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  "Sexshop a domicilio (5)".

 

 Capítulo 5. La noche.

 A la salida del erótico restaurante todo se presentaba maravillosamente perfecto, pero con el aire fresco de la noche volvieron a asediarme las dudas, una vez más, creyéndome que todo aquello no podía estar pasándome realmente y con mis miedos acrecentados ante la incertidumbre de saber cuál sería mi postura frente a Carlos y de él hacia mí. No me cabe la menor duda que mi novio no sentía ninguna simpatía por Nío pero tendría que aprovechar la posición en desventaja que le suponía su manifiesta atracción por Eva.

 Sí, sí… comprendo que podáis pensar, sobre todo vosotras, que debería haberme relajado para disfrutar de la vida; es más, seguro que por vuestra cabeza se pasan los días que Carlos dio rienda suelta a sus deseos en Montpellier, con Eva. Aún así, tengo que admitir que mi educación algo conservadora, mis costumbres, el respeto por mi novio, por lo menos mientras lo sea, el hecho de no estar segura de nada y de no haber tenido ninguna experiencia anterior en este sentido ni conocerla entre las personas que me rodean, me hacía comportarme de esta manera. Pero lo peor era que ese cúmulo de sentimientos no era tan firme como para hacerme desistir de mis cada vez más intensos devaneos con Nío y Eva, pero tampoco era tan débil como para que se diluyese en el tiempo. También debo reconocer que aquella Lydia puritana, mujercita “buena” que participó incauta y con curiosidad en la inauguración del sex-shop, ya no existe, como habéis podido comprobar a lo largo de estos recuerdos. Poco a poco me fui transformando en una mujer que disfruta intensamente del sexo, que ha recibido en sus propias carnes las dentelladas del deseo más irrefrenable y que ha sido víctima de obsesiones que no cambiaría por todo el oro del mundo, como se suele decir. Eva y Nío fueron los artífices de este cambio y no pensaba prescindir de ellos, pero...

 Tal y como nos indicó el maitre del restaurante, el taxi esperaba pacientemente en la puerta. Ahora venía el juego que todos en alguna ocasión hemos practicado: ¿Quién se sienta con quién? En esta ocasión no era un juego, porque yo estaba deseando ocupar la parte central del asiento trasero y no os tengo que decir quiénes eran los que deseaba que fueran mis flanqueadores. En su papel de perverso caballero, Nío sujetó la puerta de atrás invitando a entrar a las dos señoritas. En primer lugar lo hizo Eva, que dio dos golpecitos en el asiento para que me sentase junto a ella. Todo iba muy bien… de maravilla, diría yo. Suponía que a continuación Nío ocuparía el tercer lugar junto a mí y que Carlos no tendría más remedio que sentarse delante. Era la combinación más apetecible para mí, pero algo falló. El cabronazo de Nío mantuvo la puerta abierta para que Carlos pasase y ocupase el hueco del asiento en juego. ¿Qué pretendía? ¿Torturarme continuamente? Ya sé que os pareceré una chiquilla, que pensaréis: ¿Cómo me podía importar una cosa así cuando hacía tan poco tiempo me había dejado comer viva por él? No pude evitarlo, tenía sentimientos hacia mis dos hombres. Estoy segura que el puntito que tenía por las alegres burbujas hizo que esa sensación ascendiera por mi garganta y se transformase en palabras que me sorprendieron gratamente al salir de mi boca.

-Andaaa..., Carlos, cariño, deja a nuestro anfitrión sentarse aquí conmigo, que quiero comprobar qué tal se está entre esta pareja tan atractiva, jejeje, por favor…– dije sin pensar en lo osada que estaba siendo -Ya tendrás tiempo de estar junto a mí, te prometo bailar contigo esta noche siempre que me lo pidas, pero ahora haz de copiloto, ¿vale mi amor?
-Lydia, y sus caprichitos...– contestó, no precisamente de buena gana porque perdía la oportunidad de estar algo más cerca de su reciente amante y, además, me dejaba sola ante el peligro que seguro corría entre esos dos. También es verdad que yo sabía que esa noche él no podía negarme nada.

 Seguro que el continuo efecto de mis bolitas en su imaginación y su sentimiento de culpa hicieron que se trasladase casi sin rechistar al asiento delantero, a sabiendas que su novia quedaba atrapada entre dos volcanes en silenciosa erupción.

 Nada más arrancar hacia la discoteca que Nío indicó al taxista, donde todo se avecinaba más que caliente, dos manos comenzaron al mismo tiempo a apoderarse de mis muslos. ¡Que par de diablos!, no habíamos andado ni veinte metros y ya estaban tomando posiciones para meterme mano descaradamente. Lo que yo agradecí porque quería que pasase cuanto antes mejor. La fina mano de Eva me acariciaba suavemente la cara exterior de mi muslo izquierdo, pero en el derecho, percibía la mano fuerte y viril de Nío que, más atrevida que la de ella, se había deslizado entre mis piernas de tal forma que llegaba a rozar el elástico de mi tanga, en el vértice de mis piernas. Ante este escarceo tan directo sólo se me ocurrió cubrir con mi bolso la zona cero en la que sucedían estas cosas. Sus dedos jugueteaban en serio, y de vez en cuando acariciaban los labios de mi coño, descaradamente, como si buscase, por encima de la empapada tela que la ocultaba, la anilla de mis inquilinas de caucho de esa noche.

 Me era difícil mantener la conversación que Carlos, supongo que por tenerme entretenida, intentaba avivar con alguna de sus ocurrencias con las que suele aderezar las noches de copas. Al hablarnos, miraba de vez en cuando algo contrariado hacia atrás, dado que nosotros tres le respondíamos casi con monosílabos. Le noté incómodo, intentando adivinar lo evidente, pero o bien no se atrevía o bien, debido al bolso, no podía ver lo que estaba sucediendo entre mis piernas. En cambio, y tal vez por experiencias similares ya vividas en su vehículo, el que sí parecía percatarse de todo era el taxista que por el espejo observaba los descarados movimientos de Eva que mientras se metía entre mis piernas con una mano, con la otra deslizaba sus yemas sobre mi pecho buscando mi endurecido pezón, por encima de la tela de mi vestido. No se muy bien si por el alcohol, por la propia situación de estar magreada por esas deliciosas manos, porque me viera el taxista por su retrovisor o que me pudiera pillar mi novio, aquella sensación era tremendamente morbosa y me embriagaba hasta llevarme al borde del mareo. El conductor tampoco perdía de vista los manejos subterráneos de Nío, quien no queriendo perder ni un segundo, había conseguido introducir sus dedos bajo mi tanga y me estaba acariciando… el muy cabrón, allí, delante de Carlos, mi húmedo coño, todo ello facilitado por mis piernas, desvergonzadamente abiertas. Entre los dos me estaban poniendo a mil, y todas las imágenes del lavabo volvían con fuerza al fondo de mis ojos. En el colmo del atrevimiento, Nío me besaba y mordía el cuello, pasando su lengua de diablo por las cercanías de mis tetas, en una sesión infinitamente provocadora y ardiente. Al tiempo, Eva me había levantado el top y estaba mordiendo y lamiendo mi pezón izquierdo haciéndome ver casi las estrellas, aunque recuerdo que esa sensación casi dolorosa me gustó con ganas. Toda esa actividad apenas cesaba cuando mi chico volvía la cabeza, movimiento que cada vez realizaba menos, todo sea dicho.

 Era la primera vez que estaba entre mis dos amantes. Les había probado por separado, y no tenía ni la menor idea de lo que significaban en equipo. A todo ello había que unirle el morbo de tener a Carlos a menos de un metro de nosotros y con la sensación de no querer saber lo que allí ocurría.

 Ignoro si mi novio se volvió en algún momento más, porque tuve que cerrar los ojos, presa de tanto placer. Se que no debía cerrarlos, era la única forma de saber si él nos observaba y, sobre todo, qué me indicaba con su mirada, pero me era difícil sentir tanto sin cerrarlos. Siempre he pensado que al abrir los ojos mientras disfrutas de un placer tan intenso como ese, algo se escapa a través de esos tragaluces.

-¿Puede darse algo más de prisa?, a este paso…– oí a Carlos indicarle al taxista en clara alusión a su deseo de finalizar cuanto antes lo que allí estaba sucediendo. Estoy segura que él, en el fondo, no quería parecer, a los ojos de Eva, un retrógrado cabrón que se acuesta con otra y luego no quiere que a su novia le pongan una mano encima. Pero le debía de estar costando mucho, sabía de sobra que estaba rabiando por dentro. Le conozco demasiado.
-El tráfico está muy mal, los fines de semana casi siempre es así por el centro, con tanto ambiente como hay... Además, no parece que vayamos tan despacio– ironizó en clara referencia a la clientela trasera.

 En ese momento no sabía hasta dónde podían llegar ambos con sus caricias y ataques, pero yo estaba dispuesta a dejarme follar, si terciase la ocasión. Así de caliente y cachonda me encontraba esa noche, en la que no recuerdo haber estado tranquila (más bien digamos, seca) ni un solo minuto. Los dedos de Nío separaban mis labios con firmeza, a la vez que se introducían junto a las bolas. ¡Que cabrón! Pretendía imprimir movimiento al juguetito para que hiciesen su efecto, dado que ahora estaba parada. Uhmmm… ¿Cómo podía ser tan perverso? En respuesta a esos ataques llevé mi mano hacia su bragueta y sentí, por primera vez, la tensión que allí había, el duro miembro que esperaba ser liberado y que yo deseaba tener dentro de mí lo antes posible. Ufff, que deseo tan fuerte estaba sintiendo por la polla de aquel hombre. En ese momento miré hacia mis piernas y me di cuenta que el bolso no tapaba demasiado, al encontrarse a la altura de mis rodillas, de ahí que no era extraño que el taxista fuera tan despacio. Estoy segura que nos estaba dando alguna vuelta de más, de esas que engordan su facturación sin que el cliente se dé cuenta. Al coincidir con sus ojos en el espejo, me sentí como una verdadera zorrita, como la reina de su taxi, y no pude evitar guiñarle un ojo para hacerle partícipe de nuestros juegos, para que únicamente fuera Carlos el jugador del banquillo, el no alineado en ese partido. Estoy segura que mi señal fue entendida a la perfección, porque todavía tardamos un buen rato en llegar hasta la discoteca y a juzgar por la calle en la que se encontraba, haber ido a pie no nos hubiese llevado demasiado tiempo. ¡Todo un profesional del volante sacando partido al atasco!

 Tras una serie de frases altisonantes de Carlos hacia el taxista, mientras yo dejaba hacer a mi compañía todo lo que les vino en gana y me cercioraba del regalo que Nío me tenía preparado y que suponía que esa noche iba a poder probar, paramos por fin frente a un lugar extraño. Apenas salía un hilo de música cuando el portero nos franqueó la entrada, dando la bienvenida a dos mujeres hermosas, como él mismo definió al dirigirse a nosotras, con el aderezo de una sonrisa lasciva. Nío le devolvió la sonrisa y un gesto que parecía cómplice entre los dos. No sé la cara que puso Carlos ya que entré delante, pero imagino que aún tuvo algunas palabras que decirle a un tío como un armario, algo muy típico de él y como siempre sin prever las posibles consecuencias.

 La discoteca, de la que recuerdo levemente la decoración, pues la falta de luz y su sobrepasado aforo no dejaban entrever mucho más, era un lugar de techos altos con luces de colores rodeando cuatro grandes columnas que envolvían una pista que ya estaba de bote en bote. Sobre los altavoces gigantes los cuerpos espectaculares de cuatro go-gós: dos chicas con diminutos tangas de vivas tonalidades y camisetas rasgadas que dejaban entrever más de lo que ocultaban y dos chicos de abdominales marcados y boxers ceñidos que tampoco daban muchas opciones a la imaginación. Todo eso sumado a la atronadora música que inundaba la sala hizo que la primera impresión fuese casi agobiante. Pero enseguida me sentí en la gloria cuando el cuerpo de Nío se pegó a mi espalda, percibiendo en el centro de mi culo la dureza de su polla mientras con una mano me acariciaba el ombligo. En esas condiciones, cualquier sitio me hubiera parecido el paraíso. Así que yo hice lo propio y empujé hacia atrás mi culito, hacia su entrepierna, y me quedé allí como una lapa.

 Avanzamos entre el gentío y era inevitable, quién quería evitarlo, rozarse con tanto cuerpo y al mismo tiempo recibir innumerables magreos aparentemente inocentes. Yo iba en cabeza de la procesión y mis tetas eran las primeras en chocar contra los cuerpos que nos encontrábamos a cada paso, de todos los presentes. Ellos, sobre todo, parecían recibir gustosamente cada suave embestida, pues más que retirarse se apretaban más todavía, no cediendo el paso para disfrutar del contacto el mayor tiempo posible. Ellos no sabían que eso me producía un gusto mayor. Me encienden mucho esos contactos anónimos y sin peligro, aunque no puedo decir que todo se debía a la masa humana. La mano juguetona de Nío que no dejaba de acariciar mi cintura y alguna que otra vez, de forma traviesa, mis muslos metiéndose bajo mi corta minifalda, superaba con creces el resto de sensaciones. Me acelera el corazón que una mano amiga se pierda bajo de mi falda, siempre me ha desarmado el gesto, aunque casi nadie se atreve a ser tan descarado. Son los momentos en los que la zorrita que llevo dentro toma las riendas de la escena.

 Tras nuestros pasos iba Eva y, finalmente, Carlos. Ambos daban la impresión de avanzar tan pegaditos como nosotros. Y os diré que no me importaba, es más, me excitaba la simetría del roce. Es curioso, pero creo que en ese momento y de una manera tan simple, descubrimos cómo se puede hacer un intercambio de parejas en un santiamén. Además, sin premeditación ¿o quizás con? No podía ver a Carlos con total claridad, pero le intuía detrás de Eva, dándose un buen homenaje con el viaje que seguro se estaba pegando por toda la geografía sinuosa de aquella apetitosa mujer. Al mismo tiempo, ella recibía los ataques traseros muy devotamente, su cara, que sí la veía, no dejaba lugar a dudas.

 Al final llegamos a la pista y directamente comenzamos a bailar con nuestras nuevas parejas. Jugando al prohibido juego de la insinuación con Carlos allí presente; mostrando, a flor de piel, toda la sexualidad que embriagaba nuestras mentes con el morbo añadido de tener de testigo a nuestra propia pareja, pero sin que eso supusiera un traba, sino más bien un estímulo que hacía la situación mucho más enriquecedora y excitante. Eso fue lo que me calentó más de la impensable, era una perra en celo dispuesta a todo en aquel ambiente cachondo, era una putita que deseaba lo ajeno con el beneplácito de lo propio.

 Volví a sentir como el poderoso cuerpo de mi obsesión me abrazaba al ritmo caliente de un reggetón. ¡Cómo bailaba el cabrón! Más parecía que estaba haciendo el amor con compás caribeño y eso me desarmó totalmente. Perdí la noción de dónde estaba y con quién había llegado. Apreté mi pubis contra su pierna y aprovechando la música empecé a restregarme el coño contra él, como una gata caliente. Joderrr, me estaba masturbando en sus propias narices. A todo esto, las bolitas que seguían estando donde mejor podían estar, completaban el trabajo. Caliente por fuera y cachonda por dentro, ¿qué más podía pedir? Seguía entregando mi húmedo tesoro al roce mientras Nío apretaba mis tetas contra su pecho y me frotaba los duros pezones contra él, haciendo unos movimientos endiablados. Mi respiración me delataba, mi corazón seguro que también, comencé a sentir una sensación de vértigo, de pérdida del equilibrio, estaba empezando casi a jadear, allí, en la pista de baile y el muy cabrón no me socorría. ¿Hasta dónde quería excitarme? Abrí los ojos y vi cómo nos habían hecho un pequeño hueco ante la exhuberancia de nuestra escena y sentí algo de vergüenza. Posando mi boca sobre el oído de mi pareja, de baile…

-Por favor, vamossss a… ¿No podemos ir a un sitio menos vigilado?, uhmmm–suspiraba mientras intentaba convencerle de lo inoportuno de la escenita que estábamos dando. También pensé en Carlos.
-Como tú quieras, Lydia, pero creo que no se te da mal esto del baile; por lo menos te dejas llevar de maravilla.

 Abandonamos la pista, advirtiendo a nuestra compañía que íbamos a buscar una mesa, para cuatro claro, y llegamos a un lugar bastante concurrido pero con la suerte de que en ese momento se quedaba libre una: nos lanzamos al asalto. Nío y yo nos sentamos en unos taburetes tan cómodos como bajos. Eva y Carlos hicieron lo propio en una especie de sofá, justo frente a nuestras miradas. Dábamos por hecho el continuar con el juego del intercambio que a los cuatro parecía contentar. Y como es normal en un sitio así, los labios del que quería decir algo tenían que rozar el cuello del receptor, el mío en este caso, lo que daba una vuelta de tuerca a mi recalentada maquinaria y, de igual forma, a la del resto. No estaba por prestar mucha atención a Carlos, pero al estar enfrente podía apreciar cómo se pegaba literalmente a Eva y aprovechaba para susurrar, o gritar, algo en su oído, lo que solía venir acompañado de las risas cachondas de ella. En su boca aparecía ese gesto que yo recordaba muy bien, que vi y aprecié el día que estuvimos las dos más que unidas en mi visita al Sex-shop. Supongo que la misma imagen debíamos reflejar para ella y para mi propio novio, cuando Nío me embaucaba con su voz más grave y sensual: ¿Te pone cachonda ver a tu chico jugando con Eva o te gusta más ponerle cachondo a él conmigo? ¿No te gustaría ver su cara en el momento que me la estás chupando?

 Joderrr, maldito Nío, a nadie le permitiría hablarme así, pero él conseguía llevarme al infierno con sus palabras. Si ya me encontraba fuera de control, con esas frases estaba tan encendida que lo único que deseaba era perderme con él lo antes posible y pasar de la imaginación al acto. Solo podía limitarme a responder con la mirada y con una sonrisa muy convincente para que él intuyera mis ardientes deseos. Para eliminar cualquier duda, que supongo sólo estaban en mi mente, le dije pegada a su oído:

-Nío, quiero ser tuya esta noche… lo necesito… quiero comerte… quiero que me folles…, necesito tu polla dentro de mí. Uhmmm, hoy tienes que hacer conmigo lo que más te apetezca, quiero ser tu zorra más cachonda.

 Aquel hombre se me quedó mirando, comprendió mi petición desesperada y buscó una excusa perfecta para un caso de máxima emergencia como aquel.

-Parejita– dijo gritando a ambos –si os parece, para no perder el sitio, os quedáis aquí mientras Lydia y yo vamos a pedir a la barra, ¿vale? ¿Qué os parece una botellita de champagne, para seguir con lo del restaurante?– y me miró a los ojos para que leyese lo que habría de seguir.

 Más que nunca, a todos nos pareció una maravillosa idea, sobre todo el hecho de perdernos unos momentos de vista. Y no pareció importarle a Carlos, que veía en ello una oportunidad de oro para terminar el prohibido juego que había iniciado con Eva y así convertirlo en una sesión de besos y caricias al más alto nivel. A mí me daba todo igual, respecto a ellos, quiero decir. Y tenía sed de champagne bien frío, aunque mi hambre de sexo superaba en urgencia a esa sed.

 Me agarré a la fuerte mano que Nío me tendía y que debía llevarme al paraíso. Pero antes había que atravesar el rico infierno y me entregué, de nuevo, a la vorágine de cuerpos. Esta vez él me llevaba y yo era la que invitaba a ser tocada en mi deambular sin voluntad, incluso me molestaba que los allí presentes no aprovechasen mi entrega. No os podéis imaginar lo segura y, sobre todo, cachonda que estaba al sentir las manos perversas y atrevidas de todos los que no perdían la ocasión de perderlas sobre mi cuerpo. Sabía que el comportarme así también le excitaba a él; me iba preparando para lo que me tenía reservado.

 Al llegar a la barra pude comprobar que Nío tenía ciertos privilegios. Tras ser besado por una atractiva camarera, a la que, sin soltar mi mano, dio instrucciones supongo relacionadas con la bebida, tiró con decisión de mí hacia la puerta del mismísimo averno. La virilidad con la que me arrastró más allá del típico cartel de “No pasar. Uso exclusivo del personal”, que en más de una ocasión todos hemos deseado traspasar, me encendió totalmente. Nío se conocía demasiado bien el sitio. Cerramos la puerta tras nosotros y allí mismo nos abrazamos de una manera tan ardiente y animal, tan deseada, que anhelé quedarme allí, en ese lugar, en ese momento, en ese sueño por fin hecho realidad durante el resto de mi vida.

 La mano de Nío avanzaba por mi espalda sin que nuestras bocas y lenguas dejasen de enredarse, dando rienda suelta a un deseo tanto tiempo tapado que ahora me desbordaba por los cuatro costados y salía por el cráter de mis labios. Esta vez no quería que se desvaneciese como en las efímeras ocasiones anteriores. Ahora estaba dispuesta a todo por comerme aquella polla dura que rozaba con la punta de mis dedos por encima de su pantalón.

 No era capaz de asimilar que él, Nío, era mío, solo mío mientras estuviésemos en este lado. Me mareaba al sentir como nuestras lenguas describían un baile tan erótico y sensual; buscándose en cada rincón; saboreando cada aroma de nuestras bocas; quedando apresada en la habilidad de ese hombre soñado que ahora tenía pegado y que me besaba con un arte desconocido para mí. De pronto se agachó y, decidido, metió sus manos bajo mi corta falda, tiró del tanga que salió presuroso y arrollado hasta llegar a mis tobillos.

-Esto es mío ¿recuerdas?– me dijo con aquella sonrisa tan blanca y convincente, recogiendo entre sus dedos mi húmeda prenda y aspirando profundamente su aroma mientras me miraba con la cara que usaba para abrasar a sus pacientes, como en aquellos vídeos que ya dejó de grabar.

 Yo me dejaba hacer aunque mis piernas temblaban cada vez más al suponer que iba a rematar la faena. Así fue dado que volvió a deslizar sus manos hacia el vértice de mis piernas, directas hacia mi baboso coño de zorrita entregada. Tiró del cordón que asomaba por los labios de mi volcán y sacó las famosas bolitas que volvían a resplandecer brillantes en su mano. Ya casi se me había olvidado que estaban allí por el placer que el sátiro aquel me daba y que empequeñecía los efectos de las esferas. Las volvió a chupar, como hizo antes en el restaurante y me agarró del pelo, recuerdo que con cierta brusquedad, para que ambos chupáramos con ahínco, casi con desesperación, aquellas bolas, mezclando lenguas, los jugos de mi coño y nuestra saliva, como si de una pócima mágica se tratase.

-Esto también me lo quedo de momento– añadió Nío guardándoselas en el mismo bolsillo, supongo que junto a mis braguitas; estaba coleccionando todo lo que tenía que ver con mi anhelante chochito.

 Volvió a besarme pero ahora parecía otro, transformado, excitado, casi violento. Esta vez lo hizo en el cuello añadiendo varios leves mordiscos que me hicieron temblar como si se tratase de descargas eléctricas. Ufff, sólo con recordarlo las siento de nuevo... Me miró fijamente a los ojos, atravesándome con esa mirada suya tan seductora. Parecía estar escuchando mis pensamientos más recónditos, pues con esa sonrisa socarrona tiró de mi pelo separando mi cabeza hacia atrás y empujándome ligeramente hacia abajo. Me hizo algo de daño, pero no me importó, estaba como sedada entre las manos de ese amante deseado. En otro momento no hubiera permitido que un tío me tratara de esa manera, pero ahora lo deseaba más que nunca, quería ser su sucia perra fiel y me hubiera dejado hacer cualquier cosa. Al recordarlo casi me avergüenza mi comportamiento, pero quería que me tratase como él quisiera, para el placer de ambos.

-Vamos zorra, a qué esperas para hacerme una buena mamada…, sé cuanto lo estás deseando. A ver qué sabes hacer con esa boca de putita que se te está poniendo.
-Sí, sí, lo deseo… más de lo que tú te imaginas… he soñado con este momento, me he masturbado viendo lo que le hacías a otras, cabrón, pero ahora, ahora…- al escucharme me empujó del todo hasta clavarme de rodillas en el suelo, mientras me decía que dejase de hablar, que era su polla lo que debía de tener dentro no las palabras de perra en celo que salían de mí.

 Obedecí ciegamente y permanecí agachada frente a la abultada bragueta de mi adorado diablo, dispuesta a disfrutar del manjar. Primero, con la vista, ya que al sacarla fuera de su escondite me pareció ver las estrellas, el corazón me dio un salto al ver esa verga tan poderosa, la que se había quedado plasmada en mis retinas, la del doctor perverso… la misma… que ahora estaba entre mis dedos. Era el juguete anhelado por la niña inocente que durante tanto tiempo ha querido y ahora lo tiene entero y en exclusividad.

 Miré a mi amo a los ojos, desde abajo, esperando su orden; solo quería hacer lo que él me pidiese… sin importarme nada más… sin pensar en las consecuencias. Estaba entregada totalmente a cualesquiera que fueran sus caprichos y locuras. Hizo un gesto con su cabeza que entendí como la orden de comenzar. Eran tantas las ganas de comerme aquella polla que entré en trance, como poseída, no sentía el dolor de las rodillas, sólo existía su miembro y mi boca, ambos dispuestos a fundirse en una sola cosa. Me dispuse a masajearla, viéndola de cerca e intercambiando esa mirada con los ojos del hombre que me hipnotizaba… que ahora me sonreía satisfecho y pletórico, vencedor, exultante, dispuesto a disfrutar de mi total entrega. Besé el glande como si estuviera ante un icono sagrado, objeto vedado hasta entonces pero que ahora se me ofrecía para ser honrado y venerado, para que mi dios particular, Nío, tuviese su sacrificio a través de la pleitesía de su cachonda esclava. Después de masajearle con mis dedos y rodearle de besos a la altura de su frenillo, mi lengua se estiró por completo, para lamerlo, sentir su sabor, aroma delicioso como no podía ser de otra manera.

-Uhmmm, guarraaaa…, lo haces bien, me gusta el calor de tu lengua… hazme unas buenas lamidas, como nunca se las has hecho a ese que dice ser tu novio y hoy te entrega en mis manos.

 No solo no me molestaba que él me tratara como a una cualquiera, sino que me excitaban sus palabras y la manera de referirse a Carlos, que estaría, lo más seguro, jugando con la buena pieza de Eva.

-Vamos, putita, chúpame los huevos– ordenó sin lugar a remilgos.
-Sí, sí…, lo que tú quieras– palabras que intentaron salir de mi boca a pesar de tenerla tan ocupada.

 Mi lengua fue recorriendo sin premura el tronco de su polla, duro y delicioso, para bajar hasta sus imberbes huevos y allí deleitarme en un viaje de rugosidades exquisitas, de las que no quería huir sino perderme dentro. Con la otra mano seguí masturbándole lentamente, acariciándole y observando sus movimientos y acciones. No dejaba de repetirme lo puta y zorra que era y que estaba totalmente a su merced y lo cierto es que sus palabras solo eran la absoluta verdad. Cómo podía haber perdido la voluntad de tal forma que, por sentir dentro ese miembro que había tenido en mi boca, estaba dispuesta a cualquier cosa. Lo que fuese por mi verdadero hombre, mi deseado Nío. Nunca me había comportado de esa manera con Carlos, ¿qué habría pensado de mí? Tampoco creo que le hubiera dedicado tanta pasión a una mamada como la que estaba regalándole en esos momentos a mi amante. Más que nunca quería ser suya, hacerle mío, dejarme de cualquier tipo de reparo y mojigatería y entregarme de lleno al placer de comerme el bocado más delicioso y anhelado. Comportarme como lo que muchas veces había soñado: su zorra particular, lo más cerda posible, como esa putita en la que me había convertido él, la que estaría dispuesta siempre a satisfacer los deseos de su señor, por muy bajos que fueran, aunque os diré que en todo momento no me abandonó una sensación de vértigo infinito que procedía del temor a las satíricas ideas de Nío.

 Unos golpes en la puerta y una voz gritando al otro lado, que no era desconocida para mí, me asustaron:

-Lydia, Lydia… ¿estáis ahí?– era la voz inconfundible de Carlos.

 Joderrr, que inoportuno, esas cuatro palabras me pusieron en un estado casi taquicárdico. De nuevo los miedos, las vacilaciones y mis absurdos prejuicios se introdujeron en mi interior de golpe, aunque intenté expulsar al seguir chupando la maravillosa polla que me había regalado Nío. No fue suficiente la excitación ni la exclusividad para superar el sentimiento de culpa que me abordó al volver a escuchar las palabras de Carlos. Su insistencia me hacía suponer que no tenía la menor duda sobre nuestro paradero. Opté, en el estado deplorable que me encontraba, por salir precipitadamente de allí, casi huyendo, y sin dar explicaciones a nadie. Abrí la puerta, me crucé con mi novio y no le miré ni a la cara. Me perdí entre la gente, malhumorada, cabreada sobre todo conmigo misma. Me dirigí hacia dónde vi que la discoteca estaba más abarrotada y allí me quedé escondida, atormentada y maldiciendo al hijoputa de Carlos que había interrumpido mi estreno. Me pregunté por qué coño salí del infierno, dejando aquella polla desatendida, ¿por qué debía guardarle respeto a quien no lo había tenido conmigo? ¿Por qué cortar algo esa noche en la que casi todo valía? ¿Por qué volver a parecerle a Nío una inestable putita que no sabe lo que quiere y no termina una de las más ricas mamadas que le han hecho? Había algo o alguien que me torturaba y no era capaz de sacarlo de mí. Demasiadas preguntas para una cabeza embotada por el sexo y con el puntito del alcohol de varias horas; una cabecita alocada, perdida entre tanta gente, hasta que… empecé a notar primero una y después varias manos bajo mi corta falda, hurgando en mi sexo, palpitante y desprovisto de toda prenda que acallase sus gritos de deseo. Unos desconocidos se aprovecharon de mi indefensión, me metían mano sin cortarse, divirtiéndose de lo lindo y excitándose al no ser rechazados; y yo ahí, sin hacer nada, derrotada y con mi coño húmedo, ciego y agradecido por las desconocidas caricias de esos aprovechados y desaprensivos.

 No podía dejarme hacer sin más, aunque no me sentía con fuerzas para parar aquello. Con decisión y para borrar de un plumazo mis torturadores porqués, me concentré en aquellas manos calientes que exploraban todo lo que había bajo mi falda e hice saltar un resorte en mis entrañas. Un dispositivo de reacción que me devuelve a la realidad en momentos como ese y sin ningún tipo de escrúpulo agarré la nuca de uno de los desconocidos que me sobaba, sin importarme su aspecto, y le morreé con todas mis ganas, sacando en mi lengua la fiera que llevaba dentro, mordiendo su boca con ardor. Fue la señal. Con decisión volví sobre mis pasos a rematar lo que había dejado casi a medias. Me sentía como una obsesa poseída, una verdadera zorra que debía volver al cubil atropelladamente, antes de que el hechizo se rompiese.

 Al abrir de nuevo la puerta prohibida me encontré ante una escena que nunca hubiera imaginado: Nío continuaba en pie con su miembro en ristre pero alguien había ocupado mi lugar. Eva era la que ahora estaba metiendo aquella polla hasta lo más profundo de su garganta. Ambos miraron hacia donde yo aparecí pero ninguno cesó en el papel asignado. Aquella pareja era impredecible y además retadora. En ningún momento se pasó por mi cabeza irme de allí, la escena era arrebatadora aunque aquella verdadera puta, en busca de sexo, me quitaba otra vez lo que era mío. No me lo pensé dos veces, me agaché junto a ella y entre las dos seguimos lo que cada una de nosotras habíamos empezado solas.

 En unos segundos borré todas mis dudas. Era ahí dónde quería estar, hasta el final, con ellos dos, más aun después de haber esquivado la presencia de Carlos, que seguramente me estuvo buscando por todos lados, con total desesperación. Eva y yo seguíamos como posesas chupando la polla de Nío. A veces nuestras caras se rozaban, lo que aprovechábamos para robarnos un beso, que sabía a los tres, era la mezcolanza de todos mis deseos. Debo confesar que sentía todavía más placer que estando sola con él, ¿qué me estaba pasando? Me sentía tan sucia y a la vez tan viva que peleaba con Eva por ser la que más tiempo tenía su polla en la boca; la que más hondo la hacía llegar, que incluso me procuraba arcadas sin inmutarme; la que le miraba con la cara de ser la reina de las putas camufladas; la que pretendía recibir la primera descarga de su leche… Pero me equivocaba en la carrera contra Eva, porque el reparto de premios ya estaba amañado, decidido antes de empezar.

-Ahora, Lydia, puedes demostrar que eres la zorra que antes has dicho ser, pero tienes que obedecerme, ¿a qué sí?– dijo con una voz ronca por lo que ambas mujeres le estábamos haciendo.
-Ten por seguro que lo que tú digas haré, sea lo que sea– dije casi mecánicamente deseando acabar mis palabras para seguir succionando el esperado premio.
-Pues mira, esta vez no voy a follarte.
-¿Cómo? ¿Crees que puedes…?
-¡Calla, zorra!– y me dio una ligera bofetada que sentí explotar en mi cara. Eso no me gustó porque estaba en presencia de Eva y no quería ser humillada delante de ella aunque reconozco que merecí por replicar su decisión– Te he dicho exclusivamente lo que yo diga, ¿entiendes?
-Sí, sí, Nío, perdóname, no sé que…
-Eso está mejor. Bueno, siento decirte que esta polla que tan rica parece saberte no va a entrar en ese coño de hembra en celo que tienes, lo va a hacer en otro. Todavía no ha llegado tu momento. Tenlo claro y obedece.

 Eva no decía nada, seguía calentando a nuestro hombre y acariciando con sus dedos el coño que parecía ser el afortunado por el premio de la noche, preparándose para recibirle de la manera que yo me moría por acoger. Pude comprobar que entre las piernas de Eva, que llevaba un atuendo que se prestaba a una urgencia: vestido corto y tanga, la humedad existente era ya más que suficiente para ser follada. Cualquiera de las dos estábamos casi a punto de corrernos, solo por el morbo del juego y por el placer de engullir la polla de Nío, pero ella había sido la elegida y yo a callar. Todavía sentía el calor de la bofetada, aunque la sensación, en ese contexto, me excitaba más que otra cosa.

 Sin perder un segundo tiró del tanga de Eva hacia abajo, levantó su exigua falda de flecos, le arreó un par de sonoras palmadas en sus nalgas, la elevó para apoyar en parte su culo sobre una mesa, abriendo sus piernas ostentosamente y, separando los labios de su coño, le introdujo lentamente toda la polla hasta que sus huevos rozaron el culo de la mujer que yo más deseaba. Vi como la fue sacando tan despacio como se la metió y, ésta vez, sujetándose el glande con los pulgares, apenas rozando la puerta de su chochito, propinó un fuerte golpe de caderas hasta enterrar su herramienta más allá del fondo de la vagina de su socia. ¡El muy bestia! Ella dio un grito mezcla de placer y dolor. Siguió bombeando, haciendo el recorrido completo y empujando hasta el fondo cada vez más deprisa.

-Ahora tú, putaaa… siéntate en el suelo, entre las piernas de Eva y mete tu lengua en su culo, quiero que se sienta abrasada por los dos– al oír esta orden pensé que tampoco estaba mal el encargo, ¡Era Eva! ¡Mi Eva!

 Obedecí sumisa y comencé a intercalar mi lengua y mis dedos en un agujero que no tenía demasiados problemas para recibir mis atropellos, porque eso era lo que cada vez me apetecía más: follar con mis dedos su culito y sentir, de paso, la polla de mi deseo al otro lado de la fina pared que nos separaba. El asunto no era fácil por las embestidas de ese animal, por los temblores que cada vez se hacían más patentes en el cuerpo de ella, pero no iba a soltar la presa. Los jadeos de Eva eran crecientes y me parecía que se estaba acercando al orgasmo por lo que pensé que no le irían mal uno toques en su enrojecido clítoris. Así lo hice y noté en las paredes interiores de su culo unas pequeñas contracciones que no eran otra cosa que el preludio del clímax deseado por todos. No era fácil apoderarme de su caliente botón, que por la presión de la polla de esa bestia desaparecía hacia su propio coño, sediento y a la vez húmedo. Me tenía que apañar entre esas idas y venidas para masturbar a mi hembra, aunque, de paso, aprovechaba para acariciar lo que me estaba volviendo loca: esa polla, tan cerca y tan lejos de mí. Su voz me sorprendió:

-Abre la bocaaa… Putaaa– y con sus dedazos me la abrió todo lo que pudo; sacó, por un momento, su miembro del coño de mi manoseada Eva, me lo introdujo unos breves instantes en la boca, y volvió a atravesar con él las puertas del templo de Eva.

 Joderrr, no lo esperaba, volver a sentirla ahí, violando mi boca, increíble. Todo el sabor de aquella mujer iba concentrado alrededor de ese apéndice. Me relamí de gusto, con un placer potenciado al tener a los dos en mi propia boca. Ese detalle y los gritos de placer que Eva empezó a dejar escapar me desataron y empecé a masturbarme como una loca, con rabia, con frenesí, queriéndome llevar yo también algo de esa fiesta al ver que ellos no me lo iban a dar. Todo se aceleraba pero estaba segura que íbamos a ser nosotras las primeras en corrernos, lo presentía, sobre todo Eva que ya no podía aguantar más aunque supongo que ella deseaba que Nío se corriese dentro de su coño. No pudo ser, estalló en un orgasmo feroz, inmerso en unos espasmos que asustaban, acompañados de las palabras más obscenas que he oído en una mujer y todas referidas a ese cabrón de hombre. Otra puta sumisa y esclava que ofrecía el sacrificio de sus jugos al tótem que ese dios casi divino enterraba en ella.

 Aprovechando sus alargadas convulsiones seguí metiendo mis dedos en su dilatado culo, sin compasión, follándole de tal forma que mis uñas arrancaron un hilillo de sangre que descendió por mis dedos. Me daba igual, estaba desenfrenada, fuera de mí, salvaje y criminal. Llevé mi lengua para apurar lo que de esa salida-entrada se desprendía sin dejar de autosatisfacerme. Mientras, Nío había aumentado la velocidad de su follada y me dijo:

-Zorra, ahora… que estoy cerca de correrme… la voy a sacar del coño de ésta y vas a tener el premio final en tu boca…, para que cumplas con lo que el mierda de tu novio ha estropeado antes, ¿comprendes?
-Sí, gracias, mi rey. Cuando tú me digas te mamaré tu polla hasta que te viertas dentro de mí, no quiero perderme ese momento.
-Bien, veo que tus palabras demuestran que aprendes rápido a obedecer. Todo irá bien, te haré disfrutar como nunca lo han hecho, ya verás, uhmmm, Joderrr cacho puta, como lo haces… uhmmm– mientras hablaba seguía sepultando su polla en el coño de Eva; una Eva algo más tranquila, aunque estoy segura que era sólo un respiro, ella necesitaba mucho más.

 Y mi momento llegó, Nío sacó su duro miembro de entre las piernas de nuestra acompañante, me agarró bruscamente por el pelo para levantarme un poco, como un macho animal que quiere depositar su semilla en su hembra y empezó a follarme la boca como antes lo hacía con el coño de Eva. No era yo la que le mamaba, no. Era él el que hacía viajar su inflamado glande de mis labios a mi garganta. Cada vez más rápido, cada vez más profundo. Cada vez sus manos apretaban más mi nuca. Que cabrón, me iba a hace vomitar a este paso. No tenía miramientos pero yo estaba a punto de correrme y no me importaba nada. Ahggg, sentí los dedos de Eva empezar a devolverme el favor que yo le había hecho antes, ¡Siempre se habían desenvuelto tan bien en mi coño! A mí solo me dejaban el placer de ser masturbada pero aún así, me sabía a gloria.

 Por fin, y cuando empecé a notar que mi orgasmo no tenía vuelta atrás, Nío dio un bramido y sujetando mi cabeza contra su pelvis, lanzó el primer chorro directamente contra mi campanilla. Ufff, que sensación más rara, a Carlos nunca le había dejado que se corriese tan adentro. Retiré como pude la cabeza para respirar y no atragantarme con su leche y los espasmos de sus huevos siguieron repitiéndose cadenciosamente, acompañados de un vigoroso empujón de sus caderas hacia mí.

-No… noooo te lo tragues todavíaaaa, zorraaa, avariciosa... ¿No ves a Eva con ganas de saborear el fruto de su follada?– dijo con la voz de vicioso más increíble que he escuchado nunca. Asentí con la cabeza porque estaba llena de su esperma y todavía su polla no había perdido ni un ápice de grosor.

 Con la amenaza de mi orgasmo y la falta de aire que sentía con todo allí, pensé en empujarle para que saliese de mi boca pero sentí temor en contrariarle y me acoplé como pude al comienzo de mi corrida y al final de la suya. Él tuvo una mirada de compasión al verme en ese trance y sacó su chorreante polla, lo que aproveché para tomar el preciado aire que necesitaba para seguir disfrutando de lo que explotaba sin vuelta atrás en el centro de mi coño, gracias a los hábiles dedos de mi diosa.

 Tal y como me habían ordenado besé a esa mujer, compartiendo con ella el tesoro arrancado por ambas a aquel hombre que osaba tenernos en jaque. Sentí que fue el beso más especial, morboso y cachondo que he dado nunca a una persona, y menos a una mujer. A la vez, mi orgasmo continuaba vaciándome, liberando la tensión de mi cuerpo y dejándome satisfecha, infinitamente satisfecha. El beso prolongado y firmado por Nío hizo que entre ambas se sellase una unión imperecedera, difícil de romper mientras ese hombre quisiese y supiéramos darle lo que de nosotras esperaba. Era delicioso sentir nuestras lenguas calientes, mojadas, llenas de leche de nuestro hombre pugnándose por arrebatar la última gota que quería ser propiedad de ambas bocas.

 Los dos últimos y profundos besos que se produjeron al otro lado de la zona exclusiva para el personal, los dio Nío. Uno a cada una para saborearse a si mismo en el recipiente de las dos bocas que tanto le deseaban. El último gesto de aquel hombre me pareció condescendiente, como si se hubiera transformado en alguien tierno, con una mirada dulce, aunque al tiempo que acariciaba mi barbilla y mi mejilla con su pulgar me decía:

-Zorrita, ya has tenido tu ración por hoy. Ahora, vete, ese cabrón que tienes por novio andará algo perdido sin ti y… sin Eva, ¿no crees?

 A continuación, dándome la espalda continuó besándose con Eva sin dejar de magrearla ostentosamente, con toda la obscenidad del mundo. Diréis que un trato así tan humillante nunca lo hubieseis aguantado, es más, en otra situación me hubiera provocado la sensación de aborrecerle… de odiarle… de gritarle ¡Cerdo! Sin embargo, una vez más me tenía a su merced y yo obedecí gustosa a aquel hombre, marchándome de aquel lugar y esperando anhelante que me volviese a llamar a su lado para acudir rauda y obediente y seguir todas sus órdenes, sobre todo las más perversas.

 Aún así ya no podía quedarme allí, salí atropellada hacia la puerta, buscando oxígeno, pero al dejarme inundar por el frescor de la noche me di cuenta que esta vez, al contrario que las otras en las que huía de esos dos, me sentía diferente, segura, exultante. Caminé sola por la noche de Madrid, sin importarme nada ni nadie, ni un solo pensamiento que me remordiese la conciencia, ninguna pregunta de las de antes atormentaba mi seso. Eran momentos de abandonar el capullo que se había tejido en mi mente, era el nacimiento de la crisálida; un nuevo ser, radiante, eufórico, feliz.

 Ya no me preguntaba qué pensaría Carlos, ¿quién era ya él en mi vida? Me daba igual. Al colonizar ese nuevo estado eran otras cuestiones más tangibles las que me preocupaban: ¿Tendría que esperar mucho para tener la polla de Nío dentro de mí? ¿Podría unirme a ese cuerpo y ser suya para lo que él desease? ¿Me tendría preparadas más sorpresas especiales? ¿Me ayudaría Eva a conseguirlo? El nuevo ser iniciaba una andadura más satisfactoria y estaba totalmente segura de ello.

 Como en los capítulos anteriores, vuestros comentarios y sensaciones serán respondidas como merecen en nuestro correo conjunto: Email.

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