.:: RELATOS DE CORNUDOS ::.

  "Cornudo a distancia (21)".

 

 A principios del verano de ese año mi novia y yo volvimos a reunirnos para ir a un festival de música de la que nos gusta: el rock. Compramos las entradas en cuanto mi chica me confirmó que ese fin de semana se lo podía coger libre en el trabajo. El evento, que duraba dos días, se celebraría en Bilbao, ciudad que dista unos 60 kilómetros de la suya, con lo cual sólo significaría alargar ligeramente el trayecto que ya tenía habitualmente que conducir. En un principio sopesé la idea de instalarnos en el camping gratuito que habilita la organización del festival para los poseedores de entradas, pero lo descarté porque leí en Internet comentarios muy negativos de gente que había estado en ediciones anteriores que decían que el suelo era terrible para instalar tiendas de campaña por ser demasiado pedregoso ya que estaba en pleno monte. Además en un entorno tan poco íntimo era bastante probable que no tuviéramos sexo y yo no quería arriesgarme a quedarme sin. Con lo cual me puse a buscar pensiones y hoteles, pero como por desgracia los alojamientos más baratos ya estaban ocupados me tocó rascarme el bolsillo y reservar una habitación doble esas dos noches en un hotel de 4 estrellas.

 Pedí en el trabajo el susodicho viernes de vacaciones y el jueves por la tarde viajé hasta la casa de mi novia para pasar allí la noche. Al día siguiente nos pusimos en marcha hacia la ciudad donde se celebraba el festival. Dejamos el coche en un recinto ferial en el que la entrada al evento nos adjudicaba una plaza de parking y fuimos en metro al hotel. Como llevábamos casi un mes sin vernos no necesité ni proponerle a mi chica que hiciéramos el amor, en cuanto entramos en la habitación nos abalanzamos el uno sobre el otro y disfrutamos de una rápida pero placentera sesión. Después nos vestimos y volvimos a coger el metro para ir a la estación de autobuses desde donde partían los autobuses-lanzadera que llevaban a los asistentes al recinto del festival que se encontraba a escasos kilómetros de la ciudad.

 Una vez allí pudimos ver que la organización había hecho bien su trabajo: dos escenarios separados por un par de centenar de metros para que el sonido no se cruzara en caso de solapamiento de actuaciones, una zona para comer, otra para el merchandising y retretes químicos diseminados por doquier. Comimos en una de las carpas y fuimos disfrutando de bandas relativamente desconocidas desde la distancia durante toda la tarde. Para evitar tener que estar yendo a mear cada dos por tres apenas bebimos nada. Cuando empezó a anochecer llegó el momento de uno de los platos fuertes de la noche, un grupo estadounidense con bastante nombre. Como su música nos gusta mucho a los dos nos esforzamos por conseguir un buen sitio. No logramos alcanzar las primeras filas porque era imposible, pero sí pegarnos a una de las vallas que delimitaban el pasillo que comunica la torre donde se colocan los técnicos de sonido e iluminación con el escenario, de manera que mi chica tuviera visibilidad a pesar de su corta estatura.

 En un momento dado las luces se apagaron y comenzaron a proyectar en las pantallas gigantes laterales un vídeo del grupo para crear ambiente. Cuando terminó, todo el equipo de iluminación volvió a encenderse y la banda salió en tropel interpretando uno de sus mejores temas, haciendo enloquecer al público. Lásers, máquinas de humo, llamaradas, proyecciones en las pantallas gigantes… la verdad es que el espectáculo fue sublime. En medio de una de las últimas canciones el vocalista preguntó que si queríamos ver tetas. Evidentemente el público gritó entusiasmado que sí, así que animó a todas las chicas que quisieran subir al escenario para mostrar sus pechos y bajó al foso para seleccionar voluntarias. La gente alargaba las manos para tocarle, pero el personal de seguridad les obligaba a retroceder para que no hubiera aplastamiento contra las vallas. Poco a poco fue seleccionando chicas que se ofrecían y eran extraídas por los de seguridad de entre el gentío. “¿Qué está pasando?”, me preguntó mi novia. “Que están cogiendo chicas que quieran subir al escenario para…” fue lo único que pude decir porque en ese momento el cantante se acercó a nosotros y sufrimos una avalancha de gente.

 Poco a poco la cosa volvió a la normalidad y me di cuenta de que mi chica se había esfumado. Me asomé al pasillo y pude ver cómo se dirigía al escenario siguiendo al cantante. Iba saludando a ambos lados muy emocionada. Al llegar al foso giraron a un lado y les perdí de vista porque se dirigieron a los acceso laterales, donde habría escaleras. Mientras tanto el resto de la banda seguía tocando en bucle los mismo compases de la canción que había quedado interrumpida, manteniendo el ritmo. Poco después el cantante reapareció en el escenario seguido por varias chicas, una de ellas mi novia. Entonces el vocalista les animó en inglés a que enseñaran las tetas. Me reí para mis adentros porque mi chica iba a enterarse en ese mismo instante por qué estaban allí.

 Entonces un griterío ensordecedor se dirigió a ellas hasta que por fin se decidieron a quedarse en topless. Las otras chicas no sé si llevaban, pero al menos mi novia arrastró su sujetador junto con la camiseta en el gesto exhibicionista. Las imágenes de las pantallas gigantes sólo las mostraban a ellas. Como los pechos de mi chica eran los más grandes, los comentarios de la gente no se hicieron esperar. “Joder, ¡vaya tetas tiene aquella!”, “Madre, ¡quién las pillara!”, “¡Qué pechotes!” fueron algunas de las lindezas que escuché a mi alrededor. Al jolgorio del público lo siguió el vocalista, que con un potente grito relanzó la canción que seguía suspendida, a modo de celebración. Mientras tanto las chicas bailaban animadamente entre los músicos.

 Una vez acabada la canción algunos miembros de la organización sacaron a las chicas del escenario mientras el cantante pidió que les dedicáramos un aplauso. En ese momento batallé con todas mis fuerzas para salir del gentío y correr hacia el lateral del escenario por el que se habían ido. Una vez más yo tenía el móvil de mi novia en mi riñonera para que no se perdiera y no tenía forma de ponerme en contacto con ella. Cuando por fin llegué el grupo dio por concluido el concierto y se despidió. Me pegué a las vallas que separan la zona del público de la reservada para la organización y los artistas y me puse a saltar para ver más allá porque eran altas y estaban cubiertas por una lona. Uno de seguridad me vio y me vino a llamar la atención, pero le dije que era el novio de una de las chicas que habían subido y quería saber dónde estaba. Entonces desenfundó su comunicador y preguntó por las chicas. La respuesta le llegó por el pinganillo y me transmitió que se suponía que las que no hubieran vuelto a la zona del público se habrían ido con los músicos a su hotel. Me quedé de piedra. Tardé varios minutos en recuperarme del shock a pesar de no ser la primera vez que mi chica me abandonaba y se marchaba por ahí buscando jarana.

 Por suerte, dado que ya había estudiado la oferta hotelera de la ciudad cuando hice nuestra reserva, sabía que todos los hoteles de 5 estrellas se concentraban en la misma zona, categoría que supuse que tendrían los elegidos por las bandas más pudientes para alojarse. Y esta banda se suponía que era pudiente. Así que salí del recinto y corrí a la parada a esperar al siguiente autobús-lanzadera, que tardó un buen rato en aparecer. Aproveché ese tiempo para intentar calmarme porque, al fin y al cabo, a mi chica seguramente no le pasaría nada malo, ella sabía en qué hotel estábamos alojados y además llevaba algo de dinero en un bolsillo de su pantalón para emergencias. Cuando llegué a la terminal de autobuses fui a coger el metro, que afortunadamente en esa ciudad permanece abierto las noches de los fines de semana. Al primer sitio al que me dirigí fue a nuestro hotel, por si por alguna casualidad ella estuviera allí, pero como el recepcionista me dijo que no había llegado me tocó ir a buscarla por los hoteles de lujo.

 Para llegar a ellos sólo tenía que cruzar la ría, así que en pocos minutos alcancé la zona caminando a buen ritmo. Cuando localicé el primer hotel y vi lo desierta que estaba la puerta descarté inmediatamente que pudieran estar ahí porque normalmente cuando hay celebridades la policía acordona la entrada y suele haber fans por los alrededores. Pasé por un segundo hotel de 5 estrellas con el mismo resultado, pero en el tercero tuve éxito: varios jóvenes pululaban por los alrededores y algunos de ellos portaban camisetas de la banda en cuestión. No necesité ni preguntar para enterarme de todo porque con escuchar las conversaciones ajenas fue suficiente. “Qué cabrones, ni a firmar un miserable autógrafo se han dignado…”, “En una limusina han venido…”, “A ver si por la mañana se animan…”, etc, etc. Aunque sobre si llegaron acompañados de alguna chica no oí nada.

 Deduje que ninguno de aquellos fans había estado en el concierto porque les hubiera resultado imposible llegar tan rápido como la banda al hotel. Llegado a ese punto sólo me quedaba esperar pacientemente a que mi novia saliera del hotel, ya que mi entrada al mismo era completamente imposible. Estuve más de dos horas sentado en la acera contraria, pensando en qué podría estar haciendo mi chica allí dentro, hasta que me sonó el móvil: era el recepcionista de nuestro hotel que me llamaba para informarme de que mi novia había llegado y había preguntado por mí. ¿Por dónde había salido? Por la puerta principal desde luego que no. Corrí como un poseso porque necesitaba saber todo lo ocurrido.

 Cuando entré en la habitación mi chica estaba en el cuarto de baño. Pero no podía esperar ni un momento. “¿Cariño?”, pregunté abriendo la puerta del baño. “¡Oye!”, me increpó para que volviera a cerrar porque estaba sentada en el inodoro. “Te lo habrás pasado bien, ¿no?”, le dije tras cerrar para devolverle su intimidad. “Joder, ni te lo imaginas”, me contestó, y añadió que en cuanto terminara que me lo contaría todo. Esos minutos se me hicieron más largos que las horas que estuve deambulando en su busca por la calle. Cuando escuché el sonido de la cisterna ya estaba que me subía por las paredes.

 Lo primero que me llamó la atención cuando la vi fue que no llevaba la misma ropa con la que había ido al festival, portaba una camiseta de una banda completamente desconocida para mí. Pero no le pregunté por la prenda y fui directo al grano: “¿A quién te has tirado?”. “A todo el grupo” me confesó sin disimular una radiante sonrisa. “¿A todos?, pero ¿has sido la única que se ha ido con ellos?” interrumpí alucinado. Me confirmó que sí porque todas las demás se pusieron a pedir autógrafos a la banda que acababa de tocar, pero que como ella pasaba de esos fanatismos se fue hacia las vallas para intentar volver conmigo y la convencieron para quedarse. No entendí lo que me estaba contando, así que le pedí que me hiciera una reconstrucción detallada de los hechos, y lo primero que me contó fue que en la parte de atrás del escenario tenían un par de mesas con montoncitos de cocaína lista para su consumo y que les ofrecieron. Cuando admitió que aceptó la invitación y se esnifó una raya reaccioné escandalizado. “Es que todos se estaban metiendo: los ayudantes, las otras tías, hasta el cantante… y no quería que me tomaran por la rarita, bastante tenía con no tener ni puta idea de lo que me decían”. Añadió que no se imaginaba ni de lejos sus efectos, que no tenía nada que ver con los porros que se fumaba años atrás, antes de que estuviéramos juntos, y que se puso como una moto, como si se hubiera tomado 20 Red Bulls.

 Tras eso fue cuando salieron al escenario y les pidieron que hicieran topless. Dado que aquello había podido presenciarlo, nos lo saltamos y pasó a contarme lo sucedido al término del concierto. Como ya me había dicho, el resto de chicas rodeó a los músicos para pedirles autógrafos mientras ella prefirió intentar reunirse conmigo, pero en su camino hacia las vallas se encontró con otro grupito de músicos que tenían su furgoneta aparcada allí. “Estaban sentados en hamacas bebiendo cerveza y al verme pasar me ofrecieron”. No me extraña, teniendo en cuenta que iba con sus pedazo de tetas al aire.

 “Eran muy majos y me preguntaron si les había visto tocar al principio”. Deduje que se trataba de uno de esos grupos nacionales poco conocidos o que están empezando, que ponen a tocar de los primeros y casi nadie llega a tiempo para ver. De hecho la camiseta que llevaba mi novia era de su banda, seguramente la única pieza de merchandising que tenían porque eran un grupo muy modesto. “¡Entonces ha sido a esos a los que te has follado!”, dije al comprender por fin y confirmándome ella inmediatamente mi conclusión. Pero cuando les respondió que había llegado al recinto después de su actuación y que por tanto se la había perdido empezaron a lamentarse. “Les entró un bajón... porque decían que venían con mucha ilusión desde que les ofrecieron tocar en el festival pero que nadie les había hecho ni puto caso”. Es lo que tiene actuar a las 3 de la tarde en verano.

 Ante ese panorama se le ocurrió la forma de animarles: les ofreció ser su primera ‘gruppie’. “La verdad es que iba bastante cachonda porque lo de quedarnos medio en pelotas en el escenario delante de tanta gente me puso”. Sin duda el chute de coca que llevaba encima también tuvo que ver porque normalmente no es tan directa. Y se ve que fue bien recibida porque enseguida uno propuso sacar los instrumentos de la furgoneta para poderla usar de ‘picadero’. Los otros aceptaron la propuesta, abrieron las puertas y se pusieron a descargar a toda prisa, como si tuvieran miedo de que mi chica fuera a cambiar de opinión. Cuando terminaron, otro preguntó que cómo iban a decidir el orden, pero mi novia les dijo que no quería ir de uno en uno, que quería a los 4 a la vez dentro con ella. La idea no les sedujo del todo, pero sus intentos de negociar fracasaron: ella tenía claro lo que quería y no pudieron bajarla del burro, así que terminaron metiéndose todos en el vehículo. De ahí en adelante no pudieron resistirse a obedecer todo lo que les dictó.

 Según me contó, la furgoneta era lo suficientemente alta por dentro como para que los chicos pudieran estar de pie; así que les ordenó que se bajaran los pantalones, se arrodilló ante ellos y les empezó a dar una sesión de sus espectaculares felaciones para encenderles. No deja pasar ni una oportunidad para poner a funcionar su prodigiosa garganta. “Al primero que se puso bien palote le dije que me follara a cuatro patas”, y para poder seguir chupando las pollas de los otros tres, les dijo que se sentaran en el suelo. Añadió que la postura era realmente incómoda porque, como en todo momento intentaba masturbar a los dos cuyos miembros no tenía en la boca, tuvo que apoyar todo el peso de su tronco sobre los codos. De hecho me los enseñó y los tenía casi en carne viva.

 Así estuvieron hasta que otro músico alcanzó una erección a su juicio aceptable. “Entonces ya organicé mejor la cosa: puse a dos a follarme” - uno boca arriba sobre el que se puso a horcajadas y otro de rodillas se ocupó de su culo - “y a los otros dos les seguí comiendo el rabo”. Le comenté mi sorpresa al oír que, sin ningún tipo de preparación, hubiera podido tolerar la penetración anal, contestándome ella que también se sorprendió y lo achacó a los efectos de la cocaína. “Además se pusieron condones, pero no me di cuenta hasta más tarde”. En aquel momento no le dolió nada, pero cuando se le pasó el subidón llegaron los escozores en los codos y el ojete.

 Con esa nueva disposición estuvo más cómoda porque siempre tenía una mano libre para apoyarse en el suelo, pero el problema lo tuvo para respirar. Al parecer entre lo cachonda que se puso por la doble penetración, lo acelerado que tenía el metabolismo por la raya que se había metido y el calor que se empezó a acumular en el habitáculo se agobió; así que les pidió que abrieran las puertas para que entrara aire.

 Pero los tíos se quedaron pasmados ante la petición. Supongo que no les haría gracia la idea de que cualquiera que pasara por allí pudiera ver lo que estaban haciendo a pesar de que no sería difícil de imaginar por los gemidos de mi novia. Les tuvo que insistir bastante y no hicieron caso hasta que les gritó que se estaba asfixiando. El que estaba dándole por el culo se retiró y le dijo que de acuerdo, que abriría, pero que no hiciera ruido para no llamar la atención. Pobre ingenuo.

 Ante la bocanada de aire fresco mi chica recobró el aliento y, al poco de volver a tener su culo invadido, desatendió a los que estaban sentados para concentrarse en ella misma. “Me puse a dar caña con las caderas porque desde que abrieron la puerta dejaron de follaron fuerte y encima me mandaban callar”. Pero ya no había quien la parara. Casualmente cuando estaba a punto de correrse el chico que tenía debajo lo hizo antes y la sujetó para que se estuviera quieta mientras eyaculaba, jodiéndole su deseado orgasmo. Entonces se dio prisa por quitarse de encima (o más bien de debajo) al que se había quedado fuera de juego y apresuró a los otros dos para que alguno ocupase su lugar. “Ahí fue cuando me di cuenta de que tenían condones”, puntualizó.

 Con tres hombres disfrutó más que con cuatro porque, según ella, es el número perfecto. Tiene las pollas justas para su boca, coño y culo y las manos libres. Cuando por fin consiguió correrse debió gritar tanto que el chico que ya no estaba participando cerró las puertas traseras por vergüenza a ser descubiertos. Mi novia le volvió a ordenar que las abriera, pero él dijo que se le había ocurrido otra cosa mejor: pasó entre ellos, se sentó al volante, arrancó la furgoneta y puso el aire acondicionado. La verdad es que fue una gran idea. A continuación se preparó un porro y empezó a ‘ambientar’ el vehículo.

 El siguiente en correrse fue otra vez el que estaba debajo, hecho que me sorprendió bastante porque según mi experiencia lo más excitante suele ser el sexo anal y los hombres solemos terminar antes cuando estamos disfrutando de esa ‘entrada’. Entonces el que hasta ese momento sólo había recibido felaciones se puso su correspondiente condón y relevó al que estaba sodomizando a mi chica, que quiso cambiar de puesto y probar su coño. El que se retiró se sentó con su compañero en la parte de delante a compartir el porro.

 “Y el último me cogió el culo con ganas porque casi me lo parte en dos”. Le dije que eso era lo normal y que el raro fue el que había pedido el cambio. No duraron mucho así porque efectivamente el que estaba atacando desde atrás alcanzó bastante rápido el orgasmo. Resultó ser el más suertudo de los cuatro porque, aunque fue el que más tiempo tuvo que esperar para follar, pudo aprovechar que mi chica ya tenía el ano bien dilatado para desfogarse a placer. En ese momento, con casi todo el pescado ya vendido, mi novia se esforzó por complacer al que tenía debajo, pero me contó que no hubo manera de conseguir que se corriera y de hecho fue él mismo el que le pidió que parase porque se le había venido abajo la erección. “Creo que es la primera vez que un tío que me estoy follando tiene un gatillazo”, añadió. Ya sabía yo que había algo raro en ése, está claro que a pesar de haber sido el segundo en lograr ponerse palote la situación no le resultó cómoda.

 Después estuvieron un rato los cinco en la furgoneta fumando porros para relajarse (ya ni me molesté en volver a echarle la bronca por consumir drogas), pero mi chica todavía fue capaz de sacarse un as de la manga. Cuando localizó los condones usados que los músicos habían tirado en la parte de atrás, no se le ocurrió otra cosa que cogerlos y beberse tranquilamente su contenido. Les dejó de piedra.

 Al oír eso me puse tan cachondo que casi me mareo, así que de inmediato le arranqué salvajemente la ropa, me saqué la polla, me apliqué lubricante y se la intenté meter por el culo. Por desgracia me lo negó porque decía que lo tenía bastante dolorido, de modo que me la follé a la manera tradicional. Pero en pleno polvo me susurró que si quería verla bebiendo lefa de un condón que ya sabía lo que tenía que hacer. Así que como un resorte me separé de ella, alcancé un condón de los que me quedaban, me lo puse y en menos que canta un gallo se la volví a enchufar y me corrí rápidamente. El frenesí fue tan intenso que tras mi orgasmo me dio tal bajón que me quedé dormido unos minutos, pero cuando me desperté cumplió su promesa y me hizo una demostración de esa nueva técnica para catar lo que para ella es un manjar: me quitó el condón suavemente, lo puso a contraluz como si estuviera valorando su calidad y lentamente lo estiró para verter mi semen en su boca. Ante tan increíble espectáculo mi erección resucitó y echamos otro polvete, pero a pelo. Eso sí, me reconoció que prefería el semen directamente ‘ordeñado’ de la polla porque el regusto a látex que le dejaban los condones le estropeaba su sabor natural.

 Después me terminó de contar la historia: cuando se acabaron los porros se vistieron, le regalaron la susodicha camiseta, cargaron los instrumentos de nuevo en la furgoneta y amablemente se ofrecieron a llevarla al hotel. Qué menos después de lo que habían vivido gracias a ella.

 Al día siguiente volvimos al recinto del festival para disfrutar de los conciertos de esa jornada y hubo bastante gente que reconoció a mi novia por su presencia en el escenario el día anterior. Incluso algunos le pidieron hacerse fotos y ella, sin ningún tapujo, se levantó la camiseta y mostró sus espléndidas tetas (aunque sin quitarse el sujetador) unas cuantas veces más para que fueran inmortalizadas. Es una diosa.

 Continuará... Email.

 

 

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