.:: RELATOS DE CORNUDOS ::.

  "Cornudo a distancia (12)".

 

 Pasó aproximadamente un mes y medio desde el ‘concurso de mamadas’ y a finales de otoño llegó mi 23º cumpleaños. Mi chica se estaba volviendo loca pensando mi regalo porque decía que soy una persona muy difícil a la que regalar, así que le contesté que lo yo más deseaba era que probáramos el sexo anal. Como veis no dejaba pasar ni la más ligera ocasión para recordárselo. Lo raro fue que, contra todo pronóstico, aceptó. Estaba tan cansada de devanarse los sesos año tras año por mis dichosos regalos que le pareció la mejor solución. Evidentemente esperé nuestro siguiente encuentro con muchísima ansiedad, pero desgraciadamente la experiencia resultó en un completo fracaso.

 

 En cuanto nos quedamos a solas me ofreció su trasero para que intentara penetrárselo, así que intenté entrar por el angosto orificio obteniendo decepcionantes resultados porque ambos nos hicimos bastante daño. Tras aquello estuve un tiempo muy deprimido porque mi mayor ilusión por aquel entonces acabó hecha añicos. Había depositado tantas esperanzas y había salido tan mal que no quería volver a pasar por aquella frustración. Creo que le cogí miedo porque a partir de entonces directamente evité volver a mencionar el asunto y, dado que a ella no pareció importarle, quedó aparcado.

 

 Un mes después, con el nuevo año recién estrenado, llegó su 19º cumpleaños. Y, como de costumbre, lo celebraríamos en su ciudad con sus amigas. Fuimos a la casa de una amiga suya que la tenía libre y estuvimos haciendo botellón mientras jugábamos a la consola. En los ‘juegos de chicas’ (cantar y bailar) yo siempre quedaba último, pero en los de inteligencia, tipo trivial, la verdad es que las barrí. Las pobres muy cultas no son.

 

 Una vez terminado el botellón y con todo el personal bastante borracho nos fuimos de fiesta al centro donde seguimos bebiendo y bailoteando, y la verdad es que lo pasamos muy bien. A lo largo de la noche algunas amigas de mi novia se dispersaron: unas se unieron a otras amigas suyas que pasaron por allí, a otra la llamó su novio y se marchó con él, otra ligó con uno y también se fue… total, que entre pitos y flautas nos quedamos mi chica y yo solos. Así que decidimos irnos a casa de mi primo porque esa noche trabajaba y podríamos tener intimidad.

 

 De camino a coger el autobús nocturno casualmente pasamos por delante del bar en el que mi chica degustó semen por primera vez hacía exactamente un año… y se me ocurrió una de mis brillantes ideas. Paré justo en la puerta y miré a mi chica con una sonrisa, que se ve que debía ir más borracha que yo porque no se dio cuenta de dónde estábamos hasta que se lo señalé.

 

 Ella se quedó bastante flipada porque en absoluto tenía en la cabeza la idea de buscar una aventura esa noche, pero sin darle tiempo a decir palabra entré en el bar. Ya tenían el cierre medio echado, así que tuve que agacharme para pasar. Una vez dentro vi que el camarero estaba fregando y el dueño del bar estaba en la caja contando el dinero, y al oír la puerta el segundo dijo sin levantar la mirada: “¡Está cerrado!”. Yo les dije: “¿No os apetece una partida de futbolín?” y entonces me miraron para ver quién era el intruso. Al verme no debieron reconocerme porque el dueño volvió a insistir: “Pero qué dices, ¡que ya hemos cerrado!”. Entonces mi novia apareció detrás de mí, les dijo: “¿Seguro?” y se quedaron de piedra. Al dueño, que tenía un cigarro en la boca, se le cayó y por poco quema el dinero que tenía entre manos.

 

 “Nos debéis la revancha” añadió. Los hosteleros se miraron y sin hablar lo dijeron todo. Uno volvió a meter el dinero en la caja mientras el otro dejaba la fregona en una esquina. Íbamos a tener batalla. El camarero dijo que claro, pero que les había prometido subir la apuesta. Mi chica contestó “Por supuesto, esta vez la apuesta no sólo incluye esto (se señaló la boca mientras sonreía), todo esto también” (e hizo un gesto con ambas manos recorriendo el resto de su cuerpo). Olé, esa es mi niña. Ellos se miraron con maléficas sonrisas de oreja a oreja, dejando claro que aceptaban.

 

 Entonces el camarero se dirigió al panel de interruptores y encendió la luz que hay encima del futbolín mientras el dueño echaba el cierre completo al bar. Y comenzó la partida. Dado que mi novia y yo íbamos un poco borrachos, unido a lo malos que somos en ese juego, fue un visto y no visto. Y eso que me fijé en que no quitaban ojo a su escote.

 

 Cuando ya nos metieron el cuarto tanto mi chica y yo nos dimos por vencidos, pero ellos insistieron en jugar las 7 bolas para terminar metiéndonos un 7-0 como una casa. Entonces para rematar se pusieron a dar palmas mientras gritaban: “¡A pasar por debajo, a pasar por debajo!”. Esa regla del futbolín es sagrada: con marcador a cero se pasa por debajo. Así que nos tocó gatear bajo el futbolín, menos mal que el camarero había fregado y estaba el suelo limpio. Una vez de pie ambos se nos quedaron mirando callados porque, aunque ellos habían ganado, lo que cobraran dependía de lo que mi novia quisiera hacer. Yo también tenía curiosidad por saber qué tenía pensado. Y demostró que durante la partida lo estuvo meditando porque cuando habló lo tenía muy claro. Nos dijo: “Ponedme un poco de música y ayudadme a subir al billar, que antes de nada os voy a hacer un striptease”.

 

 La verdad es que me sorprendió porque, aunque ya me había hecho alguno en privado, siempre fue tras pedírselo encarecidamente. Y no fueron gran cosa. Pero ya la conocéis, ante situaciones novedosas es capaz de sorprender a propios y extraños. Así que el camarero puso un poco de reggaeton y acertadamente bajó el volumen, tampoco hacía falta tenerlo a un nivel en el que no pudiéramos ni hablar. Por otro lado el dueño le rogó a mi novia que se quitara las deportivas antes de subirse al billar para no estropear el tapete, cosa que aceptó de buen grado y, en cuanto el camarero regresó de detrás de la barra, comenzó el espectáculo.

 

 Se notaba que iba borracha porque se la vio muy suelta bailando, con mucho atrevimiento, y el striptease le quedó bastante bien a pesar de que tuvo que tener cuidado para no caerse ni chocarse con una lámpara. Jersey, camiseta, pantalones, sujetador y tanga; todo se lo acabó quitando entre contoneos. Una vez desnuda se bajó del billar mientras nuestros acompañantes se desabrochaban las braguetas y mostraban sus ya erectas pollas. En cuanto los vio se arrodilló para disponerse a degustarlos. Agarró uno con cada mano y comenzó a chuparlos con muchas ganas, como si llevara esperando ese momento mucho tiempo. No tardé en unirme al trío para disfrutar también de los favores orales de mi chica. Cuando ya nos hubo dado un buen repaso a cada uno, cesó su actividad y, sonriendo, dijo “Venga, ahora hacedme como la otra vez, como a mí me gusta”, dejándonos claro que su deseo era que su boca fuera penetrada en profundidad.

 

 Evidentemente la petición fue recibida de muy buena gana. De inmediato el dueño del bar, que no se anduvo con chiquitas, sujetó firmemente la cabeza de mi novia e introdujo de golpe su falo hasta el fondo de su garganta. Tras unos segundos en esa postura, en lugar de liberarla, comenzó a dar cortos y rápidos arreones hasta que las arcadas que le provocó fueron tan exageradas que tuvo que soltarla. En cuanto se separó de él la pobre no pudo evitar devolver. Había sido demasiado para empezar. Los tres nos quedamos petrificados porque lógicamente pensamos que la diversión había terminado con este desagradable incidente. Tras jadear hasta recuperar el aliento y escupir un par de veces, se incorporó y dijo “Lo siento”. ¡Lo siento! No sólo no se había enfadado sino que encima se sentía culpable. Y además estaba dispuesta a seguir porque se levantó y nos pidió que fuéramos al otro lado del billar para continuar allí, lejos del vómito. Y, tras mirarnos entre nosotros con caras de asombro, eso hicimos. Quedaba claro que la apuesta era sagrada y mi novia no iba a permitir que se abortara por nada del mundo.

 La nueva etapa la comencé yo pero, dubitativo, no hice más que ofrecer mi pene a mi chica para que ella llevara la iniciativa porque me daba miedo volver a provocarle el vómito. Tras chupármela unos instantes pasó al camarero, que se comportó de manera muy similar a la mía. Entonces mi novia paró y le dijo al dueño del bar: “Anda, enséñales a estos dos sosos cómo se hace”. Increíble, a pesar de que las brutales prácticas de ese hombre le habían hecho potar hacía pocos minutos, volvía a acudir a él pidiendo más. Y éste no dudó en volver a ofrecérselas, crecido tras la petición. Para reafirmar aún más su sumisión, mi novia colocó los brazos tras la espalda, dejando bien claro que no tenía ninguna intención de resistirse. Así que se pusieron manos a la obra.

 

 Esta vez el dueño fue aún más agresivo, dejando a un lado cualquier tapujo. Sujetó con firmeza la cabeza de mi chica y comenzó a penetrar su boca sin piedad. Alternativamente alejaba la cabeza de mi novia a la par que extraía su pene para inmediatamente acercarla hasta hacer colisionar su cara con su vientre mientras penetraba. La trataba como si fuera un pelele y las únicas objeciones por su parte eran escandalosas arcadas que una y otra vez eran ignoradas completamente. Lógicamente la pobre no paraba de segregar lágrimas y saliva, y las hebras de baba que colgaban y se balanceaban de su boca cada vez eran más abundantes. Ella trató de mantener sus brazos tras la espalda pero al final tuvo que utilizarlas para hacer ver al dueño del bar que necesitaba parar. En cuanto la soltó tosió, tomó una gran bocanada de aire y jadeó violentamente.

 “¿Te gusta así?”, preguntó él. Ella le miró con los ojos llorosos y enrojecidos y asintió con la cabeza mientras se limpiaba las babas colgantes. A continuación le hizo un gesto para seguir, así que durante largos minutos el camarero y yo pudimos ver cómo la faringe de mi novia continuó siendo brutalmente castigada. Asistimos a un desfile de arcadas, tos, escupitajos, saliva colgando y lagrimones. En los descansos él le hacía preguntas del tipo “¿Ya has tenido suficiente?”, a lo que ella negaba con la cabeza mientras recuperaba la respiración, y “¿Quieres que siga follándote la boca?”, con gestos afirmativos por respuesta. En un momento dado el camarero decidió limpiar los vómitos de mi novia y encender de nuevo el aire acondicionado porque el olor empezaba a ser desagradable, lo cual supuse que agradecimos todos.

 Finalmente el dueño del bar puso fin a la agresiva práctica oral diciendo que el que hubiera aprendido que le sustituyese porque como siguiera así se iba a correr y también quería follar. El camarero tomó el relevo y también intentó dar cuenta de las fauces de mi novia, aunque para nada logró alcanzar los grados de violencia que su jefe. Llegó un punto en el que mi chica se cansó o se aburrió, le pidió que parara y se levantó; dejándome sin mi turno. Cuando le dio bien la luz en la cara pudimos comprobar que estaba hecha un cromo: completamente despeinada, los ojos rojos y llorosos, saliva colgando de su boca y su barbilla que fluía por sus pechos y vientre y, por supuesto, las mejillas cubiertas de sombra de ojos corrida por las lágrimas. Ojalá hubiera podido echarle una foto en ese momento. Traté de memorizar su rostro con ese aspecto porque me volvía loco. Se dio la vuelta, levantó una pierna y, apoyando la rodilla en el billar, se inclinó hacia delante ofreciéndonos su entrepierna. “Barra libre, chicos”.

 Miré a los hosteleros con intención de dirimir quién haría los honores y, dado que yo apenas había participado de la sesión oral, me permitieron empezar esta nueva fase. Penetré la hirviente vagina de mi novia y la lubricación del orificio hizo que la entrada fuera como la seda, así que pude embestir brutalmente desde el primer momento. Pero tuve que parar cuando el camarero preguntó: “¿Alguien tiene condones?”, a lo que los demás contestamos “No” casi al unísono. Yo tenía los míos en la maleta que había dejado en la casa de mi primo. Mi chica me puso una mano en el pecho para indicarme que quería que me separara e intentó atajar rápidamente el problema. “Pero no os preocupéis, tomo la píldora”.

 La expresión del camarero no varió lo más mínimo porque dejarla embarazada no era lo que le preocupaba, él temía el posible contagio de alguna enfermedad de transmisión sexual. Por el contrario, el dueño del bar se mostró menos reacio. “¿Me puedo fiar?” preguntó, mostrando más explícitamente la misma inquietud que su compañero. Yo le contesté que ambos éramos donantes de sangre habituales y que nunca nos habían detectado nada, ocultando la información de que tiempo atrás sufrí un herpes genital. Consideré que aquel virus estaba más que superado y no suponía ningún peligro. Lo que dije fue suficiente para él, pero no para el camarero. “Yo lo siento, pero sin condón paso”, así que sólo dos hombres nos follaríamos a mi novia, una lástima. “Me conformaré con otra mamada como a ti te gustan” añadió para aclarar que no por eso quería dejar de participar completamente.

 Como todas las posturas parecieron claras, yo volví a la tarea de penetrar a mi chica. Le indiqué que se sentara encima del billar y a continuación se recostara hacia atrás. Sujeté sus piernas abiertas, penetré y empecé a bombear. Enseguida surgieron sus primeros gemidos y empezó a decir cosas que no hicieron sino aumentar mi excitación: “¡Sí, así, fóllame fuerte!”. Y entonces cometí un error. Se me ocurrió la ‘brillante’ idea de juntar sus piernas de forma que mi pene se vio sometido a más presión y eso desencadenó mi orgasmo antes de que pudiera controlarlo. Mi mente se nubló por el placer y, paralizado, eyaculé copiosamente dentro de las entrañas de mi chica.

 Pero no pude disfrutar del efecto sedante que caracteriza a los instantes posteriores de los orgasmos masculinos porque inmediatamente el dueño del bar comenzó a vociferar “¡Pedazo de mamón, te has corrido dentro! ¡Me acabas de joder pero bien! ¡Yo paso de meter ahora la polla ahí, con toda tu lefa! ¡Hay que joderse!”. En mi estado no encontraba las palabras para contestar. Lentamente mi cabeza se fue aclarando y un enorme sentimiento de culpa me invadió. No por haberle estropeado la fiesta al hombre que me estaba regañando, sino a mi novia. Pensé que eso significaba con total seguridad que ella se iba a ir del bar sin tener ningún orgasmo cuando yo me había hecho a la idea de que podría disfrutar de varios desde que apostó todo su cuerpo al haber tres penes disponibles. Antes de que pudiera abrir la boca, lo hizo ella.

 “Bueno, el coño no es el único sitio por donde me puedes follar…” dijo con tono misterioso. Ninguno supimos ver por dónde iban realmente los tiros. El dueño del bar le contestó que ya sabía que le podía follar la boca, pero que le apetecía echar un polvo. “Me refiero por el culo”, interrumpió tajantemente. Los tres nos quedamos en estado de shock. “¿No te apetece?” insistió, al ver la falta de reacción. “¡Joder que si me apetece!” exclamó entusiasmado el encargado. “Pues venga”, zanjó mi chica.

 Yo no salía de mi asombro por el atrevimiento que estaba demostrando. Tras haber visto la brutalidad de la que era capaz, estaba dispuesta a permitirle penetrar su prácticamente virgen ano. A continuación pidió al camarero que le trajera unas servilletas para limpiarse los restos de mi semen y una botella de tequila. Nadie preguntó para qué quería lo segundo, pero me imaginé que pretendía hacer uso del efecto anestesiante del alcohol de alta graduación para mitigar el dolor que sin duda esperaba a su esfínter. Me acerqué a mi novia y le pregunté en voz baja si estaba segura, a lo que contestó sin bajar la voz que sí porque su culo entraba también dentro de la apuesta y ya que gracias a mí no podían follar por el coño, que no le quedaba otra.

 Pensé para mis adentros que por supuesto que había alternativas, como cancelar la apuesta, pero como mi política es dejarle hacer me aparté sin abrir la boca. “Macho, tu piba es una caja de sorpresas” me dijo el dueño del bar, cuyo enfado se había esfumado por completo. “No lo sabes tú bien” le contesté.

 En cuanto el camarero trajo la botella mi novia la destapó y empezó a dar generosos tragos. No pudo evitar parar para toser, y es que el tequila no se deja beber así como así. A continuación se limpió la entrepierna con las servilletas y empezó a lubricarse el ano con los restos de saliva que aún brillaban sobre sus pechos. Después se acercó al dueño del bar, se escupió en las manos y le acarició el pene con intención de lubricarlo también. Luego se dispuso a subirse al billar, no sin antes dar otro trago a la botella de tequila. Como tenía el estómago vacío, el tiempo de espera hasta que hiciera sus efectos sería muy breve. Una vez se arrodilló sobre el billar inclinó el cuerpo para poner el culo en pompa y se dio una palmada en una nalga, indicando a su futuro sodomizador que ya estaba lista.

 El afortunado hostelero acercó su erecto miembro hasta la entrada elegida e inmediatamente empezó a presionar. Mi novia empezó a respirar más fuerte. Él en ningún momento cesó su lento avance y, cuando ya llevaba más o menos la mitad de su falo introducido, mi chica no pudo reprimir gruñidos entre dientes. Cada milímetro introducido parecía elevar su sufrimiento y, aunque se lamentaba sin disimulo, en ningún momento pidió parar. Me sorprendió cómo al tío no parecía molestarle lo más mínimo la estrechez a la que se enfrentaba, como me pasó a mí, y concluí que gracias a que estaba circuncidado tenía menos sensibilidad.

 Cuando el pene estuvo enterrado por completo dentro del recto de mi chica, el dueño del bar lo empezó a extraer e introducir lenta y alternativamente, iniciando el movimiento de bombeo. Durante largos segundos mi novia permaneció sin emitir ningún ruido, aguantando la respiración, hasta que se derrumbó y porfirió su primer chillido. Pero esto no detuvo al hombre, que siguió a lo suyo. Mi chica gemía, chillaba y cerraba los puños, pero no pedía clemencia. En ese momento me planteé intervenir y poner fin a la escena porque empecé a temer por su integridad física, pero el tono de sus quejas empezó a menguar progresivamente. Su ano empezaba a dilatarse al tiempo que el tequila entraba en acción. Y el dueño del bar subió el ritmo.

 Las embestidas contra el trasero de mi novia cada vez eran más potentes y sus cuerpos empezaron a hacer ruido al chocar. En un momento dado el hombre se las arregló para deslizar una mano entre sus piernas y masturbarle la vagina. Sus gemidos cada vez reflejaban más placer que dolor y la sodomización continuó hasta que gritó “¡Sí, sí, me corro, sí!”. No podía creerlo, pero lo estaba comprobando con mis propios ojos porque ese tipo de convulsiones no pueden fingirse. Los espasmos de mi chica obligaron al dueño del bar a sujetarla con fuerza para no desacoplarse y poder proseguir con la perforación. Unas pocas embestidas después llegó al clímax y se vació dentro del recto de mi chica entre gritos de placer. Cuando hubieron normalizado sus respiraciones él extrajo su pene y un flujo de esperma brotó del ano de mi novia, vertiéndose sobre el tapete del billar. Cuando el dueño del bar se percató empezó a maldecir y ordenó al camarero que trajera una bayeta para intentar limpiarlo. Pero mi novia no lo permitió. Le dijo que no se fuera a ninguna parte porque sólo le faltaba un sitio en el que todavía no había recibido una ración de lefa.

 A continuación descendió del billar y se puso en cuclillas ante él. El dueño del bar decidió dejar a su socio en paz y se ocupó él mismo de las labores de limpieza. Así que mi chica, sin tomarse siquiera un descanso tras la exigente sesión de sexo anal, comenzó a practicarle una trabajada felación. Tras unos instantes se detuvo y le preguntó con una sonrisa: “¿Lo vas a hacer bien ahora?”. “Venga, vamos a intentarlo”. Y hay que reconocer que puso todo su empeño porque logró dejar el pabellón prácticamente tan alto como lo había dejado el dueño del bar antes. No escatimó en embestidas, prolongó más que nadie los tiempos en los que mantenía sujeta la cabeza de mi chica contra él de modo que su pene quedaba enterrado completamente en su garganta, e incluso se le ocurrió la malévola idea de taparle la nariz cuando hacía eso. Los torrentes de saliva, arcadas, lagrimones, jadeos, escupitajos y tos regresaron de nuevo. Y a pesar de todo mi novia no sólo ni protestaba ni se resistía, sino que probó a masturbarse. Además hubo otra novedad: en una de las ocasiones en las que el camarero sujetaba a mi chica en la asfixiante postura, ella se las arregló para deslizar su lengua fuera y lamerle tímidamente los testículos. Realmente impresionante.

 Pero como todo tiene un final, mediante una serie de rápidas penetraciones el camarero llegó al orgasmo y, entre convulsiones, se vació en la faringe de mi novia que tragó su esperma gustosamente. Un nuevo hombre se sumaba a la lista de afortunados cuyo semen había terminado reposando en el estómago de mi chica. Tras esto se incorporó y, sonriendo, les preguntó si ya consideraban cumplida la apuesta, a lo que los hosteleros respondieron afirmativamente con entusiasmo.

 Una vez terminado el espectáculo mi novia fue al baño a lavarse la cara y esta vez decidí acompañarla. No me apetecía que esos dos volvieran a preguntarme cómo podía estar con una chica así. Allá ellos y sus prejuicios, que pensaran lo que quisieran pero a mí que me dejaran en paz. Acababa de vivir una de mis experiencias sexuales más excitantes, a pesar de los pequeños imprevistos, y todo había sido gracias a ella. Una vez en el baño se abalanzó sobre mí y me besó como una loca para darme las gracias por el, según ella, mejor regalo de cumpleaños que le habían hecho en su vida. Si es que estamos hechos el uno para el otro.

 Así que ayudé a mi novia a limpiarse y recuperar una imagen lo más decente posible. Una vez salimos del baño se vistió mientras se deshacía en elogios dándoles las gracias por otra celebración de cumpleaños inolvidable. Los dos hombres se sorprendieron al enterarse: “Entonces, ¿las dos veces ha sido tu cumple?”. Les aclaré que en nuestra anterior visita cumplió 18 y en esta, evidentemente, 19. “Pues puedes volver el año que viene a celebrarlo otra vez, nosotros encantados” dijo el dueño. “Uf, creo que ya no me queda nada por apostar”, respondió ella.

 Cuando íbamos de camino hacia la casa de mi primo empezó a quejarse de que le escocía el ano, por lo que tuvimos que pasar por una farmacia que estaba de guardia para comprar una crema contra las hemorroides porque supusimos que le aliviaría las molestias. Evidentemente era imposible que pudiera haber salido indemne de una penetración tan brutal, por lo que no lo pasó bien los siguientes días. El tequila ayudó momentáneamente a superar el trance, pero sus efectos no son eternos. Afortunadamente no llegó a sufrir un desgarro.

 Continuará... Email.

 

 

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