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  "Sexshop a domicilio (3)".

 

 

 Capítulo 3. Al otro lado del espejo.

 La visita a domicilio de Eva me dejó totalmente trastornada. Aunque en un principio esperaba como una putita nerviosa al dueño, la presencia de ella no me incomodó lo más mínimo; más bien al contrario, casi sin darnos cuenta acabamos sincerándonos mutuamente, dando la impresión de habernos convertido en amigas inseparables, como si nos conociéramos de toda la vida.

 Nunca me habían atraído las mujeres más allá de una admiración natural por su belleza, pero esa vez fue diferente, bueno, semejante a lo que me sucedió un verano, hace ya algunos años, con Cristina, mi prima. Eva me recordaba muchísimo a ella, por su cara, su precioso cuerpo, sus gestos, vamos por todo. ¿Y si era esa la única razón que me hacía sentirme atraída por ella? ¡Ilusiones! Sabía con seguridad que la cosa era más simple, la atracción se debía a que Eva había sido una parte de Nío, el nexo entre ambos y ese era el verdadero imán, aunque mentiría si no dijese que su belleza natural era excesiva.

 Recuerdo que mi prima Cristina y yo fuimos siempre inseparables, por eso que nos llamaban las hermanitas. Juntas aprendimos tantas cosas… nuestros primeros secretos, los primeros novios, los primeros cigarrillos… Vamos, el convertirnos a la vez en mujeres de la noche a la mañana. El último verano juntas fue inolvidable para mí, bueno, supongo que para las dos. Despertamos a la vez a los placeres del sexo. Recuerdo que habíamos hablado de cómo nos gustaban los besos de los chicos, que no habían pasado, en mi caso, de un piquito medio robado, cuando una noche de finales de agosto, recién salidas de la piscina de mis tíos, Cristina me dijo:

-Lydia, ¿nunca te has dado un beso con lengua?
-¿Con lengua? No, que corte.
-¿Por qué lo dices?
-No sé, yo no voy a dejar a un tío que meta su lengua en mi boca.
-Pues yo tampoco lo he probado, pero me han dicho que es una pasada. Imagina que una lengua roza la tuya… que sensación, debe ser mejor que cualquier beso sólo con los labios.

 De aquella conversación salieron las risas, como siempre, pero entre bromas o no, la cosa fue más allá cuando Cristina me pidió que lo probáramos y a mí, sorpresivamente, me pareció una idea fantástica y sugestiva. En pocos segundos estábamos dándonos un morreo de no te menees. Su boca se comía la mía y viceversa, nuestras lenguas jugaban entregadas a un beso novedoso y excitante. De ahí pasamos a las caricias, una teta, otra teta, un roce en el muslo, acariciar nuestros sexos por encima del bikini y acabar desnudas frotando nuestros cuerpos desesperadamente, haciendo que nuestros coñitos, todavía sin profanar, también se besasen. Si no fuimos más allá fue por nuestra inexperiencia y por los miedos que no nos dejaron avanzar, pero estoy segura que ahora la historia se hubiera escrito con otros verbos y con otro color.

 Eva había reemplazado a Cristina, me había hecho sentir lo mismo que entonces, en una mezcla rabiosamente sensual, con grandes dosis de complicidad impresa en sus ojos, en su boca, en su voz… Quizás el hecho de haberme hablado de Nío, saber que había compartido muchas cosas con él, me hipnotizaba y me transportaba a otro lugar, dejándome llevar por ella. Aunque ahora era Eva a la que necesitaba volver a ver; seguir escuchándola, observándola, admirándola… Estaba confusa porque mi necesidad de Nío se entremezclaba, como dos ríos que convergen en uno solo, con las ganas de tener junto a mí a esa mujer tan sensual. Que el sex shop estuviese tan cerca, esa proximidad física, me reconfortaba enormemente. ¿Era una nueva tentación o sólo un puente hacia Nío? ¿Era una sacerdotisa que me conjuraba en nombre de su amo y señor?

 Mi novio me miraba mientras cenábamos como queriendo adivinar mis pensamientos, indagando en ese secuestro de mi cerebro por parte de la ex-pareja.

 -¿Sabes? -me decía Carlos- antes, cuando subía, me crucé al salir del ascensor con una chica morena de pelo corto que me suena mucho y ahora no caigo. Te lo dije antes pero estabas tan lanzada que no me hiciste caso.

 Me quedé sorprendida, pues llegué a pensar que por su insistencia, Carlos estaba enterado de todo, hasta temí que pudiese adivinar mis más endiablados y oscuros pensamientos.

-No sé… -contesté disimulando.
-Sí, seguro que la hemos visto en algún sitio, no recuerdo ahora, es morena, alta, llevaba un mono negro ajustado, es bastante guapa, con unos ojos muy bonitos.
-Vaya, parece que te has quedado un poco hechizado.
-No, no…, -contestó azorado sabiendo que incurría en el delito imperdonable de hablar con interés de otra mujer delante de su novia.
-No me importa, si la chica era guapa y estaba buena, pues supongo que está bien admirarla ¿no?... -lancé demasiado racional y tajante a la vez para zanjar una conversación que estaba acelerando mis pulsaciones y dando a la vez un color sospechoso a mis mejillas.

 No había duda, Carlos se había quedado impresionado con Eva el día de la inauguración del sex shop, pero como siempre, tan despistado, en ese momento no lo recordaba. Desde luego esa chica atraía por los cuatro costados. Pensé con un agradable calorcillo dentro de mí que qué pensaría si supiese que ambos la deseábamos, aunque reconocía que lo mío rayaba la obsesión.

 La excusa para ir a visitarla estaba al alcance de mi mano. El valioso catálogo que tenía que devolverle, y que, en su última página, en letras esculpidas en rojo sangre, ofrecía claramente:

“Si tiene dudas con la utilización de algún producto pregúntenos y le ayudaremos muy gustosamente”.

 Esta vez vencí con facilidad el corte que suponía entrar sola en el sex shop. La disculpa de devolver el catálogo y la seguridad que me transmitía Eva, a la que tenía que dar las gracias por la visita, me empujaron a hacerlo con decisión. A lo mejor al tiempo mataba dos pájaros de un tiro y me encontraba con Nío, aunque los que me estaban matando eran ellos a mí.

 Empujé la puerta de Fantasía y atravesé la cortina circular que impedía la visión desde fuera, tal y como hizo Alicia para entrar en su maravilloso país, salvo que esta vez no necesitaba llave de oro para entrar allí. Un toque de discreción al otro lado del espejo. En ese momento vinieron a mi mente las inquietantes palabras del genial Lewis Carroll, ya que al igual que aquella niña “me metía también en la madriguera, sin pararme a considerar cómo me las arreglaría después para salir”. Enseguida recordé la distribución del local y me dirigí a la barra, aquella en la que Carlos me abandonó el primer día. Debía ser pronto y el bar estaba cerrado. Busqué la zona de venta de juguetitos y otras lindezas y allí estaba Eva: maravillosa y exquisita, como la recordaba insistentemente desde que estuvo en casa. La vestimenta le hacía extremadamente sexy, no sé si por sentir por ella algo más que una atracción normal o porque realmente lo estaba. Los ojos y la boca pintados con cierta exageración, acordes con el lugar, una blusita ajustada de color rosa y una minifalda negra de cuero, para acabar con un clásico: medias de rejilla y zapatos de tacón. La viva imagen de una dominadora del sexo, supongo que apetecible para la clientela, principalmente masculina que asomaba por allí. El mejor reclamo, sin duda.

 Me acerqué muy lentamente, con el catálogo en la mano, para demorar la arrebatadora visión que estaba teniendo de ella, con sus ojos clavados en mí, ¿ojos sorprendidos al verme tan pronto? Ella era la expresión física del deseo, el objeto de… ¿mi deseo? ¿Cómo era posible que sintiese esas cosas hacia una mujer? Lo que estaba cambiando mi vida en tan poco tiempo, me sentía sobrepasada pero intensamente viva con todo ello.

 Una sonrisa generosa me recibió tras el mostrador, mientras el escote de su blusa mostraba sin temor sus dos grandes perlas a un señor que, tal vez por ello, no terminaba de decidirse entre dos prendas que serían una sorpresa irresistible para su mujer. Me guiñó un ojo: Ahora mismo estoy contigo, Lydia, leí en su sonrisa y opté por merodear por la tienda. Solo había echado un vistazo en la inauguración y con la presión de Carlos no fue tarea relajada.

 No sé como fue pero me di de bruces con la sección de películas, parecía tener instalado un GPS en mi mente y que alguien había dado al intro con el asunto: Nío. Ante mí volvían a aparecer varios títulos, junto a Hospital Ardiente, todos ellos rubricados por Nío Fantasy. En las carátulas, el objeto de mi obsesión se mostraba todo lo exultante y atractivo que se espera de un actor porno, preferiblemente europeo. Impresionaba ver varios Níos a la vez, todos ellos con aspectos muy profesionales: o se les veía en ambientes médicos o culinarios, incluso en una de ellas, Cocina saludablemente perversa, aparecía con un gorro de cocinero, un corto delantal como única vestimenta y el consabido fonendoscopio colgando de su cuello. Y su mirada, la más morbosa y maliciosa que jamás haya visto en alguien, incluso ni a él en persona, en las pocas veces que nos hemos visto.

-¿Impresionante, eh Lydia? -dijo Eva mientras ponía una de sus manos sobre mi hombro. Me giré hacia ella y le sonreí.
-¿Cuántas películas tiene Nío de médico o cocinero? -le pregunté curiosa.
-Uyyyy… Varias, sí, unas cinco o seis. Creo que la productora quedó muy satisfecha con la primera y le propuso una serie que giraba en torno al hospital. Bueno, y ¿a qué debo el honor de tu visita?, creía que tenías ciertas reticencias a entrar aquí -y de nuevo pude ver su sonrisa adornada de unos dientes de un blanco reluciente.
-Te traigo el catálogo -contesté.
-¿Has decidido quedarte con alguna cosita más? -preguntó mientras acariciaba un mechón de mi pelo, en un gesto de seguridad infinita- ¿O con el regalo que te hicimos te es suficiente?
-Sí, la verdad… Eva, creo que con lo del otro día de momento voy servida. Como toda la clientela sea como yo, el negocio…
-Bueno, ya verás como dentro de un tiempo buscas otras cositas que por supuesto estaré encantada en enseñarte, mostrarte y, sobre todo, probarte- y la mano que me acariciaba el pelo fue directamente a mis labios.

 Ese movimiento me pareció excesivo, y retiré mi boca con cierta brusquedad, aunque me gustaba su atrevimiento. ¿Qué tenían estos dos?, parecían un equipo al que les habían dado una misión: encandilar a Lydia. No me podía quejar, eran dos preciosidades a las que parecía gustarles mi presencia visible y, estoy segura que la no visible también.

-Mira Lydia, ¿has visto estas otras bolitas?- me decía mientras pasaba las hojas del lujoso catálogo hasta llegar a una sección, todo ella de esferas asiáticas.
-Pero…, éstas son mucho más pequeñas que las que tengo yo y además, son muchas más. No sé… dame alguna pista.
-No, mejor que eso. Sígueme.

 Eva agarró mi mano con decisión. Me dejé llevar aunque empezaba a tener una ligera idea de sus intenciones. Tengo que confesar que le hubiese dado mi mano aunque me hubiese llevado al propio infierno; con ella al fondo del abismo. Abrió una puerta, en la que no había reparado, porque tenía por fuera la misma decoración que la pared y me vi de pronto en un despacho, lujosamente decorado, ¿sería el del jefe? Me indicó que me sentase, aunque más bien me tumbé en un sofá maravillosamente envolvente mientras ella trasteaba en una de las estanterías donde, al parecer, estaban los delicatessen del lugar.

-Mira, aquí están. Aunque éstas tienen un secreto- dijo Eva rompiendo el plástico que las envolvía.
-Pero no las abras, si me basta con verlas en el estuche.
-No te preocupes, contigo no hay ningún problema: instrucciones del jefe.

 Eva sacó una especie de látigo rígido, bueno, no era eso sino más bien cinco bolitas ensartadas en una guía; en la punta estaba la más fina y en el extremo opuesto la más gruesa, que no llegaba al diámetro de las que tenía en casa, para acabar con un mango, que suponía para agarrar con la mano. Extrajo una especie de batería que venía en el blister y la encajó en la base del perverso mecanismo. Os tengo que decir que todas esas maniobras me estaban poniendo muy cachonda; ver sus manos desenvolverse en esa tarea, con precisión, en silencio, sólo mirándome cada vez con más lascivia.

 Empecé a sentirme como una víctima que va a ser sometida a un experimento al que, por el bien de la ciencia, accedía sin resistirme, gustosamente.

-Y ahora, Abracadabra- y al decir las palabras mágicas todo el mecanismo empezó a zumbar y describir unos movimientos que ya los quisiera para si las caderas de Madonna.

 Mi excitación al ver aquello moverse se disparó. Sentía cómo se me secaba la boca y casi oía una voz interior que me decía: ahora Lydia, no te cortes. La cara de mi prima volvió a aparecer como si fuese un talismán que desataba mis deseos y obsesiones. Eva se acercó a mí, me invitó a levantarme del sofá y estando frente a ella, las dos en pie, sin mediar palabra, posó suavemente sus labios en los míos, aunque mi sorpresa fue tal que no acerté a abrir la boca y ofrecer mis tesoros ocultos.

-Lo del otro día en tu casa, estuvo muy bien, Lydia. Te diré que allí, en varias ocasiones, sentí deseos de hacer lo mismo que ahora, de besarte, pero estábamos en tu casa y era el primer día. Hoy es diferente, ¿no?

 No supe qué decir. Son esos momentos en los que al no tener palabras hay que suplirlas por obras. Acerqué mis labios a los suyos y esta vez no tuve ningún problema para que su lengua me invitase a entrar. Me fundí en un ardiente beso que en un principio no me reportó ningún tipo de sensación, era la primera vez que besaba a una mujer que me hacía temblar, ya que lo de mi prima al lado de eso, no era más que un juego; pero, en cambio a los pocos segundos, sentí como mi cuerpo ardía y mi entrecortada respiración daba la señal: todo iba bien, muy bien, mucho mejor de lo que hubiese imaginado al entrar en el sex shop. Al igual que a Alicia, me embargaba una tranquilidad enervante, una mezcla de sensaciones placenteras al compartir mis labios, al otro lado del espejo, con Eva, la Reina de corazones.

 Las manos de esa Reina recorrían mi espalda con dulzura pero también con pasión: me acariciaban, me pellizcaban, me arañaban, por este orden, porque también sentía en mi cuello el aliento caliente de esa preciosa mujer. Apretaba mi cuerpo contra el de ella y sentía como mis pechos luchaban por hacerse sitio entre los suyos. También podía adivinar la dureza de sus pezones sobre mí, libres de un sujetador que disimulase su estado. Me preguntaba si a Eva le gustaban las mujeres o, al igual que yo, era una situación especial con una persona también especial.

 De una bofetada se borraron esas dudas al sentir cómo sus labios buscaban mis tetas, una vez desabrochados los botones de mi camisa. Eva ni intentó quitarme el sujetador, prefirió retirar ligeramente las copas hasta dejar medio descubiertos mis también endurecidos pezones. Yo me dejaba hacer, no lo impedía, mi cuerpo estaba bajo su poder.

-Uffff, Lydia, tienes unas tetas firmes y preciosas, tan duritas y mira que botoncitos, tan duros por mi culpa, acertó a decir antes de bajar su cara hasta mi pecho.

 No solo me dejé llevar, sino que incluso cogí su cabeza entre mis manos para demostrarle que lo que estaba haciendo me encantaba: ¡Mucho! Debió de pensar ella, porque más de una vez apreté su cabeza contra mí de forma que casi no le dejaba respirar. Aquella sensación de ser lamida literalmente por otra mujer era una delicia, los labios de la ayudante de Nío sorbían mis pezones con tesón, casi devorándome.

 La presión del bordado en mis pezones empezaba a dolerme por lo que me lo desabroché y quité totalmente sin dejar de mirarla, con cara de verdadera viciosa, como si hubiese estado toda mi vida haciéndomelo con mujeres. Aunque si hubieran sido todas como Eva, no sé…. Al verme desnuda de cintura para arriba, soltó un hondo suspiro antes de lanzarse sobre mí, como una posesa, besando, lamiendo, chupando, mordiendo, por este orden, mis dos tesoros que tantos buenos momentos me habían dado con Carlos. Joderrr, Carlos, por qué tendría que venir ahora a mi mente, ¿para hacerme sentir remordimientos? No sólo estaba deseando ser follada por Nío, que ya era suficiente traición, sino que ahora mismo me lo estaba haciendo con una mujer, a una manzana de nuestra casa y lo mejor, sin ningún reparo ni aparente remordimiento.

 Mis dudas siempre me traicionaban y abordaban mi consternada cabecita en momentos tan intensos como el que estaba viviendo. Carlos era un vigilante a distancia que se colaba para intentar fastidiar momentos tan arrebatadores. Pobre Carlos, si me hubiera visto en ese momento.

 Eva, por su parte, me estaba haciendo una de las comidas de tetas más alucinantes que ningún hombre me hubiese hecho jamás. Os diré que hay veces que tan sólo con una boca en mis pechos llego al borde del orgasmo pero si ella continuaba así, iba a traspasar el umbral. Sentía mi coñito totalmente mojado, en cuanto ella llevase sus dedos a él se daría cuenta. Cuenta de que estaba a su merced, totalmente entregada, que era una mujer caliente, cachonda, proclive al sexo y después, bastaría con darle algunas pistas a su jefe para que éste entrase a matar. Me sentía vulnerable, como poseída, pero muy a gusto. Separé la cabeza de Eva y me dispuse a desabrochar mis pantalones. Me ardía el coñito, el vértice de mis piernas rugía como un volcán y sólo sus labios podían hacer que la lava contenida en mis entrañas irrumpiese con una explosión memorable. Ya no me importaba nada, ni que aquella chica a la que casi acaba de conocer me estuviera comiendo viva ni que la sombra de Carlos me acechase.

 Lo que necesitaba en ese momento es que Eva me comiese el chochito lo antes posible, porque estaba a punto de reventar. A veces, cuando Carlos está en los preliminares de hacerlo, siento unas ganas irresistibles de que me lo coma y él, en vez de adivinarme el pensamiento, se dedica, por ejemplo, a besarme el cuello o chupar los dedos de mis pies, y esos momentos sale de mí, entre dientes, con el ardor de las palabras más húmedas: “¿Me lo vas a comer de una puta vez…?”, él se sorprende pero obedece, yo desconecto del mundo real y en breves instantes me estoy corriendo como una perra en celo. Así estaba en ese momento, bajando mis pantalones, sintiendo las caricias del cuero en mis nalgas, apenas cubiertas con unas braguitas, de esas tipo coulotte, que por delante transparentaban mi humedad. Eva miraba sorprendida mis movimientos y con una ligera sonrisa denotaba su triunfo sobre mí, sabía que estaba muy cachonda y todo era por su culpa, triunfo suyo. Cuando pude separar las piernas, me quedé sentada en el sofá, ofreciendo mi tesoro y esperando que viniera a recogerlo. Acercó su mano, presionando con su palma todo mi vértice, desde el monte de Venus, hasta los labios que estaban empezando a hincharse de tanta excitación. Empujó con uno de sus dedos a través de la tela de mis braguitas y la introdujo en el agujerito de mi coño; la humedad se hizo todavía más palpable.

 Eva se llevó su dedo a la boca y lo lamió con verdadera devoción sin dejar de mirarme a los ojos, desafiante. Retiró la tela que tapaba la entrada a mi gruta y ahora, sin impedimentos, hizo desaparecer todo su índice dentro de mí, con una facilidad excesiva, lo giró y acarició el techo de mi cuevecita de tal forma que empecé a sentir unas descargas desconocidas, mis piernas empezaron a temblar, mientras que me mordía el labio por no gritar allí mismo.

-Joderrr, Eva, ¿qué me haces? Si sigues así me voy a correr aquí mismo, en el sofá. No por favor, ¿y si llega alguien, qué?
-Schsssss… Descuida, nadie tiene que llegar. Mira, ¿has visto cómo tienes este coñito de húmedo? Estamos solas, solas hasta el final, no te preocupes por nada. Que cosa tan bonita tienes entre las piernas, Lydia, mmmm, me encanta.

 Me tranquilizó saber que nada interrumpiría mi placer pero ¿acaso pondría alguna pega si el que llegase fuera Nío y me viera así, despatarrada sobre el sofá ofreciendo mi babeante coño a su empleada? El dedo de ésta se movía con toda facilidad, buscaba mis rincones ignotos y se estaba avecinando el premio a esas maniobras. Introdujo otro más mientras noté su dura lengua recorriendo mis labios, de arriba abajo, buscando mi botoncito para darme el empujón final. Al encontrarlo, lo empezó a acariciar y chupar con esa lengua que parecía estar en mil sitios a la vez, podía sentir como se preparaban los fuegos artificiales en mi estómago, empecé a levantar mi coñito hacia ella, una señal inequívoca de la inminente erupción pero Eva, al sentirlo, separó su cara del coñito y extrajo uno de sus dedos de mí, llevando todos los jugos que pudo recoger para facilitarle la entrada en mi culito. Lo cerré al sentir su presión sobre mi anillo. No podía concentrarme en ambos sitios a la vez, Eva me estaba matando pero no me dejaba correrme, sabía que si me comía el clítoris, sacándolo de su escondrijo para recibir su hábil lengua no iba a tardar mucho en irme y me tenía preparado otro final. Me sentía como una reina a la que su súbdita, encargada de darle placer, estaba siendo un poco desobediente. Me volvían las palabras que diría a Carlos de ser él quien me estuviese haciendo sufrir así.

 La explosión se había pospuesto por lo que relajé mi culito, con la esperanza de desplazar el placer a la parte de atrás y vaya que así fue. Tenía ese dedo dentro horadando la entrada flanqueada por mis nalgas, apretado por mi esfínter, más relajado y empecé a sentir un calor abrasador; ufff, no podía más y llevé mis dedos a mi coñito con la intención de acabar lo que Eva había dejado a medias. Hacía tiempo que no me restregaba con tanto ardor. El dedito de ella describía círculos mientras entraba y salía completamente y ahora la otra mano estaba haciendo lo mismo dentro de mi gruta delantera. Ambos dedos se podían casi tocar en mi interior, estoy segura.

-Por favor, Eva, no me dejes así. ¿Qué quieres? ¿Hacerme desfallecer? Acábame ya, cabrona- solté por mi boca lo que mi cuerpo pedía a gritos, sosteniendo su mano con la mía y apretándola contra mi coño al ver que se levantaba, saliendo de mí para ir hacia la mesa del despacho.
-Je,je… Espera, zorrita mía, que ahora viene lo mejor. Ahora le toca a este culo probar las nuevas bolitas, algo que sé que tu preciosa chochito ya ha degustado con las otras.

 Eva se puso en pie y sin dejar de mirarme se fue despojando de su ropa. Primero su blusa que tenía una pequeña cremallera. Al bajarla sus pechos hacían lo posible por querer escaparse de su prisión. Parecía estar haciéndomelo desear. Sus tetas salieron jubilosas del encierro con dos pezones que marcaban una fuerte excitación. Luego su falda que con dos botones cayó al suelo. No llevaba nada más que sus medias de rejilla debajo y sus zapatos negros de tacón. Su pubis estaba totalmente rasurado, lo que la hacía parecer la niña perversa y juguetona, que sin duda era. Pasó la lengua por su labio superior en señal de la glotonería al verme allí dispuesta, entregada.

 Me deshice de mi tanga que salió por mis piernas con urgencia, sabía que Eva me iba a hacer sentir algo increíble y no quería perder ni un minuto en comprobarlo. Echada en el sofá, ella se tumbó sobre mí, posando sus tetas sobre las mías, su ombligo besando el mío y sus piernas entrecruzadas con las mías. Ahora eran nuestras lenguas las que jugaban en un rito de pasión desenfrenada, envueltas en un halo de placer en una habitación que olía a sexo por todas partes.

 Eva se puso de rodillas entre mis piernas y sosteniendo con su mano el instrumento diabólico de las cinco bolitas sobre las que había vertido un aceite mágico, lo apoyó sobre el agujerito que se había vuelto a cerrar mientras su otra mano acariciaba mi sexo con suavidad, rozando mis ingles, mi abultado pubis, mis labios exteriores, mi clítoris…

 La tensión de mi arito se fue debilitando para permitir que la primera bolita se abriese paso sin dificultad, abrió camino para la segunda, ésta para la siguiente y así hasta la última. Uhmm, que placer sentí. Casi sin darme cuenta y con poco esfuerzo me vi insertada por aquel instrumento que acariciaba completamente el interior de mi inexplorado orificio posterior. Eva volvió a sonreírme y a besarme dulcemente en los labios. A continuación pulsó el botón de arranque haciendo que esa especie de consolador demoníaco se pusiera en marcha, moviéndose en mi interior a lo que respondí dejando escapar un grito que no fue precisamente de dolor. Ella parecía disfrutar de verme casi con los ojos en blanco mientras el aparato giraba sobre sí mismo bamboleando sin cesar dentro de mi culito. Cerré los ojos intentando concentrarme en ese placer desconocido para mí y del que no quería escapar jamás.

 De pronto, el motor se detuvo, preguntándome por qué me torturaba esa mujer de aquella manera. Eva estaba de pie junto a mí. Colocó su pierna izquierda sobre mi estómago clavando ligeramente su tacón sobre mi ombligo. ¿Qué se proponía? Aquel juego podría llegar a ser peligroso y yo tampoco deseaba escapar. Con el consolador de bolitas metido completamente dentro de mí y aquella preciosa chica dándome placer sin cesar, era más que suficiente para rendirme y entregarme hasta dónde ella quisiese.

 Con dos dedos Eva tiró de un hilito que sobresalía de su coñito y tras él fueron saliendo tres bolas chinas de un tamaño que me pareció gigante, yo diría que como pelotas de ping-pong. Me las mostró cerca de mi cara, siempre con un tono desafiante y seductor en su mirada. Las bolas brillaban por efecto del flujo que las había tintado recién salidas de su chochito, debido a su gran excitación, pues las dos estábamos calientes a más no poder. Puso de nuevo en marcha el motorcito del consolador de bolitas en mi agujerito trasero y por delante fue introduciendo las bolas que había sacado de su coño y que en ese momento notaba aún calientes en el mío. Sin dificultad entraron todas dentro de mí. Mis dos agujeros estaban siendo profanados por algo desconocido pero al mismo tiempo muy agradable. Estaba a punto del orgasmo, mi cuerpo comenzaba a temblar y volví a cerrar los ojos para entregarme a lo que parecía la apoteosis del placer. Sacaba y metía el consolador de mi culito y hacía lo mismo con las bolas en mi coño a punto de estallar. Noté algo caliente y húmedo en mi boca y cuando abrí los ojos advertí que era el afeitado sexo de Eva el que estaba rozando mi cara y mis labios. Se había colocado en un maravilloso sesenta y nueve sobre mí. En señal de agradecimiento por el placer que ella misma me estaba proporcionaba a mí y sin dudarlo un momento comencé a chupar aquella rajita húmeda y deliciosa que me ofrecía mi amada compañera. Eva hacía lo mismo con el mío y solo se oía el ligero ruido del consolador en el interior de mi culo y nuestras agitadas respiraciones. No recuerdo el tiempo que pasamos así, pero mi cuerpo se convulsionó soltando dentro de mí todos aquellos placeres que parecían estar aletargados. Grité, grité y grité sin importarme nada y ella pareció excitarse con ello pues sus jadeos indicaban que se estaba corriendo a la vez que yo.

 Exhaustas intentamos arrancar hasta el último suspiro de nuestros sexos mojados con nuestras respectivas lenguas.

 Cuando nuestros aún jadeantes y temblorosos cuerpos pudieron incorporarse tan solo una mirada entre nosotras indicó lo agradecidas que estábamos por el mutuo placer recibido y entregado. Pero, como suele pasarme cuando he hecho algo que sé que no está bien, una balanza muy personal comenzó a tambalearse dentro en mis entrañas. A un lado, las palpitaciones que a modo de rescoldos de una hoguera todavía mantenían acelerado mi corazón y al otro, un incipiente sentimiento de culpa por haberle puesto los cuernos a Carlos, y encima, con una mujer, a sabiendas que eso lo comprendería menos que si hubiese sido con uno de su sexo. Según se apagaba la excitación, aumentaba la sensación de estar cayendo en un pozo sin fondo, del que me iba a costar mucho salir y en el que en su entrada un cartel decía: Obsesión… y Lydia era su víctima.

 Sin apenas mirar a Eva recogí la ropa como pude, me vestí precipitadamente, con la seguridad de no estar haciéndolo correctamente, pero lo que me sobraba iba directamente al bolso; no había tiempo, cuantos más minutos pasase en el supuesto país de las maravillas, menos posibilidades tendría de volver a la realidad, a mi realidad, a la de Carlos. Tenía que escapar de allí. Es más, tenía que dejar a esos dos personajes atrás. ¿Cómo podía haber llegado a esa situación de total abandono de mi voluntad, siendo una persona con arrestos y con las ideas siempre tan claras? No quería perderme y lo estaba consiguiendo por momentos.

 Recordé aquel pasaje de Alicia, al final del libro, en el que el Rey solicitaba que el jurado considerase su veredicto, y yo era la acusada, pero la Reina exigía primero la sentencia y el veredicto después. Esa sensación de ser declarada culpable sin juicio me abordó y el veredicto estaba claro: era una puta, una zorra que no podía evitar ponerse caliente si Eva o Nío movían unas bolitas delante de sus propias narices. Estaba poseída por ambos. Uno era el diablo y la otra su ministra principal. Y el veredicto también era meridiano: vivir mi vida sin Carlos, y entregada a los caprichos e instintos más bajos de esos dos.

 Cuando estaba más o menos presentable me dirigí precipitadamente hacia la salida, intentándome quitar todos esos pensamientos de mi cabeza, tal y como hacia Alicia al sentirse acobardada por los naipes que volaban amenazantes a su alrededor. Las palabras de Eva, supongo interesándose por mi repentino cambio de actitud solo eran un caos de letras que no lograba entender ni tampoco quería hacerlo. Mi única obsesión era ver la luz, entender que todo aquello había sido un sueño, una pesadilla, una fractura en un tiempo que nunca más volvería a ocurrir y justo en ese momento choqué con él.

-Lydia, ¿dónde vas tan precipitadamente? ¿Estás bien?- me dijo con franco interés mientras me sujetaba frenando mi alocada estampida.
-Sí, déjame por favor, necesito volver a mi casa- respondí casi con sollozos al darme cuenta que la situación me estaba desbordando, y más aún en su presencia.
-Cómo quieres que te deje en este estado. ¿Te has visto cómo vas? ¿Qué ha pasado dentro? Si has tenido algún problema con alguien basta con que…
-No, no es eso, es que…- y volví la cabeza hacia su despacho, en cuya puerta advertí que Eva no perdía detalle de la escena entre ambos.

 Me sentía muy confusa ante él, que me sujetaba con firmeza e incluso abrazaba mi indefenso cuerpo. En otro momento hubiese dado mi alma por ese abrazo pero ahora ese detalle no me tranquilizaba, me hacía sentirme atrapada. Sus dedos acariciaban mi pelo, o más bien lo arreglaban porque debía tener un aspecto como de recién levantada, pero ese mimo me estorbaba. Era una situación difícil de explicar porque mi cerebro no era capaz de emitir una orden clara a mi boca: DÉJAME SALIR. Dos palabras y estaría en la calle. Libre. Me percataba que incluso en un momento límite, su proximidad tenía ese efecto de anulación de voluntad que tanto temía pero que, a la vez, me dejaba floja y placenteramente drogada. Él no aflojaba en su abrazo y yo empezaba a encontrarme cada vez más a gusto acurrucada en su pecho, sintiendo calor y paz en su abrazo.

 La tensión del momento hizo que no pudiera reprimir que un sollozo húmedo se escapase simultáneamente de mi boca y ojos y me eché a llorar sobre él.

-Pero bueno, mi dulce Lydia, no te preocupes, nada, nada, desahógate lo que quieras- susurraba a mi oído haciendo que todavía me fuese más difícil reprimir las lágrimas.
-Seré… hip… hip… tonta,…va… vaya llantina… Vas a creer que… hip… lo siento… Te estoy poniendo… hip… la camisa que la vas a tener que…- intenté disculparme sin poder evitar que un sentimiento de vergüenza empezase a dar color a mis hasta ese momento demudadas mejillas.
-¿Necesitas algo? En serio, un poquito de agua, un pañuelo, no sé, lo que quieras, estás en tu casa- y fue al oír esto último tu casa, mi casa, cuando la cordura volvió en forma de riego a mi mente y decidí que tenía que salir de allí ya.
-No gracias, ya estoy bien, pero tengo que irme, por favor- e hice un movimiento algo brusco para desasirme de sus brazos pero él no cedió ni un milímetro, era como una columna; o yo tampoco me esforcé demasiado en el movimiento.
-Está bien, me quedo tranquilo si me dices que ya pasó todo; en otra ocasión me cuentas que ha sucedido para que te hayas puesto así- me emplazó levantando mi barbilla hacia su cara pudiendo apreciar en él esa sonrisa diabólica que había visto en las carátulas de los DVD.
-Puedes preguntarle a Eva, seguro que ella te da pistas- dije sin acritud pero quedó demasiado tenso para esos momentos.
-Ah, cuanto siento lo del otro día… en serio.

 Nío tuvo que interpretar que yo le reprochaba no haber ido a la cita que tenía conmigo y en un alarde de intentar compensar su ausencia y sin dejar de sujetar firmemente mi barbilla aproximó sus carnosos labios a los míos hasta fundirlos en un beso, primero superficial y después algo más húmedo y profundo que consiguió, casi al momento, que olvidase la paranoia en la que me había visto envuelta hacía unos minutos. A pesar de ello, intenté zafarme de su dulce trampa pero no tuve fuerzas, a cambio, disfruté de ese beso, uno de los mejores que me habían dado y que le devolví sin prestar mucha atención al lugar donde estábamos, a una manzana de mi casa y a todo lo que me acababa de suceder.

 Sólo cuando él quiso dejó de besarme. Me susurró sus mejores deseos y me emplazó para otra ocasión, en la que aseguró no enviar a nadie en su lugar. Tan seguro estaba de su poder sobre mí.

 Sin volverme atravesé de nuevo el espejo para sentir una bocanada de aire fresco y un crepúsculo que todavía me indicaba que el día no había muerto y que todo tenía arreglo. Crucé la calle con el sabor de sus labios en mi boca y con la firme decisión de no volver a entrar en aquel diabólico lugar. Anhelaba que Carlos me esperase con los brazos abiertos, aunque ¿iba a querer estrecharlos, sintiéndome tan sucia como me sentía? Estaba dispuesta a olvidarme de todo este asunto, ¿sería capaz de hacerlo? Me tenía que demostrar que la voluntad que me caracterizaba funcionaba en situaciones tan difíciles como las que estaba viviendo.

 
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