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Mi
novio Jaime es masajista, y hace unos años montó su propio negocio.
Trabajan con él un chico (Alberto), algo más joven que nosotros y no
especialmente atractivo, pero tiene su punto, y dos chicas: Alejandra
es menudita, manejable y Claudia es más parecida a mí, aunque con un
poco menos de pecho.
Jaime y yo llevamos muchísimo tiempo juntos, pero hace cosa de un año
tuvimos una experiencia sexual irrepetible. Era viernes, y al cerrar el
salón de masajes, yo me quede para que mi novio me relajara la espalda.
Como siempre, me desnudé y me tumbé boca abajo en la camilla de
masajes. Jaime cubrió mi culito con una minúscula toalla y empezó a
darme un buen masaje. Hasta aquí todo normal.
Pero pasado un rato, el masaje dejó de
ser relajante y empezó a ser excitante. La de veces que nos lo habíamos
montado sobre aquella misma camilla. Al principio no quería, porque sus
empleados estaban en la habitación de al lado dándose una ducha y
cambiándose para irse a casa. Pero Jaime insistió con sus manos, y
tengo que reconocer que aquello lo hacía aún más excitante. Solo con
sus manos y sus besos en mi espalda y mi cuello, y rozando por el
costado el final de mis pechos me estaba calentando muchísimo.
Siempre que me hacía un masaje así
no me dejaba tocarle, ni ponerme boca arriba hasta q no estaba tan
caliente que mi flujo goteaba sobre la camilla. Y esta vez no iba a ser
menos, así que le dejé acariciar todos mis puntos débiles y me fui
poniendo cada vez más.
Empezó a masajearme las piernas y
fue subiendo. Su mano izquierda recorrió mi pierna derecha hasta llegar
al borde de la pequeña toalla, rozando mi nalga. Con la otra mano me
acariciaba la espalda. Empezaba a estar muy caliente, y creo que hice
algún movimiento, porque se acercó a mi oído y me susurró con su voz
más sensual “estas caliente¿verdad?”.
Asentí como pude, pensando que en
ese momento me daría la vuelta y por fin me follaría. Pero lo q hizo
fue acercar más su mano a mi culo y decirme “pues aún te queda, así que
no intentes correrte o pararé. Quiero que sea el mejor orgasmo que has
tenido nunca”. Como una niña buena le obedecí, mientras me notaba cada
vez más mojada.
Su mano derecha recorrió mi espalda
y pasó su dedo índice por mi columna, haciéndome estremecer. Llegó
hasta el final de mi espalda, justo donde empezaba la rajita de mi
culito, pero sin llegar a tocarme donde los dos queríamos.
Instintivamente, lo levanté un poco, pero él me lo presionó con fuerza
hacia abajo y me dijo riendo “aun no, impaciente”.
Entonces quitó la toalla que me
cubría el trasero y empezó a lamerme las nalgas, acercándose cada vez
más al centro. Mientras tanto, su otra mano rodeaba mis labios y se
acercaba peligrosamente a mi clítoris, pero sin llegar a tocarlo. Yo
creía que iba a reventar.
Y justo en ese momento, otro par de
manos me sorprendieron sobre mi espalda. Era Alberto. Sus manos eran
algo más grandes y rudas que las de Jaime. Pero estaba demasiado
caliente para pronunciar una palabra, así que no pude decir nada. Y al
ver que Jaime tampoco decía nada, no me quejé.
Las manos de Alberto recorrían con habilidad mi espalda, mientras Jaime
me lamía completamente el culo, preparándome para meter su dedo. Era
increíble el deseo que sentía en aquel momento.
Alberto empezó a acariciarme los
costados, por donde salía mi pecho aplastado contra la camilla. Levanté
un poco el cuerpo, lo justo para que pudiera meter sus manos y estrujar
del todo mis tetas. Jaime empezaba a tocarme por fin el clítoris
mientras Alberto me apretaba el pecho y repetía “joder que tetas,
menudos pezones”. Estaban durísimos como piedras, solo pedían que Jaime
me los comiera.
Pero Jaime estaba muy ocupado
debajo de mi cintura. Había metido su dedo índice izquierdo en mi
culito y su mano derecha me frotaba el coñito empapado. Metió sus
dedos, por fin, y yo solo quería correrme. Dejó fuera uno de sus dedos
para poder masajearme el clítoris y yo no podía más. Alberto seguía con
mi pecho, y de vez en cuando me pegada algún lametón en el cuello.
Era increíble tener todos mis
puntos débiles estimulados a la vez, creía que me iba a volver loca. Mi
novio debió notarlo porque me dijo “cuatro manos para ti sola, no esta
mal eh?Disfrutalo y córrete como nunca”. Era lo que estaba esperando.
Disfrutaba como una loca con el calentón, pero mi cuerpo exigía un
orgasmo, así q me deje llevar. Jaime aceleró el ritmo de sus manos y yo
por fin me corrí. Fue el orgasmo más largo y sostenido de mi vida,
porque ellos no aflojaban el ritmo y yo estaba en la gloria corriéndome
sin parar.
No sé cuanto duro, pero a mí me
pareció eterno. Me quede sin fuerzas, tumbada boca abajo sintiendo los
últimos espasmos de mis músculos y los escalofríos que recorrían todo
mi cuerpo. Ellos pararon de moverse, pero cada uno seguía en su sitio:
Alberto me pellizcaba suavemente los pezones y los dedos de Jaime
seguían dentro de mi cuerpo notando los últimos coletazos de mi
éxtasis.
Había sido increíble, pero en el
fondo yo sabía que podía tener otro. Con lo caliente que había llegado
a estar no era suficiente una corrida para dejarme saciada.
Jaime me susurró “a q te ha
gustado?Pues no será el último”, mientras sacaba sus dedos arrugados de
mí. En ese momento me di la vuelta sobre la camilla y quede
completamente desnuda ante ellos. Con aquella luz mis muslos brillaban,
y note como Alberto no podía quitar los ojos de mis pezones, aún duros.
No sé cómo lo habían hecho, pero estaban desnudos y pude ver que muy
empalmados. Era excitante ver como crecían sus pollas sólo con verme
tendida boca arriba dispuesta a tener más sexo.
No lo pensé dos veces y cogí cada
una de sus pollas con una mano. Les pilló por sorpresa, pero no se
resistieron. Empecé a mover mis manos arriba y abajo, primero solo dos
dedos y muy suave, luego toda la mano y finalmente apretando un poco.
Notaba como se endurecían, y me encantaba tener el control de los dos a
la vez. Le di un pequeño lametón a Alberto en la puntita, y me dediqué
a comer la de Jaime con todas las ganas de un calentón brutal.
Empecé con cuidado, usando sólo mi
lengua y mis labios, pero me sentía como una niña mala que se come un
caramelo a escondidas de sus padres y empecé a usar los dientes. Me la
metía hasta el fondo de la garganta, más a dentro conforme lo oía
gemir. Y Alberto también gemía un poco. Debía darle envidia, porque su
polla iba a reventar, así que le lamí un poco y seguí usando mi mano,
porque la polla q realmente quería destrozar era la de Jaime.
Justo en ese momento, cuando
estabamos los 3 cachondísimos, y ellos a punto de correrse se abrió la
puerta, q quedaba justo enfrente nuestro. Entraron las chicas para
despedirse, pero se quedaron de piedra al ver la escena: yo abierta de
piernas sobre la camilla, con la polla de Alberto en mi mano derecha y
toda la polla de Jaime dentro de mi boca, mientras con mi mano
izquierda apretaba su trasero para q no se me escapara.
Ellas se quedaron sin saber que
hacer, y a mí me pareció que tenían ganas de participar. Claudia tenía
fama de putita y quise comprobar si era verdad. Y Alejandra tenía pinta
de ser de las q las mata callando.
Saque el pene hinchadísimo de mi
novio de mi boca, pero lo sujete fuerte con la mano y les dije “queréis
un poco chicas? Os aseguro que vale la pena”. Debieron ver mi cara de
viciosa, disfrutando como una guarra de todo aquello, porque cerraron
la puerta y empezaron a desnudarse sin decir nada. Los ojos de las dos
brillaban con el deseo, y no podía quitarle los ojos de encima a la
enorme polla de su jefe.
Mire a Alberto y debió entenderme,
porque se fue a ayudar a las chicas a quitarse la ropa. Cuando Claudia
iba a quitarse el sujetador Jaime dijo “no, quiero que te dejes la ropa
interior puesta. Quiero que tu tanguita se cale con tu flujo, y quiero
ver como tus pezones se endurecen a través del encaje”.
Ella obedeció a su jefe, y se paseó
por la consulta en ropa interior, para notar como cuatro ojos se
clavaban sobre ella deseando poseerla. Menos mal que tenía a Jaime bien
cogido.
Sin darme cuenta, con la entrada de
las chicas yo había empezado a arañarme los muslos, e iba subiendo por
ellos. Alberto tumbó a Alejandra sobre la mesa donde tenían todos los
aceites de masaje, y empezó a untar todo su cuerpo con uno de ellos.
Olía a fresas y no sé que más, pero era muy excitante. Claudia lamía el
clítoris de Alejandra mientras Alberto manoseaba y mordisqueaba sus
pechos.
Yo tumbé a Jaime sobre la camilla y
me puse sobre él, haciendo un 69 pero de forma que los dos pudiéramos
ver lo que pasaba en la mesa. Yo nunca había estado tan caliente, y
quería correrme, pero también quería disfrutar del momento, notando
como mi cuerpo pedía a gritos un orgasmo. Me senté sobre Jaime, como si
fuera a tirármelo, pero sin que me la metiera, y me restregaba como si
la tuviera dentro. Notaba como al dejarme caer, mi coñito totalmente
abierto dejaba un rastro sobre su piel caliente.
Claudia se puso detrás de mí y me
sujeto el pecho como si estuviera en una bandeja, para que no saltara
mientras yo me movía sobre mi novio como una loca.
Mientras tanto, Alberto había
puesto a Alejandra contra la mesa y se la estaba metiendo mientras ella
gemía y pedía más. Claudia se quedó embobada mirando, tanto que me
soltó y empezó a decir guarradas mientras se tocaba ella sola de pie en
mitad de la habitación.
Allí no podíamos mas, pero todos
queríamos alargarlo todo lo posible. Claudia fue hacia la mesa y dijo,
“yo también quiero”, Alberto le saco la polla a Alejandra y se la metió
a Claudia, las dos en la misma postura, con los culitos pidiendo sexo.
Iba de una a otra, casi no podía respirar. Ellas se tocaban entre
ellas, ya no sabían que hacer.
Entonces me di cuenta de que me
había quedado quieta, y Jaime tb. Mirábamos la escena como si fuera una
película, pero yo quería q también lo disfrutáramos. Me baje de la
camilla y le susurre a Jaime “no te corras aun y disfruta esto, porque
quiero q cuando acabes sea el mejor de tu vida”. Y después empece a
comerme su polla como si llevara años pasando hambre. Alejandra lo vio
y dijo “mmmm como se la esta comiendo la muy perra”.
Entonces Alberto las puso a las dos
boca arriba sobre la mesa y empezó a darles golpecitos sobre el pecho,
primero una, luego la otra. Siguió subiendo hasta que les metió la
punta en la boca, una, otra, una, otra. Pero ellas estaban demasiado
calientes para conformarse con eso, y las dos querían tener mas, para
que se corriera en su boca.
Alberto dijo que no podía mas y se
aparto un poco de sus caras, mientras se corría repartiendo su leche
por los pechos de las dos chicas. Noté como Jaime gemía suavemente.
Sabía que él quería correrse, y yo también, no podríamos aguantar mucho
más. Sin que las chicas se limpiaran ni cambiaran de postura, Alberto
empezó a frotarles los coñitos y a meter sus dedos, cada una con una
mano, mientras decía “ahora os toca a vosotras, quiero q os corráis a
la vez pequeñas putitas”. Y ellas gemían de placer aplazando lo que no
tardaría nada en llegar.
Jaime y yo no podíamos mas, así que
me senté sobre él y esta vez q si me la metí, bien al fondo. Estaba tan
mojada, q con un poco q me moviera se salía y volvía a entrar. Cuanto
más fuerte gemían las chicas, más rápido me movía yo. Estaba de
espaldas y no las veía, pero si miraba un poco por encima del hombro
las veía disfrutando como locas. Me animaban a darle placer a mi novio,
y yo les hacia caso “vamos, follatelo hasta q no pueda masssss!!!”.
Jaime las miraba, deseando que se corrieran para poder terminar él, así
que me encargue de animarlas “vamos chicas, demostrarles a estos tíos
lo que es una buena corrida”.
Ellas me hicieron caso, cada vez
gemían mas fuerte y decían barbaridades, hasta q se corrieron
prácticamente a la vez.
Era nuestro turno, nos tocaba
demostrar lo bien que funciona una pareja que se conoce con los ojos
cerrados y q lleva años disfrutando del sexo juntos. Mire a Jaime a los
ojos, me suplicaba con ellos que le dejara desfogarse dentro de mí. Y
yo también quería. Hubiéramos cambiado de postura, pero yo no podía
dejar de moverme y los otros tres me animaban diciendo “follatelo”, así
que me moví como una loca, notando en lo mas profundo de mí que el
orgasmo iba a llegar de un momento a otro.
Jaime me cogió de las manos y me
miraba. Disfrutábamos los dos del placer del otro casi mas que del
propio. Había llegado el momento. Con un último movimiento mío llegamos
los dos al orgasmo más fuerte q habíamos tenido jamas. Notaba como
salía su leche hacia mi interior con cada espasmo, los músculos de mi
vagina se contraían y se relajaban para mantenerlo allí dentro todo lo
posible.
Acabamos juntos, me deje caer sobre
él, exhausta. Los otros tres salieron en silencio a vestirse y nos
dejaron juntos, abrazados, disfrutando de una de las mejores noches de
nuestra vida.
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