.:: RELATOS DE CORNUDOS ::.

  "Cornudo a distancia (20)".

 

 Creo que nunca os he contado que durante un tiempo formé parte de un equipillo de fútbol. El equipo lo habían formado algunos de mis compañeros más jóvenes de la empresa en la que trabajaba y, como les faltaba una persona para completar el número mínimo necesario de jugadores, me ofrecieron unirme a ellos. El caso es que a mí siempre se me ha dado muy mal ese deporte a pesar de que me gusta mucho seguirlo porque tengo muy mala visión de juego, un control de balón bastante deficiente y me lesiono con facilidad. Pero por suerte soy bastante rápido y supimos aprovechar esa cualidad poniéndome a jugar en momentos en los que nuestro equipo iba ganando y hacía falta aguantar el resultado y molestar a los rivales, así que asumí mi papel de ‘mosca cojonera’ sin rechistar porque me agradaba mucho sentirme parte de un equipo. Como se puede deducir mi participación era prácticamente testimonial, así que no les importaba que muchos fines de semana no acudiera a jugar para ver a mi novia.

 Durante este año, mi segundo en el equipo, falté a más partidos que la temporada anterior por todos los viajes que tuve que hacer a la ciudad de mi chica debido a su trabajo como camarera/gogó, así que me sentía bastante culpable. Y más aún cuando gracias a los buenos resultados obtenidos durante mi ausencia lograron clasificarse para el torneo de primavera regional, que se empezó a disputar más o menos cuando mi novia consiguió lo de que le dieran un fin de semana libre al mes. Desde el punto de vista del resto de mis compañeros podría parecer que me estuve escabullendo de los duros partidos invernales de liga y que justo cuando empezaba este bonito torneo, con mejor clima y ambiente, volvía a acudir. Me preocupaba que se enfadaran conmigo, así que empecé a pensar en ofrecerles algún tipo de compensación.

 El torneo se le dio bastante bien al equipo (yo, como siempre, sólo jugué algunos minutos residuales, por eso no me atribuyo mérito alguno) y sufridamente se clasificaron para la final, pero con un alto coste: uno de nuestros mejores jugadores se lesionó de gravedad en la semifinal y no sólo no podría jugar el partido más importante, sino que además tendría que estar varias semanas con la pierna escayolada y utilizar muletas para poder andar. Esto supuso un duro golpe para todos y una presión añadida para mí porque con esa baja seguramente me tocaría jugar más tiempo para dar descanso a los demás. Si ya estaba preocupado porque pensaba que el resto de compañeros podría estar decepcionado conmigo, a partir de ese momento ya sí que no podía fallarles. Por suerte se me ocurrió el detalle que tendría con ellos: comprar una cara cerveza de importación para tomárnosla juntos en el vestuario tras el partido, fuera cual fuera el resultado. Así que les dije a mis compañeros que les llevaría una sorpresa de la que todos podríamos disfrutar una vez terminara el decisivo encuentro.

 Por otro lado dio la casualidad de que la final se jugaría el primer fin de semana que mi chica consiguió libre en el trabajo para venir a verme, así que le expliqué la situación y le dije que, a pesar de que a ella no le interesa el fútbol, tendría que acompañarme al partido. No le hizo gracia, pero tuvo que aceptarlo. Además, realmente sólo tendríamos que sacrificar unas tres horas de tiempo de estar juntos. Cuando el día de la final nos dirigimos al campo de juego en mi coche con las cervezas cargadas en el maletero en una nevera portátil. Llegamos con bastante antelación y cuando mi novia vio que las instalaciones contaban con un bar se alegró mucho porque así se aburriría menos al poder tomarse algo. Tras dejarla ahí me dirigí al vestuario para cambiarme y empezar a calentar con los pocos compañeros de mi equipo que ya habían llegado.

 Empecé el partido en el banquillo y de cuando en cuando miraba hacia el bar para ver qué hacía mi novia. En un momento determinado vi que estaba hablando con nuestro jugador lesionado, así que me alegré porque así estaría más entretenida. Llegamos al descanso empate a cero y uno de nuestros jugadores se había hecho daño en el tobillo, así que acordamos que yo le sustituiría. Cambiamos el esquema de juego para que yo estuviera en una posición poco delicada y terminé jugando por la banda. Por desgracia los nervios me jugaron muchas malas pasadas y cuajé un partido muy malo con numerosas pérdidas de balón, escasas recuperaciones y pocos pases acertados. No creé ningún peligro por mi costado y encima el gol que nos costó la derrota vino en una contra originada por una cagada mía. Cuando nos reunimos en el vestuario a la conclusión del encuentro la desolación era patente, así que sin perder un minuto fui al coche a por las cervezas. Tardé en regresar algo más de la cuenta porque me había hecho daño en una rodilla y cargar con la pesada nevera portátil no me fue fácil, pero al volver a entrar al vestuario creo que me llevé el mayor shock de mi vida: mi novia estaba medio desnuda bailando al ritmo de la música que se estaba reproduciendo en el móvil de alguno de mis compañeros mientras todos daban palmas al unísono.

 Inmediatamente se acercó a mí el lesionado, que parecía estar algo ebrio, y me dijo que era un tío de la hostia, que menudo detallazo el haberles llevado a una puta. No supe ni qué decir. A continuación me preguntó que qué iba a hacer. “¿Cómo?”, le respondí sin mirarle porque no podía apartar la mirada de mi chica, que seguía bailando y despojándose de prendas. “Que qué va a hacer, ¿sólo un striptease o algo más? Lo habrás pactado con ella cuando le has pagado, ¿no?”. ¿De dónde se había sacado eso? Yo seguía sin conseguir encontrar una explicación y no fui capaz de decirle que realmente era mi novia y que evidentemente no le había pagado nada. “Es sorpresa”, contesté instintivamente. Mi respuesta le produjo una risotada y me dio una fuerte palmada en la espalda. Al darse cuenta de que llevaba una nevera portátil en las manos la abrió para ver qué había dentro y se alegró al encontrar las cervezas.

 Antes de que pudiera coger una, bajé la nevera al suelo y me descolgué el bolsito que suelo llevar con las cosas del coche (las llaves, la radio y los papeles, básicamente) en el que también llevaba una caja de condones comprada el día anterior. Decidí que no iba a amilanarme lo más mínimo, ya estaba bien de quedarme a verlas venir y dejarle a ella toda la iniciativa. Esa vez haría todo lo que se me ocurriera para aprovecharme de la situación y disfrutar al máximo. Si a mi novia le parecía bien que todos pensaran que era una puta que yo había contratado, no me cortaría lo más mínimo en que pareciera real. Al fin y al cabo no sería la primera vez. Empecé a sacar condones y cervezas y fui pasando a mi compañero los packs lata+profiláctico para que los rulara y se fueran distribuyendo entre todos. Los preservativos los saqué no por mi chica, que ya hacía tiempo que se venía tomando las píldoras anticonceptivas regularmente, sino por mis compañeros, para que les diera menos reparo tener sexo con esta supuesta meretriz. Ella por su parte ya estaba totalmente desnuda, y se debió dar cuenta de mi jugada porque se acercó a mí y empezó a menearme el trasero en la cara aprovechando que estaba agachado. Intenté darle un azote, pero me vio venir y se apartó a tiempo, lo que provocó las risas de todos.

 

 Entonces ocurrió algo que casi arruina toda la diversión. Uno de mis compañeros, al recibir su cerveza y condón correspondiente, dijo que tenía novia y que no contaran con él para follarse a una puta. Si simplemente se hubiera marchado tras mostrar su objeción no hubiera pasado nada, pero empezó a malmeter dirigiéndose a los que sabía que teníamos pareja para decirnos que tendría que darnos vergüenza estar dispuestos a ponerles los cuernos así. Logró que varios dudaran y se sumaran a su causa porque empezaron a devolver mis obsequios. Se crearon dos bandos y la tensión se disparó en el momento en el que el dueño del móvil que estaba reproduciendo la música lo paró. El lesionado tomó el mando de los pro-follarse-a-la-furcia y les dijo que no me podían hacer ese feo.

 Por suerte mi novia intervino y logró solucionarlo todo con una idea tan estrambótica como efectiva. Comenzó preguntando al bando fiel que si consideraban que hacerse una paja era poner los cuernos. Evidentemente le respondieron que no. “Pues entonces quedaos, porque aparte de follar también me quiero dar un buen atracón de lefa al final y para eso sólo tenéis que haceros una paja y apuntarme a la boca”. Ante tal declaración de intenciones algunos del bloque rebelde cambiaron de opinión y nos ayudaron a convencer a los más reticentes con los argumentos de que teníamos que participar todos porque éramos un equipo y que lo que pasara en el vestuario se quedaría en el vestuario. Así que, una vez apagado ese fuego, mi chica se esforzó por reavivar los rescoldos del otro que había encendido minutos antes con su striptease. Se arrodilló y dijo “¿Quién quiere una mamada?”. Varios de mis compañeros empezaron a vociferar mientras la rodeaban con la doble intención de recibir una felación y restaurar el ambiente de camaradería. “¡Bu-kka-ke, bu-kka-ke!”, corearon. De nuevo la música volvió a sonar y los que no quisieron participar se sentaron en los bancos a mirar, su líder con cara de pocos amigos.

 Y, como solía ser habitual, mi novia terminó demostrando de lo que es capaz en materia de sexo oral. Empezó suave y al principio se dedicó sobre todo a despertar nuestras erecciones y lubricarnos las pollas con su saliva, pero poco a poco se fue calentando y cada vez se esforzó más. “¡Hostia chaval!”, exclamó el primer afortunado en disfrutar de su profunda garganta. Hacía unos tres meses que no la veía en acción con varios hombres, a pesar de había estado teniendo encuentros con los matones del prestamista en el bar, así que me excitó mucho repetir la experiencia. Pude comprobar cómo había perfeccionado sus habilidades porque ya ni siquiera tosía ni se atragantaba, había aprendido a colocar la lengua para evitarlo y tenía completamente controlada la respiración. Lo único que no podía evitar eran los lagrimones, se ve que se trata de un acto reflejo incontrolable. Mientras tanto mis compañeros estaban flipando. Como ninguno se atrevió a dar el paso de sujetarle la cabeza y follarle la boca con contundencia, decidí hacerlo yo para que los demás perdieran el respeto. Y vaya si funcionó. A partir de ese momento abusamos de ella todo lo que quisimos, pero en ningún momento se resistió ni pareció pasarlo mal, todo lo contrario. Sólo nos pedía pausas para respirar, tragar saliva y volver a la acción con decisión.

 “¡Tronco, yo no aguanto más, que no soy de piedra!”, exclamó uno de los que no quería participar mientras se levantaba y mostraba su erecta polla. Mi novia lo oyó y le dio prioridad absoluta porque le interesaba sumar a la orgía a todos los que pudiera. Todos los que estábamos de pie empezamos a aplaudir en signo de aprobación. Casi al instante, otro de los que estaba sentado también decidió participar y tras decir “Vamos allá, joder, ¿cuándo vamos a volver a tener la oportunidad de hacer esto?” también descubrió su pene y se lo ofreció a mi chica, que abandonó al anterior y empezó a complacerle. La ovación se hizo más intensa aún. Sólo quedaban dos rebeldes, uno de ellos el más concienciado, el que había iniciado la revolución anti-orgía. El otro le echó una mirada cómplice, y aunque no obtuvo respuesta positiva también se levantó y se unió a la fiesta. Dejamos que mi novia premiara a los tres hijos pródigos para asegurarnos de que no dieran marcha atrás, así que durante unos minutos empleó su boca y sus manos exclusivamente en sus rabos. Una vez se hubieron calentado también probaron la resistencia de la garganta de mi chica, disfrutando de la mejor mamada de sus vidas según dijeron.

 Entonces se me ocurrió que ya llevábamos bastante tiempo haciendo lo mismo y había llegado la hora de pasar a otras actividades. “Hala, que ya has chupado bastante”. Me puse detrás de mi novia, la levanté del suelo por las axilas y la llevé a uno de los bancos sujetándola del pelo. Allí la obligué a agachar la cabeza y poner el culo en pompa para inmediatamente penetrar su chorreante coño. “¡Hostia, que lo está haciendo a pelo!” exclamó uno. “Que se preocupe ella de no quedarse preñada” dije sin parar de embestir para intentar animar a los demás a seguir mi ejemplo. Desgraciadamente no surtió el efecto deseado y ninguno decidió no hacer uso de los condones. Los primeros que se lo colocaron se acercaron a ofrecer sus nabos a mi chica para que se los siguiera chupando. En ese momento me temí el inicio de un nuevo conflicto porque a ella sólo le gusta mamar rabos al natural, pero asumió su papel de puta a la perfección porque no hizo ascos. Y, a pesar de que me empleé a fondo, apenas disminuyó su rendimiento oral, simplemente hacía pausas más frecuentes para jadear por la excitación que le producía estar siendo follada a la vez que mamaba penes.

 “Deja un poco para los demás”, me dijo uno de los que se acababa de poner un condón para que me apartara y le permitiera beneficiarse de la entrepierna de mi novia. Así lo hice y me uní a los que rodeábamos la escena bebiendo cerveza ansiosos por intervenir. Unos se fueron turnando en las labores de penetración vaginal y otros en la oral. Tras unos minutos disfrutando de esta nueva situación se me ocurrió subir una marcha más. Me aparté del grupo, separé un banco de la pared y lo puse en medio del vestuario. Después le dije a uno de mis compañeros que se tumbara boca arriba y me colé entre los demás para traer a mi novia al nuevo escenario. Les dije a todos que se apartaran, que íbamos a hacer otra cosa y, dado que se suponía que yo había pagado, me obedecieron. Después le di un sonoro cachete en el culo y la volví a coger por el pelo para llevármela. Parecía encantanda por el rol sumiso que le estaba tocando asumir porque no perdía la sonrisa.

 En cuanto vio a mi compañero tumbado en el banco comprendió lo que tenía que hacer, levantó una pierna y se acopló a él sin que yo le dijera nada. “Venga chavales, que aquí hay otro agujero libre”, les dije señalándoles su ano. Ella secundó mi propuesta dándose un azote en una nalga mientras cabalgaba intensamente. Yo no quise ser el primero en abrirle el culo porque sin condón necesito que su esfínter haya sido sometido a una dilatación previa y mucho lubricante, cosas de las que carecía en ese momento. La avalancha de voluntarios no se hizo esperar y el primero que alcanzó su trasero penetró sin contemplaciones. Por el grito que pegó debió dolerle bastante, pero no pidió clemencia y permitió que el sodomizador diera rienda suelta a toda su ansia. Poco le duró el sufrimiento porque instantes después volvió a gritar, pero esta vez de placer, disfrutando de la intensa doble penetración. Un par de espabilados no tardaron mucho en ofrecerle sus pollas para que se las mamara, proporcionando además una vista privilegiada de las felaciones al que estaba tumbado en el banco. Cuando el compañero que estaba castigando el ojete de mi novia se cansó cedió el turno a otro, que se empleó con más furia todavía. Pero los chillidos que emitía mi chica cuando no tenía la boca ocupada con algún pene debieron traspasar los muros de nuestro vestuario porque inesperadamente entró un jugador del equipo contrario para ver qué estaba pasando. En cuanto nos vio se le pusieron los ojos como platos y a continuación se le despertó una pícara sonrisa. “Joder chaval, y eso que habéis perdido”, dijo.

 Inmediatamente algunos miembros de mi equipo le dijeron que se largara, así que eso hizo. Pero un minuto después entraron otros tres. “Hostia, si es verdad”, se ve que el primer intruso no había podido evitar la tentación de contarles a sus compañeros lo que había visto. “Por casualidad no aceptaréis invitados, ¿verdad?” En ese lapso de tiempo me había dado tiempo a anticipar que eso podría pasar, y ya tenía pensada la respuesta. “Sólo si traéis la copa”. Supongo que a los de mi equipo no les hizo mucha gracia, pero como pensaban que la ‘puta’ la había pagado yo no pudieron negarse. Uno de los visitantes se dispuso a salir para cumplir mi condición, pero antes de que lo hiciera le dije que, si tenían, que trajera también condones porque a nosotros casi no nos quedaban. Poco después regresó con otros cinco jugadores más y la copa que habíamos perdido. Con el pie empujé la nevera portátil hasta donde estaban a modo de ofrecimiento, para que cogieran cervezas. A cambio extendí las manos para que me cedieran el trofeo y en cuanto lo tuve en mi poder vi que estaba mojado y contenía restos de cerveza. Sin duda habían estado celebrando su victoria. Vacié lo poco que quedaba y se la pasé al compañero que no quiso participar en la orgía, que seguía sentado en el banco. “Los que no vayan a follar ya podéis iros corriendo aquí para que la chica se lo beba luego”. Mi idea cayó como una bomba y varios se entusiasmaron y empezaron a aplaudir y silbar.

 Así que algunos se masturbaron contemplando a mi novia gozando de las múltiples penetraciones mientras otros preferían aguardar turno para meterle la polla por donde fuera. El que estaba tumbado boca arriba en el banco finalmente se corrió y pidió ser sustituido, pero gracias a que llevaba condón no se desperdició su lefa porque, cuando se quitó el profiláctico, lo vació dentro de la copa. Los que vieron eso decidieron imitarle y a partir de ese momento todos los que lograban penetrar no paraban hasta alcanzar su orgasmo y después depositar su aportación en el trofeo. Pero ninguno de los que terminaba se marchaba, todos querían quedarse hasta el final para ver cómo la explosiva guarra que les había llevado se bebía la mezcla de semen.

 

 Me llegó el turno casi de los últimos, así que pude desfogarme contra el ojete de mi novia sin condón porque ya lo tenía dilatadísimo y bastante lubricado por todos los preservativos que lo habían visitado anteriormente. Y, a diferencia del resto de mis compañeros, yo sí que me corrí dentro. Cuando terminé pedí que me acercaran la copa y, en cuanto extraje la polla, coloqué el trofeo bajo el ano de mi novia para que expulsara mi semen y se reuniera con el de los demás. La verdad es que habíamos conseguido reunir una cantidad nada desdeñable de esperma, a falta de dos o tres tíos ya teníamos el recipiente lleno casi a la mitad.

 Cuando por fin todos habíamos hecho nuestra aportación mi chica se intentó arreglar el pelo, como si fuera a salir en una foto o la estuvieran filmando, antes de coger la copa que le ofrecíamos. Cuando vio todo el semen que había dentro no disimuló su alegría y nos dio las gracias alegremente. En cuanto se dispuso a beber el corro de hombres que la rodeábamos nos pusimos a hacer ruido como cuando en un partido un jugador va a tirar una falta y estallamos en un sonoro jolgorio cuando empezó a tragar. Fue muy divertido. Una vez se lo terminó todo (más de veinte raciones de leche de macho), dejó la copa en el suelo y también se puso a aplaudir, de nuevo dando las gracias muy sonriente. Yo me acerqué a ella y alcé uno de sus brazos como hacen los árbitros de boxeo para declarar al ganador, lo que hizo que una nueva ovación surgiera de entre mis compañeros.

 Pero ahí no terminó todo. En absoluto. Mi truculenta mente maquinó todavía algo más. Como tenía el pelo hecho un desastre, estaba sudadísima y algunos restos de lefa se le habían derramado por los extremos de la boca, dije que estaba muy sucia y que deberíamos ducharla. A continuación la volví a sujetar del pelo y la llevé a las duchas. Allí la obligué a arrodillarse y la apunté con mi flácido pene. Ella se dio cuenta de lo que quería hacer, pero no se apartó. El resto de espectadores supongo que se quedaron bastante desconcertados. Como todos me estaban mirando me costó hacer lo que quería, así que tuve que mirar al techo para concentrarme y que mi orina empezara a brotar.

 

 Cuando mi novia recibió el cálido chorro cerró los ojos y empezó a gritar cómicamente. Las opiniones del resto sobre lo que estaba haciendo se dividieron porque a algunos les hizo mucha gracia y no dudaron en acercarse para mear también sobre mi chica, mientras que otros ponían muecas desagradables y decían que qué asco. Ella por su parte no tuvo ningún reparo en dejarse rociar con la lluvia dorada e incluso se atrevió a abrir la boca, lo que inmediatamente provocó que los que la estábamos regando apuntáramos ahí. En un instante se la llenamos e intentó tragar, pero como era tanto se atragantó y empezó a toser. A partir de ahí no volvió a ofrecernos la boca, así que los que se fueron uniendo poco a poco para vaciar sus vejigas sobre ella trataron de impregnar hasta el último rincón de su cuerpo con los amarillentos fluidos. Las meadas fueron bastante copiosas porque de todos es conocido el efecto diurético que tiene la cerveza.

 Una vez todo hubo terminado se me ocurrió pedirles a los demás por favor que si querían ducharse se fueran al otro vestuario para dejar un poco de intimidad a la chica, además de que me quería quedar a solas con ella para hablar de temas monetarios. Algunos insistieron en que luego les dijera cuánto había costado para dividirlo y poner una parte, pero me negué y les dije que había sido un regalo y que era mi forma de compensar mis múltiples ausencias así como mis escasas dotes para el balompié. Me costó, pero finalmente logré desembarazarme de todos mis compañeros y quedarme a solas con mi chica.

 “¿Se puede saber cómo ha empezado todo esto?”, fue lo primero que le pregunté. Mi novia se rió y me lo contó mientras se duchaba. Parece ser que cuando estaba en el bar durante el partido nuestro jugador lesionado se acercó a ella y le tiró los tejos. Mi chica le contestó que había venido conmigo, así que mi compañero insistió en invitarle a lo que quisiera. Evidentemente no le especificó que era mi novia porque ninguno de mis compañeros parecía conocer esa información durante la orgía. “Como decía que lo estaba pasando muy mal porque estábais jugando fatal no paraba de pedir cervezas y se puso bastante ciego”. Hasta ese punto no había nada en la historia que explicara por qué mi chica había terminado haciendo un striptease en el vestuario.

 

 Pero entre botellín y botellín mi compañero le preguntó que si ella era la ‘sorpresa’. “Para no reventarle la auténtica sorpresa de tus cervezas le dije que sí, a ver si así le despistaba”. Ahí estuvo el malentendido, el detonante que lo inició todo y que hizo que el tío se imaginara que yo había contratado una puta para montar una fiesta sexual tras el encuentro. Una vez terminado el partido, los dos fueron al vestuario y entraron cuando ya me había ido a por las bebidas al coche. Allí el acompañante de mi novia les dijo a todos que la sorpresa que les había prometido era la presencia de esa chica y se pusieron como locos según me contó. Entonces unos le empezaron a preguntar que qué iba a hacer y otros a pedirle que se desnudara, así que si al gusto que había desarrollado en su trabajo como gogó a lucir su cuerpo sumamos un público entregado y medio en pelotas, para qué queremos más. Su única exigencia fue que le pusieran algo de música y comenzó el espectáculo. A partir de ahí ya sabemos lo que ocurrió.

 Pero ¿por qué todos pensaron que era una puta? Descartando opciones concluí que tuvo que ser por su aspecto. Para mí había sido algo progresivo, pero poco a poco ella había ido cambiando su estilo de vestir, haciéndolo cada vez más provocativo, hasta llegar a un punto que rozaba la indecencia. La verdad es que elegía prendas que la mayoría de mujeres no se atreverían a ponerse, muy ceñidas, que tapaban lo justo y obviando de vez en cuando la ropa interior; aparte de maquillarse mucho.

 Cuando los dos nos hubimos duchado nos marchamos a casa a descansar y ver una película. Un par de horas más tarde el capitán me llamó porque había decidido organizar una cena de equipo para el día siguiente, pero como yo no quería llevar a mi chica conmigo porque se desvelaría que no se trataba de una puta sino de mi novia, ni tampoco dejarla sola en casa con mis padres, le dije que me era imposible y que por favor la retrasaran. Y es que tener una novia ninfómana cada vez me traía más problemas de índole social.

 Continuará... Email.

 

 

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