.:: RELATOS DE CORNUDOS ::.

  "Ana y el cornudo sumiso y maricón de su marido".

 

 

 Esta historia ocurrió hace un año aproximadamente cuando por motivos de
trabajo mi empresa me trasladó a otra ciudad. Cuando llegué a mi nuevo
destino tuve que hacerme cargo de un departamento con todo lo que ello
implica.
Las primeras semanas fueron una locura, entre las horas que tenía que trabajar para ponerme al día y la búsqueda de piso, casi no tenía tiempo
para nada más.

 Una de las noches que me había quedado hasta tarde a trabajar salí de mi
despacho a coger un café de la máquina. Al pasar por delante de uno de los
cubículos que ocupaba la gente de mi departamento vi que había una persona
trabajando. Me acerqué por detrás y vi que se trataba de Ana (en realidad se
llama de otra forma). Ella estaba absorta delante del ordenador y no se
apercibió de que me acercaba. Cuando se dio cuenta de mi presencia y quiso
reaccionar cambiando la pantalla rápidamente yo ya me había apercibido de
que estaba navegando por internet.

 Estaba tan nerviosa que fue incapaz de cerrar la pantalla. De esta forma fue
cuando me di cuenta que estaba conectada a MorboCornudos.com. Fue gracias a ella que conocí vuestra página web. Ana se puso toda colorada, no sabía que decir, apenas era capaz de articular palabra, creo que estaba esperando que le cayese una buena bronca.

 En lugar de eso a mi me dio por reírme y decirle que no pasaba nada, que
estaba fuera de su horario de trabajo y que yo no iba a decir nada sobre las
páginas que visitaba. Ana respiró aliviada y me dio las gracias. Le dije que
estuviese tranquila que no iba a comentar nada sobre sus visitas de
internet. Aunque me picaba la curiosidad y le pregunté que estaba viendo.
Ella me comentó que estaba leyendo los relatos de cornudos.

 Bueno, pues nada, le dije. Te dejo con la lectura de los relatos que me voy
a por mi café.

 Dicho esto me fui a la máquina, saqué mi café y me fui de nuevo a mi
despacho a trabajar. En ello estaba cuando al cabo de una media hora
apareció Ana por mi despacho para decirme que se marchaba y que lamentaba mucho todo lo ocurrido, se notaba que todavía estaba avergonzada y que se encontraba en una situación incomodísima. Le volví a reiterar que no pasaba nada y que se podía ir a casa sin ningún tipo de preocupación.

 Cuando se fue de mi despacho me fije que era una mujer bastante atractiva,
de unos 35 años, con el pelo moreno, de aproximadamente 1,75 cms y de unos 55 kilos. Sus pechos no eran excesivamente grandes, más bien todo lo
contrario. Al salir de mi despacho y verla caminar me di cuenta que
irradiaba sensualidad por todos los poros de su cuerpo. Eso y que a través
del pantalón blanco que llevaba se podía vislumbrar la marca de un tanga.

 Al día siguiente actué como si nada hubiese pasado, estuve todo el día
trabajando sin acordarme del asunto del día anterior. Esa noche tuve que
volver a quedarme a trabajar. En un momento dado me vino a la mente lo que
había ocurrido la noche anterior y picado por la curiosidad entre en la web
a echar un vistazo y a leer uno de los relatos, que estaba bastante bien,
todo hay que decirlo.

 Cuando acabé de leer el relato me levanté para ir a por un café y encontré
de nuevo a Ana en su puesto de trabajo. Me acerqué a ella, está vez haciendo
ruido para que pudiese apercibirse de mi presencia. Cuando llegué hasta ella
le dije:

 - ¿Qué? ¿Trabajando o navegando?
 - Navegando, me dijo ella.
 - ¿En la misma web que anoche?
 - Sí, respondió.
 - Jajaja, veo que eres una asidua, le dije
 - Un poco, es que me gustan ese tipo de relatos.
 - Bueno te dejo que voy a por mi café y a seguir trabajando.

 Al día siguiente, viernes, a mitad de mañana Ana se acercó a mi despacho y
me dijo que como estaba sólo en la ciudad y que ya que me había portado
también con ella, quería invitarme a su casa a cenar junto a su marido.
Aquella invitación me sorprendió, pero como no tenía ningún plan para
aquella noche decidí aceptarla. Me dio las señas de su casa y quedamos sobre
las 21:30. Para la cena me puse unos vaqueros desgastados, unos mocasines y una camisa, ya que en cuanto llega el viernes cuelgo el traje y la ropa formal y me gusta vestir de sport. Llegué a casa de Ana puntual con dos botellas de vino de rioja de reserva.

 Cuando toque el timbre abrió la puerta el que supuse era el marido de Ana.
La primera impresión que me dio es que no pegaban. Juan, así se llama él (en
realidad se llama de otra forma) me invitó a entrar y me dijo que Ana salía
en un par de minutos. Juan es un hombre más bajo que Ana, tremendamente
delgado, de espaldas caídas y de unos 40 años.

 Ana apareció al instante. Llevaba una falda de tubo blanca y una camisa del
mismo color que contrastaban con su pelo negro. Estaba bastante sexy aquella noche. Después de tomar una cerveza y mientras hablábamos de temas triviales mientras se terminaba de preparar la cena pasamos a la mesa.

 La cena transcurrió con total normalidad, Ana confesó que la había preparado
su marido, ya que, según ella, era muy apañado para las cosas de la casa.
Cuando hubo acabado la cena los tres nos encontrábamos bastante contentos
por las dos botellas de vino que prácticamente nos habíamos bebido. Después
de los postres Juan sacó unas bebidas y continuamos con nuestra velada. Fue
en este instante cuando la conversación empezó a entrar en temas más
picantes.

 Ana le confesó a su marido que yo le había sorprendido en el trabajo
navegando por internet y leyendo relatos eróticos de infidelidades. Y que ya
que no había dicho nada y me había portado también había decidido invitarme
a cenar. Juan asintió con la cabeza y me agradeció mi discreción.

 Creo que influenciado por el alcohol y por la curiosidad les pregunté si les
atraía ese tipo de situaciones.

 Ana me contestó. Como veo que eres una persona de confianza...... te contaré que como puedes ver Juan es muy poquita cosa, él es muy buen amo de casa y muy servicial, además de muy sumiso. Es muy buena persona pero no puede darme todo lo que yo quiero y necesito. Y como es tan servicial, me quiere tanto y sabe que necesito “algo más” pues, él no pone reparos en que lo tenga. Así siempre me ve feliz. ¿Verdad cariño? Dijo Ana mirando a Juan.
Así es mi amor dijo él.

 Yo estaba perplejo, era la primera vez que me encontraba en una situación
así. Mi curiosidad iba incrementándose.

 - ¿Quieres decir que le eres infiel con otros hombres? Le pregunté.
 - Sí, le pongo los cuernos, pero siempre se lo cuento, nunca lo hago a sus
espaldas. En ocasiones le permito que él lo vea. Ya te he dicho que él es
muy servicial y quiere lo mejor para mí. Él disfruta con esta situación
tanto como yo, incluso adora que le trate como un esclavo. Es su forma de
someterse a mí y tenerme contenta y feliz.

 Apenas era incapaz de articular palabra, de ello Ana se dio cuenta y optó
por seguir con el mando de la conversación.

 - ¿Te veo extrañado me dijo?
 - Un poco, contesté. Nunca había conocido a nadie con estos gustos.
 - Espera un momento, ahora verás como es cierto lo que te cuento, dijo Ana.
 - Juan, para ti ya ha acabado esta velada. Desde este momento vas a hacernos de mayordomo. Así que vete a tu habitación y prepárate adecuadamente, le ordenó Ana.

 Acto seguido Juan se levanto y salió del comedor sin pronunciar palabra.

 Yo me quedé sorprendido, de nuevo, y Ana me dijo que nos lo íbamos a pasar
muy bien y que nos íbamos a reír muchísimo. En aquel instante yo ya estaba
excitado con la situación. Cuando apareció Juan vestido de sirvienta con
cofia incluida y vistiendo un vestido minúsculo en el que se podía apreciar
claramente que no llevaba nada debajo de la cortísima faldita.

 Debo reconocer que ver a Juan en aquella situación y con esa vestimenta me
provocó una carcajada. Carcajada que fue acompañada por otra de Ana.

 - Ves Juan, eres el hazmerreír de todo el mundo. Resultas cómico, dijo Ana.
 - Vete a por más hielo y prepáranos dos copas más y nos las sirves en el
sofá, le ordenó Ana.

 Juan se dirigió hacia la cocina mientras Ana y yo nos levantábamos de la
mesa para sentarnos en el sofá. Cuando llegó Juan con las copas Ana me
preguntó si estaba cómodo o si necesitaba alguna cosa. Le contesté que me
dolían un poco los pies, a lo que Ana ordenó a Juan que me quitase los
zapatos y me diese un masaje para aliviar mi dolor.

 Mientras Juan me masajeaba los pies en silencio y de rodillas Ana, cada vez
estaba más desinhibida y eufórica. En un momento dado empezó a desabrocharse algunos botones de la camisa. Lo hizo de forma que pudiese observar sin ningún tipo de problemas que no llevaba sujetador. Aquella imagen de Ana estaba excitándome enormemente y no pude reprimir el decirle que tenía unos pechos muy bonitos.

 - ¿Si, te gustan? Preguntó ella.
 - Sí contesté. Me parecen muy bonitos.

 Entonces Ana se levanto y se desabrochó toda la camisa dejando completamente al aire sus pechos.

 - Sí que son bonitos, dije yo, hasta dan ganas de tocarlos.
 - Pues no te cortes y toca todo lo que quieras. A mí no me va a molestar lo
más mínimo, al contrario, dijo ella.

 Empecé a acariciar suavemente los pechos de Ana deteniéndome en sus pezones pellizcándolos ligeramente. Aquello provocó más de un gemido de Ana y que se retorciese ligeramente en el sofá.

 - Juan deja ya de masajearle los pies y siéntate en el suelo, le ordenó Ana.

 Juan obedeció mientras que Ana se levantó y se fue hacia él y dándole un
beso en la cabeza le dijo:

 - Cornudo mío. No eres más que una basura impotente y sumisa que no sirve
para follar. Tiene que venir mi jefe para darme una buena ración de sexo del
que me gusta. Abre bien los ojos y mira lo que vamos a hacer, y ni se te
ocurra tocarte tu minipolla hasta que no te de permiso.
 - Juan asintió con la cabeza mientras susurraba: Lo que usted diga mi ama,
estoy aquí para servirles y hacerles la vida más agradable.

 Ana se volvió hacia mí y mientras se acercaba se quitó la falda dejándose
puesto el tanga que llevaba. Al llegar a mi altura se agachó para darme un
beso lascivo en la boca, mientras me desabrochaba la camisa. Luego siguió
besándome el pecho y fue bajando poco a poco hasta que me desabrochó el
cinturón y los botones de los pantalones. Mientras me sacaba la polla ella
decía:

 - Seguro que tienes una polla deliciosa, voy a metérmela enterita en la boca
y te voy a hacer la mejor mamada que te han hecho en tu vida.

 Ana empezó a mordisquear y a chupar mi polla de forma maestra, realmente era una experta y ponía toda su atención, dedicación y buen hacer. Mientras pude ver como Juan seguía sentado en un rincón. La polla se le había puesto
erecta y aún así no debería de medirle más de 9 cm.

 - Juan, que bien la chupa tu mujer. Da gusto tener una puta así en casa,
aunque tú no la puedas disfrutar, le dije. Aunque con esa minipolla no creo
que fueses capaz de satisfacerla.
 - Por supuesto, contesto Juan, mi ama se merece algo mejor que yo. Por eso
deseo que usted le haga disfrutar como nunca.
 - Ummm dijo Ana. Esto si que es una polla rica de verdad y no lo que tú
tienes marica cornudo.
 - ¿Marica? Dije yo.
 - Sí es un marica que le encanta que le den por el culo y comer pollas,
respondió Ana.

 Ana volvió a dedicarse de lleno a mi polla. Cada vez chupaba con más
energía, produciendo sonidos guturales, hasta que en un momento dado le
dije:

 - ¡Que bien lo haces! Vas a hacer que me corra y te llene la boquita de
mamona que tienes de lechita calentita.

 Ana intensificó su ritmo hasta que me corrí copiosamente en su boca. Ella
trataba de no dejar escapar ni una gota, pero aún así el semen le chorreaba
por las comisuras. Me quedé extasiado con el trabajo realizado por Ana. Ella
se levantó y se dirigió a Juan y le dijo:

 - Ahora puedes limpiarme los restos de leche de un verdadero macho. Prueba
su sabor y comprueba a que sabe un verdadero hombre. Un hombre al que tu
querida mujercita acaba de chuparle la polla.

 Juan se relamía chupando los restos que goteaban de la boca de Ana.

 - Ves como es un puto maricón. Mira el marica como disfruta bebiéndose la
leche que ha sobrado.
 - ¿Te gustaría chuparle la polla, verdad? Le preguntó Ana.
 - Sí, mi ama, me encantaría, respondió Juan.
 - Por ahora es todo mío, luego si sobra algo igual te dejo unas migajas,
puto esclavo de mierda.

 Y dicho esto Ana le pisó el minipene, dejando a Juan revolcándose de dolor
en el suelo mientras se volvía hacia mí.

 - Ves como es un marica flojucho. Se está revolcando de dolor y casi ni lo
he tocado. Dijo Ana riéndose.
 - Me has dejado hecho un rey, hacía tiempo que no me pegaban una mamada tan rica, le dije.
 - ¡Que bien que te haya gustado! Me he esmerado, no quería defraudar a mi
jefe.
 - No lo has hecho, le dije, Has estado sublime.
 - Espera un momento Ana, tengo que ir al aseo.
 - ¿Vas a mear? Me preguntó ella
 - Sí, por?
 - Juan te acompañará y muy gustosamente te la sostendrá mientras meas, dijo ella.
 - Juan, acompaña al aseo al señor y ayúdale en sus necesidades. Ponte los
guantes y no aproveches la ocasión para meneársela, que tu eres muy maricón.
 - Sí señora, lo que usted mande, respondió Juan

 Juan se levantó, me acompañó hasta el aseo y me sostuvo la polla mientras
meaba.

 Al volver al salón ya había recuperado toda mi energía, mi polla empezaba de
nuevo a entonarse, ante la alegría de Ana.

 - Umm, veo que vuelves a la carga, no?
 - Sí, ya me he rehecho y estoy dispuesto a follarte como a la puta perra que
eres, le dije.
 - Me encanta lo macho y dominador que eres. Haces que se me humedezca el
coño sólo de verte.

 Levanté a Ana del sofá y la llevé junto a la mesa del comedor apoyándole las
manos en ella.
 - Ahora te voy a pegar una buena follada, voy a hacer que te corras como una
loca, le dije.
 - Juan, mira bien como hago que tu mujer se vuelva loca de placer.
Aparte ligeramente el tanga de Ana y le introduje lentamente mi polla por su
empapado coño. Ana estaba tremendamente lubrificada, mi polla entraba sin
resistencia, mientras ella suspiraba y jadeaba.

 - ¡Que bien me follas! ¡Cómo me gusta tu polla! ¡Sigue así, jefe,! ¡Fóllame,
soy tu puta!
 - Juan, marica, mira como me folla un hombre de verdad. Él sí que sabe
follarme.
 - ¿Te gusta, verdad? Le pregunté
 - Sí, follas de maravilla, jefe. Si me lo permites seré siempre tu putita
particular y servicial
 - Así me gusta, puta, que te entregues sin remisión.

 Ana cada vez gemía con mayor fuerza y se movía más frenéticamente cuando saque la polla de su encharcado coño.

 - ¿Qué haces? Me preguntó. Por favor no pares ahora.
 - No quiero que te corras tan pronto, le dije.
 - Ella protestó, no por favor sigue follándome.
 - Esta bien le dije, pero ahora te voy a follar ese precioso culito que
tienes.
 - Sí, grito ella, fóllame el culo, rómpemelo con tu polla, jefe.

 Le humedecí el ano con saliva y poco a poco le fui introduciendo mi polla
hasta conseguir que entrase por completo. Ella cada vez se movía más, gemía
y gritaba. Estaba a punto de correrse.

 - Ella volvió la cabeza y le dijo a Juan: No veas que bien me está
enculando, lo hace de vicio ¿Te gustaría que te enculase a ti también,
verdad maricón?
 - Juan asintió con la cabeza
 - Jódete puto maricón, esta polla sólo me encula a mí.
 - Me corro, me corro, vas a hacer que me corra como una perra, gritaba Ana.

 Incremente el ritmo de mis sacudidas hasta hacer que Ana se corriese.
Gritaba y jadeaba como una posesa suplicando que no parase de menearme.
Entonces saqué mi polla, senté a Ana encima de la mesa y empecé a follarla
de nuevo por el coño.

 - Me vas a matar de placer, cabrón.
 - Sigue así, no pares, vas a hacer que me corra de nuevo.

 Yo seguía follando a Ana con toda la fuerza de que era capaz hasta que de
tuvo un nuevo orgasmo. Se convulsionó y grito tanto como en el primero,
mientras me pedía que por favor le llenase el coño de leche.

 No tarde ni un minuto en complacer sus deseos y descargue un nuevo
cargamento de leche en su mojado coño. Vi como mi leche le resbalaba por los muslos y ella untándose los dedos se los llevaba a la boca, mientras con
cara de auténtico vicio gemía. Nos sentamos de nuevo en el sofá para
descansar.

 - Que gusto me has dado, me dijo
 - ¡Me alegro! Le contesté
 - ¿Te apetece algo fresquito? Me preguntó
 - Ok, tanto ejercicio da sed, le dije
 - Juan vete a por más bebida, le ordenó
 - No te da pena el pobre Juan, le dije. Debe de llevar un recalentón de tres
pares de narices.
 - Es verdad, con lo bien que se ha portado.
 - Juan, trae las bebidas y un pepino bien grande.

 Juan se levantó todavía con su pene erecto y fue a por las bebidas y el
pepino que Ana le había ordenado. Cuando volvió Ana con una sonrisa en su
rostro le dijo:

 - Cariño, por haber sido tan bueno voy a dejar que te metas este pepino por
el culo.
 - Gracias mi ama, es usted muy comprensiva conmigo.

 Juan agarro el pepino y se lo introdujo por el ano, mientras nosotros
observábamos toda la escena.

 - ¿Ves? Ya te he dicho que es maricón perdido. Mira como disfruta metiéndose el nabo por el culo, dijo Ana
 - Sí, ya veo. Está disfrutando el muy cabrón como un poseso, jajajaja.

 Juan se corrió en un minuto, ante las carcajadas de su mujer. Un minuto, ja
ja ja, cada vez tardas menos en correrte.

 El resto de la velada transcurrió por derroteros similares. Después de esa
noche Ana fue mi trabajadora preferida hasta que abandoné la empresa.
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