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  "Sexshop a domicilio (2)".

 

 

 Capítulo 2. La visita.

 En varias ocasiones me acerqué al cajero del sex-shop, esperando que Nío saliera y me comentara algo, a pesar de saber que me moriría de vergüenza. Me dije, ¿qué demonios estaba haciendo? No imaginaba como iba a reaccionar si me preguntase qué me había parecido la película, su película... Uyyy, si supiera que he hecho una copia y la tengo guardada en mi pc. Si supiera cómo estaba de encendida desde que la vi. Si supiera como me masturbé con aquella botella imaginando que al entrar en mi chochito, no era ella sino su hermosa verga la que lo hacía. Sólo venían a mi mente las imágenes de ese portento de hombre y esa preciosa y brillante polla, imaginando cómo debía ser sentirla tan adentro. Era un sueño que me tenía loca y terriblemente excitada.

 A pesar de varios intentos por hacerme la encontradiza en el cajero, no conseguí que Nío me viera ninguna de las veces y aunque podía haber entrado en el local no me atreví a hacerlo. Al final opté por depositar la película, como si nada. Me sentía ridícula solo de imaginar la situación. Pensé seriamente en olvidarme de todo aquello y no meterme en ningún lío, mejor dejarlo como estaba. No quería que me venciese la debilidad que sentía por él, pero, al fin y al cabo, si el encuentro era fortuito mi conciencia quedaría mucho más tranquila: tonterías. No quería admitir que mi voluntad iba cediendo a una velocidad mayor de la que nunca lo había hecho antes. No soy una mujer fácil.

 La cosa no quedaría ahí y fue al cabo de unos días cuando sucedió algo nuevo e inesperado; gustoso e intenso también. Estaba en la fila del banco esperando para hacer una transferencia, cuando alguien me besó en el cuello. Un beso tierno, con el que pude percibir el calor de unos labios carnosos. Me volví azorada y asustada pues claro, quién se va a esperar que le den un beso en la oficina del banco. Era Nío acompañado de su blanca sonrisa. Me puse roja como un tomate cuando me dijo:

 -Me encanta verte así, coloradita…

 Sólo pude sonreír con vergüenza, pero mi azoramiento se tornó en asombro cuando insistió:

 -¿Te pusiste así de coloradita viendo al médico?

 Sin duda, sabía que había alquilado la famosa película. Después de todo, lo había descubierto, sin tener que decirle nada. Supongo que en su ordenador, donde vendría reflejada mi ficha, pero que tonta fui, no había caído en eso.

 -¿Te gustó?- me preguntó.
 -Sí…- contesté muy bajito.
 -Bueno, tengo más ¿Por qué no te pasas por mi local y te recomiendo alguna?
 -Sí… esto… bueno… no.

 No sabía que decir, llegó mi turno en la ventanilla, hice mi transferencia y me despedí saliendo del banco como alma que lleva el diablo. Una vez más había conseguido ponerme cachonda solo con hablarme, con mirarme, con rozarme… La simple idea de saber que él me había descubierto espectadora de su peli, había despertado aún más ese morbo que me estaba invadiendo, que me tenía inundada y constantemente húmeda. Sin embargo mi única salida era huir y lo hice precipitadamente, comportándome como una chiquilla.

 Al cabo de unos días recibí una inesperada llamada de teléfono, otra nueva sorpresa no identificada en la pantalla:

 -Hola Lydia ¿Qué tal estas?
 -Esto… tú… ¿Eres…?
 -Sí, soy Nío ¿Sorprendida de nuevo?
 -Pues… sí.
 -No mujer, recuerda que estás en la ficha de alquiler de películas, rellenaste la casilla del móvil y me dije… bueno, quizás el otro día te violenté. No quería incomodarte y ahora tampoco.
 -No, no… para nada, no me molesta.
 -¡Oh, cuanto me alegro! Te cuento: pensando en cómo iniciar mi servicio de sex-shop a domicilio, estoy llamando a mis mejores clientes. Entiendo que tienes complicado pasarte por la tienda, además, el otro día ni te atreviste a entrar y en cierto modo lo comprendo pero ahora que tenemos más confianza podría estrenar ese nuevo servicio contigo, ¿te animas a que te visite en tu casa?
 -¿Venir a mi casa?... sí, pero… yo…
 -No te preocupes, si es por tu chico, lo ajustamos para visitarte cuando él no esté; no tiene por qué enterarse si tú no quieres, claro, lo hacemos con total discreción ¿te parece?
 -Bueno, pero es que… no sé si es buena idea.
 -Mira hacemos una cosa, hago la visita, si te interesa algo, bien, sino, pues nada, cerramos el asunto. Imagina que soy un vendedor a domicilio de otros productos… libros, por ejemplo, ¿no me darías la oportunidad de presentártelos?
 -Sí… claro…, pero es diferente, si él se entera…
 -Descuida, Lydia, por eso no tienes ni que preocuparte, somos profesionales. Venga, no le des más vueltas, ¿el lunes por la tarde te viene bien?
 -¿El lunes?… Bueno, sí, pero no más tarde de las seis, aunque… no te aseguro nada y es posible que me arrepienta de todo y te llame antes para decirte que no.
 -Estoy convencido que no harás eso, Lydia! Entonces, hasta el lunes.

 ¿Qué estaba haciendo? ¿Le estaba abriendo la puerta de mi casa al mismísimo diablo y tan tranquila? Bueno, tranquila para nada, mi corazón se salía del pecho y tenía la sensación de ser una mujer dominada, dominada por una voz tan deliciosa como abrasadora. En ese momento mi deseo único, mi obsesión era que fuese lunes, aunque al mismo tiempo esperaba que al enfriarme tuviese la fuerza suficiente para decirle que se olvidase de la cita. Quedaban tres días y en ese tiempo podían pasar muchas cosas.

 Esa tarde necesitaba a Carlos. Él era la única persona en el mundo que sin proponérselo me podía salvar de Nío. Necesitaba que me llevase lejos y que me abdujese como si de un ser superior se tratara, que me lavase el cerebro con sus palabras y acciones pero, cómo iba el pobre a saber que tenía que rescatarme si no le podía decir nada.

 Cuando llegó a casa le hice saber que me apetecía mucho que nos fuésemos de finde. Quería dejar la ciudad, estaba agobiada, hacía bastante que no salíamos. Una casita rural, lejos del pueblo, sin nadie alrededor, él y yo juntos y solos. Imaginaba que una terapia así me daría fuerzas para descolgar el teléfono el lunes y decirle a Nío que NO. Sin embargo mi “otro yo”, la otra Lydia, no parecía desear precisamente eso. Carlos accedió un poco a regañadientes y nos regalamos un fin de semana para los dos.

 El camino hasta llegar a la casa era algo tortuoso y angosto pero de una belleza exquisita, al igual que el alojamiento. Una vez dentro, nos invadió el calor de la chimenea que tan amablemente había encendido el dueño cuando le dijimos que estaríamos hacia las diez de la noche, si el tráfico de salida lo permitía. Habíamos llegado a esa hora, puntuales, deseosos y con unas ganas locas por que el dueño nos diese las instrucciones de rigor y nos dejase solos. Solos en el mundo. Carlos y yo, sin Nío.

 Cuando al fin nos instalamos en aquella casita, creí olvidarme de todo. Sin embargo, a pesar de intentar engañarme a mi misma, no pude evitar que cuando Carlos me abrazaba imaginara que era aquel doctor quien lo hacía. Cuando mi chico posaba sus labios sobre los míos, cuando sus manos acariciaban mi espalda o mi culo, a mi mente acudían las imágenes de aquel hombre idealizado que me tenía trastornada.

 Carlos estuvo formidable en todo el fin de semana. Tuvo el detalle de traerme un ramo de flores silvestres, algo no muy habitual en él, me colmó de atenciones y me cuidó como una reina, en todos los sentidos. Agradecí que fuera así, pensando que aquello contribuiría a olvidarme del dueño del sex-shop para siempre.

 Justo al caer la noche, decidí darme un baño, lo necesitaba, sabía que eso me ayudaría a relajarme más. Llené la bañera, me desnudé y me metí en el agua caliente que se ofrecía deliciosa. Al cabo de un rato sentí las manos de Carlos acariciar mi cuello y mis hombros, luego se metió en la bañera conmigo y se colocó encima de mí. Cerré los ojos y comencé a percibir tan agradables sensaciones cuando me besó en el cuello, mordió mis pezones, acarició mis caderas que mi cuerpo se estremeció al sentir como su polla se endurecía entre mis piernas y un gusto aún mayor me invadió cuando se abría paso entre los labios dilatados de mi vagina. La primera sensación fue muy tierna y agradable, pero nuevamente se apoderó de mi mente la imagen de Nío, pensando que era él quien intentaba penetrarme. En ese preciso instante, cuando la polla de mi novio se intentaba abrir paso, apreté los músculos intentando tapar a toda costa mi entrada.

 -Hummm, que estrechita estas cariño- me decía Carlos al oído.

 Estaba bloqueada, por un lado sentía el calor por todo mi cuerpo y las ganas de ser follada por mi novio y por otro lado mi negación a que un extraño que abordaba mis pensamientos quisiera adentrarse en mí. Carlos intentaba apretar una y otra vez su verga para colarse en mi interior y esa resistencia parecía gustarle más de lo normal.

 -Niña mía… que cerradita estás… ¿Quieres que este lobito entre en tu casita? Vamos chiquitina, déjame entrar, me decía en susurros.

 No pude bloquearme por más tiempo y sus ruegos no ayudaban a ese bloqueo, por lo que me rendí, aflojando los músculos de mi vagina, sintiendo de pronto una embestida brutal de la polla de Carlos penetrándome con fuerza y proporcionándome un gusto mayor del habitual. Para él también debió serlo, solo se le oía jadear y en pocas acometidas más se corrió abundantemente dentro de mí, cuando yo todavía no había acabado de convulsionarme en medio de un orgasmo divino.

 Nunca nos había ocurrido nada parecido y el resto del fin de semana lo dedicamos a follar como locos aprovechando esas nuevas sensaciones y explotando al máximo esas nuevas experiencias. Primero para mi novio, creyendo que era aquella casita en medio de la nada la que había colaborado a todos esos cambios. Pero para mí no era esa la explicación precisamente, sino más bien la imagen de Nío, cada vez más intensa y placentera. Mis intenciones de borrarle de la mente en ese fin de semana se convirtieron en un auténtico fracaso y mi deseo por él, no solamente no desapareció, sino que aumentó considerable y peligrosamente.

 Esa noche, ya en casa, me fue difícil conciliar el sueño. Mi mente era un hervidero de contradicciones a lo que no ayudaba nada que Carlos estuviese durmiendo muy abrazado a mí, después de un fin de semana tan…, podría decirse, romántico, aunque para mí hubiera sido tan caliente, tan intenso, tan traicionero. Múltiples sueños que me hicieron humedecerme una y otra vez me traían a él; unas veces haciéndome el amor en la inauguración de su local mientras me daba la rosa que yo mordía con ardor para no chillar; otras deslizando sus manos debajo de mi ropa mientras esperábamos en el banco; otras, ese sueño me hacía verle desnudo en su coche mientras yo buscaba desesperada un inexistente hueco en la pared para devolverle el DVD. Pero la escena de la paciente en Hospital Ardiente, era la que, en los sueños de esa noche, me ponía tan caliente que pude incluso sentir en realidad cómo me estaba corriendo. En ese momento me desperté y, todavía jadeante, tomé la decisión.

 A la mañana siguiente me sentía muy cansada y no podía quedarme en la cama ya que me esperaba trabajo en la oficina. Tenía que iniciar una estrategia de venta de un nuevo producto de uno de nuestros mejores clientes. Deseaba estar despierta y dar la talla. Últimamente andaba algo disipada con todo este asunto y empezaba a notar que mis compañeros varones, a los que tanto les había costado convencerse de mis facultades, estaban ahora disfrutando con mis ligeras debilidades. Para acabar de arreglar el arranque de la mañana, Carlos, que suele salir más tarde, estaba muy pesado. Bueno, quiero decir cariñoso, pero no era el momento. El fin de semana había estado muy bien, pero ya era lunes y no iba a ser un día fácil para mí, posiblemente hasta que me acostase por la noche. Tuve que rechazar con un aplazamiento sus ardientes deseos de demostrarme su amor, y no me sentí muy bien porque sabía que no sólo el trabajo era la causa de ello.

 No fallé sobre mis percepciones laborales. Mis compañeros no me habían esperado para iniciar los repartos tácticos de áreas para hacer que el producto, un nuevo e impactante software, desplazase a sus competidores del mercado. Me incorporé al grupo y estuvimos discutiendo durante varias horas los detalles para elaborar el informe final y que mi jefe lo aprobase. Me sentía rota pero satisfecha por los resultados. Nos habíamos ganado un descanso que aproveché para ir a mi despacho a relajarme un poquito. Todavía no habíamos rematado la faena y necesita reponer fuerzas.

 Me senté en la mesa de mi despacho y revolviendo el café que me acaba de servir mi compañero, saqué el móvil. Había varias llamadas perdidas, entre todas ellas, una hizo que los nervios me atenazasen el estómago. Era él, en la pantalla apareciese Fran, un amigo al que había asociado su teléfono para no levantar sospechas. En mis manos, ese aparato se había convertido en brasas ardientes que aceleraban la velocidad con la que la sangre recorría mi cuerpo. Era el momento de llevar a cabo la decisión tomada.

 Marqué el número en el fijo de mi oficina. Sentía que mi mano temblaba. Después de varias señales…

 -Fantasía, ¿en qué podemos ayudarle?- pude escuchar una envolvente voz femenina que me ofrecía su auxilio, mientras yo continuaba muda -Oiga, oiga, ¿hay alguien ahí?- continuaba insistiendo la voz.

 Colgué. Sí. Lo hice instintivamente aunque no sé si por no escuchar la voz que esperaba o por no estar segura de tener que hacer esa llamada. ¿Qué me estaba pasando? Si mis compañeros me viesen dudar, ellos que conocen mi férrea voluntad cuando he tomado una decisión, no se lo podrían creer. Pero, ni yo tampoco lo creía. Tenía unas irresistibles ganas de hablar con él, lo había decidido, iba a aceptar su visita. Pero, no escuchar su voz tal vez era una señal, mi última oportunidad y no sabía interpretarla. Volví a levantar el teléfono y pulsar la cómoda rellamada. Ahora, fuese quien fuese, tenía que hablar. Yo, Lydia, que al día tenía que convencer a muchas personas y una gran mayoría de ellas por teléfono, temblaba mientras el timbre buscaba alguien al otro lado del auricular.

 -Fantasía, ¿en qué podemos ayudarle?- el mismo mensaje de bienvenida.
 -Por favor, ¿podría hablar con Nío, el dueño del local?
 -Él no se encuentra en este momento pero si yo le puedo ayudar. Soy Eva, su colaboradora, y me transmitió en su voz una certeza que sólo las mujeres sabemos captar cuando hablamos con otra.
 -Bueno… no sé, tal vez… si él va a volver pronto… casi prefiero…
 -Bien, no se preocupe. Él suele venir por aquí hacia la una de la tarde.
 -Ya, entiendo. Entonces prefiero llamar a esa hora, antes de comer que…
 -Espere, podemos hacer una cosa. ¿Qué le parece si le digo a Nío que la llame? Si usted me da un teléfono no habrá ningún inconveniente, siempre que, por supuesto, le parezca buena idea.

 A pesar de la sugerente y muy convincente forma en la que esa mujer se dirigía a mí, el escuchar de nuevo el nombre de Nío me produjo cierto miedo y opté por concluir la conversación manteniendo mi palabra de volver a llamar.

 Me sentía más tranquila, aunque a la vez me fastidiaba no haber resuelto el asunto con esa llamada. El tiempo de descanso se acababa y no había podido ni tomar mi reparador café que se había quedado helado. Seguí tratando de imponer las ideas que me parecían más oportunas para las peculiares características del producto al resto de mis compañeros. Ahora estaba el director de marketing y no quería defraudarle, sabía que mis aportaciones solían ser de su agrado, aunque sólo fuese por las posteriores cifras de ventas. Aún así, creo que ese lunes no me miraba como a su subordinada, sino como lo hace un hombre deseoso a una mujer indefensa. ¿Qué les estaba pasando a los hombres? ¿Algo se transparentaba en mí haciéndoles ver que tenía mis deseos a flor de piel? Me sentía como si me hubieran hipnotizado o algo parecido.

 Una vez de vuelta al refugio que me proporcionaba el despacho, planeé cómo iba a distribuir la tarde, aunque antes tenía que… volvió a sonar el móvil.

 -¿Lydia? ¿Puedes hablar?- siempre que oía su voz la sensación era eléctrica.
 -Sí, ahora sí… pero… estoy en el trabajo- titubeaba a modo de advertencia.
 -Perdona, me ha dicho Eva que has llamado, supongo que en relación con lo de esta tarde, ¿no?- Nío no se andaba con rodeos; a veces me daba la sensación que para él era sólo una cuestión de clientas, nada más y en el fondo, mi cabeza me advertía que así tendría que ser.
 -Sí, era para la visita.
 -¿Y qué? Mantenemos la cita para las seis, como habíamos hablado.
 -Prefiero que fuese un poquito antes, no quiero…- iba a decir que no quería que llegase mi novio y nos viese allí pero eso sería como entregarme en sus brazos, darle más tiempo para poseerme, ofreciéndome todos sus productos, absolutamente todos -no quiero que se me haga tarde porque tengo que hacer unas cosas después, antes que cierren las tiendas.
 -No te preocupes que en el momento que tú decidas se acaba la visita, entonces ¿estaría mejor a las cinco y media? Antes me va a ser imposible- dijo con una voz a la que nada ni nadie se podía oponer.

 Seguía teniendo mis dudas una vez que dejé de hablar con él. En su voz había notado cierta frialdad. Era un hombre variable, en persona era un verdadero seductor pero al teléfono era lo más parecido a un empresario que vela por su negocio tratando bien a sus clientes, pero sólo eso, bien. Sin embargo aquello no me enfriaba en absoluto, más bien al contrario, cuanto más hablaba, más calor subía por mi pecho, sobre todo pensando que para esa tarde se estaba preparando una red en la que yo era la presa. Y lo mejor era que todas las células de mi cuerpo deseaban ser la víctima que cayese entre las fauces de ese depredador tan atractivo y deseado.

 No eran ni las cinco y mis nervios no me dejaban sentarme; había intentando ver algo en la tele pero no prestaba la menor atención. Incluso se me había pasado por la cabeza poner su película, para autosatisfacerme y ver si así me calmaba un poco pero no iba a funcionar, seguro que me subiría por las paredes nada más ver en persona al doctor con el que me había masturbado unos minutos antes. Uffff, que situación más difícil pero embriagadora a la vez.

 Decidí reponerme de todo aquello y pensar que era una mujer afortunada, teniendo a mi lado a Carlos, con sus bondades y defectos, al fin y al cabo, pero que no merecía una traición así, teniendo en cuenta además lo mucho que me había demostrado su cariño en estos días. Pero… ¿Y por qué me estaba preocupando tanto? Bueno, la mejor manera de pasar la tempestad, era recibir a Nío en casa de la manera más natural posible, aunque por dentro pudiera estar ardiendo, mostrarme incluso fría, desinteresada y hasta un punto ligeramente borde, ¿qué se había pensado? Le atiendo y punto, ¿por qué me tengo que preocupar de nada? Pero la otra Lydia me decía lo contrario, sino por qué demonios me había dedicado concienzudamente a depilarme mi chochito y dejarle solo con una tira de vello por encima, tal y como se mostraban aquellas actrices de la peli porno. ¿Por qué me había puesto aquella minifalda tan corta de cuadritos y aquella camiseta de tirantes mostrando mi ombligo y luciendo el piercing? ¿Por qué había ido a la peluquería dándome un toque desenfadado? ¿Por qué me había puesto el tanga nuevo que me regaló Carlos para las grandes ocasiones? ¿Por qué estaba tan intensamente nerviosa y cachonda por la llegada de aquel hombre? Estas contradicciones daban vueltas en mi cabeza y yo andaba de un lado a otro muerta de miedo de todo, pero principalmente de mí misma.

 A las cinco y media en punto sonó el timbre del portal. Pulsé al botón para abrir la puerta, sin preguntar, pensando que algún vecino pudiera estar escuchando y así no ser descubierta en mi “alocada travesura”. Fui hasta el hall de entrada, me miré al espejo y casi no me reconocí, me notaba tan cambiada… estaba demasiado… cómo decirlo ¿Descocada? ¿Evidente? Me sentía como una golfa esperando a un cliente y más sabiendo que mi cuerpo me pedía a gritos el caer en esa red, los brazos de Nío, y engañar a mi novio como una auténtica guarra. Joder, ¿qué me estaba pasando?

 Seguía dudando si abrir o no mientras el eco del timbre todavía flotaba en el aire. Ese momento si que era verdaderamente mi última oportunidad para echarme a atrás. Sin embargo, una gran fuerza interior tiraba de mí y me empujó a abrir. Quedé sorprendidísima: una chica alta con un ceñidísimo mono negro brillante y una bolsa colgada del hombro me sonreía.

 -Uy… ¿Pero?... es que… esperaba a otra persona- le dije completamente azorada.
 -¡Hola!, No, creo que no, tu eres… ¿Lydia?, hablamos por teléfono ¿recuerdas?, soy Eva, la compañera de Nío.

 Estaba tan descolocada con todo aquello que no sabía que responder. Así estuve unos cuantos segundos antes de reaccionar. Desde luego todos mis planes, mis miedos, mis dudas se echaron por tierra, porque no era a Eva precisamente a quién yo esperaba, sino a Nío.

 -¿Puedo pasar?
 -Sí, claro, perdona… es que…
 -Ya, no pasa nada, no me esperabas. Resulta que Nío andaba muy liado y me dijo si no me importaba hacer la visita y bueno… ¡Aquí estoy!

 ¿Muy liado? Pero… ¿Acaso todas las suposiciones eran fruto de mi imaginación? No solo era la sorpresa de ver a esa chica mona sustituyendo a su jefe, sino que me pareció una desfachatez por su parte o ¿quizás era una pieza del plan que ni yo misma hubiera calculado? ¿A qué estaba jugando este demonio de hombre?

 Invité a Eva a sentarnos en el sofá, intentando explicarle mi aturdimiento por su visita.

 -Discúlpame Eva, pero me ha cogido tan de sorpresa que…
 -No te apures Lydia, es normal, esperabas a Nío. Pero no te preocupes, conozco bien los productos y además, entre tú y yo, así habrá más confianza.
 -Sí, supongo que sí. Perdona, ¿quieres tomar algo? ¿Un café o…?
 -No, prefiero empezar cuanto antes, porque tenías prisa, ¿no?
 -Si, bueno, pero tómate el tiempo que necesites.

 Me quedé observándola. Eva era una chica muy joven, apenas habría superado la veintena, con el pelo corto y moreno, liso hasta mitad de la cabeza y luego rapado hasta el cuello. Un cuello estilizado y elegante. Sus ojos, azul intenso y su sonrisa muy amigable. Su cuerpo hablaba por si mismo bajo aquel mono negro que destacaba unas curvas vertiginosas que se perdían hasta morir en unos zapatos de plataforma, demasiado altos para mi gusto, pero que ensalzaban más su belleza. ¿Me vería yo vestida de esa manera?, pero ¿y por qué no?, ese día me vestí muy provocativa, tanto que hasta la misma Eva me observaba con detenimiento, como intentando adivinar mis gustos, mis fantasías, mis sueños…

 -Mira Lydia. Tengo mucho que enseñarte y no creo que pueda hacerlo en una sola visita. Para empezar toma este catálogo y lo revisas tranquilamente. Si ves algo que te llame la atención me lo pides y te lo subo o lo encargo si no lo tengo, pero ten la confianza necesaria para devolvérmelo si no estás interesada en nada de lo que veas, ya buscaremos otras cositas, en serio.
 -Gracias Eva, pero verás, es que yo nunca…
 -Si, ya sé, nunca has utilizado juguetitos de estos. Bueno, mira esto para empezar.

 Metió su mano en la cartera que traía y sacó unas bolas amarillas que colgaban de un cordel. Me quedé observando e imaginando lo que era aquello.

 -¿Las conoces?
 -¿Estas son las famosas bolas chinas?- dije tomándolas entre mis manos.
 -Efectivamente. Bolas chinas.
 -Pero, ¿no son muy grandes?
 -No, son del tamaño justo para que hagan su trabajo.
 -¿Y cuándo se deben utilizar?
 -Pues siempre que quieras, pero el mejor momento es salir con ellas puestas por la calle, cuando camines verás que gustito, o cuando te sientes y te levantes. Este es mi regalo de promoción, las pruebas y ya me contarás, ¿Qué te parece?
 -Pero es que yo…

 Eva apenas me dejaba protestar y cuando precisamente yo se las intentaba devolver me ensañaba otra cosa, un tanga minúsculo, un vibrador en forma de mariposa y un sinfín de cosas que yo no conocía.

 -Verás Eva… yo no puedo…
 -Lydia. Mira, en realidad, ¿cómo decirte? Bueno, Nío me dijo que no te comentara nada, pero si no ha venido él, es porque quería que fuera yo la primera en visitarte. Sabe que tú con todo esto estás algo cortada. Me insistió mucho en que te convenciese para que te quedaras las bolas y las probaras.
 -¿Te dijo eso?
 -Si, bueno, verás, me ha contado todo, lo de tu novio, lo de la inauguración de Fantasía y que no quería incomodarte, ir poco a poco. Ha pensado que conmigo resultaría más fácil.

 Esa explicación me confundía aun más. Pero si lo qué yo creía era que Nío me intentaba seducir a pasos agigantados, el beso en el banco, sus palabras… Fue Eva quién pareció leer mis pensamientos.

 -A veces Nío confunde un poco, es un hombre un poco contradictorio, lo sé por experiencia. La primera impresión es desde luego impactante. A mi me pasó la primera vez.
 -¿Sí? ¿Realmente le conoces bien?
 -Y tanto. Fuimos pareja.
 -¿Fuisteis…?
 -Si, estuvimos saliendo juntos una temporada. Nío es un hombre encantador, figúrate que incluso después de haber roto, me llamó para ayudarle en la tienda, cualquier otro no lo hubiera hecho, es un cielo.
 -Pero, ¿entonces por qué lo vuestro no funcionó? Uy, perdona, quizás estoy preguntando más de la cuenta.
 -Para nada, no te preocupes. Me gusta hablar de él, pero las cosas no funcionaron. Es un hombre lleno de virtudes, es un cielo, bueno físicamente ya ves lo bueno que está ¿no?
 -Sí- contesté algo cortada pero evidentemente no podía negarlo.
 -Bueno, pues es un hombre cariñoso, romántico, a veces algo irascible, pero delicioso, además de follar como los ángeles.

 Mis manos apretaban las bolas chinas, sabiendo que habían sido seleccionados por las manos de ese hombre y saber que era además un artista en la cama estaba empezando a influir en mi pulso. Eva se había dado cuenta de mi interés por él y estoy segura que estaba dispuesta a echar leña a este fuego, aunque no era capaz de adivinar por qué. ¿Por encargo de él? ¿Por interés comercial de ella? Me empecé a sentir algo ridícula en aquella situación, no tenía ningún interés en destapar, ante una extraña, mis obsesiones pero a la vez, me moría por saber más de Nío. Ella siguió recordando aquella primera vez; me di cuenta que podía contar con su colaboración.

 -Nunca olvidaré el primer día que le conocí, bueno que coincidió con el mismo día que lo hicimos por primera vez. Fue bailando, porque te diré que sabe mover el cuerpo también en horizontal. Recuerdo que estaba en la pista con unas amigas, bien apretaditos todos, bailando y él se me acercó por detrás, sujetó mi cintura muy dulcemente con sus dos manos y marcó el ritmo de un son cubano en mi cuerpo. Era tan embaucador que me dejé llevar durante un rato sin apenas haber girado mi cara. Debo reconocer que había bebido unas copas, en otro momento me hubiese dado la vuelta y quién sabe, hubiese dependido de él seguir bailando, pero ese día- rememoraba Eva mientras yo notaba las manos de él en mi cintura y ese son inundando mi casa- después de unos minutos, me giré totalmente y allí estaba, impresionante, excitante, con su sonrisa más envolvente y dispuesto a seguir hasta el final. Lo tuve muy claro, quería que ese hombre estuviese junto a mí, por lo menos, lo que quedaba de noche.
 -Si fue así, suena muy… muy de película, pero no te ofendas, creo que yo tampoco me hubiera podido resistir y si encima llevabas un puntito, bueno, y qué pasó después- dije para que no fuese un monólogo y demostrarle que quería que la noche avanzase, sabiendo como sabía el cierre de la misma.
 -Bueno, no todo el tiempo estuvimos bailando, me dejé llevar a la barra, a tomar algo y esa fue mi perdición, dejarle hablar. Me fue deslizando al oído las cosas que una mujer quiere oír en ese momento, aderezadas de las más sutiles caricias por toda mi geografía, pero, ¿qué quieres que te diga? Nunca tuve la sensación de que me estuviese metiendo mano, en el sentido basto de la palabra. Era tan abrasador que todo lo que hacía estaba bien hecho. Recuerdo que hubo un momento en el que se apretó contra mí, por la estrechez del lugar y no pude evitar besar esos labios tan apetitosos mientras sentía como su cuerpo se tensaba y fundía contra el mío. Estaba muy excitada, seguro que mojada, ufff, que recuerdos, y en un acto instintivo se llevó uno de sus dedos a la boca para morderlo con cierta fuerza.
 -Veo que todavía, al recordar aquellas escenas, te estremeces. Tuvo que ser muy fuerte, Eva- le decía sin dejar de apretar las esferas en mis manos, que estaban casi incandescentes.
 -Sí, no puedo negarlo, aquello era el principio y como tal, arrebatador. Vamos, creo recordar que ni la copa que nos pusieron llegamos a acabarla. Nuestras bocas parecían hechas para besarse, aunque sus jugosos y profundos besos, que a pesar de largos me parecían breves suspiros, tuvieron mucha culpa. Siento decirlo así, pero no te puedes ni hacer a la idea cómo besa Nío cuando le gusta la chica, porque yo le gustaba. No sé ahora, pero en aquellos momentos sí. Además, tú sabes como toda mujer cuando le gustas a alguien por sus besos y no sólo por sentir cómo su cuerpo se tensa contra el tuyo, sabes a lo que me refiero, ¿no Lydia?- me encaró con una mirada penetrante inesperadamente nueva para mí.
 -Sí, claro, aunque hay que decir qué con muy pocas personas se siente algo así tan fuerte. Pocas veces me han temblado las piernas y me ha costado respirar mientras me besaba con alguien, pero cuando se siente es maravilloso- dije bastante más animada que al principio porque el tema de los besos me pierde.
 -Pues mira lo que te digo, Lydia, por cómo me besaba Nío aquella noche tuve muy claro que le quería tener. Pensarás que era un poco zorrita y que estaba acostumbrada a llevarme a la cama a todo el que me besase bien pero no es así, con él, el convencimiento fue total y casi desde el principio. Te aseguro que si él entrase ahora mismo aquí y te besase cómo lo hizo aquella noche, tu voluntad y sus deseos serían jugadores del mismo equipo.
 -Me asustas, Eva ¿De quién estás hablando? ¿De una especie de Fausto encantador de mujeres a partir de un pacto con el diablo?
 -No sé quién es ese tal Fausto pero te equivocas, Nío es el propio diablo. Esa misma noche hicimos el amor todo lo que nuestras fuerzas nos permitieron, hasta caer rendidos, porque nuestro ardor no se apagaba. Perdona, ¿tienes un vasito de agua? Siento cómo la estela de aquel calor me seca la boca.
 -Uy, lo siento, no te he vuelto a ofrecer nada, como me tienes aquí tan enganchada a tus palabras.

 Me di cuenta de la rotundidez de mi frase: enganchada, y, además, envidiosa. Imaginar que yo era la protagonista me desataba un deseo brutal por él. Casi me mareaba con la posibilidad de haber sentido las sensaciones que Eva iba desgranando de tiempos ya pasados pero tan vehemente traídos a mi presente. Temblando, le dije desde la cocina que si prefería algo más fuerte pero era el agua lo único que apaciguaba su boca, bueno y creo que todavía los besos de Nío. Esta duda no parecía que se iba a despejar fácilmente. Le quería libre de ataduras aunque no le usase, aunque mi conciencia me impidiese traicionar a Carlos, pero así él no tenía que saciar su sed en ella. Me estaba empezando a poner tonta a qué, ellos habían terminado y era así, punto. Además, yo tenía mi pareja y casi toda mi mente quería evitar conflictos. Volví al comedor y me di cuenta que Eva estaba jugueteando con un brillante pene artificial.

 -Vaya, ¿este juguetito también te lo ha recomendado para mí? Pues si es así te diré que las bolas puede que las use pero no pienso meterme eso, por suerte ya tengo a mi novio para esos asuntos. No sé, nunca he probado nada así, pero es que tampoco me llama la atención.
 -No, no me ha dicho nada sobre este aparatito, que por cierto, se acciona con un mando a distancia. Mi vena vendedora, perdona.
 -No, no, no te preocupes, porque has venido a eso, ¿no? y le dediqué una sonrisa ligeramente intencionada a la que reaccionó con todo un reto.
 -Pues, sabes Lydia, te aseguro que si me dejases explicarte o, mejor, demostrarte cómo estos aparatitos, que no te llaman la atención, pueden transportarte al cielo para después aterrizar sobre una nube de placer no opinarías igual.

 Eva reforzó su sonrisa con una mirada que me pareció la de un amante dispuesto a saltar sobre mí. Podían ser figuraciones mías porque tengo que confesar que su visita me estaba poniendo cada vez más cachonda. Sus palabras, sus recuerdos sobre Nío, y, no puedo negarlo, el atractivo sensual de aquella mujer que ahora era el nexo entre mi obsesión y yo me mantenían tan húmeda.

 -Bueno, ya te he dicho que voy a quedarme con las bolitas, me has convencido- y apostando fuerte sin parecer que me entregaba continué -pero tendrás que darme alguna pista, aunque no parece que tenga mucho misterio.
 -Con mucho gusto. Te voy a dar las indicaciones que me dio Nío el día que se presentó a una cita con un regalo similar.

 ¡Que cabrón! Pensé sin cortarme, a ella le dio las indicaciones en persona y a mí me envía a su ex.

 -Fíjate si era un encantador mal bicho que me ofreció el regalo sólo si le prometía que lo iba a usar allí mismo, en una cafetería, en la mesa donde estábamos sentados. Y como ya hacía tiempo que había depositado la semilla del morbo dentro de mí no pude negarme; es más, acepté con la seguridad de que su imaginación me iba a procurar una tarde deliciosa como tantas otras veces en las que le había seguido el juego.
 -¿Y allí mismo te las pusiste?- pregunté con gran curiosidad a pesar de no tener muy claro que esa historia fuese verdad.
 -Pues a eso vamos, a cómo me convenció. Primero me hizo cerrar los ojos para depositar en mis manos las dos esferas unidas por un cordel y me dijo que las moviese. Sentí como otro movimiento extraño, dentro de ellas, me sacudía la mano. Después se acercó a mi oído y me dijo Eva, cariño, ahora quiero que las lleves dentro de tu coño, mételas antes en tu boca, para que entren bien, y primero una y luego otra las dejas dentro de ti.
 -¿Y lo hiciste allí? ¿Debajo de la mesa?
 -Sí, nuestros juegos eran siempre muy intensos y aunque no pretendíamos provocar solo disfrutar, era difícil que a veces no nos viese nadie. Pero no era nuestro interés, por lo menos el mío, pero eso es otro tema. Bueno, pues me fue diciendo paso a paso como tenía que retirar la tela de mis braguitas hacia un lado, menos mal que aquel día llevaba falda, aunque te diré que muchas veces me ponía mensajes en el móvil: “NO VGAS SN FALDA. HOY TKA SORPRES” que con sólo leerlos ya me humedecía sabiendo, bueno mejor imaginando y casi temiendo qué me tendría preparado. Cada vez más fuerte y…

 En este punto Eva dejó de hablar y creí leer sus pensamientos. Esa escalada morbosa y sexual, buscando el más difícil todavía tenía que haber sido el origen de su ruptura. Ella parecía una persona abierta y decidida, ¿qué le habría llegado a pedir el diablo? Un temblor recorrió mi cuerpo. El asunto de las bolas chinas había hecho su efecto. Mi coñito estaba mojado, y estoy segura que si hubiese tenido que metérmelas no hubiera hecho falta chuparlas, entrarían solitas. Este pensamiento me sorprendió y me volví a ver como la Eva que sentada en aquel restaurante iba deslizando lentamente cada una de las bolas dentro de su sorprendida gruta mientras, con la otra mano, separaba sus labios para facilitar la faena. Ufff, como podía estar tan caliente, era una mujer la que allí me estaba contando esas maniobras y mi mente estaba a punto de rogarle la misma atención que tuvieron con ella.

 Pero lo mejor fue cuando me contó que Nío le había ordenado que no metiese la segunda bola, que lo iba a hacer él y en ese momento sintió, por debajo de la mesa, su pie descalzo empujando a su segunda invitada dentro de su dilatado coño.

 -Te puedes imaginar lo que sentí, creía que me iba a ir allí mismo. Y ya, para rematar, una vez que estaban las dos dentro me dijo que me levantase y diese unos pasos. Maravilloso, fue como si varias bolas sueltas jugasen dentro de mí, chocaban y me descargaban su electricidad. Justo en el momento en el que me sentaba las bolas se pusieron a vibrar. El muy cabronazo, me había metido un artilugio con mando a distancia. Solo con recordarlo…- y dio un buen trago al vaso de agua.

 Sabía que tenía que hacer algo, era una situación tan embriagadora, pero no quería que acabase como apuntaba, no me parecía bien y además Carlos estaba al llegar. Eva, sentada en el sofá, en el que no hacía mucho tiempo había satisfecho mis ansias al ver a mi doctor del alma, era una gran tentación, aunque no me gustasen las mujeres. ¿Qué estaba pasando? ¿Nío era capaz de influir en mí tanto como para hacerme sucumbir a una situación así? Era un provocador con mando a distancia.

 -¿Y qué me dices de su etapa de actor porno?- pregunté por tranquilizarme un poquito aunque enseguida me percaté, por su expresión, que no había sido buena pregunta.
 -Si no te importa, sobre esos tiempos prefiero no hablar. Fue durante esas grabaciones cuando todo se fue a la mierda y no me traen buenos recuerdos.
 -Perdona, no quería… pero, comprenderás que desde fuera es un aspecto suyo que tiene mucho morbo.
 -Ah, ahora comprendo. Vi en tu ficha que habías alquilado Hospital ardiente, una de sus actuaciones más brillantes, a partir de ahí todo se vino abajo. Conoció a una doctora y ya te puedes suponer. Siempre me lo advertía, nadie pertenece a nadie, éramos muy libres en tomar decisiones sobre nuestras vidas, pero no le tomaba muy en serio. No sentía aquel pacto como una amenaza sino como una confirmación de que lo nuestro estaba por encima, pero siempre aparecen otras personas que… no sé que me está pasando contigo pero me resulta difícil no hablarte de él, bueno de nosotros.
 -¿Desde Hospital ardiente?- pregunté haciendo ver que de eso hacia ya un tiempo por la fecha de estreno de la cinta, y volviendo a comprobar que a Eva le era difícil todo esto. Tuve un punto de compasión hacia ella que colaboró a enfriar un poquito la situación, pero a la vez sentí aún mayores deseos de abrazarla y ofrecerle mi hombro para sus lágrimas y mis labios para su ardor.

 Sonó el telefonillo de casa y me sobresaltó su grave insistencia. Me acerqué, y en el video-portero vi a Carlos algo inquieto con su cara muy cerca de la pantalla.

 -Lydia, cariño. Me voy a pasar un momento por el super, necesito unas cuchillas de afeitar, ¿quieres que suba algo? Tenemos cenita pero igual le apetece a mi reina algún delicatessen ¿eh? y acabó la frase con un tono sumamente zalamero.
 -No… no… creo que nada- titubeé, no le esperaba tan pronto -bueno espera, mejor sí, sabes, me apetecería… un poco… de… paté… sí, eso paté, pero del bueno, ¿vale Carlos?- sabía que eso le iba a retardar un poquito más, no se iba a quejar; era justo lo que necesitaba para resolver el asunto Eva.

 Cuando volví a la sala vi que ella estaba recogiendo lo que había desplegado sobre la mesa y se estaba secando los ojos. Había estado llorando, sin duda.

 -Oh, lo siento. Ya me voy. Al final nos hemos liado y se nos ha hecho tarde, ¿no?
 -Sí, bueno, mi novio… ya sabes. Prefiero que no sepa que tú has venido.
 -No hay problema. Intimidad y privacidad ante todo, ese es nuestro lema- y lo reafirmó cogiendo de nuevo las riendas del negocio -espero que sean de tu agrado, dijo indicando hacia las bolas que yo no había dejado ni un momento de acariciar.
 -Gracias y no te preocupes que probaré lo que Nío te ha dado para mí. Ya te contaré, Eva.
 -Sí, Lydia, yo también espero que esta no sea la última vez que hablemos.
 -Ten por seguro que no, me ha gustado tu visita. Tenemos algunas cosas en común, ¿no lo has notado?
 -Sí, pero algunas de ellas están ya más cerca de ti que de mí- y lo corroboró con una sonrisa que hizo aparecer un nombre en mi mente.

 Nos despedimos muy cariñosamente, con un par de besos, que se convirtieron en tres cuando Eva puso sus labios sobre los míos antes de dar media vuelta y desaparecer por el pasillo. Ese leve gesto me hizo estremecer y mi mente voló vertiginosamente hacia el primer día, hace ya bastantes años, en el que otros labios femeninos se posaron en los míos durante mucho más tiempo. Experimentos de adolescentes y días de playa volvieron a mi cabeza y un viento de nostalgia sopló a mi alrededor. Pero esto es otra historia.

 Cerré la puerta con el firme propósito de volver a ver a esa mujer y me dispuse a guardar el regalo de Nío antes de que Carlos volviese con mi recado. Pensé dónde guardarlas, no quería sorpresas ni detectivescas preguntas y decidí que dentro de una de mis botas negras de caña alta era un buen lugar. Pero antes, quise comprobar si ese invento chino podía entrar en mi coñito tan fácilmente como Eva decía, sobre todo la segunda. Me encerré en el lavabo y levanté mi vestido, mordiendo el bajo con los dientes, retiré hacia un lado el tanga amarillo que llevaba ese día y que estaba húmedo y pringoso, me sentí muy sucia, toda una guarra. Deslicé el dedo índice a lo largo de mi raja, pudiendo comprobar las consecuencias de la visita. Estaba más húmeda que el tanga y eso me estaba poniendo cada vez más cachonda. Enseguida, volé hacia el restaurante del que Eva había hablado y enfrente le tenía a él. Mis manos eran las suyas, apartando mis labios, disfrutando con mi viscosidad, empujando la primera de las esferas hasta hacerla desaparecer por la puerta de mi lloroso coñito. Era también Nío el que empujaba la esfera, que ya penetraba entre mis paredes, con la que todavía estaba fuera que pugnaba por ganarse su hueco dentro de mí. Las dos se despidieron de mis manos y quedaron atrapadas entre mis piernas. Moví mi cadera hacia los lados, como me había dicho Eva, y sentí el verdadero efecto de las bolas chinas. Ufff, aquello era muy excitante, la inercia con la que se movían dentro me golpeaba en lugares donde normalmente Carlos pasa de largo o no llega. Joderrr, estaba muy cachonda y si no fuera porque mi novio estaba a punto de volver hubiese empezado a masturbarme allí mismo, en el baño.

 -Lydia, dónde estás, preguntó desde la entrada, a lo lejos.

 Apenas me dio tiempo a guardar mi tesoro cuando empecé a oír cómo su voz describía el encuentro que había tenido en el portal con una extraña mujer, enfundada en un mono ajustado y que llevaba un maletín. Dijo que su cara le sonaba de algo y que le había dedicado una sonrisa de las que hacen temblar al más pintado. Se sentía eufórico y triunfador por saberse deseado.

 Me acerqué hasta la cocina, donde estaba dejando la compra y no le dejé ni siquiera que la colocase en el frigo. Allí mismo, sobre la encimera de la cocina, le disfruté como hacia tiempo que no sucedía. Esta vez, aunque no me vino la imagen de Nío mientras me follaba a mi novio, supe que sus bolas y Eva habían sido las verdaderas culpables de mi calentura.

 Qué me estaba sucediendo con Eva. Por qué se había abierto y sincerado tanto conmigo. ¿Seguiría indicaciones de él? Qué pretensiones tenía Nío hacia mí. ¿Hacerme sufrir por sufrir? Estaba segura que quería follarme, ¿por el mero hecho de aumentar su cartera de nuevas y fieles clientas? ¿Me estaba alejando peligrosamente de Carlos con ese comportamiento tan irresistiblemente inconsciente?

 Tanto a Lydia como a mí nos gustaría conocer vuestra opinión sobre esta serie, que en nuestras fantasías, es totalmente autobiográfica. Nuestro correo está abierto a vuestras ardientes palabras. Email.

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