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Hace
unos meses que me decidí por ofrecer mis servicios a las personas que
teniendo una cabeza caliente y mucha vida por contar no aceptan el reto
de plasmarlo en un papel para su disfrute y el de todos los que puedan
leerlo. No es tan buena la idea porque en muy pocos casos se es capaz
de transmitir lo que dichas personas encierran dentro de ellas. Pero os
aseguro que lo que voy a transcribiros a continuación se refiere a una
de esas excepciones. Ahora prefiero que sea ella la que os embruje con
su explosiva sexualidad como lo hizo conmigo.
Nío.
Me llamo Marga pero como podéis suponer no es mi verdadero nombre. Voy
a compartir con vosotros, anónimos lectores una experiencia que me
tiene obsesionada desde que sucedió y que, por las razones que
comprenderéis al acabar el relato, no puedo exponerlas en mi círculo
más íntimo, bueno si exceptuamos a mi novio que aunque os sorprenda me
acepta tal y como soy, supongo porque disfruta con ello, que quede
claro.
Como todas las mujeres, unas lo confesamos y otras no, me encanta el
Sexo, sí en mayúsculas, no hago ascos a nada y, encima, me gusta probar
cositas nuevas para animar mi nada aburrida vida sexual. Tengo ese
comezón interior que me empuja continuamente a buscar algo diferente,
arriesgado, provocador. Cuando mi novio me susurra al oído, mientras me
está penetrando, “Marga, eres mi puta, ¿lo sabesssss?”, me enciendo
porque tiene toda la razón del universo. Lo soy para él y estoy muy a
gusto en ese papel. Nunca lo haría por dinero pero sí por placer y así
seguirá siendo. No os voy a dar más la lata con mi forma de ser pero me
gusta dejar claro que reconozco lo que otras mojigatas y remilgadas se
quedan sólo para sus adentros y nunca se atreverían a confesar aunque
piensen como yo.
En mi colección de juguetes no podía faltar un consolador-vibrador,
bueno varios, pero uno en especial. Un juguetito de este tipo lo
tendrían que tener en la mesilla todas las mujeres, así estoy segura
que no habría ninguna reprimida, ¿no os parece?. Bueno, el mío es la
caña de España, es especial. Tan especial que le he puesto nombre,
aunque sé por amigas y sus maridos con los que puedo hablar de algunas
de mis preferencias, que casi todas las mujeres que lo tienen le han
puesto nombre, ¿o no le ponen los hombres un nombrecillo a sus pollas?
Al mío le he bautizado con una referencia a su tamaño y a su dulce
color y en femenino, claro está, como lo es también una polla.
Es morada y majestuosa, por lo
que suelo decirle al oído: “Moradita, ¿qué le vas a hacer al coñito de
Marga?”y enseguida se pone a dar saltos de alegría. Tal vez es un
poquito grande pero para pollas pequeñas ya están la de la mayoría de
los hombres a los que he conocido, en esta medida tengo que exceptuar
la de mi novio, que no llega a Moradita pero está bastante bien. Como
os decía, Moradita mide algo menos de 25 centímetros. Hala diréis, sí,
es muy gordo pero es cuestión de probarla, se ajusta de miedo salvo si
intentáis introducirla por detrás, ahí empiezan los problemas aunque
todo se andará, de momento, para el tesoro que se guarda entre mis
nalgas ya tengo una natural. Moradita.
Tiene dos velocidades (no os lo
he dicho porque suponía que os imaginabais que era eléctrico aunque
chupa muchas pilas, creo que el próximo lo buscaré con conexión a la
red); la primera es para calentarme mientras busco imágenes dentro de
mí que me pongan cachonda, cuando las tengo bien fijadas cambio la
velocidad, y ese es el momento en el que me mata, me hace chillar.
Además, tiene una protuberancia que se ajusta al clítoris pero cuando
estoy muy pasada no me vale y tengo que ayudarme con la mano que me
queda libre, hasta que me corro de tal forma y con tales espasmos que
lo escupo fuera de mí, como si fuese un hombre al que después de
saciarme le arrojo de mi lecho.
Soy multiorgásmica y no lo cambio por nada del mundo. Joder, parece una
confesión del estilo: “soy cleptómana y estoy en terapia”. No, es todo
un placer serlo. Y no me refiero a que en una buena sesión pueda irme
varias veces sino a que encadeno los orgasmos, no siempre claro, pero
cuando así sucede se van dando la mano dentro de mis entrañas y me
llevan al borde del desfallecimiento. Es casi insoportable, casi
dolorosa la intensidad de las descargas. No os sucede a vosotras que
después de correros, cuando os han hecho una buena comida de coñito
rubricada con un buen repaso a vuestro botón, no soportáis que os lo
sigan tocando, pues a veces es esa sensación pero....distinta....no sé,
como me gustaría explicároslo pero no tengo palabras...bueno, sí,
esperar, sería como si os subís a una atracción de caída vertical y
dura el doble o el triple que ahora, sí, algo así. También se
manifiesta más discretamente, en momentos en los que con sólo rozarme
con mi novio, al meter su pierna entre las mías, en una mezcla de amor
y morbo, llego a irme sin poder evitarlo. ¿Sería como la eyaculación
precoz de ellos? A él no le hace mucha gracia porque parece tan fácil
que se siente fuera, que no ha puesto casi nada de su parte y eso le
enfada, pero qué puedo hacer.
Hace unos días, a través de Internet, recibí un emilio en el que un
aficionado a excitador literario me confesaba en un microrelato lo que
haría con mi culito y os debo confesar que al leerlo me puse tan
cachonda que tuve que usar a Moradita para calmarme un poco. Mientras
lo leía y os he dicho que era un pequeño relato de bienvenida, me fui
cuatro veces, prácticamente seguidas, con mi dulce Moradita dentro y
las palabras de ese cabrón envolviéndome el cuerpo mientras describía
como me sodomizaba con pasión y destreza. No sé cómo lo haría en
realidad pero con las palabras era bueno, el cabronazo. Bueno, sólo era
un ejemplo ilustrativo.
En muchas de las intensas
sesiones a las que someto a mi novio, Moradita nos acompaña. Lo
entiendo casi como un trío y yo la Reina de sus Picas. Tan clara es la
situación que a veces él se siente celoso al verme retorcer con más
intensidad cuando Moradita mete la segunda marcha que si me la clava
él. Un día que estábamos los tres, se puso tan tenso que amenazó con
entrar donde Moradita no podía. Acto seguido agarró mi vibrador, lo
introdujo hasta el fondo de mi coño con decisión, conectó la primera,
arrancándome unos quejidos muy ricos, y después metió la segunda. Me
corría viva de la forma tan intensa en que lo movía, sentía que me iba
a desgarrar tanto movimiento en las paredes de mi vagina. Me hizo dar
la vuelta con ella dentro, alcé mi culito ante sus envites y sentí
humedad en el culo, me estaba escupiendo el muy cerdo.
Ese día me iban a penetrar mis
dos amantes a la vez. Así fue. Nunca antes me había sentido tan llena,
repleta e inmóvil. Los ojos se me pusieron del revés. Seguro que tenía
la mayor cara de puta que una mujer puede llegar a poner. Os diré que
se me caía la baba de la boca. Él no tardó mucho en correrse dentro de
mí y Moradita, que aguanta algo más, terminó el trabajo procurándome
entre ambos varios de los orgasmos más intensos que recuerdo. Acabé
mareada sobre la cama, se desataron todos mis seguros y no pude evitar
mearme encima de las sábanas, fue increíble. Alguna vez lo hemos
repetido pero no ha sido igual, aquella situación sorpresiva me inundó
hasta el infinito.
Aunque estas escenas se van perdiendo en mi memoria, cada vez están más
lejos y, lo peor, es que también se debilita la intensidad con la que
disfruto del sexo. Nada es lo mismo. Sé que tengo un problema. Que mi
búsqueda de placeres nuevos, ocultos e, incluso, prohibidos me hace
correr riesgos cada vez más intensos y reales pero también sé que es
una droga para mí, sana pero droga al fin y al cabo. Y ahora es,
después de este preámbulo, cuando tengo que relataros esa experiencia
que hasta hoy en día es insuperable y me temo que así será durante
mucho tiempo.
Una mañana, mientras desayunaba en una cafetería, leí en las páginas de
contactos un anuncio que me hizo pensar. En él, un escritor aficionado
se ofrecía para hacer realidad las fantasías de mujeres o parejas que
contactasen con él. Gratis. Decía que sólo confirmar el placer y poder
que las letras calientes ejercen en las personas. Sólo pedía una foto
de cualquier parte del cuerpo de sus clientes, para avivar la
inspiración. Me dejó muy intrigada.
-“Vamos a ver Marga, me dije, si tuvieses que ponerte en contacto con
él, ¿cuál sería la fantasía no realizada (porque si la realizas deja de
serlo) ni confesada que te gustaría que te escribiese?”y la respuesta
no fue fácil. Di algunas vueltas por mi caliente cabecita. Eché un
repaso a las situaciones que recordaba con gusto, pensé en las que se
me habían escapado y al final una sonrisa morbosa adornó mi boquita y
achinó mis ojos. El nombre que se le da en los manuales de sexo es
bastante desagradable, sin embargo siempre he pensado que no tendría
que ser un tabú si están clasificados como el mejor amigo del hombre,
bueno, en mi caso de la mujer. Y, coincidencias de la vida, en ese
momento un gran ejemplar atravesaba la porción de calle que podía
divisar desde la cafetería. Una corriente fría sacudió mi cuerpo al ver
aquel animal tan majestuoso, tan potente, tan leal acompañando con
devoción a su ama, ir a su lado, cariñoso y salvaje a la vez y vi
materializada mi fantasía inconfesada y oculta.
Al principio era tan sólo curiosidad, pero poco a poco fue creciendo en
mí la obsesión. Intenté leer algo sobre sexo con animales, más
concretamente con perros, pero las poquitas cosas con las que me crucé
no lograban excitarme, tan sólo aumentaban mi curiosidad. Pinchar en
Google cualquier término alusivo era un vendaval de citas a páginas de
sexo en las que se encontraban imágenes más o menos explícitas pero muy
pocas experiencias femeninas relatadas desde el lado sensual, de
disfrute, de compenetración con el animal. Por ello decidí pasar a la
acción y arriesgarme.
Como no le suelo ocultar casi nada a mi novio, aunque siempre haya
algún resquicio que pueda olvidárseme, tuve la valentía, con unas copas
encima y a altas horas de la madrugada, de insinuarle que me gustaría
ver qué tal es el sexo con un perro. Se echó a reír, diciendo que si no
tenía suficiente con su rabo. Seguí insistiendo para demostrarle que
iba en serio, que tenía bastantes ganas de probarlo y que me gustaría
contar con su ayuda o connivencia, en cualquier caso. A pesar de que no
terminaba de ofrecerme su abierta colaboración note que la conversación
no le desagradaba por el bulto que mostraba bajo su bragueta.
-“Vaya con el señorito. La idea no te molesta, es más, ha conseguido
ponerte cachondo, ¿Eh, te gustaría ver como a tu querida Marga se la
folla un gran perro mientras tu observas la escenita?, mira que eres
morboso aunque no des tu brazo a torcer en este asunto.”
Para eliminar todas sus reticencias a colaborar conmigo le regalé una
maravillosa mamada, hasta el final, hasta derramarse en mi boca.
Mientras se corría con una sucesión de inusitados espasmos que lanzaban
su semen hacia mi garganta cerré los ojos e imaginé que se la estaba
comiendo a un gran perro, mi novio. La visión figurativa de la escena
hizo que me corriese allí mismo, junto a él. Era la primera vez que me
iba comiéndome la polla de mi novio, además lo hice chorreando flujo
como una perra en celo ¿lo veis normal?
La obsesión empezó a ser enfermiza. Sabía por otras situaciones en las
que se me había metido una idea en la cabeza que hasta que no la viese
cumplida no iba a dormir a gusto y lo peor, no iba a disfrutar de mi
novio y de Moradita sin imaginar que eran partes de un mismo animal y
eso, en el fondo, me parece que es una forma de traición. No podía
alejar la idea de tener la hinchada polla de un gran perro dentro de mi
coño, inflamada, con la famosa bola evitando que pueda escaparme de su
abrazo, asegurándose que su leche se queda dentro de mí. Cómo se moverá
en esos momentos, uhmmmm, sólo de imaginarlo ya me humedezco.
Unos amigos tenían un pastor alemán. Cuando estábamos con ellos, en su
chalet, todas mis miradas iban dirigidas al animal. Casi le prestaba
más atención a él que a mis anfitriones. Jugaba con el perro como nunca
lo había hecho y el animal, que se llamaba Sun y era todo un Sol,
mostraba su agradecimiento tumbándose boca arriba y dejando que le
acariciase. Como os podéis imaginar parte de mis toqueteos iban
directos a su enfundado pene, que más de una vez sacó fuera por la
insistencia de mis caricias. La simple visión de aquel segundo rabo,
ofreciendo ese color tan sonrosado, esa forma tan apetecible hacía que
me mojase entre las piernas. ¿Era eso normal? Me excitaba más
rápidamente que con mi novio. Además, el poder que tenía sobre Sun era
increíble. Me olisqueaba cuando nos veíamos, me reconocía como a una
perra que continuamente estuviese en celo y no se equivocaba tanto, no
lo dudéis.
-“Que cariño le has pillado al perro de Mati, es increíble que para ser
pastor alemán lo arisco que es con todo el mundo y contigo se muestra
como un cachorro. ¿No será que...?” me interrogaba mi novio cada vez
que salíamos de la casa de mis amigos.
-“¿No será qué....?”
- ¿Qué? Contesté demasiado seria.
-“Pues conociendo tus inclinaciones sexuales, vamos Marga, si unimos
que te gusta probar todo con lo que me dijiste la otra noche, igual
estás pensando en ese animal de otra forma muy diferente a como lo ven
sus dueños”, dejó caer sin apartar su mirada de mis ojos mientras
conducía con una sola mano y la otra desaparecía descaradamente entre
mis piernas.
-“¿Y?”, respondí ya desafiante.
-“Nada, nada. Ya sabes que no me enfado siempre que esté por medio,
pero esto me parece muy fuerte y más en casa de Mati. ¿Qué crees que
hubiesen pensado si te hubiesen visto? Te ha faltado hacerle una paja
allí mismo. Nunca había visto una polla de un perro tan preparada para
el combate, aunque no me suelo fijar tanto como lo hice hoy.”
-“¿Entonces?, sabes que no haría nada que pudiese enfadarte, cariño.”
-“Bueno, pero ¿hasta dónde quieres llegar, Marga?”
-“Pues.... a ninguna parte, nada solo que me llaman mucho la atención
esos animales, tan humanos, tan cariñosos y, no te lo voy a negar, me
excita acariciarlos y ver como su polla aparece triunfante entre tanto
pelo. Sabes que hemos probado muchas cosas y que me puede la
curiosidad. Ya me conoces” dije sin aclarar cuáles eran mis ocultas
intenciones.
Ahí se quedó la conversación pero en mi mente iba creciendo la
necesidad de llegar hasta el final. Decidí llamar a mis amigos, los del
pastor alemán, y pedírselo directamente, como el que le dice a unos
padres de confianza que te dejen el niño y así ellos tienen un día
libre. Cuando me preguntaron para qué lo quería me dio mucha vergüenza
decirles la verdad, era excesiva para ellos, y les comenté que me
encontraba un poco sola, mi novio iba a pasar unos días fuera y en el
edificio había algunos problemas de seguridad. Por su negativa creo que
sospecharon algo que tampoco se atrevieron a decir.
Mi novio se reía mientras le contaba y me decía que tenía mucho morro,
además de estar más salida que una perra. Esa noche follamos como
locos. Una parte de él no solo aceptaba mi propuesta sino que también
le servía de combustible sexual.
Empecé a pensar en comprarme uno pero el piso es pequeño para un perro
grande, que es como lo quiero, grandote y fuerte, ya sabéis, son los
que deben tener las pollas más interesantes. En el bloque nadie tenía
perro que pudiese escaparse y desde el rellano atravesar mi puerta. No
pensaba en otra cosa, ya era obsesión.
En esos días de recién estrenada primavera, al verme mi novio tan
apagada, sería por la dichosa abstemia, propuso ir a dar una vuelta al
parque. Hace meses le hubiese dicho que no, vaya plan, pero ahora se
habían convertido en lugares sumamente excitantes para mí. Pero me
impuso una condición. Ya que iba a ver a tantos pretendientes, me
pidió, bueno más bien me ordenó, que me pusiese la mini vaquera que me
regaló, una muy corta, pero sin bragas, ni tan siquiera un tanga, para
que tener acceso libre a mi coño en todo momento y así comprobar lo
cachonda que se había puesto su chica con los animalitos. Tenía que
hacer todo lo que él dijese. Uhmmm, acepté a ciegas porque esos juegos
me resultan muy excitantes y porque significaba que iba a colaborar.
Era su putita sumisa.
El muy cabrón esperó a que estuviésemos en el ascensor para sacar un
par de bolas grandes que llevaba en el bolsillo.
-“Métetelas en el coño antes de llegar abajo” ordenó tajantemente. Me
levanté rápidamente la falda, chupé las bolas, abrí todo lo que pude
las piernas, y primero una y después otra desaparecieron entre mis
paredes dejando un corcel dorado y una pequeña anilla metálica colgando
de mis labios.
Que sensación, las frías bolas metálicas, que las habría
sacado del congelador, entrechocaban al andar y se movían dentro a su
aire. En vez de coger el coche o el autobús quiso que fuésemos andando,
que me recrease al caminar. Era una sensación nueva. Nunca me había
paseado por la calle así, tan libre, o por lo menos con una falda tan
corta. Enseguida empecé a excitarme, demasiado, tanto que sentí mi
humedad acercarse a la salida de mi coñito, ayudada por el hueco que
hacían mis intrusas. Noté como mis flujos se deslizaban por los muslos
y saqué un kleenex para limpiare. Él no me dejó, pasó sus manos por
debajo de la falda, recogió mi regalo y se lo llevó a la boca con
deleite. Aquella imagen me encendió pero él siguió andando, ni siquiera
paró a besarme.
Sentía un calor abrasador dentro de mí, las bolitas se habían calentado
y estaban haciendo su efecto. Tenía la sensación de que todo el mundo
sabía que no llevaba nada debajo, es más, incluso que llevaba algo
dentro pues me miraban como si fuese una puta que se vendiese. Sobre
todo me gustaban las miradas de los hombres que en el parque paseaban
perros. Me acerqué, en mis condiciones, a uno que llevaba un Gran
Danés. Que preciosidad, que poderío. Empecé a acariciarlo y el
animalito tuvo que oler mi estado porque al momento quiso hacer
desaparecer su morro bajo mi falda. El dueño simulaba que quería
apartarle pero tiraba de la correa con poca decisión y yo no me echaba
para atrás ni un centímetro.
Entonces, olvidando mi atuendo interior,
me puse en cuclillas a acariciarle y ofrecí, a conciencia, una visión
inmejorable de mi ya chorreante coño. Al dueño y al perro. El primero
se quedó clavado, mirándome abobado mientras que la bestia, al ver de
dónde salía el olor a perra, dio un fuerte tirón de la correa y metió
su cabezota entre mis piernas. En un par de segundos, una ágil lengua
recorrió varias veces toda mi abultada rajita hasta que mi novio me
levantó casi del suelo. En ese momento, tenéis que creerlo, abrazada a
él mientras dueño y perro eran testigos de la escena me corrí apretando
los dientes sobre su hombro y restregando mi pubis contra su pierna.
Cuando pude abrir mis ojos distinguí entre los espasmos finales como
mis observadores seguían allí, petrificados, amo y animal estaban
sumamente excitados, pude advertir el bulto del pantalón y la polla del
gran danés totalmente fuera de su cápsula. Me incorporé lentamente, me
temblaban las piernas y noté que se me había salido la primera de las
bolas, y empapada como estaba se deslizó por mi vagina.
-“¿Puedo sacarme esto un momento?. Están casi fuera” supliqué a mi
novio que me sujetaba con fuerza.
-“Sí, pero en cuanto quiera que te las vuelvas a meter, lo haces. Y
vaya subidón que te ha dado con tu perrito, Marga, si hasta te has
corrido, putita”, me dijo casi regañándome.
-“No lo he podido evitar, me ha sorprendido incluso a mí”.
En ese momento empezaron a tirar con fuerza de la mano en la que tenía
las bolas. Era el perro que las había mordido y las chupaba con
frenesí. Las estaba dejando limpias, brillantes, se lo estaba comiendo
todo. Temí que pudiera arrancármelas de la mano o romperlas.
-“¿Quiere usted llevarse a ese puto perro de aquí?, hala, se acabó el
espectáculo por hoy, me llevo la atracción, mañana, tal vez más.” Y fue
de la única manera que la pareja nos dejó en paz.
-“Ehhh, que brusco y maleducado has sido, por lo menos el can se ha
portado de maravilla en mi coñito” protesté en su defensa.
-“Vamos para casa, tengo que confesarte que la escenita me ha puesto
muy cachondo. No lo entiendo pero así ha sido. Tengo unas ganas de
follarte que no lo puedes imaginar”.
Me dejó sorprendida la confesión. Iniciamos con urgencia el camino de
vuelta, en busca del autobús aunque sólo se tratase de tres paradas. Mi
novio tenía prisa y no iba a contrariarle.
Cuando llegó el bus me
encontraba más calmada aunque la sensación de saber que iba con el culo
al aire me hacía vulnerable pero, a la vez, segura de mi atractivo. En
la parada se había acumulado bastante gente y todos me miraban como
diciéndome: eres una putilla que le gusta ir sin bragas, con el novio,
para que sea testigo de lo que te vamos a hacer dentro. Me estaba
volviendo a excitar. Subí delante de mi novio lo que evitó que los
demás pasajeros pudieran confirmar sus sospechas pero no que él
deslizase su mano por debajo de la falda hasta introducir con agilidad
uno de sus dedos en mi fácil coño.
En la fila descubierta había dos
asientos libres y me obligó a sentarme allí. Mis piernas quedaban a la
vista de los más cercanos que no hacían nada por disimular dónde
introducían sus miradas. Sentí la mano de él tirando disimuladamente de
mi rodilla y me excitó tanto su iniciativa que no opuse resistencia. Al
momento me encontraba ofreciendo una vista suficiente de mi húmedo
coño. El morbo de sentirte objeto de su excitación aumentaba los
latidos de mi corazón hasta hacerse perceptibles. Era la reina del
lugar y mis sufridores sentían penosamente tenerse que bajar. Al llegar
nuestra parada tuve que hacerme hueco entre ellos para acercarme a la
puerta y al pasar por cada uno sentí sus duros miembros pasearse por mi
culito e incluso alguna mano atrevida alcanzó la parte interna de mis
muslos, que viscosos por mis jugos, fueron oasis para esos sedientos.
Nada más entrar en el portal me quise sacar las bolas, estaba algo
incómoda con ellas hay tanto tiempo, continuamente intentando
deslizarse hacia fuera de mi vagina por la lubricación que no me
abandonaba, pero mi novio no me dejó.
-“Las putitas tienen que volver a casa tal y como han salido, así que
déjatelas dentro” me gritó no dejando dudas sobre su deseo.
Mientras, no dejaba de tocarme las tetas, meterme un dedo en la boca,
restregar su palma por mi coño, a sabiendas que ese movimiento era
nitroglicerina para mí, que me disparaba hasta llevarme a las puertas
de volverme a correr como una loca.
Por fin llegamos a casa, abrió la puerta invitándome a pasar y en
cuanto la cerró me llevó casi a la fuerza hasta la cocina, me hizo
inclinar sobre el frío mármol de la encimera, me levantó la falda desde
atrás y me la fue clavando poco a poco.
Uhmmm, el muy hijo de puta no me había dado tiempo a tirar de la anilla
y allí estaba, empujando con su polla el par de bolas chinas contra la
entrada de mi útero. Ahggg, otro animal, pensé, pero este me iba a
destrozar. La presión de las bolas sobre el fondo de mi cueva era
bestial y no parecía que cediese ni que él me permitiese sacarlas de
allí. Mientras me follaba me insultó como nunca lo había hecho, lo
hacía por la escena del perro, me llamo puta perra, me dijo que estaba
en celo continuo, que era una ninfómana asquerosa, y mil cosas más que
no quiero que aparezcan aquí. Pero, os diré, que en vez de molestarme
hizo que mi multiorgasmia reapareciese en todo su esplendor. Me parecía
tan animal, tan salvaje, tan primitivo.
-“Joderrrrr, que me vas a romper por dentro, cabrón. Aghhh, me gusta,
sí, me gusta, ahh, pero duele, sigue, sigue, empújamelas hasta dentro,
hijo de puta, como me pones....sigue que me voy a correr, sí....ahgggg....me
corro como una perra....sí, sí, sí,....aghhhhh, soy tu puta perraaaaa”.
Supe que le quería cuando me vino encadenado el segundo orgasmo y en mi
mente se materializó la siguiente escena: el gran danés del parque era
el que me estaba jodiendo así en vez de mi novio. Esa ha sido la imagen
fantasiosa más fuertes que he tenido nunca, ¡¡¡me puso tan caliente!!!.
Y el animal se corrió con grandes aspavientos dentro de mi coño a la
vez que me iba por tercera vez sintiendo un ligero desmayo que me hizo
hincar las rodillas en el desangelado gres de la cocina y caer al suelo
entre temblores y mareos sintiendo un gustazo de muerte. Tenía todo el
vicio dentro de mi cuerpo. Creo que tuve convulsiones, seguro que fue
así cuando él se corrió dentro de mí. No recuerdo bien porque fue
inmenso, nunca una polla había llegado hasta allí...como podía gustarme
tanto que me perforara...me sentía tan puta en esos momentos.
Cuando pude incorporarme y volver la vista le vi allí, sentado en el
suelo, con la polla menos arrogante y la mirada perdida entre mis
piernas. Acerqué la mano a la anilla y tiré, un escalofrío recorrió mi
cuerpo cuando el par de bolas abandonaron la profundidad de mi dilatado
y enrojecido coño. Estaban llenas de semen. Sin dejar de mirarle a los
ojos las lamí con fruición, sin dejar ni rastro de su leche, limpias,
absorbí mis propios fluidos que tenían en algunas partes de las bolas
un tono rosáceo. Fui a palparme mi dolorido coñito y advertí que un
pequeño hilo de sangre aparecía entre mis labios más escondidos.
Cabrón, me había hecho daño pero, también, me había llevado al cielo.
Cómo iba a dejar de ser su putita.
Miré la hora del despertador. Las once y media de la mañana, estaba un
poco aturdida, la noche anterior fue una continúa prolongación de la
escena de la cocina. Os diré que sentía escozor entre las piernas pero
no podría distinguir si era por la sesión de sexo o por algo en
concreto que mi novio me metió. Estaba desatado y cualquier cosa podía
ser. Ya le preguntaría cuando volviese a la tarde del trabajo.
Tenía el día libre. Una delicia cuando estás cansada y no tienes que
madrugar. Desayuné con ganas. Puse algo de musiquita y pensé que era un
buen momento para echar un vistazo a la cuenta de correo, siempre había
alguna sorpresa agradable e incluso caliente. Tan temprano y ya me
estaban encendiendo algunos de los mensajes privados de gente del chat.
Al ir a la cocina a buscar un poquito de agua sentí como si alguien
quisiese entrar en casa, no por que sonase el timbre sino por los
extraños golpes que sonaban contra la madera. Eran suaves pero
insistentes. Eché un vistazo por la mirilla, no vi a nadie y me asusté
un poco. Los golpes seguían por lo que me decidí a abrir sin quitar la
cadena, claro, y allí, intentando meter el hocico estaba mi amigo, el
gran danés del parque. No me lo podía creer, me quedé de piedra, pero
de piedra caliente, como la de los hornos. ¿Cómo había llegado hasta mi
puerta el animalito, que tanto se parecía al perro de Scooby Doo?
Sin dudarlo retiré la cadena y, sin dejar de mirar al resto del
rellano, le franqueé la entrada, pero se quedó en la puerta, con el
culo plantado en el felpudo. Estaba solo, sin dueño. No hablaba pero yo
le entendía, sabía lo que quería y ya lo había probado. Se comportaba
mucho mejor, era tan educado y tímido que tuve que tirar de su collar
para que entrase. Se quedó inmóvil en el recibidor, mirándome a los
ojos, jadeando, con su inmensa lengua fuera. Busqué en la cocina algo
para darle, un poco de carne del día anterior y ni parpadeó, debía
tener esa necesidad satisfecha.
En ese momento se me ocurrió una idea.
Levanté mi vestido por delante, aparté las braguitas hacia un lado para
que viese mi sonrosada rajita, la que ayer había probado, cogí el trozo
de carne y lo pasé poco a poco por mi coñito que comenzaba a
lloriquear. El contacto me proporcionó un calor abrasador, ayudado por
la expectación del animal, y las piernas comenzaron a temblar. Me
acerqué unos pasos a él y seguí moviendo la carne advirtiendo un brillo
distinto en sus ojos. Empezó a mover el rabo, inquieto, y a acercar el
hocico hacia la carne que ahora le ofrecía bañada en mis cada vez más
abundantes jugos. Mi fantasía comenzaba a dejarse palpar.
Entonces, se levantó del suelo, se vino lentamente hacia mí, lo que me
puso muy nerviosa pero excitada a la vez. En un descuido se lanzó a por
la carne y me la arrancó de las manos con lo que me asusté. Pero al ver
que antes de destrozarla con sus mandíbulas la estaba chupando con sumo
placer, con ansias y con deleite, cerré los ojos al saber que yo le
gustaba, que lamía mis jugos como si de un amante humano se tratase.
Después, una vez que absorbió todo mi aroma de la carne, dio un pequeño
bocado y la dejó aparte. Ha perdido las ganas, no tiene hambre solo
vicio. Es casi humano.
Comenzó a acercarse lentamente hacia mí, y me hizo temer su reacción,
era grande y una vez excitado podía ser peligroso pero sabía que me
había probado y eso le exigía ser sumiso. No sabía como actuar, estaba
deseando que el perro se dedicase a mí pero tenía que enseñarle, no sé
si habría estado ya con alguna mujer, era un cachorro. Con su gran
morro, olisqueando mi entrepierna me iba empujando hacia el fondo del
distribuidor donde, curiosamente, estaba nuestra habitación, donde las
sábanas todavía recordaban la noche anterior. Ya no tenía remedio, me
había llevado hasta el final del viaje, mi cama. Seguía estando
asustada pero el contacto con las sábanas me ayudó a situarme. El
animal llevó educadamente su hocico hasta el borde de mi vestido, cerca
estaba el origen del aroma que lo estaba excitando, era mi coño el que
desprendía ese olor a perra.
Al volver a reconocer ese olor, que estaba fresco estaba fluyendo, el
gran danés comenzó a rugir con suavidad, empujó su cabezota por debajo
de mi falda y me aplastó literalmente contra la pared, como un macho
embravecido que sin violencia pero con firmeza te va a hacer suya, pero
en este caso era un animal jadeante que sólo intentaba meter su húmedo
hocico entre mis piernas buscando algo que chupar.
La excitación hacía que su polla luciese espléndida, pero no podía
dejar que me la clavase así como así, como buena puta, necesitaba que
se recrease en mi cuerpo. Sabía que era mucho pedir a un animal en
celo, no podía conocer las cositas que tenía que hacerme. Estaba
dispuesta a enseñárselas. Mi corazón latía salvajemente y este bombeo
hacía que mi botoncito maravilloso palpitase sin parar. Le agarré la
cabeza e intenté moverle hacia la cama, para que me dejase sentarme en
el borde, de esta forma evitaría que me atacase por detrás, su forma de
follar a una perra.
Empecé a acariciarle la cabeza, el lomo, llevando las manos por debajo
de su tripa hasta topar con el rabo que seguía estando fuera. Tenía un
tamaño nada despreciable, casi humano y muy atractivo, estaba hinchado
y de color púrpura con la punta muy sonrosada y una bola impresionante
en la base. Estaba claro que me deseaba, anhelaba estar dentro de su
perra, una puta a la que le gusta probar de todo.
Empecé a separarme los labios del coño frente a él, bien abierto para
que el pobre animal no tuviese dudas al acercar su babeante morro a mi
preciosa gruta, envuelta en vello que también retiré para facilitarle
su labor.
Era torpe, su primera vez, seguro, aunque fuese en la combinación entre
perra y mujer, y se lanzó sin delicadeza, estuvo a punto de morderme.
Di un pequeño salto hacia atrás y le sujeté la cabeza, tenía que
demostrarle quién mandaba en mi casa. El reto de hacerle comprender
cómo quería que me comiese me llevó a un estado de excitación
fronterizo al orgasmo. Pude contenerme, quería que fuese el perro el
que me lo arrancase.
Abrí de nuevo las piernas, y le llevé muy despacio hacia mi coño, el
animal tenía que comprender que llevando su lengua entre mis muslos, el
regalo que iba a conseguir sería total. Mis conocidos jugos le tenían
loco. Literalmente, le metí el hocico en mi raja, su larga y compacta
lengua lamió mis labios por fuera y por dentro y se introdujo buscando
el manantial. Ninguno de mis amantes había llegado tan adentro.
Con su
lengua, áspera y cálida a la vez, desencadenó un terremoto en mi
interior, con su epicentro en mi precioso coñito, sabía que estaba en
un punto sin retorno. La cabeza me daba vueltas, y me faltaba el aire.
Su lengua no dejaba de achicar mi inundada cueva y mis jadeos ya no me
dejaban respirar. Me sentía más guarra y puta que nunca, pero estaba
padeciendo las descargas más intensas que una mujer puede recibir, os
lo aseguro. No sé cuanto tiempo me quedaba para correrme pero quería
alargarlo todo lo posible. Tal vez me repita pero os confieso que nunca
me había excitado tanto, mis jugos salían con facilidad y mi perrito no
paraba de lamerme y aullar y gemir como un niño cuando empieza a
llorar, buscándome con su lengua y su morro y a veces también con sus
dientes. Con mis dedos notaba claramente los pálpitos de mi enrojecido
e hinchado clítoris, latía con cada gluppps, shullsss, glupp, glupp de
mi amigo y mis suaves masajes. Era increíble como le podía gustar tanto
mi sabor.
Le moví la cabeza hacia arriba, para que su lengua tocara mi
botón, esa era la manera que quería terminar, pero era difícil
retirarse de la fuente, la gruta por donde salía su alimento.
Repetí el truco de la carne y tras introducirme los dedos en el coño,
profundos, extraje toda mi esencia y la esparcí por mi clítoris para
llamar su atención. Perfecto, el animal guiado por mi néctar deslizó,
primero su hocico y después la lengua hacia donde yo quería y ahí, tan
cachonda como estaba, empecé a tocar el cielo. Me dejé caer hacia
atrás, en la cama, sin darme cuenta del peligro que corría al quedar a
merced del estado frenético del animal, mis temblores no me dejaban
pensar en nada más, las piernas no me sostenían, la mente se me
empezaba a nublar.
Su comida estaba siendo ultrarrápida, un poquito
monótona pero intensa, como si fuese una suave lija que me arrancaba
gritos de placer. Agarré su cabeza en el umbral del orgasmo y le sujeté
fuerte contra mi clítoris. Le necesitaba ahí mientras durasen estos
momentos intensos y chillé ayyyy, ahhhhh, ahhhhhh, uhmmmmm.......guauuuuuu,
grite también para confundir mis gruñidos con los de la bestia para
fundirnos en el placer.
Allí estaba, corriéndome como una puta, una perra en celo, una cerda a
la que ahora podrían hacérsele toda clase de barbaridades, a la que si
viniesen los ciento y un dálmatas les dejaría lamer todo su cuerpo,
todos sus agujeros de puta. Ahhhhh, intenté respiré hondo, me faltaba
el aire, el animal no ha dejado de lamerme mientras me he corrido y
ahora era yo la que quería tomar la iniciativa.
Una vez que le pude medio controlar comencé a acariciarle la barriga,
eso suele hacer que los perros se tumben bocarriba para ofrecerte sus
bajos y los acepté. De tal modo que casi sin que mi amante se diese
cuenta le tenía agarrado su apetecible miembro. No se movió, sabía que
le tenía atrapado, apreté ese cilindro y apareció un capullo sonrosado
que en ese momento me pareció el manjar más exquisito que una perra
como yo podía disfrutar.
Con decisión llevé mis labios hacia su polla, sin escrúpulos, apartando
el pelo y me recreé en lamer ese regalo. Tenía un sabor raro pero
sumamente excitante, no era humano pero me gustó desde el principio.
Seguí sorbiendo y chupando sin
parar, mientras le empujaba los lomos hacia mi boca, para conseguir
introducirme todo aquello, lo que no me fue demasiado difícil a
excepción de esa bola que estaba en la base y que me que encantaba
sobar. Mientras, mi amigo emitía una especie de aullido apenas audible,
una sinfonía de placer, y no hacía el más mínimo movimiento por
abandonar la postura. Parecía dispuesto a correrse en mi boca pero no
era así como pensaba acabar la escena. Me dediqué a sus bolas, para
retardar su derrame, eran divinas, disfrutaba al acariciarlas y
moverlas dentro de su escroto, metiéndomelas en la boca y jugueteando
con mi lengua entre ambas. Por último, le di dos o tres embestidas
profundas, desde el capullo hasta la bola, y corté la mamada para
evitar males mayores.
El gran danés no parecía
reaccionar, seguía en su postura sumisa y expectante por lo que volví a
meterme los dedos en mi coño, que no paraba de manchar las sábanas por
el extraño placer que me había supuesto comérsela, y la mano pringosa
se la rebocé por el hocico. Automáticamente se enderezó y retomó la
iniciativa brutal con la que me había asustado antes. Me preparé a
recibirle como merecía, a cuatro patas en el suelo, ofreciéndole lo que
llevaba buscando: mi rajita encharcada y con olor a su hembra.
El animal no lo pensó dos veces, acercó su húmedo hocico a mi coño,
olió, dio un par de lametones para reconocer a su presa y con decisión
subió sus patas delanteras sobre mi espalda, inundándome con su aliento
caliente, apoyó su tripa contra mi columna, acercó su cadera a mi culo,
que se movía para facilitar su entrada, y después de varios intentos lo
sentí dentro.
Por fin, mi fantasía realizada, me estaba tirando a un perro, en mi
casa. Con ese logro en mi ser comencé a sentir los espasmos de un nuevo
orgasmo, esta vez tan intenso que si no llego a estar en esa postura me
hubiese derrumbado sobre mis rodillas.
No podía ser que estuviese
sintiendo algo así, algo único, nunca con un hombre había obtenido tal
placer, mi obsesión me estaba llevando a mesetas explosivas y
continuas. El gran danés ya estaba enloquecido y aullaba al sentirse
dentro de mí, no paraba de follarme. Delante, detrás, delante, detrás, plaff, plaff, plaff, plaff. Estaba aferrado a mi cuerpo, no podía
escapar de su abrazo durante mis orgasmos, en uno de sus fuertes
empujes consiguió introducir su bola en mi coño, tenía ya unas
dimensiones tan aparatosas que sentí con cierto dolor como se abrían
los labios de mi coño para después notarme totalmente rellena la
entrada del mismo, sellada.
Una vez que el perro lo consiguió y
multiplicó la intensidad de las embestidas reapareció la Marga
multiorgásmica que conocéis. Debo confesaros que en el tiempo que el
pobre animal se afanaba por depositar su semilla dentro de mí, yo me
corrí tres veces seguidas, sin bajar, incluso subiendo cada vez más, se
me volvían los ojos del revés, me estallaban dentro, a la vez, todas
las explosiones de todas las guerras, me soplaban los huracanes del
caribe y temblaba como si tuviese el terremoto nepalí en mi estómago,
el corazón volaba en mi interior y las sienes me latían a punto de
estallar, así era de maravilloso e increíble.
Cuando estaba en un punto tan intenso, rozando la inconsciencia, sentí
estremecerse al potente danés, aullaba, era casi humano al correrse
dentro de mí con un movimiento de mete-saca tan acelerado que me
golpeaba las nalgas como si las aplaudiese con frenesí. Se me abrieron
las rodillas hasta quedarme en una posición ridícula, casi como una
rana pero él seguía unido a mí, intenté librarme de su abrazo pero fue
su polla la que no conseguí sacar de mi coño. Entonces recordé que
hacía un momento me había amarrado a él, lo había oído en alguna
ocasión, la famosa bola estaba cumpliendo con su cometido. Recordé,
cuando era pequeña, la sensación tan rara que tenía al ver a dos perros
pegados por el culo. Ahora yo era la hembra de aquella escena.
Al tener
la certeza de haber cumplido con su instinto procreador advertí como
pasaba una pata trasera sobre mí y buscaba la postura cómoda que yo
recordaba, con su culo pegado al mío. Me tenía atrapada por la vagina y
me parecía mentira que no pudiese soltarme, que lo aprendido tras
generaciones le ordenaba mantener su semen dentro de la perra, no abrir
la puerta, para obtener descendientes de una perra como yo. Esa
sensación de vacío era increíble y su permanencia forzada dentro de mí
me transmitía emociones muy diferentes al placer que siento cuando mi
novio, después de follarme bien, me la deja dentro, y siento como
mengua y se empapa de su propio semen. En este caso no necesitaba
apretar mis muslos para que no se saliese nada, era imposible,
estábamos sellados por ahí hasta que su excitación bajase.
Porqué tiene que ser en esos momentos. Empecé a notar la misma
sensación, mientras tenía su polla dentro, que siento cuando me va a
bajar la regla. Una caída de flujo que busca la salida entre mis
piernas, me sentía muy sucia, muy perra, muy puta. Justo en el instante
en el que el gran danés se calmó y su excitación bajó, sacó su divina
polla con un suave tirón. Poco a poco fue desapareciendo en su tripa, y
advertí que un pequeño reguero de sangre sucia bajaba por mis muslos,
los recorría en toda su extensión y llegaban al suelo. El perro, al
notar la novedad líquida, llevó su lengua al parquet y, después de
olisquear, decidió lamer toda la mancha, siguió con el hilo de mis
muslos y dirigió con premura su lengua al manantial lo que provocó casi
al momento que me cayese de lado. Giré sobre mi espalda hasta quedar
boca arriba en el suelo y poder así ofrecerle mi tesoro. Abrí las
piernas en toda la extensión que me permitían mis escasas fuerzas y
cerré los ojos y ya no me preocupé de sujetar su cabeza.
Al estar de espaldas a la entrada no advertí que la puerta se abrió
pero sí que una persona se arrodillaba, semidesnudo sobre mi cabeza y
me colocaba su polla, dura y amenazante sobre mis labios. Acepté la
invitación y al engullirla como pude la reconocí. Mi novio estaba
participando del trío más increíble que había oído hablar jamás. Lejos
de amilanarme por su presencia comencé a mamar su apéndice con locura,
con desesperación, con agradecimiento por que estuviese allí y sentir
la seguridad de su compañía.
-“Cómemela Marga, sí, no pares que eres la más puta que he conocido. Te
follas un perro, en nuestro dormitorio, sí, así, hasta dentro, putita
mía. A un perro, estando con la regla y ahora el hijoputa del chucho te
está chupando el coño de cerda que tienes, sí, un poco más que me voy a
correr, sí perra, hueles a sexo animal, hija de perra, ahggg, tengo la
más puta en casa.....uhmmmmmm......ahggg.....”, me estaba disparando
con sus acertados insultos mientras estaba a punto de correrse y yo,
que no había casi abandonado mi sesión de orgasmos, volvía a recibir la
llamada de uno nuevo, golpeaba descaradamente mi puerta y dos machos la
estaban abriendo.
Como seguía apareciendo en la entrada de mi coño un hilo de sangre
mezclada con fluidos lubricantes, sus lametones eran potentes y
superiores a mí, eso fue el detonante y exploté. A la vez, recibía la
leche de mi excitadísimo novio directamente en mi garganta, porque no
estaba dispuesto a darme ninguna tregua. Unas ligeras arcadas me
pusieron en un verdadero aprieto pero se quedaron sólo en amago al
terminar de vaciar sus huevos en mi boca. Mi orgasmo fue tan brutal que
perdí el conocimiento.
Cuando volví en sí me encontraba tendida en la cama, mi novio
acariciaba mi frente con dulzura y el gran danés yacía semidormido a
los pies de la misma.
Sonreí a mi chico, con la sensación de haber cumplido un sueño, él me
besó con ternura en mis labios y susurró a mi oído: “Hueles a perra
pero te quiero”.
No os voy a decir la cantidad de veces que he tenido que parar
mientras leía mis aventuras y ayudarme con Moradita a calmar mi ardor
para seguir leyendo pero sí os confesaré que he disfrutado mucho al ver
reflejada mi vida reciente y poder compartir con vosotros este
descubrimiento. Tengo la intención, una vez eliminados todos los
anteriores tabúes y trabas, seguir probando nuevas cosas que me hagan
disfrutar del Sexo. Pero no os preocupéis, vosotros, a través de mi
narrador, seréis testigos de mi evolución. Todo lo que queráis saber de
mí, él me lo hará saber. No dudéis en decirme qué os ha parecido, y si
también habéis pasado por etapas de tanta actividad, sobre todo con
estos animalitos. Un húmedo beso para todos y para vosotras también, y
cuidado que os estáis convirtiendo en mi nueva obsesión. Espero que
esta nueva dimensión alimente la próxima entrega de mis experiencias
sexuales.
Transcrito
y adaptado en septiembre y octubre de 2005, con la inestimable
colaboración de Marga.
Nío.
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