mezclado con la saliva de Eva.
Esa era la visión que tenía al mirarle los labios, algo que se estaba
transformando en un fuerte deseo de besarlos salvajemente. Me contuve,
aunque solo en parte, porque acerqué mi boca junto a su oído para
decirle lo guapa y morbosa que estaba aprovechando para dejar caer mis
labios sobre su cuello. Eva se estremeció y Carlos fue testigo de la
caliente escena.
-Bueno, preciosas, veo que esta noche puede pasar cualquier cosa. Solo
os pido un favor, que no me deis esquinazo como la otra vez. Creo que
he demostrado que soy de fiar, ¿no?
-Pues claro que sí, Carlos– dijo Eva sellando el compromiso con un beso
que era algo más que un saludo.
-Eva, veo que ya estás atendiendo a nuestros invitados debidamente,
¿no?– afirmó la voz de Nío a mi espalda mientras con una mano buscaba
las formas que se escondían debajo de la prenda que me cubría el
disfraz. Le dejé hacer, ¡Como no!... era el dueño de lo que estaba
tocando. Mi cuerpo se dilataba en su presencia y agradecía cualquier
caricia por descarada que fuese.
-Pero traed vuestros abrigos, por favor, los disfraces son para
mostrarlos– dijo Eva recogiendo lo que ambos le entregábamos con las
ganas de incorporarnos a la fiesta en toda regla.
-Espera Eva, te acompaño a dejarlos, siempre que a Lydia no le importe–
dijo Carlos casi sin mirarme y, por supuesto, sin que sus palabras
implicasen ningún tipo de petición.
-Ve, Carlos, ve. No te preocupes por mí que me quedo en buenas manos– y
nunca mejor dicho porque mi deseado doctor ya había empezado,
ligeramente vedado por los cuerpos que a nuestro alrededor bailaban, a
hacerme un reconocimiento por las curvas de mi organismo bajo el
reducido atuendo que lo envolvía.
Comencé a bailar a su alrededor mientras apuraba casi de un sorbo el
contenido burbujeante de mi copa. Como estábamos relativamente cerca de
la barra, a Nío no le fue muy difícil, alcanzarme la botella y rellenar
mi copa sin dejar de mirarme fijamente a los ojos y a mi sexy disfraz.
-¿Qué quieres, emborracharme?
-Nada más lejos de mi intención. Te quiero serena, quiero disfrutar de
ti y que nada se interponga entre ambos y quiero que lo sepas y lo
entiendas como un deseo por mi parte.
-Ya sabes que lo que tú desees que haga es lo que a mí más me hace
disfrutar.
-¿Eso lo tienes totalmente claro, Lydia?
-Tan claro como para decirte que soy tu verdadera putita y que puedes
hacer conmigo lo que quieras, ya me ocuparé de disfrutar con lo que tú
me hagas, Nío.
-Uhmmm, veo que has aprendido perfectamente tu papel– dijo eufórico
mientras volvía a apretar mi culito hacia él para que sintiese el
efecto que habían causado mis palabras en su entrepierna.
-Nío, ¿de esto tengo yo la culpa?– le dije apretando los dientes al
acabar la frase y entornando los ojos, como estoy seguro harían las
viciosas protagonistas de sus películas. Sabía que estábamos a la vista
de todos, pero cada vez me importaba menos. Como no me llevase a un
sitio más protegido de los curiosos no iba a poder controlar mis
impulsos hacia él.
-Sí, el pequeño Nío te está saludando, creo que te ha olido; aunque
también es posible que quiera tener una conversación con lo que
encierras bajo esa bata de enfermera caliente que te has puesto– y
diciendo esto se apretó hacia mí para que nadie advirtiese que el dorso
de su mano acariciaba mi Monte de Venus, demasiado accesible para él
gracias al ofrecimiento que le hice avanzando mis caderas
descaradamente hacia su cuerpo, como una perra en celo que quiere que
su macho compruebe la mercancía que lleva entre las piernas.
Con suma habilidad, cosa que no me sorprendió, logró introducir sus dedos
entre la abertura de mi bata y pasar sus uñas por la entrada de mi
cueva, que estaba ya húmeda y recibía de muy buen grado ese avance del
doctor. Su dedo corazón presionó más decididamente sobre mi tanga,
hasta conseguir que buena parte de la tela se metiese por la raja de mi
coño y que debido al estado se quedase allí, dándome un suave masaje
textil. Era un verdadero cabrón. Hacia ya un tiempo que no era capaz de
articular palabra y sólo estaba pendiente de sus manejos en el vértice
de mis piernas. Sus dedos iniciaron, muy sutilmente, una danza que yo
sabía podía acabar en temblor si seguía haciendo eso con mis jugosos
tesoros.
A nuestro alrededor, el fragor del baile iba cada vez en aumento, y los
vapores etílicos hacían que las múltiples profesiones que se daban cita
en la pista mezclasen sus cuerpos en una danza de pasión cada vez más
lujuriosa. La promiscuidad y la temperatura del lugar confundían a las
parejas y les hacía desviar sus caricias en cualquier dirección. Las
cosas habían cambiado mucho en tan poco tiempo, tanto que estaba segura
que nadie atendía a lo que mi acompañante pudiera hacer entre mis
ropas. Es más, sentía, cada vez más frecuentemente, como otros cuerpos
y, sobre todo, otras manos, sin importarte su identidad, se dedicaban,
de forma, sutil, a acariciar mi culo, llegando en algunos casos, a
deslizar sus manos bajo mi bata y juguetear con mis desnudas nalgas que
ocultaban mi precioso y empapado tanga. Estoy segura que Nío se daba
perfecta cuenta de la promiscuidad de sus invitados de ambos sexos y
del sobeteo descarado que me estaban proporcionando pero disfrutaba
observando mi reacción de zorrita totalmente entregada a las
innumerables manos de los ayudantes secundarios siempre bajo su
supervisión como doctor principal. Y así era porque siempre que notaba
que alguien se deslizaba detrás de mí, se acercaba a besarme con toda
la intensidad que podía y, debo confesar, que eso me tenía al borde del
ataque. Cómo me podía gustar tanto que me besase mientras otros me
metían mano. Ese cabrón sabía anular mi voluntad. Es más, cuando él me
besaba y yo sentía como una mano intentaba buscar un hueco entre mis
nalgas, acercaba mi culo hacia la caricia furtiva para facilitar su
trabajo y desear que fuera todo lo atrevida como para que alcanzase mi
coño, por segundos, y así calmar el fuego que me abrasaba. Necesitaba
que algo entrase en mí cuanto antes. Me sentía una puta deseosa de un
macho. Estaba cachonda como nunca y mis piernas ya comenzaban a temblar
a la vez que mis suspiros se iban convirtiendo en verdaderos jadeos.
Los latidos de mi corazón debían oírse por encima de la atronadora y
exquisita música dance que sonaba en ese momento y que animaba a las
morenas a bailar dándolo todo: “Baila morena, baila morena…” espero que
el autor de la canción perdonase a una rubia que quería darlo todo
también. Sentía unas ganas atroces de agarrar la polla de Nío pero
sabía que eso solo podía hacerlo si él me lo pedía y todavía no lo
había hecho. Me tenía que conformar con apretar mi cuerpo contra él, y
sentirla dura bajo su fina tela. En uno de estos acercamientos:
-¿Te gustaría tocarla, putita? Veo que me miras como pidiendo mi
aprobación para sentir mi polla en tus manos.
-Sí, Nío, ya lo sabes que me muero por disfrutar de esa maravilla, pero
tú…
Con su mano abrazó la mía y la depositó sobre su dilatado bulto,
pudiéndome dar cuenta que, salvo el fino pantalón, ninguna ropa
interior se interponía entre ambos. Aquello me hizo dar un fuerte
suspiro y apretar con pasión aquel trozo de su ser que esperaba recibir
en todas mis puertas.
-Sabía que una zorrita como tú valora que un hombre vaya tan libre– y
me volvió a besar mientras permitía que acariciase a mi gusto todo
aquel manjar.
-Sí, sí, sí, por favor, déjame hacer con ella otras cosas, por favor,
Nío, ahhh, me vas a matar si no me lo permites. Mira como estoy…– y
cogí su mano, arriesgándome a que le pareciese demasiado iniciativa por
mi parte, me subí la falda por delante, inmersa en la promiscuidad de
la abarrotada sala, eché a un lado el tanga, y dirigí su dedo al mismo
centro de mi manantial. Empujé para que su presión me consolase. Nío
movió el dedo dentro de mí durante unos segundos que a mí me regalaron
un placer absoluto y después lo retiró para llevárselo a la boca,
mirarme a los ojos y decirme claramente: “Lydia, eres una gran zorra y
te voy a follar como nunca lo han hecho”.
-Por fin– me oí decir a modo de epílogo y cerré los ojos para atrapar
el momento para siempre. Aquellas palabras me alimentaban la excitación
de una manera sobrenatural.
Con decisión me asió de un brazo y arrastró mi cuerpo a través de ese
enjambre en que se había convertido el sex-shop. Hasta que llegamos a
una especie de pasillo semioscuro, lo que me parecieron miles de manos
aportaron su granito de arena para que mi excitación creciese, si eso
era posible, dado que sentía ya cómo la humedad se había apoderado de
mis bragas y hacía que mis muslos, junto con el sudor más íntimo,
diesen sensación líquida a mi caminar. Me pareció que ese pasillo
conducía a su despacho, pero solo me dejé llevar donde el dueño de esa
maravillosa polla quisiese follarme. En el mismo pasillo supo encontrar
una especie de recoveco que evitaba ser molestados por todos los que
iban al baño. Pero, el muy cabrón, no quería apartarme de la vista de
los posibles curiosos, y a mí, la verdad, me daba ya todo igual,
incluso si el mismísimo Carlos fuese el testigo de aquella escena. Tan
rápido como vino, se fue mi novio de mi mente.
Nío me invitó a seguir bailando y al compás de la música me hacía
disimular para que nadie supiera que ambos ardíamos y que estábamos
decididos a apagar el fuego que desprendíamos. Mientras bailaba se
apretaba a mí, de frente, haciéndome sentir en todo momento su erección
que casi me hacía daño sobre mi frágil pubis. Besaba mis labios,
primero ligeramente y después con una pasión y fuerza que en él me eran
nuevas. Me sentía una mujer muy feliz al comprobar que el mismísimo
demonio estaba muy excitado con una mortal. Acariciaba mi espalda,
deslizaba sus manos vigorosas bajo mi vestido y pellizcaba mis nalgas,
apretándolas con fuerza, mientras que, a la vez, algunos de sus dedos
llegaban hasta mis martirizados pezones bajo el sujetador. Sentía que
me trataba de forma dura, pero me gustaba mucho más que si fuese
delicado y suave amante; me sentía tan puta con él, allí, en medio del
pasillo, que recordarlo me da casi vergüenza. Seguro que éramos todo un
espectáculo exhibicionista, siendo él el dueño y yendo ambos de
expertos en medicina táctil, aunque suponía que algo nos protegía la
escasa luz de esa zona.
Sus dedos acariciaron mi cuello, una de mis debilidades, mientras me
mordía los labios, los lóbulos de mis orejas, aprovechando para
recordarme que nunca iba a dejar de ser su esclava. Me moría de placer
cuando me mordía en el cuello, y a la vez me hacía estremecer con
palabras dominantes. Cada vez me conocía más profundamente y lo ponía
en práctica, haciendo que me sintiese abordada por todos mis frentes,
me daba la sensación que tenía tantas manos como las diosas hindúes,
aunque bien podían ser las de los que por allí pasaban y se sentían
atraídos a hacerlo. ¿Habría repartido consignas a sus íntimos sobre mí?
Lo que tenía claro era que él me acariciaba las tetas y las descubría
dejando las copas de mi sujetador por debajo de mi pecho y a la vista
del que quisiera echar una miradita furtiva. Echó su boca hacia mí y
depositó un dulce beso en uno de mis pezones, lo que hizo que casi me
fuese al suelo de no ser porque él estaba en todo momento pendiente de
mis reacciones. Mis rodillas flojearon ante tanto placer y sus ataques
a mi cuerpo, cual serpientes que lo recorriesen a la búsqueda de
alimento, estaban dando su fruto. Os diré que estaba al borde del
orgasmo pero no quería parecer una mujer que se abandonaba hasta ese
punto. No quería perder la tensión del momento hasta que él no me lo
permitiese. Llevé mi mano a su polla y debo admitir que casi nunca
había sentido algo tan duro y abultado y menos en lugar como aquel… en
un sitio público y a la vista de sus invitados. Sentí unas enormes
ganas de agacharme y allí mismo meterme ese manjar en la boca.
Recuerdo que nada más tocar su polla reaccionó enérgicamente. Me dio la
vuelta, como empujado por un resorte, pegó mi cuerpo contra la pared y
me sujetó por los brazos que había subido por encima de mi cabeza. ¡Que
cabrón! Empujaba mi cara contra la pared sin importarle si pudiera
estar haciéndome sufrir, que no era precisamente el caso, como podéis
imaginar. Levantó mi bata por detrás, noté claramente la sensación de
tener mis nalgas al aire… a la vista de todo el mundo. Retiró el
elástico de mi tanga hacia un lado y empecé a imaginar lo que me iba a
hacer allí mismo, en el pasillo. Estaba como loco, notaba su aliento en
mi cuello, entreverado con palabras que en lugar de ofenderme, como
hubiera sido lo normal, en mi estado me ponían tan cachonda que empecé
a sacar mi culito hacia fuera, ofreciéndolo por si él desease tomarme
allí mismo. ¡Que locura! A pesar de la penumbra, si pasase Carlos se
iba a dar cuenta que a su querida novia se la querían follar allí
mismo, delante de todo el que quisiera mirar. Sentí su miembro
restregándose directamente sobre mí, como si entre nosotros no hubiese
ninguna tela ni impedimento. Uhmmm, ¡Que sensación! Yo seguía sacando
mi culo hacia él, y con el morbo que me daba esa situación el corazón
inició un nuevo baile al que siguieron mis piernas. Cualquier cosa que
Nío hiciese a partir de ese punto iba a hacer que me derrumbase, y él
lo sabía porque enseguida noté como maniobraba con su ropa y allí mismo
sentí una presión infinitamente rica. Se había sacado la polla y me
estaba poniendo la cabeza hinchada, y seguro que enrojecida, de su
amenazante herramienta, en la puerta de mis delicados labios vaginales…
bueno, no tan delicados porque estaban chorreantes de los flujos que
ese diablo ya había empezado a arrancar hacía rato. Mis manos
continuaban sobre mi cabeza y ésta pegada a la pared, presa de aquel
diabólico amante.
-Por favor… eres, ahhhh… un loco… no, no, Nío, aquí no… por favor, no me
trates como una puta… aquí, delante de… Ufff… ¿Qué me haces…? Delante
de todos, no, te lo suplico…- dije a punto de echarme a llorar en una
mezcla de placer y de vergüenza que afloró por el abandono de mi
voluntad. La misma vergüenza y el descaro se entremezclaban
rabiosamente.
-¿Y qué es lo que eres para mí? Dímelo, Lydia.
-Sí, ya… lo soy, soy tu puta, tu esclava, pero… por favor… Nío, sabes
que quiero follar contigo, lo sabes, pero… ahhh, aquí no…– y sentí como
jugueteaba con su glande en las puertas del paraíso, sin entrar. Por
favor... Si Carlos ó Eva… ufff, pueden pasar por aquí… no quiero que me
vean así… como una perra… follada contra la pared, depravada por ti…
llévame a tu despacho… sé que allí… ahhhh…, allí podrás hacer lo que
quieras con mi cuerpo, por favor– supliqué y me pareció que me hacía
caso porque dejé de sentir, a mi pesar, la divina presión de su polla
donde nunca había estado.
Por un momento me temí lo peor, dándome la sensación de que se hubiera
enfadado pero en sus ojos brillaba una clara excitación que me animó a
dejarme llevar casi en volandas hacia su despacho, ese que tan bien
conocí con Eva. Al llegar, Nío abrió con la llave y miró dentro. Con
una sonrisa muy morbosa y agarrando mi cintura me dijo:
-Mira tu misma… ¿crees que aquí habrá sitio para nosotros?
Asomé la cabeza y tuve que taparme la boca para no gritar. Allí estaba
Eva, tumbada sobre la mesa del despacho, con su piernas puestas sobre
los hombros de mi novio y recibiendo una buena ración de sexo por parte
de éste. Con furia, con estrépito, con ganas contenidas, su polla
desaparecía una y otra vez dentro de aquella bella diosa vestida de
enfermera. A pesar de que era mi novio, o lo que todavía fuese, la
escena me subyugó y no podía apartar los ojos de ambos. Eva sujetaba
sus manos en el borde de la mesa para hacer más fuerza hacia la verga
de Carlos, para dejarse clavar hasta el final. Que mujer más ardiente y
más puta… ¿Sería yo alguna vez como ella? O, tal vez ¿Ya lo era?
-Se acabó el espectáculo por hoy– y diciendo esto Nío cerró la puerta
con la duda de si ambos se habrían enterado de la visita de los
improvisados voyeurs.
-Nío, no puedo más, estoy a punto de desfallecer de placer. Llévame
donde quieras, pero fóllame ya, por favor– le volví a suplicar pero esa
vez era para que lo hiciese… donde fuera, en el mismísimo pasillo, si
era esa su voluntad. No quería interferir más, pero necesitaba que me
penetrase cuanto antes y daba igual el lugar.
-Ven, date prisa– y volvió a agarrarme del brazo y arrastrarme
imprimiendo una urgencia morbosa al asunto que nos ocupaba a ambos.
Abrió otra puerta y de pronto me vi en una sala redonda, con muchas
ventanas cerradas a mi alrededor. Joderrr, me había llevado a la sala
de las monedas, el famoso Peep Show, dónde la gente mira como otros lo
hacen, aunque me dijo que ese día no iba a funcionar… Era la fiesta…
nuestra fiesta. Nada más cerrar la puerta, me sacó la bata de un tirón,
haciendo peligrar la tela, y se abalanzó sobre mis duros pezones. Yo no
pude resistir más y le pedí permiso para agarrarme a su polla que
enseguida recuperó la prestancia de hacía un momento. Me quitó el
sujetador con habilidad y mis tetas quedaron a su antojo, para ser
lamidas y chupadas como le vino en gana. Las maltrataba, pero mi
excitación era tan grande que me daba igual. Mi señor quería mi cuerpo
y allí estaba yo para dárselo y, de paso, disfrutar como no recordaba
en toda mi vida. Me metió de golpe un par de dedos en el coño y oí el
típico sonido que tanto me gusta, ese chop, chop del chapoteo de mis
jugos, que casi sin intervalos, mantenían el interior de mi coño
preparado para un ataque imprevisto y voraz. Me separaba por dentro,
como para hacer sitio a su hermosa polla y de vez en cuando, llevaba su
boca a mi coño, para sorber los labios y campanillearme el clítoris con
la punta de su lengua de diablo perverso. Pero qué cosas me hacía ese
hombre-animal. Me decía que era la mejor putita que había conocido, que
llevaba tiempo deseando tenerme así y que por fin iba a enterrarme la
polla en mis entrañas, hasta el final, que me iba a partir en dos...
Esas palabras hicieron mella en mí, esas divinas amenazas y que me
colocara de rodillas para que le diese un buen repaso preliminar a su
miembro me disparó hasta el borde del precipicio, pero no quería
correrme sin tenerle dentro e intenté contenerme. Me era muy difícil,
tenía que hacer un esfuerzo supremo para no abandonarme, aunque supiera
que él no quería eso. Para ponérmelo más complicado, mientras tenía su
polla dentro de mi boca, sus largos brazos lograban que una mano
acariciase los labios de mi coño y antes que empezase a darme caña a mi
clítoris le supliqué:
-No, no, por favor, Nío, no me toques ahí… no quiero correrme sin tener
tu polla dentro, ahhhh, no sigas– le pedía pero él disfrutaba
haciéndome sufrir así. Sus blancos dientes resplandecían.
-Está bien. Ofréceme ese coño tan rico desde atrás– y me empujó la cara
contra el mullido suelo, forzándome a que mi culo quedase en alto.
-¿Así está bien? ¿Así te gusta?, uhmmm, solo de pensarlo… vamos doctor,
no se prive, aquí está su puta, la enfermera Lydia para recibirle en la
consulta, abierta a todo… uhmmmm.
Como una zorrita bien enseñada esperé, rozando con mis manos la parte
interna de mis muslos, a que él clavase su polla en mi interior, como
si fuese un ritual, el fin de la encantadora fiesta. En esa posición
permanecí unos segundos que se me hicieron eternos, hasta que noté el
calor de su glande rozando de nuevo mis dilatados labios, percibiendo
la punta de su ariete, que en esa postura me parecía todavía más
grueso. Nío deslizaba con maestría su hermosa polla por toda mi rajita
como buscando el momento propicio, haciéndome sufrir, porque mi deseo
era que me la metiese cuanto antes para dejarme correr de una vez por
todas. Los labios de mi vagina se aferraban a aquella verga de una
forma desesperada. Mi respiración se aceleraba aún más, el momento era
muy intenso y creía no poder evitar verterme allí mismo.
-Vamos, ya, cabrón, fóllame, métemela… en mi coño… hasta el fondo…
¡Que atrevimiento!... pero funcionó que le hablase así, con mi voz ronca y
los dientes apretados. Estando de pie, agachó ligeramente su pelvis
hacia mí y de una limpia estocada me taladró hasta el fondo haciendo
que gruñese como una perra en celo, de dolor y de placer. La sacaba
casi hasta el final, lentamente, y la volvía a enterrar en mí de otro
golpe seco. Repitió ese vaivén un par de veces más y fue cuando mis
rodillas comenzaron a temblar estrepitosamente, abriéndose la compuerta
del orgasmo que se avecinaba. Nío, al notarlo, comenzó poco a poco a ir
acelerando sus embestidas, al mismo ritmo que se precipitaba mi
explosión, de tal forma que cuando estaba en lo más alto del clímax, él
me estaba dando las embestidas más brutales de mi vida… ¡Que animal! No
sé como no me destrozaba mi tesoro. No podía estar más caliente, me
estaba corriendo, con la polla de mi obsesión dentro, arrogante,
dispuesta a hacerme perder el conocimiento, bestial. Me sentía la más
sucia y puta de todas las hembras, pero a la vez, la más afortunada,
porque estaba segura que a ninguna mujer en el mundo se la estaban
follando así en aquel momento. Me sujetaba por mis caderas para que no
me derrumbase y seguía follando, sin descanso cuando yo empecé a sentir
esa sensación de falsa tranquilidad antes de que arrecie otra vez la
tormenta. Al notarlo, Nío se tensó, empujando su cuerpo dentro de mí,
hasta lo más profundo, y quedándose quieto ahí, tieso y extremadamente
duro. Uffff, nunca me habían hecho eso, se sentía todo en ese momento,
incluso el palpitar de su polla respirando en el fondo de mi maltratado
coño. Fueron unos segundos, pero no sé qué me hizo que mi cuerpo volvió
a acelerarse de nuevo y a pedir más sexo, a rogarle que no parase, que
estaba dispuesta a darle todo el placer que quisiera extraer de mí.
Sacó su polla de mi pringoso chochito y me dijo que me tumbase encima de
él, aunque realmente, más que decir, me volteó totalmente a su antojo.
Una vez sentada y penetrada por él, sujetó mis nalgas con sus vigorosas
manos y empezó a izarme y bajarme sobre su duro cilindro, ese era
nuestro nexo. Sentí que volaba y aterrizaba de la mejor manera que
había en el mundo: Sobre su polla. Además, el muy cabrón, aprovechaba
mi caída, para empujar hacia arriba a pesar de que yo apretaba los
músculos de mi vagina como si quisiera atraparle para siempre. Era un
artista, no solo de película sino también de carne y hueso el que me
estaba perforando las entrañas como nadie. Al sentirme tan inundada por
su virilidad comencé de nuevo a abandonarme, quería volver a sentirlo,
dejarme caer sobre él, derramar mis líquidos, que eran casi corridas,
sobre su cuerpo, mancharle de mí, dejarle una huella que nunca
olvidase, hacerle desear a Lydia, su zorra preferida.
Ese día estaba desaforada, nunca antes había encadenado los orgasmos tan
seguidos. Empecé de nuevo a ascender por la ladera de otro nuevo
clímax, más divino que el anterior al llover sobre mojado. Él me decía
cosas que ahora no me atrevo a repetir pero que fueron la espoleta de
una explosión en cadena. Note como en ese momento Nío perdía el
control, al saber que estaba haciendo que me corriese de nuevo, y me
empujó casi al aire, para hacerme caer de espaldas al suelo, levantar
mis piernas y, de frente, volver a enterrar su miembro en mí, pero esta
vez con otras intenciones, más egoístas por su parte. Para rubricar mi
orgasmo y mientras él me follaba como si fuese la última cosa que iba a
hacer en la Tierra, me froté el clítoris hasta que no pude resistir esa
sensación de quemazón mientras me terminaba de correr, de nuevo
ensartada por el mismísimo demonio, que es de ahí de dónde debe venirle
el nombre. Sus golpes de cadera contra mis nalgas eran tan grandes y
estrepitosos que parecía como si me estuviesen dando unos buenos
tortazos, era increíble. Nada me importaba, solo que Nío explotara y me
inundara con su leche. Sacó la polla casi hasta fuera y de nuevo la
hundió hasta el final, eso parecía gustarle porque su cara se
transformaba, como en sus películas y casi daba miedo. Me dolía el coño
pero tenía que aguantar sus embestidas, parecía que se iba a correr en
cualquier momento pero el cabrón tenía un aguante exagerado, o ¿No
sería que yo no era todo lo zorra que él quería que fuese?. Empecé a
decirle una mezcla de palabras dulces y cariñosas, junto a las más
aberrantes, y eso le aceleró, se volvió loco pellizcando mis pezones,
me abofeteaba la cara, me penetraba hasta la entrada del útero, estoy
segura, ¡Pero cómo podía follar ese hombre así…! Como no se corra esta
vez, lo voy a hacer yo, pensé en ese momento. En pago de mis palabras,
me dijo que era una buena puta, que estaba a punto de correrse, que
hacía tiempo que no disfrutaba de una mujer como yo, que era
maravillosa pero a la vez una bruja hecha para follar. Me tenía
desquiciada y me motivaba a aprovechar el escaso movimiento que me
dejaba para avanzar hacia él y coincidir en un punto en el que saltaban
chipas.
Nos embargaba una atracción animal y hospitalaria a la vez, liberando en
esos momentos energía suficiente como para curar al mundo entero. Por
mi parte, tenía la sensación que en cualquier momento se iban a abrir
las ventanas y decenas de ojos iban a contemplar nuestra apoteosis
final. Y en ese momento pensé que no me importaba que así fuese, la
verdad; estaba tan cachonda que solo me importaba la polla de ese
hombre. Joderrr, él empezó a precipitarse y eso, el anuncio de la
futura corrida de un hombre por mi culpa, hace que yo le acompañe…
Sentir la polla de mi amante tensarse dentro de mi coño, segundos antes
de correrse, es una sensación que me supera, es algo sublime y
estremecedor a la vez. Nuestros gemidos se convirtieron en gritos
cuando explotamos al unísono en un orgasmo arrebatador, notando como mi
querido y deseado Nío se empezaba a verter dentro de mí, aullando con
cada expulsión de leche entre las paredes de mi coño. Mientras, mordía
mis pies, el muy cabrón. Chorros de semen inundaron mi dilatada gruta,
y como él seguía follándome, pronto empezaron a escurrir por mis
muslos, pringando el impoluto suelo de esa sala de exhibición. En un
movimiento extraño, su polla se salió de su rica guarida; la agarré,
seguía dura, y la volví a meter dentro. No puedo aguantar la sensación
de abandono si se sale pronto de mí, me pongo triste y no era momento
de ello.
Tras los penúltimos estertores, se dejó caer extenuado a mi lado, y yo,
diligentemente, llevé mi boca a su preciado y todavía arrogante tesoro,
para hacerlo desaparecer entre mis labios y aprovechar así las últimas
gotas del néctar que me había arrancado y mezclado con su leche. Limpié
su polla ardientemente y ese gesto me encadenó a él, nunca lo había
hecho antes con nadie y eso me convertía en su puta particular para
siempre, y así lo deseaba, sin reparos. Dispuesta a darle placer en
todo momento. Sabía que con mis labios y mi lengua alrededor de su
todavía palpitante glande, estaban sellando un compromiso eterno.
Al levantar la vista hacia su cara, vi que me estaba mirando con una
expresión bastante tierna, o eso me pareció y no pude evitar darle un
beso que tenía el sabor de un futuro incierto pero totalmente
subyugante para mí.
También observé que algunas cortinas se habían levantado, y al otro lado
del cristal, había personas que mostraban expresiones de haber
disfrutado con nuestro real e intenso espectáculo. Aun con el
aturdimiento, pude vislumbrar que dos de las caras me eran totalmente
familiares… pero con tanto placer, estaba eufórica, radiante… pletórica
y no me importó lo más mínimo haber servido de exhibición ardiente a
cualquiera… a miles o millones de ojos ajenos ocultos tras aquellas
ventanas… las de una maravillosa fiesta, que nunca podré olvidar.
Tras ese primer encuentro en Fantasía y afortunadamente, ya no hubo de
pasar tanto tiempo hasta que nuestros cuerpos se volvieron a unir.
Acabábamos de rubricar una de las mejores tardes de sexo en un hotel de
confianza, sin espías, sin trabajo, sin Evas ni Carlos, cuando Nío me
susurró al oído:
-Sabes, Lydia. Eva se va.
-¿Cómo que se va? ¿A dónde?
-No, no te preocupes, quiero decir que se va de Fantasía.
-¿La has despedido?
-No, todo lo contrario. Abrimos Fantasía II y ella va a ser la que
llevará las riendas. Y llevo pensando unos días que tú serías una
sustituta maravillosa. Lo tienes todo: belleza, delicadeza,
sensualidad, dotes de convencimiento, eres entusiasta si crees en una
idea. En definitiva, eres… maravillosa.
-Nío, ¿me estás intentando contratar para tu empresa?
-Llámalo así pero yo prefiero pensar que ahora que nos conocemos un
poquito más, me gustaría compartir contigo más cosas, un proyecto, que
me ayudes a mantener lo que hasta aquí he conseguido, que lo hagas tuyo
también...
-Suena demasiado mercantil, ¿no crees?
-Sabes que no se me dan bien estas situaciones, soy más de acción y
poder, pero en tu caso… la verdad… tengo que decirte que quiero tenerte
a mi lado….
-¿Sí…?
-Me lo pones difícil, ¿eh?… pues sí Lydia, me… gustas… sí, me gustas
mucho y quiero…
No pude evitar taparle la boca con uno de los besos que salieron de mis
profundidades más emotivas. No había dejado ni por un momento de ser su
zorrita, pero si además, le gustaba, uhmmm, ¿qué más podía pedir?
El beso también fue la firma de mi contrato con Fantasía, eso sí, a tiempo
parcial. Una mujer siempre tiene que conservar lo que ha logrado por
ella misma y no dejarse embrujar ciegamente por lo que su hombre le
ofrezca. Además, si algo fallase prefiero olvidarme de la connivencia
comercial y volverme a centrar en la carnal, que sé que va a ser
duradera y extraordinariamente placentera. Tuve unos segundos en mi
mente para Carlos, y decidí que en algún momento le comunicaría mi
decisión, y que, al igual que otras que había tomado recientemente, no
tendría más remedio que aceptar, si no quería perderme para siempre, lo
que seguramente me dolería a mí tanto como a él, pero… la vida es así,
unos ponen las reglas y otros las aceptan.
No sé cómo va a desenvolverse mi vida a partir de ahora. Sé que no va a
ser fácil mantener el equilibrio entre esas tres personas tan queridas
y deseadas por mí y las ocupaciones profesionales, pero también sé que
estos años tan intensos no van a volver y será un valioso tesoro
encerrado en mi propia isla. Pero ya es cosa del futuro y tendrá que
ser en otra ocasión, cuando me ponga delante de un papel en blanco,
cuando sabréis que ha sido de Lydia y sus ardientes inquietudes.
Gracias a todo@s los que por estas páginas de MorboCornudos os habéis
pasado para compartir estos momentos tan íntimos… tan intensos… tan
inolvidablemente vividos en esta serie ¿interminable?... de Sex-shop a
domicilio. Sin todas y todos vosotros… no hubiera sido posible. Con
verdadero amor por las letras y morbo por las situaciones, Lydia
y Nío.
Como en los capítulos anteriores, vuestros comentarios y sensaciones
serán respondidas como merecen en nuestro correo conjunto:
Email.
Contacta
con gente de tu ciudad y cercanías:
[
PULSA AQUÍ PARA VER MÁS CONTACTOS Y REGISTRARTE
GRATIS ]
|