Capítulo
1. La inauguración
Desde la ventana de nuestra habitación se veían las obras.
-Cariño, ¿qué crees qué pondrán en el solar del banco?
-No sé, ¿un chino? ¿Crees que me puedes preguntar algo así nada más
acabar de hacerlo?- dijo Carlos con un ligero temblor en la voz fruto
de su reciente excitación.
-No te enfades, amor… Ya sabes que una mujer puede atender a varias
cosas a la vez y, además, hacerlas bien…je, je,- le dije asomada a la
ventana mientras tapaba mi desnudez con la sábana.
Una semana más tarde, las obras estaban prácticamente finalizadas y se
adivinaba, por el tipo de mobiliario, que iba a ser un video club o
algo parecido. El cajero exterior para las cintas de alquiler era un
detalle muy esclarecedor.
Cuando al cabo de unos días vi el cartel que estaban poniendo, me quedé
perpleja: “Sex-shop Fantasía”… ¿Un sex-shop? Enseguida se lo comenté
a Carlos, que pareció sorprenderse tanto como yo.
-Pues tenemos que ir a verlo ¿eh cariño?- le dije.
-¡Qué dices!… paso…
-¿Por qué? Nunca he entrado en uno…
-Bueno pues tampoco te vas a perder nada…
-Pero, estoy intrigada… me gustaría ver éste, van a ser vecinos, ¿no?
-Que no. No me apetece nada…
Dejé por cerrada aquella conversación. Cuando Carlos se pone en plan
”burro” no hay quién le soporte. También sabía que la hipotética idea
de ir por mi cuenta tampoco le iba a gustar, siendo tan celoso… como
es.
Pasaron un par de semanas hasta que llegó la publicidad del famoso
sex-shop a nuestro buzón. La verdad es que me apetecía mucho probar,
curiosear… El panfleto prometía, tenía un diseño interesante,
profesional y, sobre todo, un texto sugerente:
“Fantasía. A partir de ahora tu lugar de relax y diversión. Disponemos de
todo lo necesario para el disfrute de los sentidos. Además de toda la
gama de productos para estimular tu imaginación, ofrecemos shows en
vivo, rodajes amateurs totalmente confidenciales, sala de masajes,
microcine, espacio lúdico-deportivo y el exclusivo bar sensual “La
sala de estar”. Además, Fantasía incluye visitas a domicilio.
Sex-shop Fantasía te invita a su fiesta de inauguración del día 8 de
octubre. No te arrepentirás de integrarte en esta idea. No faltes.
Ven con tu pareja o sin ella, como prefieras.”
Adornando la invitación aparecían diversos motivos propios de un sex-shop
y varios cuerpazos de mujeres y hombres en posturas sexualmente muy
insinuantes pero sin llegar a explícitas. Todo ello aumentó
considerablemente mis ganas de ir y sobre todo la invitación a una
fiesta en un lugar así. La excusa de la inauguración era perfecta
para que Carlos cediese.
No voy a entrar en detalles sobre cómo conseguí eliminar las últimas
reticencias de mi novio a ir a la fiesta pero el sábado por la tarde
sólo pensaba en qué ropa sería la adecuada para un lugar así: ¿Muy
atrevida?... bueno tampoco es que tuviese mucho atrevido dónde elegir
tal vez no era lo más adecuado para un lugar así; ¿Discreta pero
elegante?... buff, iba a parecer demasiado seria; ¿Camiseta y
vaqueros?... igual no, al fin y al cabo era sábado por la noche y me
gustaba ponerme guapa cuando salía, fuese donde fuese.
-¿Te falta algo por poner sobre la cama?- dijo Carlos con socarrona
ironía al ver mi ropa extendida esperando mi elección.
-Pues sí, listo. No sé que ponerme, ¿tú qué crees?- pregunté para
saber otras cosas aparte de su decisión.
-¿No crees que tienes demasiado interés en esa....ese sex-shop?
Total, es una simple tienda en la que venden cosas, ponte algo para
estar cómoda, ¿no? Todavía no sé ni por qué tenemos que ir- sentenció
con desgana.
Por supuesto no le hice caso y al final me presenté con un ajustado y
ligeramente estampado vestido de tirantes. Aunque no era demasiado
corto, al andar se subía discretamente. Una cazadora fina que tapaba
mis hombros. No olvidé ponerme unas sandalias con un poquito de tacón
que ensalza mis piernas y las presenta más sensuales y atractivas,
como a mí me gusta. Mi estatura me hace elegir cuidadosamente el
calzado para no sobrepasar el 1,70 de mi novio, ya que no le gusta
verse por debajo. Mi pelo rubio, corto y cuidadosamente alborotado me
daba un aspecto muy juvenil a la vez que dejaba a la vista mi cuello,
una de las partes que más me gusta mostrar.
Voy a terminar con mi descripción añadiendo que mis ojos son verdes, con
un tono amable y mi cara, según Carlos, dice mucho, tiene
personalidad marcada aunque no entiendo si eso es bueno o malo… a
veces él es así de misterioso. He sobrepasado la treintena, que según
dicen es la mejor edad y me siento muy activa, sobre todo en las
temporadas que no falto al gimnasio. Vamos, se puede decir que lejos
de considerarme explosiva, me veo atractiva en general. Mi pecho esta
proporcionado y, a pesar de usar la 95, lo intento mantener alejado
de los efectos de la gravedad, con buenos sujetadores y sobre todo
con el gimnasio, al que, debido al tiempo libre que me deja mi
profesión de asesora comercial, puedo acudir con frecuencia. Este
efecto también se nota principalmente en mi culo e influye en las
definiciones que hace Carlos de él: “Lydia, tienes un culito tan
apetecible y sabroso…” Por concluir, me gusta mucho cuidarme en
general: ir a la pelu; pasear; depilarme con generosidad; maquillarme
lo justo, sin que se note pero que me dé ese toque elegante;
colocarme algunas joyas en determinados momentos, y usar ropa
interior sensual, eso sí. Pienso que hay que sacarse el mejor partido
de una misma…y que si llegas a gustarte a ti, gustarás a los demás.
A la llegada al sex-shop nos encontramos en la puerta a los típicos
hombretones de seguridad, siempre los mismos, pero con la diferencia
que estaban acompañados por alguien que saludaba a todo el mundo de
forma cordial y efusiva. A pesar de estar entre aquellos dos
gigantescos hombres, el anfitrión en cuestión no parecía bajo, era
ciertamente guapo y al tiempo mostraba una cara de niño malo. Yo le
echaba algo más de treinta años. Sin llegar a ser un metrosexual de
moda, se notaba claramente que cuidaba su aspecto. De eso me di
cuenta por sus manos. Cuando un hombre las cuida, sin duda hace lo
mismo con todo lo demás.
Todos los invitados que se iban acercando, parecían ser tratados por él
con mucha confianza. Con las mujeres tenía atenciones especiales y
les regalaba una rosa roja además de un ligero beso en los labios. Me
quedé hipnotizada por la elegancia y ocurrencia del gesto. Ellas lo
recibían con verdadera emoción.
Al acercarnos a la puerta, el anfitrión le estrechó la mano a Carlos.
-Buenas noches pareja y gracias por venir. Soy Nío, el dueño del
local, pero no os conozco, ¿sois de por aquí cerca?- preguntó sin
dejar de mirar a mi novio.
-Sí, somos vecinos, ¿ves aquella ventana de allí?... pues es la
nuestra. Me llamo Carlos y ella Lydia, mi novia. Ah, y puedes
ahorrarte el piquito que das a todas, ¿vale?- agregó con seriedad
creyendo que me salvaba de la hoguera. Aquello me pareció que estaba
fuera de lugar y en todo caso me molestó que decidiera tal cosa por
mí.
-Encantado de conoceros- contestó nuestro anfitrión con una atrayente
sonrisa.
-Toma, esto es para ti Lydia, pero me vas a perdonar que seas la
única a la que no le dé el segundo regalo- y estrechó mi mano
mientras me ofrecía la rosa. La suya la noté cálida pero no caliente,
y me trasmitió una sensación de poder al envolverme sutilmente con la
otra.
Nos invitó a entrar asegurándonos que nos veríamos después. Me gustó su
estilo. Sin duda que tenía clase a pesar de que su cara no era lo que
se puede decir de un chico muy formal. Su mirada transmitía una
mezcla de sensaciones que le hacían sumamente interesante. Era como
el efecto que ejercen las cosas prohibidas, sabes que no debes
probarlas pero a la vez te sientes profundamente atraída sin poder
evitarlo.
-Bah, menudo payaso, ¿qué se habrá creído, que está inaugurando el
Palacio Real?, y lo del piquito a las chicas… no entiendo cómo a los
tíos de aquí les parece bien- fue el comentario despectivo de mi
novio que empezó a echar una ojeada a la clientela.
-Pues a mí me parece un chico simpático y me hacía gracia lo del
beso. Me parecía tan natural, pero ya tiene que aparecer Othelo para
evitar que a su chica la bese el diablo, ¡Que machote!- dije sin
parecer contrariada para no despertar a la fiera.
Me sentía discriminada por no haber sido besada por él. Sus labios
parecían jugosos y su beso una delicia de bienvenida. La imagen de
Nío quedó grabada profundamente en mis retinas: su pelo negro, muy
oscuro y cortito, sus ardientes ojos marrones me quemaron cuando
había estrechado mi mano entre las suyas que eran la prolongación de
su desarrollado cuerpo. Se notaba que era un habitual de gimnasio
pero sin ser un armario. Llevaba un traje oscuro, moderno, con una
camisa blanca ligeramente desabrochada y los cuellos por fuera de la
chaqueta. Aquel detalle siempre me había parecido bastante hortera,
demasiado folclórico, pero debo reconocer que en él realzaba su
atractivo. Al cuello llevaba una discreta cadena fina de oro y no
tenía vello en la parte del pecho que su ropa dejaba al descubierto.
Embelesada con ese repaso a mi memoria no me di cuenta que Carlos me había
llevado a la barra, me había pedido un licor de crema de whisky y me
había dejado allí mientras echaba un vistazo al material que en unos
expositores se presentaba a los clientes. Productos de lencería
femenina junto a una serie de aparatejos extraños entre los que
destacaban varios penes artificiales. Un verdadero toque chic.
-¿Has visto este tío?, nos trae para que luego le compremos sus PRO-DUC-TI-TOS,
puro marketing.
-Bueno cariño, supongo que es lo normal en estos casos… No sé por qué
todo te parece mal…
No me hizo mucho caso y se fue perdiendo entre estanterías seguro que con
la intención de criticarlo todo. Yo seguí en la barra tomando mi
copa, sentada en un taburete. Una chica vestida con un body negro,
medias de malla y altos tacones de plataforma se acercó a mí
ofreciéndome una bandeja de canapés con una extensa sonrisa. Me fui
fijando en cada detalle de aquel lugar, me parecía todo tan novedoso,
tan extraño, tan fuerte… No entendía como Carlos decía que no merecía
la pena. Yo creo que al menos por una vez sí que lo merecía. Todo el
local estaba decorado con posters sugerentes que mostraban el aspecto
más lírico del erotismo no explícito, envueltos por una cuidada
decoración de luces y colores.
Donde yo me encontraba sentada estaba la barra y los lavabos al fondo, y
enfrente un pequeño escenario para actuaciones en vivo. A la derecha
cabinas, supongo que para ver películas porno y a la izquierda la
tienda en si. Había estanterías que tenían de todo, desde lencería de
lo más atrevida hasta la más fina, pasando por utensilios, perfumes,
juguetes y demás cosas que solo había visto en fotografías y que
debían ser lo habitual en un local como ese.
La verdad es que me sentía rara en un sitio así. Mi novio me había dejado
sola y me encontraba como extraña, fuera de lugar. De pronto Nío se
acercó y chocó su copa con la mía, a modo de brindis.
-¿Sabes que los romanos empezaron a chocar sus copas para que todos
los sentidos participasen de una buena bebida?- dijo enigmático a
modo de presentación -ellos estaban en compañía, pero, tú, ¿no estás
muy sola?
-Sí…
-¿Cómo es posible? Yo no dejaría sola a una chica como tú en un sitio
como este… Por cierto, te debo un regalo… ¿No?
-¿Cómo?- pregunté tímidamente, intentando esquivar la pregunta y
sintiéndome ciertamente vulnerable en su presencia, como en terreno
ajeno. Eso sin contar el posible mosqueo que se podría pillar Carlos
si le viera en actitud de ataque.
-No, me refería a que antes tu novio no me dejó darte tu regalo,
¿recuerdas? ¿De qué tenía miedo? ¿De mí… o quizás de ti?
A duras penas supe que contestar, apurada por la situación.
-Bueno… sí, es un poco celoso.
-Hummmmm… ¿Celoso?, me gustan los hombres celosos… bueno, entiéndeme,
me gustan las novias de los hombres celosos, ja, ja, ja,…- dijo
ofreciéndome su blanca sonrisa.
Le devolví la sonrisa tímidamente. Nío me sostuvo la barbilla con su mano
intentando leer en mis ojos algún mensaje.
–¿Y tú? ¿Me tienes miedo, preciosa?- me preguntó desafiante.
–¿Yo?... No, claro que no- le respondí apurada, intentando parecer
segura.
Su cara se acercó a la mía, sabía que iba a suceder… lo sabía… y sucedió.
Aquellos carnosos y calientes labios se apoyaron sobre los míos
suavemente, notando como ese calor se repartía por todo mi cuerpo.
Mis labios jugaron con los suyos. Ya no era un simple piquito sino un
beso en condiciones, incluso su lengua y la mía se saludaron
ligeramente. Algo me hizo retirarme, supongo que la sensatez, a pesar
de no querer hacerlo. Ese atrevimiento y ese descaro me cautivaron,
pero no dejaba de estar preocupada por la cercanía de Carlos.
Una chica se acercó a nosotros y besando a Nío dijo, mirándome acusadora,
Perdona guapa me lo llevo un ratito.
Me quedé aturdida por todo lo que había sucedido en apenas unos segundos,
hasta que la llegada de mi novio me sacó de mi ensimismamiento.
-¿Has visto algo interesante, cariño?- le pregunté por su incursión
por el local.
-Nada del otro mundo, contestó con desgana.
-Vamos a verlo, ¿no?- dije apurando la copa y cogiendo mi bolso de la
barra bastante nerviosa.
Estuvimos dando una vuelta y, la verdad, había que reconocer que el dueño
tenía buen gusto. Había conseguido que su local fuese muy acogedor,
que te encontraras a gusto, vamos. Mi interés aumentaba mientras
íbamos conociendo las diferentes salas, entre las que destacaba un
microcine, con unos 20 asientos; el espacio de lencería, en el que
pude ver prendas que nunca imaginé que existieran y “La sala de
estar”, como figuraba en el rótulo de la puerta, y añadía “donde el
uso y disfrute nunca es privativo”. Esas palabras me dejaron
pensativa y no terminaba de pillar su significado. Entramos y me di
cuenta que en principio era un pequeño bar, con varios sofás
repartidos frente a la alargada barra, en los cuales apenas había
algunas personas sentadas.
-Me encanta que hayáis descubierto la joya de Fantasía- sonó su voz
inconfundible a nuestras espaldas. Era él, el de la puerta, el de la
rosa, el del beso…
-¿Y qué tiene de especial esta joya?- le contestó airadamente Carlos.
-Todo… Es el lugar, si habéis leído la bienvenida, en el que nadie
puede obligar a nadie. Y en ese nadie entran los hombres a sus
mujeres- proclamó dirigiéndome una mirada abrasadora a los ojos. Para
no dejarme amilanar por él agregué:
-¿Y las mujeres a sus hombres?
-En el SUS está el problema. Todos los que pasan esta puerta aceptan
que ya no son sus y cualquiera puede acceder a los demás. ¿Creéis que
aquellos que se besan efusivamente son pareja?, pues os aseguro que
cada uno ha venido acompañado de otras personas, que estarán por ahí,
divirtiéndose, seguro.
Nío, nuestro anfitrión, resultaba seductor al hablar e incluso
presentándonos con naturalidad esa zona de intercambios o relaciones
abiertas que me pareció demasiado fuerte para mi primera visita a un
sex-shop.
Carlos se dio cuenta que estaba empezando a quedar obnubilada por el aura
de Nío y tiró de mí con decisión, como para evitar que al quedarnos
allí tuviese que entregarme a los brazos del dueño.
-No necesito oír más gilipolleces por esta noche. Vámonos de aquí. La
copa ha estado bien pero no aguanto más a este tío- gritó Carlos en
mi oído sin importarle que la música apenas pudiera tapar sus
palabras.
-Pero… ¿Qué haces Carlos?, estás montando un numerito- le dije para
intentar tranquilizarle. Totalmente en vano, pues estaba decidido.
Cuando quise darme cuenta alcanzábamos la puerta, abandonando un
lugar que no me había parecido, precisamente, tan sórdido como pintan
a los sex-shops.
Aquella noche, mi novio me llevó a un disco-bar cubano, estuvo bailando
conmigo como hacía tiempo, y no dejaba de besarme dulcemente. Tengo
que decir que me trató como a una verdadera reina. En todo momento
intentaba captar toda mi atención y me decía continuamente que me
quería, aunque estaba segura que lo que realmente pretendía era
borrar en mí toda la huella que pudiera haberme dejado la
inauguración. Aunque me dejé querer toda la noche con intensidad
sabía que esa huella no iba a ser fácil de borrar. Pero no
precisamente por pensar en una posible infidelidad con él ni nada
parecido, sino en el deseo de tenerle como una referencia para mis
fantasías eróticas, una especie de sueño prohibido…
Todo fue muy especial, Carlos no escatimó a la hora de llenarme de todo
lujo de atenciones, en un afán de robarme cualquier sueño, aunque ya
era prisionera de uno: Nío, el hombre que me había seducido con su
mirada y su arte. Hicimos el amor como pocas veces, donde mi novio
estuvo colosal, en detalles, en besos, en caricias, vamos, creo que
nunca había estado tan cariñoso y tan atento conmigo como en esa
noche. A pesar de ello, no pude evitar ver en mis fantasías la cara
de aquel hombre que tanto me había cautivado. Ambos me llevaron a
varios orgasmos inolvidables.
Al día siguiente, domingo, mientras la luz entraba por la ventana, me
descubrí observando embelesada, a través del cristal, la entrada
cerrada del lugar que cambiaría mi vida en tan poco tiempo. Durante
la siguiente semana permaneció en mi memoria la figura de Nío,
imaginándome cómo podría ser aquel hombre en la cama. Solo pensar en
él me hacía estremecer y era presa de una tremenda y continua
calentura. Era inevitable el deseo de volver a verle de nuevo, aunque
solo fuera un instante. Volver a tenerle cerca y seguir soñando,
imaginando que esas manos me acariciaban, que esos labios me volvían
a besar y que aquel cuerpo se unía al mío.
Estuve dando vueltas al asunto, intentando ver la manera de un nuevo
encuentro con ese hombre, pero el solo hecho de pensar en mi novio me
producía desasosiego y preocupación. Sabía lo celoso que era, por lo
que no iba a ser fácil encontrar una excusa para entrar nuevamente en
el sex-shop.
Hasta que un buen día, queriéndome hacer la encontradiza por las
inmediaciones del sex-shop, buscando que la casualidad propiciase un
momento de felicidad, vi el cajero automático de películas de
alquiler y… ya en casa, después de la cena:
-Amor… ¿No te gustaría que alquiláramos una peli?- le pregunté a
Carlos.
-¿Ahora?... No me apetece ir hasta el videoclub.
-Bueno, aquí abajo tenemos uno ¿recuerdas?
-¿Aquí abajo? ¿Te refieres al sex-shop?
–Sí… claro.
–Pero si a ti las películas que tienen ahí no te gustan.
–Bueno, pues ahora quiero ver una, ¿por qué no?- dije aún sabiendo
que lo que más me apetecía era volver a ver al dueño del local y
aunque por la noche no iba a ser posible, sí al menos podría serlo
cuando le devolviera la película, esa sería mi excusa.
–Haz lo que quieras, pero es tirar el dinero, además ahora lo que
menos me apetece es salir a la calle.
–Bueno, ya voy yo.
Al llegar a la calle pensé que el corazón se me saltaba del pecho. Me
estaba comportando como una cría, pero mi pequeño secreto me producía
una dosis de morbo tal que me invadía un gusto enorme. Llegué al
cajero y empecé a pasear mi vista por los títulos y carátulas sin
mucho interés, pero de pronto me quedé petrificada. En una de las
portadas que aparecían en la pantalla estaba él… Nío. Por lo menos el
parecido era total. ¿Protagonista de una película pornográfica?, no
podía ser. En la imagen, dos explosivas mujeres vestidas de
enfermeras o doctoras, estaban sentadas sobre sus rodillas, tapando
intencionadamente cualquier parte explícita del sexo de ese viril
doctor, que afrontaba la escena sólo con su fonendoscopio. No había
ninguna duda, era él. A partir de ese momento ya no era dueña de mis
instintos y la posibilidad de ver una escena porno de Nío me estaba
poniendo cachonda perdida.
Alquilé dos películas, evidentemente no quería que Carlos supiera mi
segundo secreto, ver una peli porno donde mi vecino era el
protagonista. Eso no era morbo, era supermorbo. Escondí Hospital
ardiente que era el título de la obra prohibida y llevé la otra al
salón, dónde teníamos el DVD. Abierta hasta el amanecer, al parecer
un clásico según se anunciaba en la portada y con un título atrayente
que me recordó la famosa película de Tarantino.
Sin demasiado interés por mi parte, fueron pasando las escenas en las que
la protagonista tenía un bar de carretera, homónimo al título de la
cinta, que no era un puticlub pero ofrecía servicios similares a los
clientes que sabían aguardar el momento propicio. De reojo observaba
a Carlos como se acomodaba en el sofá, como era víctima de los
encantos de la dueña del local (también él, que coincidencia), lo que
supongo le hacía llevar su mano hacia mis rodillas y, sin perder ni
un encuadre, ascender por mis muslos buscando el deseado premio. Sin
duda alguna, mi iniciativa sobre esta vertiente del séptimo arte le
estaba excitando gradualmente y, por mi parte, no podía
decepcionarle, yo había sido la que había tenido la idea del
alquiler.
La excitación fue en aumento, tanto en la película como en nuestro salón,
donde ambos respirábamos agitadamente. Carlos había metido
directamente su mano entre mis piernas, dentro de mi pijama y
acariciaba mi chochito por encima del tanga. Mi mano hizo lo propio
sobre su paquete, algo que Carlos agradeció sonriéndome. Él continuó
disfrutando de la peli, donde aquella exuberante morena estaba
mamándosela al cliente y este repetía una y otra vez: ¡Como la chupas
preciosa! Metiendo mi mano por la bragueta de mi chico, le susurré al
oído presa de un acaloramiento monumental:
-¿Crees que yo lo haré igual?
No hubo respuesta, tan solo una caricia de Carlos sobre mi hombro que
indicaba el asentimiento a mi propuesta. Solté el botón de su
pantalón y su juguetona polla me saludó dando un bote como un
resorte. La agarré por la base y comencé a besarla, lentamente y
cambiando mi mirada, unas veces a los ojos de él y otras a la
película que seguía en la misma escena. Mi boca recibió gustosa aquel
trozo duro de carne y el suspiro de mi novio indicaba que él estaba
todavía más encantado. Se la empecé a chupar con parsimonia al
principio y más rápidamente después y a cada roce de mis labios sobre
su polla imaginaba la cara de Nío y creía estar chupándosela a él. A
partir de ahí me concentré tanto en ese sueño que cuando quise darme
cuenta Carlos estaba lanzándome chorros irrefrenables por la cara, el
cuello y la boca. Se había corrido en unos pocos minutos, mucho antes
de lo habitual.
-Ufff, ha sido una buena idea esto de la peli ¿Eh? Creo que te ha
motivado ¿No?- me dijo Carlos aún jadeante.
Le sonreí mientras limpiaba los restos de semen que se escurrían por mi
barbilla y cuello. Lo que él no podía imaginar era que no había sido
la película la que me había hecho mamársela como una auténtica
profesional, sino el recuerdo y la imagen persistente de Nío que para
entonces ya se había convertido en mi obsesión.
Tras su explosiva corrida y como es habitual en Carlos por el sopor que le
invade después de irse, casi al momento estaba tirado en el sofá,
completamente dormido. Sabía que no le despertaría nada y aproveché
para cambiar el DVD y poner el título que me tenía trastornada:
Hospital ardiente. El simple hecho de abrir la caja prohibida me
produjo un intenso calor que aceleró mi corazón y desató aún más la
excitación que me embargaba.
En los títulos de crédito aparecía el nombre de Nío Fantasy, lo que
descartaba cualquier duda sobre su identidad, era él, el mismo que me
había cautivado, ese vecino que en tan poco tiempo ya me tenía
loquita.
En la pantalla aparecía, a distancia, un hospital. Un zoom fue
aproximándose a una de las ventanas. Al entrar por ella se veía a una
enfermera que cogía el teléfono y una voz al otro lado que decía:
“Señorita, necesito su ayuda, venga a la consulta por favor…” Era la
voz inconfundible de Nío. Él apareció en escena cuando la chica
rubia, muy escotada y de reducida minifalda, entraba en la consulta
de ese doctor tan atractivo. Una paciente estaba sentada sobre la
camilla, con su blusa desabrochada y el famoso doctor Nío, con su
bata blanca le estaba acariciando su voluminosa teta izquierda. Ella
estaba con los ojos cerrados y el doctor sonreía al tenerla bajo su
poder. La enfermera, sin mediar palabra, comenzó a besar el otro
pezón de la paciente lo que provocó un desenfreno por parte de ésta
que hizo que agarrase el paquete del doctor diciéndole con
desesperación:
-Doctor, doctor… necesito mi medicina, por favor. Él le quitó las
manos de dónde yo no quitaba los ojos y le advirtió que no había
llegado todavía el momento, que el tratamiento debía seguir su ritmo.
Hasta en la propia película era un hombre duro. La paciente, con cara
de haber transgredido una norma, acató la indicación y se recostó
totalmente en la camilla, mientras la enfermera continuaba devorando
con profesionalidad ambos pezones. El doctor se puso a los pies de su
clienta, le dobló y separó las piernas recriminándola con viva voz.
-¿Cuántas veces tengo que deciros que no me traigáis pantys a la
consulta? Entorpecen mi trabajo. En todo caso medias. Enfermera, por
favor.
-Enseguida, doctor, y ésta metió sus manos por debajo de la falda,
agarró el elástico de los pantys y tiró con decisión hasta que los
sacó por los pies.
-Ahora es más cómodo, ya verás como todo es más fácil, y en vez de
colocarse unos guantes, como hubiese sido el caso, Nío se chupó dos
dedos de su mano derecha, esa que yo había tenido en la mía, y sin
dejar de mirar a los ojos de la paciente deslizó sus lubricados dedos
hacia unas braguitas azules que en un primer plano aparecieron con
una delatora humedad. Con la otra mano apartó la fina tela y separó
los abultados labios que mostraban el deseo de su dueña por ser
traspasados por la experta mano del doctor.
Sentí un hormigueo en el mismo lugar. Era mi coño el que iba a ser
penetrado por sus dedos, lo sentía tan real, tan cerca que no pude
evitar llevar mis propios dedos a las proximidades de mi húmeda
rajita. Mi corazón pugnaba por salirse del pecho. Bummm, bummmm, se
oía en la habitación. Joderrr, cómo podía estar tan excitada. Eché un
vistazo a Carlos y allí seguía, inconscientemente dormido, y eso me
ponía todavía más. Su novia le iba a traicionar a su lado, estaba
dispuesta a todo y el culpable era ese doctor que maniobraba con sus
dedos dentro de la paciente. Los suspiros de ésta iban en aumento, el
cabrón sabía explorar y mientras, por si fuese poco, la enfermera
también maniobraba en las proximidades del coño de la señora. Uhmm,
lo que daría por estar pasando consulta. Mis dedos entraban y salían
de mí, en un continuo chapoteo de mis jugos. Me senté cómoda, saqué
el culito hacia fuera, abrí las piernas todo lo que puede y coloqué
mis pies sobre la mesita baja del salón, con todo mi coñito al aire y
mirando hacia la pantalla. Estaba febril y deseaba con todas mis
ganas que la polla de Nío apareciese en escena porque sentía el
inicio de un orgasmo y no quería que me llegase con la vista de otro
chochito.
Mientras, en la escena hospitalaria, la paciente aullaba de placer, y no
era para menos, su doctor le estaba taladrando la rajita con tres
dedos, la enfermera le había introducido un dedo en su culito y ambos
le masajeaban las tetas con sus manos libres y engullían sus pezones
con avidez. Debía estar en la gloria porque no hacía nada más que
repetir: así, así, Doctor,…Ohh, sí,… así, ay que bueno, ay,…que bien
me siento…creo que me voy a correr, doctor….Y comenzó a pedir de
nuevo su medicina. Que obsesión tenía por la medicación, aunque al
percatarme de su obsesiva petición comprendí enseguida.
-Lisa, vamos a preparar la medicina de la Sra. Merino.
-Ahora mismo, doctor, dijo la enfermera, y se dirigió hacia él,
comenzó a desabotonar su bata, que le llegaba casi hasta los pies.
Eso me permitió ver que mi Nío no llevaba nada debajo, ufff, esa escena
aumentó las palpitaciones de mi coño y empecé a frotar mi clítoris
más intensamente. Carlos seguía dormido, a mí no me importaba lo que
pudiera hacer, sólo tenía ojos para la bata del doctor. Vi como la
enfermera se agachaba y empezaba a jugar entre la bata pero no
terminaba de ofrecerme la visión que deseaba. La cámara empezó a
girar hasta que apareció… allí estaba, bajo un vello muy cortito y
arreglado, a medio empalmar, una polla bastante apetecible que empezó
a adentrarse en la boca de la enfermera. Que envidia. Noté como se
entreabrieron mis labios, con la sensación de ser mi boca la que
albergaba aquel jugoso regalo. Las caricias bucales hicieron su
efecto y en un momento la supuesta medicina estaba lista para ser
tomada. Nío retiró los dedos del coño de la paciente, y dirigió su
arrogante miembro hacia su cara. Ella no se hizo de rogar y engulló
literalmente esa preciosidad, agarrando a su doctor por su culito
para hacer más profundas las penetraciones; al mismo tiempo, y en un
plano más abierto, se veía a la enfermera que enterraba su cabeza
entre las piernas de la agraciada Sra. Merino.
¡Joderrr, que escena! Las friegas que le estaba dando a mi botón eran
brutales, mientras había cogido una de las botellas de coca-cola que
había sobre la mesa y me la estaba metiendo en el coñito. Nunca había
hecho nada parecido, pero me sentía tan cachonda y salidísima que
estaba irreconocible. No paraba de follarme con la botella y de
estrujarme el clítoris por culpa de ese doctor. Además, mis jadeos
empezaban a ser bastante audibles, iba a despertar a Carlos como
siguiese así y lo malo es que todo iba en aumento. No podía evitar
cerrar los ojos por el placer que me estaba procurando a mi misma y
al hacerlo mi mente volaba a aquel hospital, era la paciente que se
la estaba mamando al doctor. Mi boca seguía abierta y dispuesta a
recibir a ese semental.
Cuando pude mirar la pantalla de nuevo, Nío había llevado su polla, que se
veía radiante en un primer plano, en toda su majestuosidad, a la
puerta del coño de esa afortunada, que le suplicaba casi con lágrimas
en los ojos que se la diese ya, que necesitaba su toma, que no podía
aguantar más sin ella dentro. Debo decir que sentí verdaderos celos
de aquella señora, era yo la que tenía que recibir el tratamiento, el
mal crecía en mí y sólo él, con aquella milagrosa medicina, podía
curarlo. De un solo empujón enterró su polla entre las piernas de
ella que gritó como poseída por una fuerza maligna y empezó a
cabalgarla como nunca había visto hacerlo a alguien. Bestial. Sin
piedad. Ella apoyó sus piernas sobre el fornido pecho del doctor,
mientras ofrecía su culito que quedaba prácticamente fuera de la
camilla. Él, casi con rabia, follaba aquel coñito de tal forma que
daba miedo. La paciente entró en un estado preorgásmico en el que
arqueaba su espalda y se dejaba caer sobre el doctor, buscando la
penetración total y poseída sólo acertaba a decir: “Ahora, ahora,
ahora,...”
En el sofá me sentía igual que ella, estaba a punto, la botella cumplía
muy bien su misión y mis dedos eran expertos en arrancarme orgasmos
jugosos, pero la visión de mi vecino estaba siendo decisiva. Noté
como desde todos los rincones de mi cuerpo fluían sensaciones de
vértigo hacia mi coñito, todo empezó a temblar dentro de mí, hice un
esfuerzo por no perder la visión de la escena, para sujetar en mi
retina la imagen de esa polla y allí estaba, había abandonado la
gruta de la paciente y estaba dispuesta a vaciar su preciosa medicina
sobre la boca de esa ansiosa.
-Me corro, me corro, ahí va su medicina… ahí va, síííí, dijo Nío con
la voz grave y entrecortada pero sin perder el tono de autoridad.
Eso mismo tendría que decir yo sino fuese porque iba a alarmar a Carlos
pero me estaba corriendo allí mismo, sobre el sofá, manchando la
botella de Coca-cola con mis abundantes jugos. Cerré los ojos unos
segundos asimilando la escena donde la preciosa verga de Nío echaba
su semen a impulsos sobre la clienta que lo lamía como una posesa y
tragaba todo lo que podía.
Me derrumbé hacia atrás, jadeando y apretando mis muslos para hacer más
duradero la descarga, que era la más fuerte que me había procurado a
mí misma desde que era una adolescente. Nunca había sentido tanto
gusto y nunca había visto follar como Nío lo hacía en la película,
aquello debía ser tan bestial… tan salvaje que me tenía hipnotizada.
Tuve la precaución de quitar el DVD y guardarlo cuando me recuperé de esa
sesión. Al momento volví al sofá para acurrucarme con Carlos, con la
sensación de haberle traicionado en sus propias narices. Me sentí mal
pero el placer que me había invadido era superior a todas mis
reticencias. ¿Qué me estaba pasando?, nunca me había comportado así,
y lo peor, ¿qué iba a pasar a partir de ahora? ¿Todo esto se iba a
convertir en una obsesión? ¿Podría vivir tranquila teniendo tan cerca
a Nío?
Continuará…
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