Capítulo
4. La cena
El sentimiento de culpa me torturaba, igual que lo venía haciendo
aquella pareja desde el primer momento que les conocí. Jamás había
engañado a Carlos y ahora me sentía sucia, culpable de haber
traicionando nuestro amor de la manera más tonta e infantil, pero al
tiempo me sentía enormemente complacida, porque nunca antes había
recibido tanto placer, en una sesión de sexo desenfrenado y robado
como el que Eva me había proporcionado esa misma tarde. Su lengua,
sus manos, sus miradas ardientes me hechizaron y mi cuerpo fue
víctima agradecida de los más ocultos placeres que hasta ahora nadie
me había regalado.
En la ducha quise borrar las huellas de mi traición, frotándome
enérgicamente con la esponja, arrastrando con el agua todos mis
males, todos mis remordimientos. Pero al tiempo que esos sentimientos
martilleaban mi cabeza, mis dedos, prisioneros de otra fuerza
extraña, fueron a parar a mi coñito y las caricias hicieron que de
nuevo viajase al momento en el que Eva me había dado tanto placer,
cuando sentí su lengua sobre mi piel, cuando su boca mordió la mía,
cuando aquel aparatito diabólico entró en mi culo y mientras, ella me
sonreía.
Mis manos subían a mis tetas y bajaban por mis caderas modelando mi
cuerpo, sintiendo que aquellas caricias no salían de ellas, soñando
que mis manos eran las de Eva y que no eran mis dedos los que se
deleitaban en mi rajita sino las manos hábiles y los deliciosos
labios de aquella mujer.
Masturbarme en la ducha es uno de mis placeres más intensos; la
necesidad urgente de fijar escenas en el fondo de mi mente que hagan
que me moje por dentro me pone nerviosa pero me excita muchísimo. Con
el recuerdo de Eva, aquello resultaba fácil, pues lo tenía grabado en
la mente como a fuego. Dejé que el agua caliente recorriese mi nuca
mientras, con los ojos cerrados, abría mi catálogo de las imágenes
más obscenas, explorando las más sucias, en las que más depravada me
veía, y en todas ellas estaba Eva y sus bolas chinas. Al llegar al
momento en el que ella las extraía de su coño, brillantes,
impregnadas de sus jugos, mirándome mientras las metía en el mío,
detuve aquella cinta mental. Llevé mi mano derecha hacia mi inflamado
coño para separar sus labios y con la otra dirigí el chorro de agua
hacia la pequeña abertura sonrosada que se debía vislumbrar por la
presión de mis dedos, forzando que buena parte del caudal de agua
golpease mi clítoris. Ufff, el caliente líquido acariciaba la
envoltura de mi atormentado ser, como si fuese la lengua de mi amante
femenina. Sin dejar de bañar mis labios, la cara interna de mis
muslos, incluso el agujero maltratado de mi culito, introduje un par
de dedos dentro de mí, comprobando que estaba muy excitada, viscosa,
casi chorreante. No pude evitar llevármelos a la boca y lamerlos
intensamente, con la intención de extraer algún aroma que me
recordase a ella, para completar la vívida visión que se había fijado
en mi cabeza. Era una delicia saborearme pero era más urgente frotar
todo mi coño, rodeando mi preciado botón, dejando que la necesidad de
explotar hiciese que poco a poco mis dedos y el agua caliente se
concentrasen en el mismo punto. Me puse como loca y os prometo que no
era la primera vez que me masturbaba en la ducha, pero ese día fue
casi animal. Me oí jadear como una perra mientras frotaba mi clítoris
y los labios de mi enrojecido sexo de una forma salvaje, sin dejar de
repetir con voz entrecortada: Eva, fóllame, sí, Eva, fóllame, sí, sí,
sí,…toma mi coño, tómalo es tuyo, sí, sí, así,… y sin poder ni querer
evitarlo exploté en un clímax tan intenso que mis piernas se doblaron
y caí entre espasmos en la bañera, quedando hecha un ovillo, con mis
manos entre los muslos, presionándome el coño como una verdadera
posesa y sin dejar de ver cómo Eva metía y sacaba las bolas de todos
mis agujeros. Creo que esta paja quedará en mis recuerdos para mucho
tiempo y ella, en si misma, va a convertirse en una imagen que me va
a acompañar cuando quiera alcanzar el placer en soledad, no tengo la
menor duda. Fue indescriptible pero a la vez parecía tener tintes
enfermizos y no debía dejarme llevar por la obsesión.
A partir de ese día intenté centrarme en cualquier cosa que me
mantuviera distraída, aparte de mi trabajo, lejos de aquel lugar
llamado Fantasía y de aquella pareja que parecía perseguirme a cada
lugar que me dirigiera, sin dejarme descansar y centrarme, sin darme
apenas un respiro mental. Llegué incluso a pedir algún viaje en mi
trabajo para escaparme de todo aquello, a pesar de no ser muy dada a
los desplazamientos. Cuando me llegaban sus llamadas o mensajes al
móvil, me hice la desentendida, ignorándolos, con la esperanza de que
todo, tarde o temprano, se borrase de mi mente y, sobre todo, de la
de ellos. Suponía que tanto Nío como Eva terminarían olvidándose de
mí definitivamente, que encontrarían a otra persona para materializar
sus perversidades y al tiempo, olvidarme yo de ellos. Eso era lo más
sensato y justo.
Fueron pasando las semanas y parecía que todo se iba tranquilizando,
sentía que el plan: “Lydia, no te dejes tentar” estaba dando sus
resultados, por lo que estaba mucho mejor, pero no podía imaginar que
en el fondo tan sólo era un frágil espejismo. En momentos de
intimidad me seguían asaltando grandes remordimientos por lo que
había hecho y, lo peor era que al mismo tiempo, eran momentos de
debilidad y no podía refrenar unas enormes ganas de reencontrarme con
la diabólica pareja. Juntos o por separado, era algo superior a mí, y
suponía el mayor reto a mi voluntad que nunca antes había tenido que
afrontar. Intentaba por todos los medios detener mis malos
pensamientos y oscuras sensaciones. No estaba pasando una buena
etapa, estaba claro. Percibía que era tan frágil como un cristal fino
y delicado, con apariencia sólida pero con un aguante a la presión
muy limitado.
Una mañana de lunes, Carlos se preparó para uno de sus viajes: una
feria de maquinaria agrícola que se celebraba todos los años en
Francia, cerca de Montpellier. Esta vez no quería verle marchar,
llevábamos unos días muy bien y suponía un frenazo a mi dulce terapia
y un aumento de mi fragilidad cristalina. Llegó el momento de
despedirse y lo hicimos ardientemente, le quería retener con mi gran
arma, mi sed de sexo. Se puede decir que lo hicimos casi como si
fuera nuestra primera vez, lo que me satisfizo e inundó de ilusión;
volver a estar así con él era divino, sin sombras a mi alrededor.
Además, a lo largo del día anterior Carlos se había mostrado
especialmente cariñoso y atento conmigo, lo que me hacía sentirme más
culpable y me empujaba a pensar que debía contarle lo que había
pasado, pero no encontraba las palabras ni el momento. Además, no era
cuestión que se largara con la imagen de su infiel chica al país
vecino. También es verdad que sus atenciones e incluso palabras no
eran muy usuales en su comportamiento diario y menos en la víspera de
un viaje, cuando normalmente se le endurecía el humor. “Amor mío”,
“princesa” o “vida mía” no eran precisamente los términos que
utilizaba habitualmente y, en mi inestabilidad emocional, sentí
recelos y sospechas por su comportamiento. ¿Otra mujer? ¿Un viaje con
excusas? No, yo sabía que aquella convención era casi en exclusiva
cosa de hombres, en su departamento todos eran hombres salvo su
odiada jefa, pero mis dudas o, por qué no admitirlo, mi novedosa
visión de adúltera me conducía a pensar que me pudiera estar
engañando o ¿quizás cree el ladrón que son todos de su condición?
-Cariño, ¿tienes que ir necesariamente a ese viaje?- le pregunté
intentando cerrar cualquier posibilidad a un encuentro secreto con
otra mujer.
-Pero Lydia, vida mía, sabes que tengo que acudir, soy el que
representa a mi empresa, no puedo dejarlo. ¡Qué diría la bruja!
-Pero Carlos, no sabes como necesito que estés aquí, conmigo- y nada
más decirlo me di cuenta que era yo la que, en su ausencia, me veía
proclive a caer en el abismo. Sabía que si me dejaba sola, estaba a
merced de mis torturas, que no eran otras que Eva y Nío.
-No puedo princesa, tengo que ir obligatoriamente, serán solo cinco
días, veras que pronto se pasan y me tienes de nuevo por aquí.
-Entonces… ¡Llévame contigo!- fue mi último intento al notar desde
ese mismo instante como mis fuerzas me iban abandonando por momentos.
Ya sola empecé a analizar esos cambios que un hombre muestra sin
darse cuenta y que solo la mujer que vive con él es capaz de
advertir; Carlos los estaba experimentando y mis dudas sobre él iban
creciendo a medida que pasaban las horas desde su marcha. Cada vez
estaba más nerviosa y confundida; una batalla se libraba en mi
interior aunque el sentimiento que destacaba eran los celos, mis
celos. Lo que yo había hecho iba debilitándose en mi conciencia poco
a poco, y aparecía cada vez con más fuerza, en la lucha, lo que
presuponía que él iba a hacer.
Esa mañana llamé al trabajo diciendo que no me encontraba bien, lo
que era totalmente cierto. Aunque sólo aproveché el tiempo para
seguir metiendo presión a mi cabecita, a la que a modo de tercer
invitado a la batalla aparecían Lydia y Nío, a lo Bonnie and Clyde, y
como cómplice, la libertad de mis movimientos durante cinco largos
días. Además, ellos traían sus propias armas, la obsesión, el morbo y
el acoso. Por su culpa pensaba que lo mío con ellos era otra cosa muy
diferente a irse unos días con una mujer, con engaños, con
premeditación, con ilusión. Él ni sabía lo mío con Fantasía ni tenía
porque saberlo, pero yo sí estaba en todo mi derecho a enfadarme con
él, era mi novio y cuando un hombre se encoña…
Como otras tantas veces me veía sola en su ausencia, pero ésta, más
desamparada que nunca, yo diría que abandonada. Hablaba
frecuentemente con él, varias veces al día, y lo hacía mucho más que
en otras ocasiones y por motivos banales, creo que sólo por
cerciorarme de mis sospechas, por atisbar algún signo delator. En
algunas ocasiones no podía hablar con él, entonces era como si un
enjambre de fantasmas celosos revolotease sobre mi cabeza hasta
hacerme saltar de rabia; sintiendo sensaciones sorpresivas incluso
para mí, punzadas en mi pecho que me auguraban mis temores, la
seguridad que otra mujer le acompañaba. Una de las muchas veces que
no pude hablar, insistí más en la llamada, tanto que casi gritaba su
nombre al auricular para hacerle llegar mi voz. Necesitaba oírle más
que nunca, sintiendo una dependencia a la que yo misma quería
aferrarme, hasta que finalmente una voz femenina contestó: “Carlos no
puede ponerse”. Solo cuatro palabras y colgó. Me quedé de piedra, sin
habla, sin una idea clara pero con millones de imágenes estrellándose
en mi seso. Cuando pude reaccionar volví a llamar y después de los
toques de rigor el teléfono me regaló el consabido: “El teléfono
marcado se encuentra apagado o fuera de cobertura”.
Aquellas cuatro palabras estuvieron sonando en mi interior durante
horas hasta que me di cuenta que la voz, y por extensión, su dueña,
no me era del todo desconocida. En ese momento, todo mi interés se
desvió hacia el objeto de la traición, ella, la que era capaz de
pronunciar el nombre de mi novio con tanta naturalidad y sensualidad.
Tras darle mil y una vueltas y ya casi en sueños se hizo la luz, en
un instante en el que me quedé casi sin respiración: ¡Eva!... sí… era
ella, ¿cómo podía haber tardado tanto en darme cuenta? Cambiando
Carlos por Lydia en sus labios su voz se hizo familiar y el enigma
estaba resuelto.
Tras estallar finalmente en un ataque de ira dirigido inicialmente
contra él, poco a poco fui testigo de cómo en mi interior el destino
de mi furia volvía de nuevo a ella. ¿Era humano tener celos de ambos?
¿Era legítimo sentir ambas traiciones por separado como las más
dolorosas que podía padecer? Pero, entonces, ¿iba a soportar ambas a
la vez? ¿Una traición entre las dos personas a las que me había
entregado de forma más intensa? Todavía quedaban dos días para que
volviese la odiosa parejita de dónde quiera que estuviesen y decidí
no volver a llamarles. Lo que sí hice fue ponerme en contacto con su
empresa, en la que me confirmaron que Carlos estaba de viaje por la
zona de Montpellier, pero que esta vez no había ido con nadie, había
preferido encargarse de todo él solito, sin ayuda y los demás
encantados de no tener que viajar. En esos dos días no pude evitar
sentirme la persona más herida del mundo y al mismo tiempo confundida
y desbordaba por preguntas que yo misma trataba de contestarme una y
otra vez. Imaginaba y sabía que Eva, además de ser una preciosidad de
mujer, era un auténtico volcán en la cama, algo que ya me había
demostrado personalmente y con creces, pero sabiendo al tiempo que no
era precisamente una chica modosita y fiel, que me deseara en
exclusiva compartiendo conmigo sus mejores experiencias y su
habilidosa lengua sino que incluso la posibilidad de poder tirarse a
mi chico le podría aportar algo más que placer o deseo: morbo a
raudales o quizás algo más allá, más premeditado. Además, Carlos
tenía la posibilidad de recibir un placer más que extraordinario por
parte de esa bella diosa llamada Eva, que le volvería loco con cada
una de sus dosis de pasión. Creía estar viéndola en mi mente del
mismo modo que la vi haciéndome una comida de coño de las mejores que
hayan podido regalarme en mi vida, imaginándola entregada en una
mamada antológica a la polla de mi novio y como él podía estar
follándosela sin parar, de todas las posturas imaginables, viéndoles
en cada momento retozando sus cuerpos desnudos, sudorosos, ardiente y
extenuados.
Frente a la total certidumbre del teatral engaño de Carlos, mi mente
continuó haciéndose muchas preguntas a la vez: ¿Qué iba a hacer esos
días y después de la vuelta de ambos? ¿Con Carlos? ¿Con Eva? Y el
pensamiento que más me aturdía: ¿Había llegado el momento de echarme
en los brazos de Nío por despecho y sin ningún sentimiento de culpa?
No, así no, tanto tiempo deseando con locura entregarme a quién
calmaría una obsesión y mi continuo ardor y no quería que fuese por
ese motivo. Tenía que ser él quien me sedujese aunque esta vez
seguramente yo no huiría a la carrera. En ese momento tomé la
decisión, perversa decisión que tendría el mismo fin: Nío, pero que
debía aguardar hasta que todos estuviésemos en Madrid, hasta que
todos fuésemos testigos de hasta dónde puede llegar una mujer
decidida, o más bien, dolida y forzada a decidir.
Me veía tan cambiada con respecto a la Lydia que vio las obras
iniciales del sex-shop frente a su casa. Ahora me sentía valiente,
también rota, pero sin miedo a que mis deseos se cumpliesen sin
engaños, ni escondites, ni citas camufladas. Cuando Carlos volvió
decidí guardarme todo ello como un as en la manga para lubricar mi
plan, y esperar acontecimientos. Por su parte, se le notaba demasiado
que lo había pasado bien, de miedo, imaginaros cómo pueden ser cinco
días con Eva lejos del mundo, pero también se le veía inquieto,
seguramente en una mala conciencia que latía demasiado deprisa. El
jueves de esa semana me llamó al trabajo:
-Lydia, cariño, esta noche no quedes con nadie que quiero darte una
sorpresa.
-¿Por qué?- agregué algo seca por el mal momento en el que me
pillaba.
-Porque sí, porque te quiero, porque hace mucho que no te llevo a un
sitio romántico a cenar, porque estoy contento por cómo han ido las
cosas en mi viaje a Francia, por tantas cosas. Pero sobre todo… por
ti.
Aunque aquello me sonaba incluso insultante, no pregunté más y a
pesar de no estar para cenas se mostró tan convincente que al final
dejé que se trabajase la cita. Le regalé mi condescendencia para
disfrutar todo lo posible de su intención. Al cabo del tiempo supe
por Eva, que el restaurante elegido para la supuesta cena romántica
resultó ser uno del que ella le había hablado en el viaje, ¡Hay que
ver lo torpes que los hombres pueden llegar a ser en estos asuntos!
A veces no me entiendo, con lo que sabía sobre ellos y especialmente
sobre Carlos, esa tarde, antes de salir hacia el restaurante, le
estaba viendo incluso más atractivo de lo habitual: todo un cabronazo
pero tremendamente sugerente e irresistible. Me estaba excitando
verle vestirse para la cena. Dicen que los cuernos sientan bien,
¿sería eso? ¿Cornudos complacidos y con la misma pareja? Más
surrealismo era imposible. En un ataque de valentía, sinceridad y
morbo le dije que en su ausencia me había comprado un juguetito,
porque esos días se me habían hecho muy largos, que le necesitaba
mucho y no había estado junto a mí. Y mientras ponía cara de niña
mala le dije también que había merodeado por el sex-shop del barrio,
pero al no atreverme a entrar, había solicitado una visita a
domicilio y una chica muy atractiva había venido con unas cosas
increíbles. Todo ello sólo por darme el gusto de ver qué cara ponía
cuando le hablaba de la vendedora y también por ir acercándome poco a
poco al arranque de mi juego. Era necesario que él supiese que yo
también estaba cambiando. Sabedora que esta vez no iba a montarme un
numerito, pues guardaba un prudencial silencio, me divertía ver su
mirada sorprendida y cada vez más excitado, de eso estaba segura,
sobre todo cuando le dije que me había comprado unas bolas chinas y
se las estuve enseñando antes de irnos. Disfrutaba con la sensación
de poder que tenía sobre él, cada vez menos dueño de su voluntad y
más presa de su deseo. Pensé tirármelo en ese momento, en el mismo
sofá en el que estuve viendo a mi doctor, pero decidí no procurarle
un desahogo sino incrementar la tensión y excitación que se
dispararon con una orden suya:
-¡Póntelas!- me pidió autoritaria y nerviosamente. Hice amago de
resistirme, pero ni yo misma pude evitar excitarme con la idea y
aprovechar la gran ocasión para estrenarlas, llevándolas por la calle
con un hombre al lado, al que podría aferrarme, por si perdía el
norte y la zorrita que bullía en mi interior se destapaba sin
tapujos.
Me vestí más atrevida de lo normal, con una minifalda excesivamente
corta y un top de tirantes ajustado sin nada debajo, algo que en
otros momentos hubiera encendido a mi novio en uno de sus
insoportables ataques de celos prohibiéndomelo de inmediato. Sin
embargo no solo no puso objeción sino que me agarró por la cintura
con ganas de devorarme. Le aparté dándole a entender que ya tendría
su compensación más adelante.
El efecto de las bolitas no se hizo esperar, una sensación especial
invadió mi interior, no sé muy bien si por las propias bolas o por el
morbo de todo lo que estaba viviendo en ese momento cuando ambos
estábamos tan cachondos, tan desenfrenados. En el camino hacia el
restaurante cada paso que daba proporcionaba un gusto en mi sexo muy
raro pero intenso al mismo tiempo. Me sentía tan húmeda que pensaba
que las bolas pudieran salirse de mi coño en cualquier momento, menos
mal que no me dio por ir sin bragas. Llegar al restaurante fue como
coronar un puerto de primera categoría, solo que esta carrera se
corría por dentro, nunca mejor dicho.
Antes de entrar, Carlos me susurró al oído lo excitado que estaba de
imaginarme con las bolitas acariciando el interior de mi coño y las
ganas que tenía de sacármelas cuanto antes y que dudaba si iba a
poder aguantar hasta la vuelta a casa. Sus palabras me encendieron
aún más. Al mirarle a sus brillantes ojos no vi a mi Carlos, aquel
era un hombre distinto, más deseable, más atractivo, más cabrón y las
ganas de que me hiciera el amor allí mismo eran casi irresistibles.
No os podéis imaginar lo cachonda que llegué a la mesa.
El lugar, que curiosamente se llamaba Espejos, era muy distinto a
cómo de antemano lo había imaginado. Una decoración cuidada, más
cercana a la sensualidad y al erotismo que a la propia gastronomía
como la mayoría de restaurantes. Cuadros casi explícitos de sexo,
luces tenues, mesas discretas. Solo parejas jóvenes en aquel lugar
romántico que añadían más carga sexual al ambiente, donde se veía que
algunas de ellas no eran precisamente pareja, sino algo prohibido en
algunos casos, cercanos a romper reglas sagradas y entregarse a la
pasión más ardiente. De nuevo la voz susurrante de mi novio me
despertó:
-Lydia, cuánto te deseo, quiero que hoy sea un día especial, quiero
sentirte plenamente, como nunca.
Le sonreí pensando que nuestros mutuos secretos nos habían llevado a
desearnos todavía más en aquella excitante noche, inducidos
principalmente por las torturas amatorias de nuestra amante común:
Eva. ¡Que paradojas puede llegar a tener la vida!
Parece que al pensar en ella hubiera querido verla aparecer, pero es
que al volver a fijar mi vista con más detenimiento hacia la entrada
del restaurante me di cuenta que no era una aparición sino Eva, de
carne y hueso, la que entraba en el comedor sonriente, decidida y
sobre todo hermosa, increíblemente hermosa, con un vestido negro
ajustado hasta las caderas y flecos que se enredaban entre sus
muslos. Tras ella, como otra aparición, su acompañante no era otro
que Nío, ese hombre que quise borrar de mi mente y que ahora,
aturdida por todo y ayudada de mis bolitas y de mis locuras internas,
parecía desear más que otra cosa en el mundo. Su porte elegante y
atrayente, su camisa ajustada, sus pantalones adheridos a su piel, el
brillo de sus ojos y su seguridad al caminar, provocaban emanar más y
más fluidos a la salida de mi coño, empapando mi tanga. Ni la
descarga de una tormenta en mi interior hubiese hecho más efecto en
mí. Los latidos de mi corazón debían oírse en las mesas de al lado.
Mientras intentaba disimular delante de mi novio, el maître saludó a
la nueva pareja con cordialidad familiar, al tiempo que anotaba algún
encargo que le hacía Nío señalando hacia nuestra mesa sin dejar de
sonreír.
Al rato llegó un camarero con dos copas de champagne:
-Señora, señor, están invitados por aquel caballero- nos dijo
señalando hacia la mesa donde se encontraban Eva y Nío que levantaban
sus copas en señal de brindis.
La cara de mi chico fue todo un poema. Nunca podía imaginarse, ni por
lo más remoto, que se iba a encontrar allí con Eva, tan cerca,
después de su aventura francesa y además en mi presencia, aunque
podía haber supuesto que ella iba con cierta frecuencia por aquel
restaurante. Intentó una mueca de indiferencia pero lo hizo fatal.
Tan evidente era su apuro como la calentura que sonrojaba mis
mejillas, aunque lo mío no era vergüenza, sino un calor interno fuera
de lo normal. Apenas dijimos nada, tan solo devolverles la sonrisa y
el saludo a nuestros generosos ¿amigos? Mis ojos se fijaron en los de
Carlos, insistentemente intentando averiguar qué pasaba por su mente
y él lo tomó por una invitación. Seguramente estaba tan aturdido, tan
eclipsado y tan cachondo como yo. Al momento sentí como su pie,
descalzo, presionaba mi pubis intentando acomodarse entre los labios
de la fina tela de mi tanga. Sentía su empuje sobre las bolas que
seguro asomarían por la puerta de mi dilatado coño y era más de lo
que podía soportar. ¿Qué quería ese cabrón? ¿Hacer que me corriese
allí mismo ante las miradas de las dos personas más deseadas? Pensé
que si le dejaba continuar, de tan cachonda y pringosa que me estaba
poniendo se iban a salir las bolas definitivamente. Di un respingo,
para evitar lo que se me venía encima y…
-Carlos…, tengo... que ir… al baño… a refrescarme un… poco- le dije
poniéndome en pie pero recreándome antes para que tanto Nío como Eva
pudieran observarme a placer.
-¿Estas bien?- me preguntó, -¿te veo muy sofocada, Lydia?- y dejó
caer por la comisura de sus labios una sonrisa verdaderamente
lasciva.
-Sí, creo que es el champagne, voy a refrescarme un rato.
-¿Quieres que te acompañe, cariño?
-No, no, mejor quédate aquí, vuelvo enseguida.
Avancé hacia el baño, moviendo las caderas con cierta exageración y
con la certeza de ser observada, tanto por mi novio, como por esa
diabólica pareja. Para llegar a los lavabos tenía que pasar cerca de
su mesa. Mi vestimenta provocativa y sexy y el efecto del látex
ayudaban a sacar de mi interior esa zorrita que parecía estar
pidiendo guerra a todos los comensales del restaurante,
principalmente hombres. El pulso se me aceleraba con cada paso que
daba en esa dirección y las bolas golpeando las paredes de mi casi
chorreante coño hacían el resto. Mi corazón empujaba mi pecho y me
faltaba el aire, era increíble. Posé la mirada en ambos,
alternativamente, y supe que todo iba bien, no había rencor hacia
ellos, solo excitación, tanta que no sabía si mis piernas iban a ser
capaces de llevarme a mi destino. Estaba provocando una sensación
turbadora en aquel, ya de por sí, fogoso ambiente. Sé que ambos me
siguieron con su mirada hasta que me introduje en los lavabos. ¡Que
sensación de poder!
Me miré al espejo intentando ver a la Lydia cuerda y sensata, aquella
que parecía haber abandonado ese cuerpo para convertirse en una
putita cachonda y que no sabía donde tenía la cabeza. Al abrir las
piernas para relajar un poco la tensión de los muslos y llevar la
mano a mi coño comprobé que podía tocar la primera de las esferas,
quería salirse del horno en el que se había convertido el vértice de
mis piernas. Para estar más cómoda me introduje en una de las
cabinas. Me saqué el húmedo tanga y descansé mi culo sobre la
agradable y limpia superficie de la taza del inodoro, todo era amable
en aquel lugar. Justo en ese momento oí la puerta del servicio,
alguien entró. En el caso que fuera Eva dudaría entre abofetearla o
darle un morreo de campeonato. Esperé en silencio a que ella misma
abriera la puerta de mi cubículo, pues sabía que me deseaba tanto
como yo a ella. La puerta se abrió de repente, pero no era quién yo
esperaba, sino Nío quien apoyado sobre el marco me sonreía y
observaba descaradamente mis piernas abiertas y mi enrojecido coñito
hambriento del que salía el cordoncito de las masajeantes bolas.
-Cualquiera que te viese diría que esperas a alguien, ¿es a mí?
Fueron sus palabras.
No hice ademán de pudor o de taparme por sentirme observada, sino que
continué desafiante y con ese mismo descaro fui tirando de las bolas
hasta que chorreantes colgaron de mis dedos. Nío me las arrebató por
sorpresa y sin mediar palabra se las llevó a la boca chupándolas con
ahínco, saboreándolas, mirándome a los ojos para que entendiese que
mi sabor más íntimo era uno de los manjares más suculentos que se
podían degustar ese día en el restaurante. Ver desaparecer en su gran
boca lo que antes había estado jugueteando dentro de mí, me
desbordaba y sin poderlo evitar llevé mi mano hacia mi rajita, y
apreté los muslos para sentirlo aún más. No pude dejar los dedos
quietos y comencé a hacerme una paja. ¡Dios mío! Estaba fuera de mí,
allí, en el lavabo de un restaurante, abierta de piernas y
masturbándome frente al hombre que me encendía sólo con mirarme. Ya
no había vuelta atrás, estaba desenfrenada, era una gran puta a
disposición de Nío, toda enterita para él. Mis pensamientos decían:
“Si quisieras ahora me tendrías a tu voluntad para lo que te
apeteciera hacerme. Me podrías follar ahora mismo como te diese la
gana, o si fuese tu capricho, me la clavarías en el culo y yo, tan
agradecida”. Pero, en un segundo de lucidez, me percaté que no podía
estar allí todo el tiempo que él hubiese querido usarme y desechando
aquellos locos pensamientos, me incorporé y le atraje hacia mí, para
besarle, no podía aguantar más sin rozar su piel, sus labios, su
pecho, su polla, algo… algo de él, necesitaba tocarle por lo menos,
aunque fuese en una carrera contra reloj.
Su mirada era lascivamente perversa, relamiéndose de tener a la
esquiva Lydia en su poder, bajo su más absoluto dominio sexual. Me
estaba besando con pasión pero también con dureza. Una de sus manos
abrió la que yo estaba usando para guardar mis mojadas bragas, me las
arrancó, se las llevó a la nariz para aspirar otra parte de la Lydia
que no conocía, y las guardó en su bolsillo, mientras susurraba en mi
oído, con voz ronca de excitación:
-Sé que no tenemos todo el tiempo del mundo pero también sé que estás
a punto de correrte, zorrita, y te voy a comer este coño que está
pidiendo cariño a gritos.
-Es tuyo, Nío, cabrón, pero hazlo deprisa, por favor, tengo que salir
de aquí ya.
Me sentó de un suave empujón, se agachó sobre mí, metió sus poderosas
manos bajo mis nalgas y me izó en volandas. Joderrr, me tuve que
sujetar con ambas manos a las paredes del reducido espacio para no
caerme hacia atrás. Me empujaba con su dura lengua tanto que me hacía
abrir las piernas más de lo soportable. Mi falda arremolinada sobre
mi vientre y mi respiración llegando a pequeños gritos. ¡Cómo me
ponía aquel hombre! ¿Con qué mano me iba a tapar la boca cuando me
corriese? Su lengua entraba y salía de mi coño, sorbía mis jugos,
aunque una gran parte se esparció por su cara. Cuando me miraba era
la representación del mismísimo diablo queriendo entrar en mí. Me
asusté un poco pero la explosión que ya empezaba a intuirse en mis
entrañas borró cualquier temor. Mi cuerpo se arqueó aun más quedando
apoyada sobre mi espalda y mi pelvis levantada al máximo hacia su
cara, para percibir con más intensidad esa lengua que seguía
follándome maravillosamente el coño. Nunca me habían hecho caer en el
abismo del placer tan deprisa y, al mismo tiempo, tan bestialmente;
el corazón bombeaba sangre a mi clítoris para que estuviese
suficientemente hinchado como para que su lengua le diese una buena
lección, como de hecho estaba haciendo. Cuando empecé a sentir la
antesala de los primeros espasmos le pedí desesperadamente:
-“Fóllame Nío, fóllame, métemela por favor”
Pero eso no parecía entrar en sus planes, de momento. Siguió con su
lengua arrancándome todo lo que tenía escondido desde que le conocí y
cuando el clímax era absoluto y mis jadeos audibles en todo el
lavabo, me dejó sentar en la taza, me levantó, me dio la vuelta
dejando mis dos agujeros expuestos a sus ataques y me sentí
afortunada, porque sabía que había llegado el momento de ser follada
por aquel macho tan deseado.
Acto seguido sentí como las bolas volvían a entrar, de un solo
empujón en mi baboso chochito y eso que en un principio me
decepcionó, fue el remate de la más potente corrida de mi vida y la
primera en un baño público. No pude evitar que mis piernas se
aflojasen de tal forma que se doblaron sobre la taza y tuve que
apoyar mi cabeza sobre ella. Dejando que el aire entrase en mí por
boca y nariz para no ahogarme. Así, en esa postura de putita usada,
sintiendo las sacudidas de despedida de mi orgasmo me di cuenta que
estaba sola. Se había largado, el muy hijo de puta. Poco a poco fui
volviendo en sí.
-Lydia…, Lydia… ¿Estás ahí? ¿Qué te pasa que tardas tanto? ¿Te
encuentras bien?- la voz de Carlos me hizo aterrizar bruscamente a la
realidad mientras buscaba sin éxito mi tanga.
-Sí…, Carlos…, ahora sí…, me he debido de marear un poco…- busqué una
excusa, algo creíble que me permitiera la bajada de tanta excitación
-debe ser este juguetito, que no estoy acostumbrada.
-Uhmmm, ni me lo recuerdes que me pongo malísimo, bueno, sal ya,
anda, que habrá que cenar algo, ¿no? Además, creo que estoy pillando
un puntito con las burbujas de nuestros invitados.
-¿Les conoces?- pregunté todavía desde la cabina, recomponiendo como
podía mi aspecto, sobre todo mi ropa y mi pelo, mientras buscaba
infructuosamente otro tanga en el bolso.
-No, pero la invitación ha sido muy clara. Igual es una pareja de
esas modernas, de las que le gusta hacérselo con alguien como
nosotros.
-Venga, vuelve a la mesa y deja de decir tonterías, Carlos. ¿Qué
pasa, que ahora lees relatos de esos dónde estas cosas son carne del
día a día? Déjame, pesado, que ahora nos vemos.
-Está bien pero no me hagas esperar más, o ¿es que quieres que entre
ahí?- pero, ¿qué les estaba pasando a mis hombres? Estaba segura que
sus mentes masculinas ardían en deseos de poseerme, ahora que
conocían el juguetito que llevaba dentro de mí. Esa sensación de
mujer abierta a todo les vuelve locos. Pues muy bien, y yo a
disfrutar de ellos. Mi sexo ardiente pedía una buena polla con la que
saciarse por completo, la de Nío para apretarla en mi interior con
todas las ansias que me abordaban y la de mi novio en venganza para
demostrarle que mi nuevo coño era capaz de estrujarla mejor incluso
que el de Eva
Sequé las bolas para que no resbalasen desde el interior de mi aún
palpitante coño y las volví a poner en su sitio siendo recibidas
gustosamente. El problema fue que no llevaba ninguna braguita de
repuesto, solo encontré unas medias, un par de preservativos y la
cajita de las bolas pero nada de eso me valía para cubrirme. Me dije,
“Venga Lydia, salta a la arena así que esta noche va a ser
apoteósica” y debo decir que la sensación de llevarlas dentro sin
ninguna tela que hiciese de freno me hizo sentir la mujer más libre
del mundo. Me observé en el espejo antes de salir y vi una cara
radiante, vi la felicidad de una mujer que se siente momentáneamente
satisfecha pero que sabe que es solo el principio de lo que tanto
tiempo había estado esperando. Vi la imagen de una mujer convencida
de estar haciendo lo mejor y, además, sin importarle la opinión ya
denostada de su infiel novio. Vi el perfil triunfal de una Lydia que
sabía que al salir del baño le esperaban las tres personas que más
intensamente le hacían disfrutar de su sexualidad. Vi lo que quería
ver.
Inevitablemente tenía que pasar junto a la mesa de ellos. Adecenté mi
maltratada falda como pude, porque una cosa es comportarse como una
guarra en un lavabo y otra es parecerlo fuera de él y más, frente a
otra mujer ¿O realmente deseaba comportarme así? Ambos me miraron con
complicidad y sentí la irresistible tentación de acercarme a ellos y
saludarles, aunque los latidos de mi corazón me indicaban que todavía
no estaba preparada del todo para hablarles.
-¿Qué tal estáis?- fueron las únicas palabras que mi renovada
excitación me permitió.
-Hola, Lydia. Pues ya ves, muy bien, aunque creo que no tanto como lo
estás tú- me soltó Eva mientras me daba los dos besos de rigor, ambos
muy cercanos a mis aún calientes labios. Nío, seguramente le habría
contado la reciente explosión, pero eso no me disgustaba en absoluto.
Si ella me había traicionado, por decirlo de alguna manera, con
Carlos, ya era hora que supiese que no tenía ningún reparo en dejarme
hacer por su ex.
-Bueno, bueno, a ti también se te ve magnífica, Eva.
-Lydia, estás preciosa esta noche, aunque veo que también acompañada-
soltó Nío de sopetón, a pesar de que mi compañía no le suponía ningún
inconveniente para sus manejos, mientras me daba dos besos, agarrando
con fuerza mi cadera izquierda y embriagándome con su aroma
masculino.
-Sí, es Carlos, mi novio, bueno...- pensé decir allí mismo que más
bien era mi ex, o algo del estilo de “no es celoso”, pero ahogué mis
pensamientos, tampoco quería entregarme con las palabras, preferí
esperar a los hechos.
-Ya, le recuerdo de la inauguración, aunque veo que ya no te cuida
con cadenas como hacía antes.
-Nío, tendrás que reconocer que las personas evolucionan, maduran, se
hacen más razonables.
-Ya, ya.
-Perdonad, pero tengo que dejaros, de momento ha madurado pero no
tanto como para que pase con vosotros la noche, ja,ja,ja,ja...- y
miré hacia Carlos que se mantenía en nuestra mesa, nervioso pero sin
atreverse a acercarse. Supongo que Eva tendría parte de culpa y ella
me sonreía como entendiendo mis pensamientos.
Cuando aterricé en nuestra mesa vi a Carlos con la intención de
manifestarme su enfado, pero adelantándome a él, antes de sentarme le
susurré al oído: “No llevo bragas, cariño” Premio. Se quedó sin habla
y puso su ejército de neuronas a trabajar en una única dirección:
comprobarlo con varios de sus sentidos.
Así fue pasando la exquisita cena, por cierto, en la que tras un
entrante de deliciosas verduras braseadas, pasamos a un aromático
pescado al horno con una guarnición tremendamente suculenta a la vez
que extraña. Todo ello, como se suele decir, regado con un vino
blanco que a la vez que apagaba la sed que arrastraba desde el baño
fue aumentando la sensación de plenitud sensual y la seguridad en mí
misma que no iba a abandonarme en toda la noche. En algunos lances de
la cena, intercambiaba miradas con mi pareja diabólica, a espaldas de
Carlos, que disimulaba muy bien haberse olvidado de Eva, el muy
cabrón, centrándose en el vértice de mis piernas, llegando en más de
una ocasión a poner su pie entre los labios de mi húmedo coño;
incluso llevando sus dedos a él con el viejo truco de la servilleta
que se cae, aprovechando la generosa caída de los manteles de la
mesa. Debo confesar que todo era motivo de excitación, nunca una cena
había sido tan sublime y ardiente: Carlos, las bolas, mi desnudez, la
comida, el baño, mis sensaciones, la dulce embriaguez del vino, la
delicada música que envolvía la escena y la pareja de mis obsesiones
a modo de coral de esa obra que se interpretaba exclusivamente para
mí. Me sentía aturdida pero infinitamente feliz. No había duda que
era este el paraíso y no el que nos habían hecho creer en la
infancia.
-Lydia, preciosa, no sabes cómo me tienes. Mira, alarga tu pierna-
obedecí, y noté la dureza de su polla a través del pantalón. Uhmm,
cómo no se me había ocurrido antes. Que egoísta estaba siendo, sólo
buscaba que todo estuviese a mi servicio. Me empecé a poner
cachondísima al tocar, delante de todos, la herramienta de mi chico y
más al ver la cara de abandono que él ponía.
-Uhmm, que cosita tan durita tiene aquí mi niño. Qué pasa, que no
puedes soportar que vaya sin bragas, eres un cerdo incorregible, ¿lo
sabes?
Nunca antes le había dicho nada parecido, pero se veía que tanto a él
como a mí, eso nos producía un morbo añadido. Sabiendo que no era el
momento más adecuado, pero viéndole ahí, tan vencido, tan entregado,
no dudé en ir más allá:
–Carlos, ¿no crees que deberíamos invitar a esa parejita a una
botella de champagne? Han sido tan amables... además, creo que ella
te mira con cierto interés, ¿no te has dado cuenta?- le dije con mi
mayor cara de zorra provocadora.
-¿Invitarles? Bueno, pero que se la lleven a su mesa, creo que ahora
mismo no necesitamos a nadie más, ¿no?
-¿No decías que podría ser una de esas parejas que les gusta las
promiscuidades recíprocas?- no sé cómo pude enhebrar esa frase, con
el aturdimiento que llevaba encima, pero hizo su efecto.
-Pero bueno, ¿estas loca? ¿Mi preciosa niña está insinuando que hoy
está abierta a todo?- noté cómo sus ojos brillaron, como consecuencia
de la posibilidad que se abría de volver a tontear con su explosiva
Eva, pero claro, esta vez no le saldría gratis. A cambio, debía
permitir que su intocable, jejeje, novia, también tuviese oportunidad
de pasarlo bien.
-Pues mira, sí. Tal vez se deba a que estoy un poquito achispada, a
que estoy sin tanga, a que estas bolitas no me dejan pensar en otra
cosa, a que te quiero y sé que esa chica es de las que te gustan, no
sé, por todo eso.
-Y, ¿nada tiene que ver el chico en este asunto?- inquirió intentando
no parecer celoso, dado que no le convenía en lo más mínimo.
-Hombre, no negarás que es atractivo, ¿no? Así estamos equilibrados,
tú también lo eres y yo... bueno, tigre, me basta con tu opinión- y
apreté los dedos desnudos de mi pie sobre su abultada bragueta a modo
de rúbrica en un contrato. Su excitación había aumentado, con una
mano movía mi pie para procurarse sensaciones más placenteras, ¡Era
tan descarado!
Cuando el camarero dejó la botella de finas burbujas en la mesa de
Nío y le indicó de parte de quién era el detalle, vi, con
nerviosismo, como se levantaba y caminaba despacio hacia nosotros, de
espaldas a Carlos. Éste no soltaba mi pie, por lo que tuve que tirar
con fuerza para recomponer ligeramente mi postura ante tan sugestiva
visita.
-Perdonad que os moleste, pero no podemos aceptar.
Carlos se anticipó para protestar en nombre de ambos dado que no
podían rechazar cuando antes nosotros no lo habíamos hecho.
-Espera, espera, quiero decir que no podemos aceptar este elegante
detalle a menos que nos acompañéis a nuestra mesa para brindar por
esta maravillosa mujer que te acompaña- añadió guiñándome
descaradamente un ojo.
Uffff, el corazón me dio un vuelco con el atrevimiento de este
diablo. Como vi dudar a Carlos, esa vez me anticipé yo,
desobedeciendo cualquier tipo de excusas, dado que no había otra cosa
que me apeteciese más que sentarme con esas tres personas.
-Carlos, dado que voy a ser el objeto, mejor dicho, sujeto del
brindis, permíteme que sea yo la que acepte la invitación.
-Pues no se hable más. Tengo a una mujer sola en nuestra mesa y eso
no está bien- agregó Nío retirando mi silla para facilitarme la
salida y colocando su cuerpo de tal forma que no tuve más remedio que
rozarle para salir, pasando su paquete sobre mi culo ¡Que
sinvergüenza! Estaba decidido a entretenerse conmigo, y el morbo de
hacerlo en presencia de mi novio le estimulaba hasta el infinito,
estaba segura de ello.
Como podéis suponer, la continuación en la mesa de ellos, más
reservada que la nuestra, fue un continuo ir y venir de sutilezas,
indirectas, risas, ligeros toques por debajo del socorrido mantel,
etc. Mis dos hombres se habían situado frente a frente, mientras Eva
y yo hacíamos lo propio, lo que me animó, en el colmo de la
promiscuidad y sabiendo que nunca me iba a encontrar con las piernas
de ellos, a llevar más de una vez mi adiestrado pie a su entrepierna,
gesto que no rechazó y que adornó con una de sus sonrisas más
lascivas. Alternativamente, sentía las manos de mis hombres
acariciando mis muslos, aunque estoy segura que su interés se
centraba más en mi coñito, sabiendo ambos, que estaba ocupado por el
diabólico juguete que nos unía directa o indirectamente a los cuatro
comensales. Me sería casi imposible repetir los diálogos que tuvimos,
acompañados con varias botellas de champagne, pero os aseguro que mis
recuerdos son tan sabrosos y excitantes que será difícil que se
repita una cena como aquella. Tengo la nebulosa sensación que Carlos
estuvo muy “volcado” hacia Eva, supongo que intentando rememorar los
hechos de Montpellier, aunque Nío, en más de una ocasión, hizo que en
mi cara brillasen más de la cuenta destellos carmesí, cuando me
mostró, dentro de su puño, el tanga que me había arrebatado minutos
antes en el baño. Era un demonio. Deliciosamente embaucador pero
diablo al fin y al cabo, y disfrutaba al saber que nada tapaba mi
indefenso coño, que no dejaba de llorar por todo lo que esa noche
sucedía.
Vi que guardaba el tanga en el bolsillo de la chaqueta más cercano a
mí, y en un momento de descuido, introduje mi mano en él y recuperé
la prenda salvadora. Eso me tranquilizó y animó, al más puro estilo
femenino, a invitar a Eva a que me acompañase al servicio, oferta que
no rechazó, aunque tuvimos que aguantar las indirectas del sector
masculino sobre los motivos por los que las mujeres van siempre
juntas al baño. Normalmente, la compañía es inocua, pero entre los
cuatro comensales que ocupábamos esa mesa, nada era inocente y en
mente de todos siempre había escenas calientes cuando algunos o
algunas decidíamos rebajar la presión de las burbujas de nuestro
ardiente cuerpo. Pero, esta vez, decidí que sólo necesitaba
satisfacer esa necesidad fisiológica, echar un vistazo a la situación
de las bolas, que lograban potenciar cualquier alusión sexual, y
colocarme la recién recuperada prenda. Quería demostrar a Eva que
estaba todavía algo dolida por su escarceo francés con Carlos, que se
diese cuenta que, de momento, era Nío el que me interesaba y no ella.
Eva intentó aproximarse a mí en el lavabo, con intenciones claras y
directas, pero prácticamente sin hablarme. Tan sólo me apremió cuando
tardé en salir de una de las cabinas más de lo conveniente. Y como
sabía lo que me sucedía, preguntó con mucho morbo:
-¿Qué, Lydia, ya has recuperado tu tanga? ¿Cómo has conseguido que
las bolas no se salgan de tu coño, si debes estar más húmeda que una
perra en celo?
Joderr, sus palabras eran puro vicio y no me molestaban en lo más
mínimo. Es más, me pusieron tan cachonda que a punto estuve de
masturbarme allí mismo, sabiendo que en mi estado la maniobra no me
hubiese llevado demasiado tiempo, pero me contuve.
Al salir y pasar junto a ella, me sentí observada lascivamente por
esa preciosa chica y eso me excitó todavía más. Frente al espejo,
mientras lavaba mis manos para que mis jugos no delatasen mis
manejos, ella se pegó a mí, me agarró la mano y se llevó mis dedos a
su boca, buscando todavía el aroma de mis babosos labios antes de que
el jabón los desterrase. Ufff, retiré lentamente los dedos de su boca
pero no pude reprimir darle un profundo beso, apasionado, cargado de
deseo y de asuntos pendientes, todo revuelto con el aroma de dos
mujeres calientes. Mis labios ardían y parecían derretirse en los
suyos cuando nuestras lenguas jugaban a colarse en la boca de la
otra. Repentinamente se abrió la puerta del lavabo y entró una mujer
que al vernos besar apasionadamente ni se inmutó. Incluso pidió
perdón por molestar y se perdió dentro de una de las cabinas.
Estallamos en risas de complicidad y le susurré al oído:
-Eva, queda mucha noche, pero siento decirte que hoy es Nío mi máximo
interés.
-Ja,ja,ja… ¿Quieres que me sienta celosa por él?
-Bueno, creo que no debes, porque yo también tendría motivos para
estarlo contigo, bueno, mejor dicho, con Carlos, ¿no crees?- y le
regalé mi rostro más irónico antes de salir a sentarnos con mis
hombres.
A los chicos se les notaba impacientes, como preguntándose muchas
cosas y deseando que saliéramos de allí porque entre ellos,
precisamente, no parecía existir mucha química. Éramos nosotras sus
intereses mutuos y compartidos y lo demostraron con la diligencia de
haber pagado la cuenta, y estar preparados para abandonar el
restaurante y continuar por los vericuetos de la promiscuidad a lo
largo de las siguientes horas.
-Ya era hora, preciosas, ¿qué habréis estado haciendo? Nos vamos a
bailar, ¿qué os parece?- dijo Carlos sabiendo que era una de mis
debilidades.
-No sé a Eva, pero a mí, ahora mismo, es lo que más me apetece,
contesté sonriente.
-¿Lo que más?- preguntó Nío con ese tono que me desarmaba.
-Bueno, dejémoslo en lo primero que me apetece, ¿vale así?
-Pues ya estamos tardando, aunque es mejor que llamemos a un taxi,
porque no creo que ninguno estamos para conducir- opinó Carlos en un
momento de cordura, porque ya no se cortaba en dedicar, la mayor
parte de su conversación y de sus miradas a la siempre sensual y
atractiva Eva.
Cuando entramos en el taxi no sabíamos cómo discurriría la noche,
pero, de lo que estaba convencida, es que iba a ser algo especial,
incierto, pero especial, sólo faltaba priorizar mis ataques, y eso ya
lo tenía muy decidido: el objetivo, Nío.
No había sido consciente hasta entonces de que todo se estaba
desarrollando por encima de mis expectativas, posibles e imposibles,
y además de la manera más cachonda del mundo, pero mil preguntas
volvían a mi cabeza: ¿Carlos aceptaría cualquier acercamiento de Nío
hacia mí sin protestar? ¿Se atrevería también él a tontear más
profundamente con Eva, delante de mis narices? ¿Tendría por fin la
oportunidad de sentir dentro de mí, la deseada polla de Nío? De lo
que estaba segura era que esa iba a ser mi noche…
Como en los capítulos anteriores, vuestros comentarios y sensaciones
serán respondidas como merecen en nuestro correo conjunto:
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