Sentí
una sensación de alivio cuando se abrieron las puertas del hotel y
salimos al frescor relativo de la noche de mayo. Inspiré profundamente
y el aroma de jazmín mezclado con el azahar de los naranjos en flor me
embriagó. Me quité la chaqueta empapada de sudor y la corbata mientras
nos dirigíamos al estacionamiento.
Caminábamos en
silencio, la melodía de los grillos y el crujido de la grava bajo
nuestros pies eran un descanso después de la barahúnda de la fiesta de
la empresa en la que trabajaba. A pesar de que estábamos muy cerca de
Barcelona, no se escuchaba el murmullo sordo y constante del tráfico y
en lugar del resplandor pajizo del alumbrado urbano, era la luna llena
la que iluminaba el aparcamiento.
Entramos en el coche
sin haber cruzado una palabra. Retiré el techo descapotable mientras
Maite, o Mari Tere como la llamaba su familia, entonces mi mujer, se
quitaba los zapatos de tacón con un suspiro de alivio. Aquella noche
estaba preciosa con el vestido corto de fiesta que había elegido. Bajo
la pálida luz su cabello teñido de rubio brillaba con reflejos de
plata.
Antes de encender el
motor la besé en los labios gruesos y apetecibles. Su aliento cálido
tenía el sabor pesado y dulzón del alcohol y su piel estaba perlada de
transpiración. Ella me respondió con un beso encendido, prolongado y
violento. Aquella noche no teníamos a los niños, que se habían quedado
en casa de mis padres, así que si ninguno de los dos se dormía en el
largo trayecto hasta casa, aquella podía ser una noche interesante.
Debíamos cruzar la
ciudad pues en aquella época aún vivíamos en una pequeña ciudad del
Maresme. No recuerdo como empezó la conversación pero sí que derivó a
nuestras fantasías sexuales. Siempre que salía a relucir el tema, ella
sugería un trío con otro hombre más y yo siempre respondía que con una
mujer. Solíamos describir, adornándolos con todos los detalles que
éramos capaces de imaginar, los supuestos y fantásticos encuentros
sexuales con nuestros compañeros imaginarios. Nunca nos poníamos de
acuerdo, pero no importaba demasiado, lo que importaba era la
excitación que producía hablar sobre el tema.
Aquella noche la
Avenida Diagonal estaba colapsada. Descendiendo la suave loma que desde
Esplugues conduce a Barcelona, un río de luces rojas y blancas que
parecía no tener fin se extendía delante de nosotros. Cruzar por allí
podía representar tres cuartos de hora inmersos en el humo de los tubos
de escape y rugido de motores ajenos. Tomé la primera desviación que
pude y subimos hacia la parte alta, cruzando el exclusivo barrio de
Pedralbes.
Aún no habíamos
recorrido ni cien metros, cuando, al doblar por una de las calles
laterales, cerca del club de tenis, encontramos una doble fila de
coches que circulaban con lentitud. No teníamos más remedio que pasar
por allí. Supuse que aquel atasco no nos retrasaría mucho. Maite me
dijo: “Paciencia, debe haber algún inútil estacionando”. Nos situamos
detrás del último coche.
Aún no habíamos
avanzado ni cincuenta metros cuando advertí que a ambos lados de la
calle había unas chicas espectaculares, prácticamente desnudas
charlando con los conductores de otros vehículos. Sus faldas eran tan
cortas que por poco se agachasen podía ver sus culos perfectos. Me
pareció chocante tratándose de un vecindario caro. De todas formas, era
verano, había mucha gente de vacaciones y es posible que en aquel
barrio no hubiese prácticamente ningún vecino.
“Mira, son travestís”,
comentó Mari Tere divertida. Me fijé un poco mejor y, efectivamente, se
trataba de un desfile de transexuales soberbias. Los demás coches
estaban prácticamente parados, solo podíamos circular muy lentamente y
pegados a la acera, así que nos era posible observarlos con
tranquilidad. Al llegar al final de aquella calle, el tráfico se
despejó de improviso. Yo sabía que no aparecerían más travestís, pero
estaba excitado y quería ver más, así que le dije:
- “Si no te importa, vamos a dar otra vuelta. Nunca lo había visto y
siento curiosidad”
- “Bueno, a mí también me gustará, creo que por una vez vamos a estar
de acuerdo en algo” me dijo en tono burlón.
Di la vuelta y
volvimos a tomar la misma calle que antes, pero en sentido contrario.
Una de las travestís nos llamó la atención. Era una mulata sublime,
estaba algo apartada de las otras y la copa de un árbol la resguardaba
de la luz de las farolas. Llevaba unos “shorts” de vinilo rojo y unas
botas altas, del mismo material y color, que le llegaban a medio muslo,
resaltando el moreno oscuro de sus piernas musculosas. Sus senos de
acero apuntaban hacia nosotros asomando sobre un corpiño de ballestas
de cuero también rojo que le ceñía la cintura, haciendo aparecer sus
anchos hombros de atleta aún más amplios por contraste con la cintura
de avispa. Al pasar junto a ella los dos nos quedamos mirándola
fijamente, ella también miró hacia el interior del coche, sonrió y nos
hizo una seña. Entonces Maite me dijo:
- “A ver. Joaquín,
para un momento junto a aquella chica, por favor” Hice lo que me pedía,
detuve el automóvil junto a la acera. El travestí se agachó y ambas
empezaron a conversar animadamente aunque yo no conseguía escucharlas
debido al ronquido de los otros vehículos.
No sabía dónde
meterme, los otros coches pasaban nuestro lado y nos observaban. Me
sentía avergonzado, era posible que alguna de las personas que iba en
ellos nos conociese. Estaba sumido en estos pensamientos cuando escuché
que mi mujer decía en voz más alta: “Anda, sube detrás” y le abría la
puerta a la prostituta.
El corazón me dio un
vuelco, iba a protestar cuando Mari Tere me miró sonriendo, guiñó un
ojo alborozada y me dio un rápido beso en los labios. El travestí subió
y desde el asiento trasero nos fue indicando como llegar hasta un
meublée cercano al que Maite y yo ya habíamos ido siendo novios.
El transexual se
presentó como Marcela, era brasileña y había venido a trabajar en una
sala de fiestas. En cuatro frases que fueron un prodigio de concisión
nos contó su historia: su contrato había terminado, no le había sido
posible encontrar ningún otro espectáculo en el que trabajar y ahora se
ganaba la vida ejerciendo la prostitución. Después calló y allí mismo,
dentro del coche, camino del meublée, Marcela empezó a acariciar el
pecho de Mari Tere, quien si bien al principio se rió de buena gana, en
algún momento calló, cerró los ojos y sollozó de placer. Bajo las
suaves caricias, sus enromes pechos se dilataban al tiempo que ella
gemía y sonreía.
Yo no podía conducir
de lo caliente y nervioso que me estaba poniendo. Entonces la mulata,
dirigiéndose a mí, susurró con voz grave: “Espera un poquito, que para
ti también hay” mientras me pasaba su la lengua aterciopelada por la
oreja. Cuando llegamos al meublée, el botones nos indicó el lugar donde
estacionar y luego corrió tras el coche una gruesa cortina de lona para
que nadie pudiera ver la matrícula. Los tres descendimos y le seguimos
hasta la recepción, allí le pedí al conserje la mejor habitación que
tuviera libre. Mientras esperábamos un nuevo botones que nos acompañase
hasta nuestra habitación, pude ver el contraste entre Maite y Marcela.
El transexual era más
alto que yo, mientras mi mujer es bastante menuda, su figura graciosa,
frágil y apetecible contrastaba con la maciza rotundidad de la mulata,
amenazadora y poderosa. El uniforme de guerra de la mulata,
seleccionado para llamar la atención le confería un aire perverso y
dominante, los músculos de su cuerpo moreno afloraban bajo su piel en
cada pequeño movimiento, su complexión atlética y su volumen
empequeñecían a todos cuantos la rodeábamos en aquel vestíbulo. Por el
contrario, el cuerpo de Mari Tere era sensual y frágil, bajo el vestido
de fiesta, aparecía desprotegido y seductor, mostrando sus piernas
torneadas y perfectas cada vez que ella se giraba, rizaba el aire con
el revoloteo de los volantes de su falda.
Llegó el auxiliar que
habíamos estado esperando y nos condujo a través de un laberinto de
pasillos y escaleras hasta la habitación. Cuando entramos, después de
pagarle lo convenido al transexual, mi mujer se sentó en una silla que
estaba junto a la cama y me propuso: “Yo haré lo que tú quieras, pero
primero tú vas a hacer lo que yo te diga, ¿entendido?”. A esas alturas,
yo ya estaba perdido. Marcela se deshizo de su uniforme en un
santiamén, quedándose vestido únicamente con una braguita color
calabaza y el corpiño que le abultaba los pechos.
Mi mujer estaba
sentada, con la camisa abierta y la falda arremangada, acariciándose un
pecho con una mano y la otra perdida debajo de la braguita. “Tú, que
siempre me dices que no me la trago toda, quiero ver como se la chupas
a Marcela”. Y cuando la travestí estaba a punto de sacarse la braguita,
mi mujer la interrumpió y le ordenó: “Tú quedate de pie y él de
rodillas en el suelo. Quiero ver bien esta situación” Marcela se acercó
a mí, descubriéndome la gloria de muslos compactos y entonces,
reventando unas braguitas semitransparentes de encaje, pude adivinar
con toda claridad el mayor miembro masculino que hubiese soñado en mi
vida. Aún estando en reposo, era tan aparatoso que sus bragas no podían
abarcarlo, tendía la tela hacia fuera hasta dejarla tirante, en la
cintura deformaba las gomas elásticas que lo aprisionaban, clavándolas
en el cuerpo macizo de la mulata y, finalmente, se escapaba por los
lados. Así que, ahí mismo me puse de rodillas.
Había perdido el
autocontrol y no podía resistirme, acerqué mi mano y acaricié aquella
tela sufriente con mucha suavidad. Las yemas de mis dedos se
sorprendieron con la húmeda calidez que despedía. Deposité la mano
encima del pene y pude sentir como se movía, se enderezaba sin
esfuerzo, apartaba la braguita y se asomaba al exterior. Tomé con los
dedos el elástico de sus bragas y las bajé. Una manga gruesa y larga,
del color del azabache se desenrolló delante de mis ojos atónitos,
cayendo hasta la mitad del muslo. “Cógelo sin miedo, no te morderá” me
sugirió. Lo tomé con la palma de la mano y lo levanté un poco.
Su tamaño era
sobrecogedor, pero su tacto aterciopelado y cálido era reconfortante.
Percibí como se hinchaba en la palma de mi mano y comenzaba a
enderezarse. El prepucio, una oscura flor de piel que coronaba aquella
pieza extraordinaria, se retiraba suavemente por sí mismo, y tal y como
el agua descubre la arena al retirarse la marea, apareció la superficie
curvada y brillante del glande, dividido en su mitad por un profundo
canal del que manaba una gota radiante del líquido del amor.
Bajé la cabeza y besé
el extremo de aquel miembro ingente. Su prepucio, de una piel
increíblemente suave, literalmente ardía, despedía el calor de los
rayos de sol en las playas de Brasil. Con sólo aquel levísimo toque
comenzó a aumentar de tamaño, hincharse y estirarse. Recuerdo
perfectamente aquel primer encuentro con su sabor: era delicioso,
excitante, cálido, sutilmente salado.
A medida que apartaba
el prepucio con los labios apareció la tersa y delicada piel del glande
que se deslizó sobre mi lengua con suavidad. Con el dedo que apartaba
la tela pude percibir que la trompa de Marcela continuaba hinchándose
sin interrupción, era una serpiente desenroscándose perezosa al sol.
Comencé, con mucha lentitud a subir y bajar, envolviendo dentro de la
boca aquel obelisco inflamado. Una y otra vez, con cada uno de los
recorridos notaba como aumentaba su rigidez.
Después de deleitarme
disfrutando de aquellos primeros movimientos de reconocimiento deslicé
la lengua sobre el meato. Sorbí con deleite una pequeña gotita que se
había formado. Lo abrí con mucho cuidado y apoyé con dulzura la lengua
en aquella pequeña abertura. Escuché un nuevo gemido. Marcela comenzó a
acariciar mi nuca al tiempo que repetía: “Así, así, lo estás haciendo
muy bien papaíto”. Volví a rodear la polla con mis labios e intenté
introducírmela entera, pero fue completamente absurdo, cuando aún
quedaba una porción considerable noté que si avanzaba un milímetro me
ahogaría. Me era imposible hacer entrar toda la longitud de aquel cañón
de bronce oscuro en mi boca. “¡Cómetela toda! Te he dicho” escuché la
voz firme de mi querida esposa que venía desde el sillón.
Mientras se la estaba
chupando al transexual, mi mujer se acercó desde la silla y me fue
desvistiendo hasta que quedé completamente desnudo y con el pene en
dolorosa erección, manando algunas gotas brillantes de líquido
preseminal. Pensé que ahora sería mi turno de ver un poco de
espectáculo, sin embargo, me equivocaba. Maite se situó detrás de mí,
se arrodilló, apoyó sus manos en mi cintura y pude sentir su lengua,
húmeda, cálida y segura sobre la parte alta de mis nalgas. La
desplazaba lentamente, en pequeños círculos. Jamás antes lo había
hecho, pero parecía disfrutar de lo que estaba haciendo casi tanto como
yo.
Lamió toda la
superficie con extrema dulzura, después situó su lengua sobre mi
rabadilla y pude sentir como descendía humedeciendo mi canal. Era una
sensación increíblemente delicada que nunca había imaginado que se
pudiese experimentar. Con sus manos, sin ninguna violencia, abrió mis
nalgas y muy, muy dulcemente, sentí como su lengua se deslizaba casi
sin rozar mi ano. El tacto de su lengua era jugoso, cálido y leve.
Sentí como su lengua dejaba paso a su dedo ensalivado y como este se
hundía sin esfuerzo en mi ano. Lo tenía completamente abierto y
empapado de su saliva. Mari Tere apoyó nuevamente el dedo índice y con
facilidad lo introdujo hasta el fondo. Con este dedo empezó un
movimiento de mete-saca lento. En una de las extracciones apoyó un
segundo dedo y con mucha suavidad intentó meter los dos a la vez.
Cuando ya me la venía venir, me dijo
“Si quieres la fiesta
completa, ella te va a dar por el culo como tú me hiciste anoche”.
Marcela tomó su
miembro completamente erecto lo untó con crema de manos con parsimonia,
me lo enseñó y le dijo a Maite: “¿Es con esto que quieres que me lo
folle, princesa?”. A lo que ella le respondió entusiasmada: “Sí,
métesela toda dentro... ahora”. Marcela, se retiró, apoyó su miembro
contra la entrada de mi ano, acercó su cara a mi nuca y me susurró:
“Cariño, ahora relájate o te va a doler...”. Hice todo lo posible por
no hacer ninguna presión con mi esfínter anal. Sentí como ella apretaba
y como su picha empezaba a deslizarse a través de mi culo. Al principio
no dolió nada, después sentí un ardor insoportable, como si una barra
de hierro al rojo vivo se clavase en mí. “Aguanta un poco, mi vida, ya
está dentro... deja que tu cuerpo se acostumbre. Sé que duele, pero
después gozarás como nunca” me susurró mi mujer, “Me encanta verte
poseída”.
Intenté hacerle caso,
apreté los dientes y no pensar en ello. Marcela no se movió durante un
rato, después empezó a moverse muy, muy, muy despacio. Sentí como se
deslizaba con facilidad y, efectivamente, no dolía, o si dolía, era un
dolor placentero. Cuando llegó al final y sentí su vello púbico contra
mis testículos, pude notar como mi vientre se abultaba hacia fuera
empujado por su miembro descomunal. Continuó moviéndose durante largo
rato sin aumentar la intensidad.
Y entonces, mientras
el travestí, me jodía por detrás, mi mujer, sentada en el suelo debajo
de mí, empezó a lamer el delicioso caramelo que hay entre mis piernas
con una glotonería hasta entonces desconocida, poniendo en
funcionamiento su singular bomba de succión. Resulta imposible
describir la sensación de líquida tibieza, dulzura, presión mullida y
aspiración que sentía dentro de la boca de Mari Tere mientras el ariete
de Marcela revolvía mis entrañas.
Cuando mi cara empezó
a desencajarse, le hizo una seña a Marcela que me la sacó en un visto y
no visto. Maite comenzó a deslizar con admiración sus manos por la
cálida y suave piel del miembro de la mulata, dándose cuenta que no era
capaz de ocultar aquel sexo ni siquiera rodeándolo con las dos manos.
Todavía sobresalía un buen trozo de rígido y negro falo. Indecisa se
entretuvo acariciando los testículos, sintiendo las dos gruesas bolas
deslizarse en su bolsa a la más ligera presión.
A mí me dijeron que me
tumbase en la cama y continuaron la fellatio entre las dos. Una lamía
mis testículos y la otra deslizaba una y otra vez su lengua mullida y
húmeda sobre el balano. Me masturbaron de este modo hasta que sentí el
conocido, delicioso y turbador ardor en las entrañas y un mar de lava
ardiente que ascendía por el interior de mi pene y yo no podía contener
manando a borbotones. Mi mujer consiguió apartar un poco la cara, pero
Marcela, más acostumbrada a estos excesos líquidos, siguió chupando y
tragando semen. Cuando hubo terminado y mi miembro yacía fláccido y
dormido, Marcela, por fin, lo soltó y dijo “me lavo un poco y vuelvo”.
La noche no terminó
ahí ya que Mari Tere me dijo “Te has portado muy bien, así que ahora
hay premio, pero no vale tocar hasta que yo te diga. Siéntate ahí”.
Marcela volvió del baño con su miembro enhiesto como una lanza que
avanzase delante de ella. Se acercó a mi mujer, las dos se miraron y se
fundieron en un beso tórrido. Tumbado en la cama, podía ver como sus
lenguas se encontraban a mitad de camino entre las dos bocas.
Maite se giró, me miró
con la cara congestionada por la excitación y me dijo: “¿esto te gusta,
no?” . Los dedos largos y oscuros de la transexual acariciaban la
espalda de mi mujer, su punto débil, descendiendo desde la nuca hasta
palpar sus glúteos, redondos, blancos y firmes. Sus cuerpos se unieron
en un excitante y candente abrazo. Los mórbidos senos de Mari Tere, dos
esferas de blando algodón, rozaron los sombríos y rígidos pechos de
Marcela. Sus brazos se entrelazaron y se volvieron a unir en un nuevo
beso, aún más profundo y violento que el anterior. Yo estaba poniéndome
tan caliente que me olvidé por un momento de la follada que acababa de
recibir y que casi me parte el culo en dos.
Con Marcela sentada en
la silla, Maite se sentó sobre las caderas de la mulata haciendo que
los labios de su sexo se apoyaran sobre el pene del travestí como si
quisiera acostumbrarlos a la importante dilatación que habrían de
soportar. Volvió a apoyarse sobre él, frotó repetidamente su duro y
encendido clítoris sobre el rígido falo antes de decidirse a colocarse
de tal forma que fuera posible el inicio de la penetración. Lentamente
fue dejando que su peso descansara sobre el impresionante cilindro,
notando como sus labios se esforzaban por acoplarse a la presencia del
deseado intruso. Un océano de flujo se derramó sobre el glande la
mulata.
Sujeta en el aire por
los musculosos brazos de Marcela, Mari Tere no podía verlo pero se
estaba imaginando perfectamente las forzadas formas que debían adoptar
sus labios para permitir la entrada de semejante monstruo. Por lo que
más tarde comentamos, muy al contrario de lo que suponía, el lento
ensanchamiento no solo no le resultó molesto si no que, en cambio,
resultó ser una sensación agradable. Claro que una cosa era aceptar dos
o tres centímetros de aquel monstruo y otra muy distinta absorberlo
completo en su interior. Maite comprendió que si lo lograba sería solo
a base de tiempo y de dejar que su musculatura interna fuera
dilatándose lentamente. No tenía ninguna prisa, así que tampoco había
porque precipitarse.
Mi mujer comenzó a
moverse con calculada lentitud, haciendo que el miembro oscuro saliera
de sus agradecidas entrañas para volver a dejarse caer sobre él con la
fuerza precisa para que avanzara un poco mas en su camino. En ese
momento se detenía dejando que sus músculos se adecuaran mansamente a
la excitante presencia. Desde el exterior, yo podía ver como la columna
de azabache, emergía oscura y brillante entre la blancura nívea de los
glúteos de Mari Tere.
Mucho antes de lo
calculado, mi mujer sintió que la punta del sexo del transexual tocaba
el fondo de su vagina alcanzando otro de sus puntos más sensibles y
agradables. Maite pensó que ya no podría engullir mas de aquel ariete
pero se equivocaba.
Después me confesó que
gracias al placer que estaba sintiendo, encontró el coraje suficiente
como para seguir precipitándose contra aquello que dilataba y replegaba
sus músculos hasta límites que mi esposa nunca pensó que pudiera
alcanzar sin desgarrarse, y mucho menos sin sentir el menor atisbo de
dolor. Muy al contrario su placer iba en aumento tan rápidamente que ni
siquiera se dio cuenta que se aproximaba el primero de los orgasmos.
Haciendo cabriolear su cintura en un pausado vaivén, con la finura y la
gracia de unas alegrías, con movimientos breves, ondulados y rítmicos,
que se rizaban y desrizaban en el aire con el garbo de una revolera,
danzó empalada en el miembro de nuestra compañera. Finalmente, el
éxtasis le llegó tan por sorpresa y con tanta intensidad que aulló de
placer.
Yo no podía creer lo
que estaba viendo, atónito volví a tener una erección inmediatamente,
como si fuese un jovencito. Mi mujer me miró y me dijo: “Ya he
disfrutado con una mujer, ahora quiero hacerlo con dos hombres” En la
posición en la que estaba, ensartada en Marcela, su ano quedaba a mi
disposición.
Tomé el bote de crema
que el transexual había utilizado anteriormente conmigo y me unté el
miembro. Me acerqué por detrás a mi esposa y enterré mi miembro en su
recto con facilidad. Cuando estuve dentro tuve la deliciosa sorpresa de
poder sentir el abultamiento del miembro de nuestra compañera a través
de la delicada pared de que separa el intestino de la vagina. Los dos
iniciamos un movimiento acompasado, al principio con un ritmo
“maestoso” que se fue acelerando a medida que los orificios de Mari
Tere se acostumbraban a la invasión.
Entre Marcela y yo
sosteníamos a Maite en el aire, que, literalmente, volaba ante cada
embestida conjunta de nuestros penes. Sus pies no tocaban el suelo,
solo sus muslos estaban apoyados contra las caderas del travestí. La
cabeza de mi mujer se bamboleaba sin control, como si se tratase de una
marioneta, después me confesaría que perdió totalmente el control y se
encontraba en el paraíso en esos momentos. Su cuerpo estaba empapado de
transpiración, yo distinguía como de su entrepierna bañada llovían
gruesas gotas de sudor sobre los muslos de Marcela. Su vagina se
contraía en caprichosos espasmos que podía percibir a través de la
pared del recto. Se sujetaba cogiendo con fuerza los senos siliconados
del travestí, quien, sorprendentemente, pedía que las estrujase con más
fuerza.
Un alarido que me nos
asustó a Marcela y a mí anunció un nuevo orgasmo de Maite. Las
contracciones de su interior se intensificaron. La transexual, no se
quiso contener más y abrió el grifo de su manguera, una lluvia de semen
y flujo femenino se escapó de las entrañas de mi esposa mientras yo
continuaba batiendo sus nalgas, a punto de llegar al orgasmo. Pocos
segundos después yo también me vine. Nos quedamos los tres en silencio
unos segundos, luego yo me retiré de Mari Tere y ella intentó
descabalgarse de Marcela, pero las piernas no la sostuvieron, y cayó
sobre el suelo de la habitación en un ataque de risa.
Nos duchamos con
tranquilidad y salimos del mueble. La noche seguía siendo cálida y
cargada de los perfumes de la primavera. Devolvimos a Marcela a su
lugar de trabajo, donde ya no quedaba apenas nadie.
La luna iluminaba la
carretera durante la vuelta a casa. Los dos permanecimos en silencio,
habíamos visto cumplida nuestra fantasía y ninguno parecía dispuesto a
comentarlo después de pasado el calor del momento. ¿Qué nos haría soñar
juntos ahora?, en poco tiempo se desvelaría la respuesta.
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