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Era viernes por la noche Lucía y
yo estábamos cenando. La semana había transcurrido con normalidad pero
hoy la notaba más distante. Como si su mente estuviera en otra parte,
como si hubiese algo que quisiera comentarme pero no se atrevía. Estaba
tan absorbida removiendo su sopa que ni siquiera se dio cuenta de que
yo la estaba mirando atentamente. Tosí para intentar traerla de nuevo
al mundo de los vivos. Ella me miró de reojos pero no quiso mantener la
mirada. Fue entonces cuando me decidí a preguntarle que estaba pasando.
“Juan supongo que tendrás en mente lo que paso el sábado pasado ¿no?”
“Sí, sí que me acuerdo. ¿Qué ocurre?”
“Pues… hay algo que no te conté.”
“¿De qué se trata?”
“Bueno… es que… le prometí a José de que este sábado nos volveríamos a
ver…”
“Cariño”- la interrumpí- “acordamos de que ya se acabaría”.
“Ya lo sé… pero es que me gusto mucho y me quede con ganas de más. Y
ahora pues no lo quiero dejar tirado… se portó muy bien conmigo, y si
lo veo por la calle tendré que agachar la cabeza…”
“Pues lo siento Lucía pero tendrías que haberlo pensado antes”.
De nuevo volvió el silencio y ella siguió removiendo su sopa. Yo estaba
empeñado en demostrar quién mandaba en nuestra relación, quería imponer
mi autoridad. Sin embargo, al mismo tiempo un cosquilleo se apoderaba
de mi estómago. ¿Será que yo también quería que volviese a pasar eso?
¿Me estaría convirtiendo en un marido cornudo de esos que veía en
internet? Quería sacarme todas esas dudas de la cabeza pero no podía.
Esa idea de ser cornudo era absurda. ¿Por qué alguien iba a querer
serlo? En mi mente estaba teniendo lugar una auténtica batalla campal.
Dos posturas enfrentadas entre sí en mi propia mente. Tras un rato
batallando los cañones de la curiosidad vencieron al abandono de esa
práctica. Sí, quizás yo también quería que ella volviese a ausentarse y
volver con un hermoso y real relato erótico sobre su aventura y mis
crecientes cuernos.
“Está bien cielo, lo he pensado y te dejo que vuelvas a verle y para
que veas que te quiero mucho te voy a dejar una semana entera, así
después ya te quedarás saciada y podremos volver a nuestra vida normal.
Eso si nada de corridas que te conozco”.
Tras oír estar palabras Lucía saltó de su asiento casi tirando el plato
que se hallaba en la mesa y se vino para mí corriendo y besándome como
nunca me había besado. Yo apenas podía respirar. Mi miembro empezaba a
ponerse erecto. Al cabo de unos minutos de incansables besos, salió
corriendo al cuarto de baño dejando un gritó en el aire: “me voy a
duchar”.
A lo largo de la semana vi como ella iba llegando a casa muy feliz y
cada vez más y más cariñosa conmigo. Como si yo me hubiera transformado
en su ídolo. Siempre me contaba sobre sus orgasmos y las veces que lo
habían hecho. Esta vez notaba en su cara la sinceridad de que había
cumplido y todas las corridas habían acabado en el condón. Yo cada día
aceptaba más el hecho de que ella lo estuviera haciendo con José. Me
iba acostumbrando y por lo que parecía era un buen tío. Se acercaba el
domingo y ya ese día todo volvería a la normalidad. Una vez más me
equivoqué. Esta vez no se mostró para nada tímida me lo dijo
directamente a la cara.
“Juan esta noche viene José a cenar y cocinaré para ustedes. ¿Y sabes
qué? esta noche podrás por fin ver a tu mujer acostándose con otro.
Quiero que estés bien presente. Lo haremos en el salón y tú te sentarás
en una silla, delante de nosotros. ¡Ah! Y por favor deja que se la
chupe sin condón ¿vale?”
La idea era tentadora, se me puso erecta al instante, no obstante, me
daba un poco de miedo a cómo podría reaccionar yo en una situación así,
pero ya había dado unos cuantos pasos, había que seguir un poco más
adelante. Total, quizás viéndola podría controlarles más. Acepté la
propuesta.
Eran las 9 y media José estaba a punto de llegar y mi mujer estaba bien
vestida con un precioso vestido rojo, bastante cortito y unos tacones
de aguja. Solo con verla ya me entraban ganas de llevarla para el
cuarto y olvidarnos de todo. No obstante tenía que cumplir con la
promesa de dejarle hacerlo delante de mí. También le prometí
comportarme y ser amable con José. Ella me avisó de que él estaba más
nervioso que yo y que en cierto modo tenía un poco de miedo por mi
reacción.
Finalmente, al sonido del timbre mi mujer abrió la puerta y atravesando
el umbral se hallaba un chico alto, moreno, de ojos castaños y buen
físico así como bien vestido. Intentando ser lo más amable posible me
acerqué a él y le intenté estrechar la mano. Al principio él dudo si
hacerlo o no, no había duda de que un poco cortado sí que estaba pero
al rato me la estrechó. Mi chica le dio un pequeño beso en la boca y
ofreciéndonos asiento, se dirigió a la cocina a traer la cena que con
gusto había preparado. En la mesa, ella se sentó en uno de los bordes,
presidiendo la cena y nosotros a ambos lados de ella. Fue una situación
un poco incómoda ya que tanto José como yo nos sentíamos así a pesar de
que mi mujer pusiera un gran esfuerzo en remediarlo. Terminada la cena
mi mujer impaciente dijo que deberíamos comenzar con lo previsto para
esta noche. Estaba realmente impaciente a penas me lo podía creer. No
obstante, José no quiso empezar sin antes hablar conmigo:
“Oye Juan, si tú no quiere no hay por qué hacerlo. Vaya yo no quiero
ofenderte ni nada. Si he hecho algo con tu mujer es porque ella me dijo
que tú estabas de acuerdo, pero creo que esto de esta noche es algo un
poco fuerte”
“Estoy de acuerdo contigo José y te agradezco el respeto que me
muestras, la verdad es que no estoy muy seguro de querer hacerlo, pero
ella confía en que eres un buen chico y veo que al menos me respetas
así que bueno… si a ella le hace ilusión, que remedio. Eso sí no te
acostumbres porque tu suerte cambiará pronto ¿ok?”
“Ok, ok, pero que conste que me has dado tu consentimiento, hoy haremos
lo que queramos tu mujer y yo, respetando tus limites pero lo que
queramos”
Después de esta breve charla mi mujer me acercó una silla cerca del
sofá donde lo iban a hacer y me susurró al oído si confiaba en ella. Le
dije que sí, mentí, pero que otra cosa iba a hacer. De este modo ella
me besó intensamente y de repente me vi atado de manos a la silla, y
ella de rodillas atándome las piernas.
“¿Qué es esto?” Pregunté
“Quiero asegurarme de que no lo estropeas y además así atadito estás
más mono, estás en mi poder”.
La cosa se iba poniendo fea para mí, así atado me sentía más inseguro.
De repente ella empujó a José para que se callera en el sofá y montada
encima de él empezó a besarlo. El culo de mi mujer estaba mirando para
mí y ya que el traje era bastante corto pude ver perfectamente un tanga
negro que le regalé cubriendo su hermoso sexo y rodeado por su culo
redondito y firme. Una mano asomaba, José le estaba acariciando sus
bajos. Una vez excitada comenzó a desnudarlo de cintura para arriba y
completada la faena, empezó a besarle el cuello, su torso, sus
abdominales y llegó la parte más dura: le empezó a desabrochar los
pantalones, bajar su ropa interior y dejar al descubierto el pene de
José. La verdad es que estaba bien dotado el chico. Viéndola erecta mi
mujer la introdujo en su boca y empezó a chupar lentamente para
saborearla bien. Unos minutos más tarde se incorporó, no sin antes
rozar el miembro de José bien por toda su boca y se acercó a mí. Me
preguntaba que iba a hacer. A lo mejor me la chuparía a mí también. Me
equivoqué. Acerco lentamente su boca a mi cara y empezó a lamerme la
cara de arriba abajo. ¡qué asco! Pensé. Ella notó que me daba asco y me
dijo:
“No arrugues la cara cariño, solo quiero hacer que huelas a su poya.
Está rica y tú tienes derecho a olerla. Anda deja que te deje
bienoliente a poya del amante de tu mujer”.
“Querrás decir maloliente”
“Anda anda, no te quejes tanto. Además así oliendo a poya me gustas más
jeje”.
Después de esas palabras el asco se iba mezclando con el morbo. No me
gustaba oler así pero que morbo me dio que me hablase de esa manera. A
José parece que le encantó la idea, no podía evitar soltar alguna
risilla. Ella volvió a mamar de nuevo. Esta vez poniéndose de lado para
verla bien y mirándome cada dos por tres. Era una situación muy morbosa
y como disfrutaba la jodía. Cansada ya de chupar le pidió a José que se
pusiera el condón y la penetrará. Así lo hizo. En frente mía me
encontraba a un “desconocido” penetrando una y otra vez a mi mujer y yo
atado sin poder hacer nada. Las embestidas iban subiendo de velocidad y
se escuchaba como los huevos de este chico azotaban el sexo de mi mujer
cada vez que este la embestía. Al cabo de un rato mi mujer pidió
ponerse encima. Se supone que tendría que estar enfadado pero verla a
ella tan entregada me estaba dando morbo.
Tras sentarse en la verga de
José empezó como loca a cabalgar. Subía y bajaba bajada y subía estaba
totalmente entregada a follar con ese chico. A veces de espaldas para
que pudiera observar bien su culo y otras veces mirándome a mí para que
viera como su sexo permanecía abierto por aquel miembro que había
tenido la suerte de penetrarla. He de decir que aunque su coño no esté
rasurado, es bastante lindo. La verdad es que me estaba gustando ver el
coño de mi mujer subiendo y bajando por aquel mástil. A José parece que
le excitó bastante que mi mujer se lo follara mirándome a mí porque dio
un aviso de que iba a correrse. ¿Por qué avisa? Pensé yo, total iba a
correrse dentro del condón. Sin embargo mi mujer, muy excitada se
incorporó tiró de sus brazos para ponerle de pie también a él y
mientras yo le preguntaba a mi mujer inquietamente que qué hacía
delante mía vi como ella se arrodillaba ante él tirada el condón y se
la mamaba esperando impacientemente a que la leche de aquel chico
hidratase su boca seca de tanto jadear. Y así fue, a pesar de que yo no
quería, ahí estaba mi mujer con la boca rebosante de leche. Yo no sé si
es que ella dejaba asomar un poco o es que José echaba corridas
descomunales porque la leche se le salía por los dos lados de la boca.
Realmente no fue que ella lo hiciera adrede puesto que luego se acerco
hacia mí y me enseñó claramente toda la corrida en la boca, escúpelo,
le dije y ella me hacía ruidos como de que quería tragarlo. Acepté.
Después de tragar se me sentó en mis piernas diciendo:
“Ay mi amor, ya sí que empiezas a ser cornudo. Me encanta convertirte
en cornudo. Me encanta. Me lo he pasado muy bien y así te quiero mucho
más. Solo de pensar que te estoy humillando así me entra un cosquilleo
por dentro que no puedo aguantar. Además me encanta me encanta poder
decirme a mí misma que mi marido es un cornudo.”
“Bueno cielo, me alegro que te haya gustado, no me ha gustado eso de
tragarte la corrida pero en fin que remedio. Anda desátame por favor”.
“Eso está hecho. Y perdona por lo de recibirla en la boca y tragarla,
es que mi amor, José está tan bien que quería notar el sabor de su
leche y como se corre brutalmente, no sé si te diste cuenta pero ha
echado una enorme cantidad de semen, pues he tenido el deseo de
tragármelo todo. Nunca había tenido tanta leche en mi boca”
Mmmm esas palabras me estaban volviendo loco, realmente me estaba
empezado a gustar eso de que mi mujer me quisiera hacer cornudo y me
hablase así. Al fin al cabo mejor cornudo consentido que ignorante. No
obstante mejor no darle demasiados ánimos a mi mujer que ella más que
correr vuela. Mientras José se aseaba en el servicio mi mujer desnuda
hablaba conmigo de lo mucho que le había gustado la situación y cosas
por el estilo. Recogimos el desorden y tiró el condón a la papelera.
Cuando volvía de la cocina se encontró con José en el pasillo. Se
besaron y José se acercó a mí:
“Bueno Juan espero que estés disfrutando de los enormes cuernos que te
están creciendo estos días, yo sinceramente me lo he pasado de puta
madre. Tu mujer folla muy bien y me ha encantado que tengas que
presenciar como ella se tragaba toda mi corrida. Eres un buen tío sin
duda, y cornudo ya que veo que no estás demasiado enfadado”.
“No te pases”, le dije y luego le estreché de nuevo la mano.
Nos quedamos los tres un rato tomando unas copas y viendo la tele, él y
yo vestidos y mi mujer desnuda aunque de vez en cuando le sacaba el
pene a José para acariciárselo un poco más. Después de un buen rato
miramos el reloj y ya eran las 3 de la mañana. Le ofrecí a José que se
quedase a dormir pero rechazó mi oferta dejándola según él para otro
día. Mi mujer y yo nos acostamos tras despedirle y yo pensando que ella
no iba a querer follar conmigo esa noche puesto que estaría cansada
cerré los ojos. Al cabo de unos segundos me la encontré preguntando que
qué hacía y desnudándome a gran velocidad. ¡Qué manera de follar! Se
notaba que estaba excitada nunca a pesar de que ella es muy muy activa
la había visto tanto. A pesar de todo y los ya pocos celos que rondaban
en mi cabeza, después de hacer el amor de esa forma, dormí como un bebé
y abrazado a mi mujer.
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