.:: RELATOS DE CORNUDOS ::.

  "El cornudo suele ser el último en enterarse".

 

 Carta de un cornudo a otro:

 

 Me has pedido que te mande una foto de mi ex, la que me puso los cuernos. Lo prometido es deuda. Te mando unas fotos en topless. Las del famoso bikini negro, el que ella decía que era muy decente porque no se le notaban los pezones y a los 10 minutos de llegar a la playa se quitó el sujetador. Seguro que son las que más te van a gustar.

 Mira qué tetazas tenía (y supongo que aún tiene) la muy puta. ¿Estaba buena, verdad?

 Ese día en la playa, detrás de las dunas, terminó sin la braguita. No tengo más fotos, no me dejó sacarla desnuda del todo, pero sí te digo: imagínatela con su coño depilado... Si te fijas bien, en la tercera foto, se le notan los labios perfectamente. Salía del mar y se había subido la braguita del bikini. Se lo puso tipo tanga. Por detrás se le veía todo.

 Me gustó pasear cogidos de la mano por la playa. Muchos tíos se volvían a mirarla. No me extrañaba. Entre los meneos de esas tetazas y su culito... La verdad, me excitaba presumir de chavala.

 Por cierto, solidaridad entre cornudos. Tengo que confesarte que ese verano, cuando lo de las fotos, ya estaba follada por su compañero de oficina. Bueno, bastante más que follada. Aunque yo no lo sabía, claro. Ya sabes. El cornudo suele ser el último en enterarse. Se la había estado cepillando desde navidades. Ya ves... llevaba follándosela más de seis meses, y yo, novio enamoradísimo, no solo estaba metiendo mi polla en su coñito usado, es que, además, en cuanto ella me dejaba, me lo comía hasta que me dolía la lengua. Como dices tú, estaba follando en un “coño profanado” por otro rabo, y “catando” sus sabores.

 Cuando la pillé, empezó a llorar. Decía que me quería, que estaba enamorada de mí, que lo nuestro era lo más grande... Y fíjate, dos días antes de irse de vacaciones conmigo, ya con los billetes sacados, el tío ese le bajó las bragas en la oficina y le echó un polvete de despedida.

 De eso me enteré luego, claro... Te repito que el cornudo es el último que se entera. Me lo confesó cuando la pillé, cuando no había más remedio... Llorando y, según ella, arrepentida.

 Ese día la dejé en la puerta de la oficina y me fui a hacer las últimas compras. Miré el reloj. Vuelvo en dos horas, dije. Vale, respondió sonriendo, y nos dimos un besito al bajar del coche.

 Recuerdo perfectamente su impecable traje de ejecutiva con su chaqueta verde oliva. Su blusita blanca. Me dijo que la llevara a la oficina a imprimir los billetes del avión, que con los nervios se le había olvidado. Y él estaba allí, revisando unos documentos importantísimos... Fue una casualidad. Me lo juró y perjuró un millón de veces, no sabía que estaba allí, no lo había planeado... El caso es que no había nadie más. Ni el de seguridad. Y, textualmente, dijo: “estábamos solos, y pasó lo que pasó”.

 Me lo he imaginado millones de veces. Unos besos, unos toqueteos y... la blusa abierta, con la chaqueta de ejecutiva aún puesta. Las tetazas por fuera del sujetador y los pezones duros como piedras. La cosa se calienta más todavía y en un “pispas”, ya sabes, la mano a la entrepierna, cuatro jadeos y las bragas por debajo de las rodillas. Luego ya viene todo rodado: media vuelta y... la posturita adecuada. Codos apoyados en la mesa, culito en pompa, con los labios asomando por debajo... Solo es colocarse y empujar el rabo.

 Menudo morbo follársela medio vestida con el novio a punto de llegar.

 Lo he imaginado perfectamente, tan bien como si lo hubiera visto de verdad. Casi puedo ver su carita, excitada, nerviosa e impaciente por recibirle, gimiendo con cada caricia. Temblando de impaciencia al sentir la punta de su polla en la entrada. Y el grito por el primer empujón... Toda adentro... Hasta los huevos.

 Tuvo que ser magnífico. El hijo de puta metiéndole la polla por detrás, dándole viaje tras viaje, con las tetas colgando, meneándose como locas. Agarrado a las caderas para empotrársela a tope. Y, por qué no, de vez en cuando dándole algún que otro azote en ese culito... Eso si no se la clavó también por el culo, porque ya puestos...

 No sé cuánto tiempo tardaría en apoyarse solo sobre un brazo, recostándose en él y levantando un poco más el culito. Cuando está a tope, se suele poner así para tocarse con una mano y llegar antes. Enseguida viene la respiración agitada, los temblores, los jadeos, los grititos... y por fin, el descontrol total. La locura.

 Luego, rendida por el orgasmo, se dejaría caer sobre la mesa y se quedaría allí. Inmóvil, expuesta a merced de lo que él quisiera. O se pondría en cuclillas para chupársela, o... Ni idea. Cuando se corre es como una marioneta, puedes hacer lo que quieras con ella.

 Ya sé que son solo imaginaciones mías, que no sé lo que pasó, pero... ufff... en esa posición... Rendida... Completamente expuesta... Con el culito diciendo: fóllame, fóllame... Me encanta imaginar que el tío le separa las nalgas, la coloca en su ojete y con el rabo bien lubricado, le rompe el culo haciéndola chillar. Luego se lo taladra sin parar hasta que se lo llena de lefa.

 Por delante o por detrás, da igual. El caso es que mientras yo estaba abajo buscando dónde aparcar, ese tío se la empotraba hasta el fondo.

 Luego, la llamada perdida, y un mensajito: “en cinco minutos bajo, cariño”. Acababa de follar con otro y me llamaba cariño mientras se vestía. O a lo mejor, aún en pelotas y gimiendo con la polla del otro incrustada a tope. Sí, seguro que fue por eso, porque no podría ni contestar. Estaría jadeando y yo me daría cuenta que algo estaba pasando. Seré idiota... Si solo había ido a imprimir dos putos billetes de avión. Para eso no se necesitan dos horas. Subir y bajar. Como mucho, tenía que haber estado esperándome abajo.

 Salió por la puerta principal. Venía sonriendo. Supongo que, o disimulando, o contenta por el polvazo que acababa de echarse. El caso es que, no sé por qué, pero la encontraba guapísima. Y súper sexy. Me puse cachondísimo en cuanto la vi. Nada más subir al coche, empecé a besarla y a tocarle los pechos, a intentar meter la mano entre las piernas... No podía parar. No podía resistirme. Ella se reía y no me dejaba. Me decía “para, para, para, que pueden vernos... venga arranca el coche so tonto”... Esa misma noche, al llegar a casa quise... Ya sabes, quise hacer el amor con ella.

 Nada más entrar en el ascensor del garaje, volví al ataque. Sí, tocando y ella apartándome la mano. La arrinconé mientras sobaba impaciente sus tetas. Le descoloqué toda la blusa, y metiendo la mano por abajo, tiré hacia arriba del sujetador. Se las saqué por debajo. Ella dio al botón. Y yo al stop. Otra vez ella al botón riéndose, y yo al stop. Mientras, le solté varios botones. Prácticamente estaba toda la blusa abierta. Y los pezones parecían los botones del ascensor. Al final dejé que subiera el ascensor, pero por el camino no dejaba de morrearla y tocarla.

 Le di la llave. Yo me puse detrás pegándome a sus nalgas haciéndola notar mi polla dura como un palo. Según abría, le tocaba los pechos.

 Al principio ella no quería. Me la tocaba y yo no la dejé. No porque sabía que buscaba hacerme una paja, que me “desahogara” y la dejara tranquila. Y yo no quería eso. Yo quería follar. No sé por qué, pero necesitaba metérsela hasta adentro. Me decía que no, que estaba muy cansada, insistí, insistí y la tocaba por su entrepierna. Acabó cediendo, claro. Sobre todo, cuando por fin conseguí apartar sus braguitas y metí los dedos entre sus labios.

 Estaba húmeda. Estaba ganando la batalla. Empecé a acariciarle el clítoris. Al primer jadeo, supe que la había vencido. La desnudé allí mismo en el hall, prácticamente a oscuras y con todas las bolsas tiradas por el suelo. Mucho que no, que no, pero luego... Uf... menuda fiera. Ni llegamos al dormitorio. Un polvo de película. Desde atrás, aplastando sus tetas contra la pared, tumbados en la alfombra, rodando por el suelo...

 En ese momento, yo no lo sabía, pero estaba follando en su coño recién usado. No noté nada raro. Bueno, sí, que se corrió muy pronto y estaba encharcada, pero no pensé nada extraño, no le di importancia. Pensé que era por el lugar, por lo inesperado, porque nos íbamos de vacaciones... No sé. Todo menos que la muy puta venía ya cachonda y con el chocho al rojo vivo. Vamos, que ya tenía el precalentamiento hecho. Sí, ya estaba preparada para la segunda sesión.

 Claro, luego ya todo encaja... El hacerlo a oscuras... El sujetarme la cabeza entre sus tetas, el no dejarme bajar para que no le comiera el coño y pudiera notar algo raro... El “hazlo dentro”, el “no la saques”... Su insistencia con el “córrete dentro”... Claro... para tener una excusa y ducharse inmediatamente... Y borrar cualquier huella del otro. Como siempre, minuciosa hasta en esos pequeños detalles.

 Es cierto. Cuando me enteré, me cabreé. Bronca. Insultos. Tremenda discusión... Y ella, lloros.

 ¿Qué por qué me cabreé? ¿Que por qué la llamé de todo? Imagínate que se acaban de follar a tu mujer. Ella lo ha hecho porque ha querido y a tus espaldas. No lo sabes y por la noche, vas tú y quieres meterle la polla. Ella te dice que no quiere, que no le apetece... Te miente diciéndote que es que está cansada, pero al final, a base de insistir, o de rogarle. De suplicarle más bien, acabas metiéndosela en su coño. Y su coño está usado no hace ni media hora. Y sus orgasmos se suceden. Chilla, berrea, goza como hacía años que no la veías. Ni de novios follabais así. Y piensas que es por ti.

 Una semana más tarde, mientras lo estáis haciendo todo acaramelados, en medio de unas deliciosas vacaciones, ¡Zas!. Una indiscreción, un error en el nombre, un “cuidado no lo hagas tan fuerte, que luego me dejas marcas”, y la pillas. Su cara de susto al darse cuenta. Sus ojos como platos la delatan. Y te enterarás de todo. Sobre todo, te enteras que el famoso día, no había pasado ni media hora... Se la acababan de follar, por eso venía tan caliente, por eso se corrió tanto...

 La bronca fue monumental. Y los polvos que nos echamos luego brutales. No sé... pero los cuernos en un primer momento cabrean y duelen. Luego ya...

 Me fue contando todo. Con quién, cuándo, cómo, dónde y por dónde... ¡Menuda puta tenía en casa! ¡Y menuda colección de cuernos! Y yo sin enterarme y sin saber muy bien qué hacer con lo nuestro.

 Te lo digo porque al principio yo no tenía muy claro cómo enfocarlo. Sí. Por un lado, me cabreaba que mi novia fuera tan puta y, sobre todo, lo que más me dolía, que me hubiera engañado. Por otro, me ponía a mil por hora. Además, empecé a hacer cosas con ella que antes ni se me hubieran ocurrido.

 Se borraron los tabúes. Hacíamos de todo, hablábamos de todo, y muchos días, hasta me contaba alguna de sus aventuras. Sus aventuras eran mis cuernos, claro. Y ella se daba cuenta que me cabreaba, sí, pero cada día menos y además me ponía como una moto. A veces, cuando tenía la regla y no podíamos follar, me hacía una paja mientras me lo contaba sin saltarse ni un solo detalle.


 Un día incluso me pidió permiso. Sí. Lo que oyes. Bueno, lo que lees. Tenía una cena de empresa y quería follarse a un compañero que le gustaba mucho. Que no pasaba nada, que era de fuera, que nadie se enteraría, que se conocían de un congreso... Bueno, incluso me dijo que si yo quería hacerlo con otra, pues que no le parecería mal. No lo hice con otra, pero me dejé convencer. Y cedí. Otra polla en su coño qué más daba, pensé. Además, con o sin mi permiso, estaba seguro que se lo iba a calzar.

 Salió de casa con su elegante vestido negro, ese que tiene ese sugerente escote de pico, el que deja casi la mitad de las tetas al aire. Bien maquillada, arreglada... Iba guapísima. La vi alejarse por el balcón y montarse en un coche. Había quedado con alguien para que la recogiera. No conseguí ver al conductor. No pude dejar de pensar que era el que esa noche se la iba a follar. Sí, seguro que era el que le iba a meter mano por el escote. Apartar un poco la tela y... Era fácil acariciar las tetas. Sobárselas, pellizcar, estirar, mordisquear sus pezones... Iba a hacerle todo lo que le diera la gana mientras yo estaba en casa solo, viendo la tele como un estúpido.

 Esa noche empecé a darle vueltas. ¿Está bien esto? ¿pero qué acabo de hacer? ¿le he dado permiso para joder con otro? El caso es que, sabiendo que en ese momento estaba follando con otro, me puse como una moto. Tuve que hacerme una paja. Mi primera paja de cornudo consentidor me decía mientras me la meneaba. No sé si te parecerá ridículo o no, pero no podía evitarlo.

 La esperé desnudo. Oí el ascensor. Miré por la mirilla. Nada más llegar al rellano abrí la puerta. Ni le di tiempo a meter la llave. Agarré las solapas y la metí en casa de un tirón. Estaba fuera de mí. Y ella lógicamente con un susto del demonio.

 Ni buenos días ni nada. Directamente pregunté: ¿has follado? Acojonada dijo que sí. Bueno, susurró que sí. En ese momento, sintió mi polla dura y la agarró. Me miró con más cara de susto todavía, aunque creo que más bien era de sorpresa. No tardó en entender qué es lo que estaba pasando. “Espera, espera... no me he duchado”, me dijo, “hace poco que...” No terminó la frase. Ni falta que hacía para saber lo que me estaba diciendo. Eso me encendió más.

 Prácticamente le arranqué la ropa. Me quedé embobado mirando su cuerpo desnudo. Como si fuera la primera vez que la veía en pelotas. Como si nunca la hubiera visto.

Tenía las tetas con marcas rojas y estaba naciendo un buen chupetón. Vi como los pezones se replegaban sobre las aureolas poniéndose de punta. Puso su encantadora carita de circunstancias y movió los hombros como disculpándose.

 Cuando bajé la mano me encontré con su coño completamente calado. ¡Estás empapada so zorra!, le dije mirándola a los ojos. Sonrió y asintió. No sé qué cara de salido tendría yo, pero sentí que se podía leer en ella no solo mi excitación, sino también el porqué.

 Pegándose a mí se abrazó y se restregó contra mi cuerpo. Olía a colonia de hombre. Cogió mi mano y la colocó entre sus piernas. Me lo dijo susurrando al oído: “He sido suya... Me ha hecho de todo... Me ha follado de maravilla”. No pude más. No sé por qué, pero tenía que follármela yo. Y tenía que hacerlo inmediatamente. El saber que esa zorra tenía el coño caliente de otro rabo me ponía más todavía.

 La tumbé en la cama. Abrió exageradamente las piernas. No sé ni cómo ni por qué, pero sabía que yo quería ver su coño. Luego fue bajando las manos, acariciándose los pechos, la barriga... y por fin abriéndose los labios del coño. Vi su sexo enrojecido. Brillante por los fluidos. Había tenido una buena sesión. Indudable.

 Permanecí embobado mirando un ratito. ¿Se... se… se ha corrido ahí?, pregunté. Susurrando y con voz de viciosa me dijo: “Sí... pero aquí solo no, cariño... Ya te lo he dicho... Me ha hecho de todo... Pero de todo, de todo, de todo”... Finalizó la frase con un suave jadeo.

 Cerró los ojos. Como si lo estuviera recordando. Una de las manos empezó a acariciar el clítoris. La otra los pechos. Todo su cuerpo se movía... Jadeaba... Sacó la lengua y después se relamió la boca poniendo una cara de puta increíble. La mano con la que se tocaba los pechos había estado jugando con los pezones y los tenía encabritados a tope. Jugaba con ellos como si se estuviera dando la crema para el sol. Entendí perfectamente lo que me estaba diciendo.

No pude resistir mas. Me tiré encima de ella y la penetré. No tuve ningún problema, su coño estaba completamente abierto. Y no hace falta decir que súper lubricado. Email.
 

 

 

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