.:: OTROS RELATOS ::.

  "¡Lo que nos habíamos estado perdiendo!".

 

 Era el primer día de trabajo después de mis vacaciones, bueno mejor dicho, de mis minivacaciones, pues unicamente fueron diez días, que por supuesto pasaron volando. Aun así, digamos que tuve suerte, ya que, sin ir más lejos, el año anterior no pude ni siquiera gozar de ese "privilegio". Estuve toda la mañana de mala leche, la verdad, con una mezcla de indignación y tristeza, pues me jodía pensar que practicamente vivía para trabajar. Según transcurrieron las horas, fuí resignándome y recuperé mi carácter normal, pues soy una persona bastante alegre, extrovertida, dicharachera.

Al acabar la jornada, suelo ir a un bar cercano con algún compañero para tomar unas cañas antes de irme para casa. Ese día, sin embargo, quería hacer unas cosillas en casa, así que al salir de la oficina me dirigí directamente a mi vehículo. Cuando me disponía a sacar las llaves para abrir la puerta, noté que alguien gritaba mi nombre, me volví y vi a un hombre que me hacía gestos con las manos mientras seguía gritando mi nombre. Esperé a que se acercase y cuando estaba a un par de metros de mí, le reconocí.

Se trataba de Iñigo, un antiguo compañero de trabajo que se había marchado hacía cinco años a trabajar en una importante empresa de Francia. Habíamos sido íntimos amigos durante el tiempo en el que trabajó conmigo. Nos abrazamos emocionados, y tras las típicas preguntas que se hacen en estos casos, me dijo que fuésemos a tomar una cerveza a algún bar, para acabar de explicarnos que había sido de nuestras vidas en todos estos años. 

Me explicó que se había trasladado de nuevo a España porque resulta que a sus suegros les había tocado un importante premio en la lotería, y como su mujer era hija única y no querían tenerla tan lejos, les habían dado dinero y habían abierto un negocio en Madrid. Me comentó que iba a pasar un par de días aquí en Valladolid, para cerrar un trato con un cliente que les iba a proporcionar importantes beneficios. Cuando me dijo que se iba a hospedar en un hotel, rápidamente lo tomé del hombro y le dije que de eso nada, que se quedaría en mi casa. Afortunadamente, dispongo de una amplia vivienda, con habitaciones de sobra.

Pedí otro par de cervezas, y cuando me disponía a sacar el móvil para llamar a mi esposa y contarle que teníamos un invitado, él me interrumpió diciéndome que tenía su equipaje en el hotel y que había quedado con unos parientes esa misma tarde, así que me pidió la dirección de mi casa y me dijo que vendría entre las ocho y las nueve de la noche.

Nos despedimos, él se dirigió a su hotel y yo a mi casa. Le expliqué a mi mujer con más detenimiento el encuentro con mi viejo amigo. Eran las seis de la tarde, tenía tiempo para darme una ducha y ayudar a mi mujer a preparar la cena. Así lo hice, a las ocho teníamos todo preparado. Mi mujer se había puesto un vestido azul con tirantes, no excesivamente corto, le quedaba unos centímetros por encima de las rodillas, pero bastante sugerente, pues además contaba con un amplísimo escote que dejaba ver buena parte de sus pechos, que se encontraban firmes, erguidos y realzados debido al pequeño sujetador que llevaba, de talla inferior a la suya.

Iñigo llegó sobre las ocho y cuarto. Le presenté a mi esposa, y observé como él con su mirada le dió un repaso de arriba a abajo, muy rapidamente, con un hábil disimulo. Pilar estaba radiante, a sus 42 años despertaba más miradas que muchas chicas jóvenes. Alta, algo gordita (bueno, más bien maciza que gordita), talla 100 de tetas, buen culazo prieto y firme, guapa de cara (ojos preciosos y labios gruesos), pelo largo rizado y rubia natural. 

Yo soy dos o tres centímetros más bajo que ella, peso 80 kilos, llevo casi calvo desde los treinta años y poseo una herramienta de 19 cm, que utilizo con fogosidad y destreza desde mi adolescencia, puesto que siempre he sido bastante ardiente y me gusta más un chocho que a un niño un caramelo. Tengo también 42 años, llevamos veinte casados y somos, dentro de lo que cabe, bastante felices. Por cierto, mi nombre es Manuel.

Antes de traer la cena, mi esposa nos sirvió unas cervezas con unos aperitivos. Iñigo era divorciado, tenía 46 años, se casó de nuevo con su actual esposa poco antes de irse a Francia. Mientras charlábamos, Pilar iba y venía desde la cocina, para controlar que no se quemara la cena. Comencé entonces a fijarme en que cuando ella pasaba por delante de la luz de la lámpara del salón, él no la quitaba ojo. También me dí cuenta de que a contraluz, y debido a que el vestido que llevaba era muy fino y de un azul muy claro, quedaba perféctamente transparentado el diminuto sujetador e incluso el tanga. 

Por fín, Pilar trajo la cena. Dió la casualidad de que ella se sentó justo debajo de la luz y era inevitable mirar hacia sus tetas cada vez que hablaba, ya que se le transparentaba el sujetador una barbaridad. No me había pasado nunca, pero aquellas miradas de Iñigo hacia mi mujer hicieron que me pusiera entre nervioso y excitado, no podía evitarlo. Lo curioso es que ella no parecía darse cuenta de nada, y eso que llegó un momento en el que Iñigo le hablaba sin mirarla, ya que no podía evitar que sus ojos se fijaran en sus pechos y el pobre no quería quedar como un salido y un maleducado.

Llegada la hora del café, nos sentamos en unos cómodos sillones que tenemos en salón, y lo tomamos en la mesita baja que hay entre ellos. Seguía dándome cuenta de que Iñigo, disimuladamente, no quitaba la vista del cuerpo de mi mujer, miraba disimuladamente sus piernas. Ella, sin percatarse de ello (o eso creo), las tenía ligeramente entreabiertas. Desde mi posición yo no podía verlo pero estaba seguro de que él debía estar viéndole sus muslos hasta muy arriba. A mí, inexplicablemente, aquella situación me estaba calentando cada vez más.

Tras el café vinieron las copas, y también abrimos un par de botellas de champán que nos bebimos en un visto y no visto. Notaba que Pilar estaba muy alegre, dicharachera. Me fijé y vi que sus piernas, inconscientemente, estaban ahora un poco más separadas. Cuando reía, echaba su cabeza hacia atrás, sus tetas se movían y sus piernas se entreabrían aún más. Este hecho no pasaba desapercibido para Iñigo, que ya cada vez la miraba con mayor descaro.

Yo no sabía que hacer, dudé entre cortar aquella historia, dando por finalizada la velada con la excusa de la necesidad de madrugar de Iñigo, o dejar que la noche siguiera su curso. Finálmente y dado que la situación a mí también me producía un morbo especial, no hice nada para que aquello acabase. Después del champán nos tomamos un par de JB con hielo, yo estaba empezando a ponerme como un moto. Sentir que mi mujer era deseada por mi amigo me ponía a cien. Era una sensación desconocida para mí, sólo sé que estaba excitadísimo. Observé que ella también se encontraba a gusto con la presencia de Iñigo. 

El alcohol, el morbo de la situación y mi excitación, hicieron que, entre tanto cachondeo, le comentara a Iñigo lo bien que le quedaba el vestido a mi esposa, poniendo énfasis en la forma de sus pechos. La verdad es que no sé como tuve huevos de decidirme a hacer un comentario de esa índole. Ella, evidentemente, se ruborizó, ya que reálmente es algo tímida. No dijo nada, e Iñigo tampoco, que en esos momentos sacaba abría un paquete de Marloboro y nos ofrecía un cigarrillo, que ambos aceptamos. Mi calentura pudo más que mis prejuicios, y empecé a pasarle una mano por su escote para tocarle las tetas mientras comentaba cuánto le gustaba a ella que le tocaran y chuparan los pezones.

Mi mujer estaba totálmente asombrada por mi actitud y por mis comentarios, pero no daba muestras de sentirse molesta.  Al cabo de unos minutos, sin saber aún como pude tener valor de hacerlo, bajé los tirantes de su vestido, dejando a la vista de Iñigo el pequeño sujetador de encaje que llevaba puesto. Sus grandes tetas pujaban para salirse de él.

A nuestro amigo se le salían los ojos de las órbitas, y para colmo, le pedí que se acercase y pusiese su mano encima de una de las tetas. Se quedó unos segundos sin hablar, me miró a mí y luego a mi esposa. Lo noté nervioso, no podía asimilar que yo le estuviese haciendo ese ofrecimiento. Me miraba y sonreía, e intentaba averiguar si reálmente yo hablaba en broma o en serio. Mirándolo fijamente le volví a insistir, lo tomé de la mano y le repetí varias veces que pusiera la mano encima de una de las tetas de mi esposa. 

Al final, conseguí que lo hiciera, y pasó toda su mano suavemente por una de sus tetas. Ella estaba acalorada, un poco avergonzada pero bastante excitada. Me senté en el sofá de al lado de la mesa, viendo como Iñigo le sobaba la teta por encima del sujetador. Fué soltándose poco a poco y, al cabo de unos minutos, eran sus dos manos las que magreaban ambos pechos, cada vez apretándolos más y masajeándolos con más ímpetu..

Un momento después, empezó a meterle la punta de uno de sus dedos por debajo del sujetador. El dedo fue, poco a poco, desapareciendo bajo la sensual prenda. Ahora ya no veía prácticamente nada del dedo, lo tenía todo dentro y lo movía despacito. Le estaba pasando el dedo por encima del pezón, lo movía lentamente y a los pocos segundos, ví claramente como el pezón estaba muy gordo y endurecido..

Me removí en mi sillón y observé que ella había echado la cabeza hacia atrás y se mordía el labio inferior. Iñigo le sacó uno de los pechos por encima del sujetador. Después le sacó la otra teta y se lanzó a besar, chupar, morder...  Tan pronto le chupaba una como la otra. En algunos momentos ponía su cara en medio de las dos y con las manos las sobaba a la vez que las lamía. Ante tal espectáculo, no pude aguantar más. Me bajé la cremallera y me saqué la polla. La tenía como un auténtico poste. Ver como Iñigo le sobaba y chupaba las tetas a mi mujer me ponía a mil. Viendo la escena, empecé a meneármela.

Mi mujer estaba en un estado de excitación que no tenía nada que envidiar al mío. Sus manos empezaban a buscar ávidamente la entrepierna de nuestro amigo. Cuando una de ellas alcanzó su paquete, lo sobó con la mano abierta, a conciencia. Apretaba los huevos, subía y hacía lo propio con su polla.

No podía poner mucho ímpetu en la paja que me estaba haciendo porque me hubiera corrido en aquel mismo instante..., y no quería hacerlo todavía. Estuve a punto de correrme cuando vi que le bajaba la cremallera, le metía la mano bajo el pantalón y le tocaba la polla por encima del calzoncillo. Se arrodilló ante él y llevó su boca hacia las inmediaciones de su morcilla. Lentamente mordió la goma de los calzoncillos y con la boca tiró de ellos hacia abajo.

Su polla saltó como si de una palanca sujetada por un muelle se tratase, un auténtico pollón que, casi con violencia, golpeó la cara de mi mujer. Ella puso cara de vicio al ver el tamaño del cipotón. Me miró y vi en ella una cara de zorra, de puta en celo. Y con aquella cara de vicio, sacó su lengua y se la pasó despacito por todo el capullo, se lo mojaba con su saliva y seguía con su tarea. Lentamente fue lamiendo de arriba a abajo toda la superficie del gordo rabo. El cabrón tenía tal pollón que parecía que no llegaba nunca a sus huevos. Cuando lo hizo, abrió su boca y se metió uno en la boca, lo chupó e hizo lo propio con el otro. Lentamente, comenzó a deslizar su lengua hacia el capullo, para una vez en él, abrir un poco su boca de puta y metérselo todo hasta casi la campanilla.

Yo estaba a tope, pero creo que lo que más me excitaba era ver la cara de viciosa, de glotona, de lasciva, de hembra sedienta de sexo... que ponía mi mujer. Estaba como loca, nunca la había visto así. Ahora chupaba con toda la boca abierta. Estoy seguro que la polla de Iñigo le tocaba la garganta, pues desaparecía toda dentro. Entraba y salía, entraba y salía.

Supongo que él estaba a punto de correrse, porque le dijo que parase. Le ayudó a ponerse de pie quedando el uno delante del otro, rozándose pero casi sin tocarse. Empezó a acariciar su espalda, con sus dos manos abiertas, jugando con los tirantes de su sujetador. Ella, mientras tanto, con una mano le hacía una lenta paja y con la otra sobaba sus huevos, se los sopesaba con su mano totálmente abierta, llegando con su dedo hasta su culo, jugueteando con su dedo en el agujero, volviendo a subir después su mano hasta los huevos.

Las manos de él volvieron a entrar poco a poco en contacto con las tetas de Pilar, primero por ambos costados, después tocándolas y sobándoselas por delante. Desde ahí, una de ellas fue bajando hasta su ombligo, y debajo de él aparecía esa finísima fila de pelos negros que llegan hasta el bosque oscuro y grande de su pubis. Le subió el vestido hasta la cintura, dejando al descubierto su precioso tanguita, algo calado debido a los flujos.

Cuando Iñigo vio los pelos negros que sobresalían por los laterales del tanga, creo que estuvo apunto de correrse, lo noté en su cara. Además, al ser la prenda semitransparente, podía apreciarse perfectamente la negrura de su sexo y el abultamiento, por la tremenda excitación, de los labios de su coño.

Paulatinamente, los dedos de él fueron casi desapareciendo debajo de la goma del tanga, y digo casi porque continuaba viendo casi con total nitidez como jugueteaban con sus pelos y con su clítoris dada la transparencia de la prenda. Ella entreabrió sus piernas más para que él pudiese explorarla mejor. Ahora noté perfectamente como le introducía un dedo en su chochito. Metió cada una de sus manos por uno de los laterales del tanga, fue tirando hacia debajo de la sugerente prenda hasta que ésta quedó depositada a la altura de sus rodillas, quedando todo su coño a la vista. Se mostraba con todo su esplendor, los pelos que rodeaban su parte más íntima estaban salpicados por pequeñas gotitas producto sin duda de los jugos que producía su tremenda excitación. Estaba como una auténtica perra en celo, sedienta de sexo.

Ahora fue Iñigo el que se arrodilló ante ella, la empujó suavemente para que se sentara en el sillón y le abrió sus piernas dejándola totálmente despatarrada, mostrándonos su preciada intimidad. Con su lengua jugueteó con los abundantes pelos negros de su pubis. Más de una vez tuvo que llevarse los dedos a la boca para sacarse pelos que le quedaban en ella.

Su lengua se fue acercando a su sexo cada vez con lametones más intensos, separó sus labios, la introdujo en él y frotó con ella el clítoris. Pilar en estos momentos estaba gimiendo como una perra en celo. Los lametones le producían unos espasmos incontrolables, gritaba, chillaba, aullaba... Sus convulsiones me indicaron que había llegado al orgasmo, pero observé que quería más, quería que la penetrase con aquella polla que tanto le había impresionado. Debía medir cerca de los veinte centímetros, y, como os decía, era muy gorda.

Mi mujer le pidió que por favor la follara. Él no se hizo de rogar, se arrodilló ante ella, agarró con una mano su tremenda polla y la dirigió hacia su chocho. Puso el capullo en la entrada y ella, con un movimiento de caderas, hizo que se introdujese sin problemas. Su extrema lubricación facilitó mucho las cosas, y entró toda en el coño con un solo empujón. Jamás hubiese creido que disfrutaría tanto viendo a mi querida esposa en manos de otro hombre, pero es que el ver a la persona que más quiero en este mundo siendo poseida por una polla que no era la mía, me producía un morbo tremendo , casi indescriptible.

Empezó una sesión de follada impresionante, ella se movía como una posesa, él entraba y salía de su coño como si le fuese la vida en ello. Yo, sentado en mi sillón, seguía moviendo mi mano, masturbándome sin dejar de mirar la escena ni un momento. Iñigo me miró y me invitó a participar en la juerga.

Me acerqué a ellos, me puse detrás de él para observar con detenimiento la escena y, de repente, noté una mano de Iñígo que agarraba la mía y me la ponía en sus huevos. Yo, sin ningún tipo de tapujos, y debido a la calentura, comencé a acariciarle los cojones y a masajeárselos. Estaban mojados como consecuencia de los jugos de mi mujer. Empecé a apretarlos hacia adentro, ayudándole a meter su polla en el coño. Con la otra mano empecé a frotar el clítoris de Pilar, que no paraba de gritar obscenidades: follarme hasta los huevos, metérmela hasta dentro, joderme viva, quiero vuestras pollas...

Me tumbé boca arriba, quedando mi cabeza entre las piernas de él. A unos centímetros de mi cara quedaban sus huevos, y desde allí veía como su polla entraba y salía del coño de mi mujer. Mi excitación era tal que no me corté un pelo, y me puse a chuparle los huevos, así como el trozo de polla que en su movimiento de mete-saca quedaba fuera del coño. Hubo también unos momentos en los que, debido a la rapidez de las embestidas, se le salió la polla del coño, y yo, sin pensarlo ni un instante, me la introduje por completo en la boca, haciéndole una rápida mamada y volviendo después a introducirla en el chocho de mi mujer. Nunca antes había tenido ninguna experiencia de tipo homosexual, y ni siquiera en mis habituales fantasías había imaginado tener sexo con otro hombre. Tampoco me considero bisexual, pero en esos momentos de calentura, me apeteció probar esa polla y esos huevos.

Así estuvimos un rato hasta que mi esposa propuso que la follásemos los dos a la vez. Yo mantuve mi postura, estirado en el suelo, con mi polla apuntando al techo. Ella se sentó sobre ella y se la introdujo. Se echó un poco hacia delante dejando su culo en pompa, hecho que aprovechó Iñigo para pasarle la lengua por el culo para lubricárselo. Cuando consideró que estaba bien blandito y mojadito, se la metió en el culo de un golpe de riñones.

Ella gritaba, se tiraba de los pelos, sus palabras eran cada vez más soeces, estaba total y absolutamente dominada por la excitación... no era dueña de su actos, se estaba corriendo...de verdad era impresionante amigos de morbocornudos.com, impresionante.Mientras tanto, yo notaba en mi polla el contacto de la de Iñigo tras la pared vaginal. Eso hizo que me pusiese a mil. Estaba a punto de correrme cuando nuestro amigo dijo que quería que se la chupase Pilar para correrse en su boca.

Total, que mi mujer se puso a cuatro patas y se la metí por el culo mientras ella se metía el pollón de Iñigo en la boca. Así estuvimos un rato hasta que por la cara y movimientos de él, noté que estaba a punto de correrse. Efectivamente, unos segundos después vi que por la comisura de los labios de la boca de mi mujer, salía un líquido blanquecino y espeso... También ví como cogía un hilito de semen con sus dedos y se lo volvía a meter en la boca.

Siguió chupando y lamiendo su polla hasta que se la dejó limpia y brillante. Se había tragado todo su semen, no dejó que nada se perdiese. Ante este espectáculo, no pude aguantar más, sentí como una descarga eléctrica me recorría toda la espina dorsal y dejé que mi leche saliese a borbotones por mi polla, llenándole completamente el culo. Fue reálmente maravilloso, nunca un polvo con mi mujer había sido tan alucinante.

Quedamos los tres en el suelo, hechos un nudo, totálmente satisfechos. Así estuvimos unos minutos hasta que no sé quién de ellos alargó la mano hasta la mesita para coger un paquete de tabaco. Cada uno encendimos un cigarro que fumamos con total satisfacción, y al cabo de un rato, Iñigo nos dió las buenas noches y se fue a la habitación que le habíamos preparado. Nosotros nos quedamos unos minutos más hablando y no tardamos mucho en conciliar el sueño.

Cuando a la mañana siguiente me levanté para ir a trabajar, Iñigo aún dormía. No quise despertarlo, así que después de tomarme un café, me dirigí al trabajo. Pasé la mañana nervioso y excitado, pues todavía tenía frescas en mi memoria las imagenes de mi amigo follándose a mi mujer. Además, despues de dicha experiencia, y dado el clima de confianza y liberalismo que habíamos creado, no resultaría raro que en esos momentos, mientras yo estaba en la oficina, mi mujer y él estuvieran follando como locos. El hecho de pensar esto hizo que estuviera casi toda la mañana empalmado. 

No obstante, recordé que Iñigo tenía que arreglar unos asuntos de trabajo, así que también cabía la posibilidad de que se hubiese levantado y se hubiese marchado cuando mi mujer aún estaba en la cama, sin que nada sucediera entre ellos. Me sentía terriblemente confuso... y excitado. En verdad, deseaba que Iñigo estuviera en esos momentos en la cama de matrimonio echándole un buen polvo a Pilar y haciéndola gozar como se merecía. Se me pasó por la cabeza hacer una llamada telefónica, y así, dependiendo del tiempo que tardasen en cogerlo, podría hacerme una idea de lo que en esos instantes ocurría en mi casa. De todas formas, en nuestra habitación tenemos un teléfono inalámbrico, que mi esposa, en medio de la follada, podría atreverse a descolgar y así yo, por el tono de su voz, sabría si estaba ocurriendo algo. 

Al final, después de pensarlo mucho, no hice la llamada, porque (en el caso de que estuvieran liados) no los quería interrumpir. Digamos que mi llamada les podía "cortar el rollo". Para aliviar mi excitación, me hice una buena paja en los servicios de la oficina. Se me hizo bastante larga la jornada de trabajo, y la verdad es que cometí un par de errores bastante gordos cuando me encontraba elaborando unos documentos, ya que no me podía concentrar en el trabajo. En mi mente solo había una imagen : mi mujer, a cuatro patas, con sus tetas moviéndose frenéticamente debido a las embestidas de Iñigo, que se la follaba desde atrás, clavándosela hasta los cojones.

Por fín, abandoné la oficina y, con cierto nerviosismo, arranqué mi Mercedes C-250 y me dirigí a casa. Abrí la puerta muy lentamente. En principio, reinaba un silencio absoluto. Cerré y avancé con cautela por el pasillo, procurando no hacer mucho ruido. En lo más profundo de mi mente, deseaba pillarlos a los dos en plena faena. Seguía sin escuchar ningún ruido. Llegué a nuestra habitación, entré y ví sobre la cama una nota que decía : Cariño, he ido a acompañar a Iñigo, volveremos pronto. Besos, Pilar. 

Fué entonces, después de leer esta nota sentado sobre la cama, cuando me fijé en un detalle que hizo que mi polla se endureciera de repente. Justo debajo, en el suelo, entre donde yo tenía puesto los piés, había varios goterones de color blanquecino y semitransparente... Sin duda era leche, y a la fuerza tenía que ser de Iñigo, de esa misma mañana, pues se notaba que la corrida era reciente, y yo eyaculé por última vez la noche anterior.

De todas formas, en el fondo me sentí algo decepcionado, pues yo deseaba haberlos pillado allí in fraganti. No obstante, también tenía un morbo tremendo saber que ella se había tomado la libertad de irse con él..., y me excitaba pensar que andaban los dos juntos por ahí. Seguro que Iñigo no paraba de tontear con ella, incluso apostaba lo que fuera a que se besaban en más de una ocasión. Me los imaginé en algún ascensor abrazados, morreándose, metiéndose mano... ¿O acaso, por que no, estaban en alguna habitación de hotel echando un polvazo?.

Me hice un buen pajote pensando en estas cosas mientras veía unas escenas que habíamos grabado Pilar y yo con la videocámara. Tuve suerte, porque a los pocos segundos de correrme, escuché como ella sacaba las llaves del bolso y abría la puerta. Me dirigí al cuarto de baño, me aseé rapidamente y fuí al salón a recibirlos. 

Lo primero que llamó mi atención fué ver que mi mujer estaba especiálmente atractiva, y no porque llevara puestas sus prendas más sexys. Únicamente se había maquillado ligeramente, llevaba un pantalón vaquero (eso sí muy ajustado) de campana, y una blusa negra con los dos primeros botones desabrochados. La noté muy alegre, sonreía de una manera contínua. Estaba... no sé como explicarlo... como "distinta". Mientras ella metía en la nevera unas cosas que habían comprado y se ponía ropa más cómoda, Iñigo y yo nos quedamos en el salón.

Me dijo que ya había solucionado ese asunto de trabajo y que al final había salido la cosa incluso mejor de lo que pensaba. Se le notaba contento, y es que por lo visto, según me comentó, había cerrado un trato que iba a proporcionarle unos beneficios increíbles. Además, añadió que el hecho de que mi mujer lo acompañara le había traido suerte. En esos momentos, ella pasó junto a nosotros con unas prendas para lavar en la mano y él, sin disimulo alguno, se le quedó mirándo el culo hasta que mi mujer entró en la otra habitación. A continuación me dijo :

- "Menuda mujer tienes, Manuel, estás casado con una hembra de primera. Lo de anoche fué fabuloso, me consta que  tú también te lo pasaste fenomenal, y quería comentarte, que desde hace cierto tiempo, mi esposa y yo practicamos todo tipo de experiencias con otras parejas, hacemos trios, hemos participado en alguna que otra orgía. Esta mañana, mientras tomaba un café con Pilar, hemos hablado de estos temas y ella, entre otras cosas, me ha dicho que le gustaría probarlo con otra mujer. Creo que una experiencia los cuatro juntos sería excepcional".

Al escuchar estas palabras, un intenso cosquilleo me recorrió el cuerpo. Su proposición era de lo más tentadora, y comencé a imaginarme lo excitante que sería disfrutar de esas dos hembras juntas, ver como se enrollaban entre ellas, ver como Iñigo se tiraba a Pilar mientras yo hacía lo mismo con su mujer. Por cierto, su mujer, Rosario, es guapísima, bastante alta, rellenita, super-tetona y, según Iñigo, casi ninfómana. Contesté que me parecería estupendo vivir una experiencia de ese tipo, y él, acto seguido, sacó su móvil y la llamó. Quedaron en que ella, esa misma tarde, tomaría un autobús y nosotros iriamos a recogerla a la estación. 

Llamamos a Pilar, que se encontraba cambiándose en la habitación, para contarle lo de Rosario. Apareció vestida con un vestido bastante largo, con estampado de flores, muy fino y casi transparente. En la parte de arriba, llevaba una camiseta de tirantes, sin mangas, bastante amplia, sin sujetador. Esto provocaba que cuando se ponía de perfil se le veían gran parte de sus tetas, incluso a veces, y según su postura, se le veían al completo. Ni que decir que se puso contentísima al escuchar que Rosario llegaría esa misma noche. 

Yo, con tanto nerviosismo, había perdido hasta el apetito, por lo que apenas comí, sentándome a los pocos minutos de nuevo en el sofá mientras ellos acababan. Cada vez que Pilar se inclinaba hacia adelante para coger algo de la mesa, las tetas se le veían a la perfección. Incluso hubo un momento en el que uno de sus pechos se le salió varios centímetros por el lado. Me gustaba ver como mi amigo no perdía detalle de esto, me excitaba mucho que deseara tanto a mi mujer. 

Cuando acabaron, Iñigo se ofreció para ayudarle a fregar los platos y demás tareas. Yo me quedé viendo la televisión, y poco a poco comencé a dar cabezadas en el sofá. Me estaba quedando dormido cuando, de pronto, caí en la cuenta de que llevaban ya un buen rato en la cocina y, además, en esos momentos no se oía ningún ruido de platos, cubiertos, ni nada por el estilo. Me levanté y, sigilosamente, me dirigí a la cocina para ver que ocurría. Conforme me iba acercando, comencé a escuchar unos tenues y pequeños sonidos, que parecían ser una mezcla de gemidos y respiración agitada. Noté un calor que me subió por las piernas y se expandió por todo mi cuerpo, y sin llegar a entrar, me quedé observando desde el pasillo. La escena que ví me provocó una erección casi dolorosa.

Iñigo estaba sentado en un taburete, con las piernas abiertas, sin pantalones ni calzoncillos, y Pilar tenía la cabeza metida allí en medio, haciéndole una mamada de polla que, debido a su larga melena rubia, yo no podía observar con detenimiento. Movía la cabeza arriba y abajo, arriba y abajo. Sus preciosos cabellos se enredaban a veces con la gorda polla y entonces, cuando se los apartaba con la mano, era cuando podía disfrutar de la cachonda imagen de ese rabo entrándole en la boca. Engullía su miembro hasta lo más profundo, tanto que a veces desaparecía por completo, quedando solo visibles los cojones.

Entré allí con los pantalones bajados y los calzoncillos por las rodillas, quitándome dichas prendas por completo cuando me senté en otro taburete que había. A la vez que lo hacía, no paraba de mirarlos. Iñigo tenía los ojos medio cerrados y se le notaba, por la expresión de su cara, el placer que estaba recibiendo. Comencé a masturbarme mientras con la otra mano le sujetaba la melena a Pilar haciéndole más cómoda su tarea, y consiguiendo yo una perfecta visión de la mamada. 

Al cabo de unos minutos, ella posó su mano en una de mis piernas y fué subiendo lentamente hacia arriba, sin sacarse en ningún instante la polla de Iñigo de la boca. Con la palma de la mano abierta, me agarró todo el paquete y luego se dedicó a acariciarme los cojones, para acabar finálmente cogiéndome el rabo con firmeza y masturbándome con un movimiento rítmico perfecto. Me estiré un poco hacia atrás, me relajé y disfruté de la fenomenal paja. Por lógica, a nuestro amigo no debía faltarle mucho para llegar al orgasmo, así que me mantuve atento para no perder detalle de como le soltaba los chorros de leche a Pilar en la cara.

Yo también estaba casi a punto, no podía resistir más, necesitaba liberar de mi cuerpo tanto líquido acumulado, producido por tanta excitación. Entonces, mi esposa soltó mi polla y, con ambas manos, agarró a Iñigo por la cintura y empezó a succionar con más rapidez. Me parcaté de como él cerraba los ojos con fuerza y de como los músculos de sus piernas y de su vientre se contraían. Adiviné que había llegado el momento, así que me agarré la polla, seguí pajeándome y a los pocos instantes, ví como un torrente de espesa leche caía sobre el rostro de mi querida esposa. Su polla escupió dos o tres chorreones más, que fueron a parar a su frente, pelo, nariz... Yo me corrí un par de segundos después, siendo ayudado por la mano de ella y depositando la leche en sus tetas. Por útlimo, cogió las dos pollas, se las llevó a la boca a la vez y les dió unas cuantas lamidas para dejarlas limpias.

Nos dimos una buena ducha (los tres juntos, por supuesto) y esto hizo, por motivos obvios, que nos pusieramos calientes de nuevo. Sin embargo, pensamos en que era mejor no gastar todas las fuerzas durante el día porque la noche prometía ser bastante movidita, así que resistimos la tentación y nos pusimos a hacer cosas varias (ver la tv, escuchar música, etc) hasta que llegó la hora de recoger a Rosario. Yo no podía disimular mi nerviosismo, y Pilar tampoco. Debo decir que en todos estos años, yo nunca había estado con otra mujer, ni siquiera con prostitutas. Así era mucho más excitante, contando con su aprobación, delante de sus narices, mientras ella hacía lo mismo con Iñigo. Para colmo, también iba a disfrutar de su primer número lésbico.

Cuando Rosario avisó a través del móvil de que estaba entrando en la ciudad, nos apresuramos, rapidamente cogimos el coche y fuimos hasta la estación. Fué una de las primeras en bajar del autobús. Se podían apreciar sus pronunciadas curvas a pesar de que llevaba puesto un chandal y una amplia sudadera. La gachí era una buena jamona. Morena, pelo bastante largo recogido en una coleta, un poco más alta que nosotros, caderas anchas, rellenita y con dos tetazas de impresión. No era, para ser sinceros, muy agraciada de cara, pero tampoco era fea. Cuando nos dirigiamos hacia ella, mi mujer, agarrándome de la cintura y acercando su boca a mi oreja, me susurró : "Cariño... me encanta... solo pensar que me lo voy a montar con esta macizorra hace que el coño se me haga agua... mira, mira que tetorras, amor mío, mira que culo tiene... ufff, no veas como estoy".

Tras las presentaciones, nos subimos al coche y regresamos. Rosario no paró de hablar en todo el camino, era una mujer que derrochaba simpatía. Pili y yo observábamos todos sus gestos, movimientos... Aquella mujer nos gustaba, y eso que aún no la conocíamos "a fondo". Por fin, llegamos a casa. Iñigo y yo nos echamos unos pelotazos de Whisky, pusimos un CD de Pink Floyd en el reproductor y esperamos allí mientras Pilar le enseñaba la casa a Rosario y conversaban de cosas típicas de mujeres. 

Durante el tiempo en el que estuve a solas con mi amigo, la charla que manteníamos fué derivando, poco a poco, en temas sexuales. Hablamos de nuestras esposas, de lo buenas que estaban y de lo ardientes que eran. También estuvimos comentando lo del trío con mi mujer. Total, que al cabo de unos minutos, de repente, Iñigo me agarró el paquete y me dijo : "Ufff, ¡que ganas tengo de ver esto entrando y saliendo del chocho de mi mujer!". No me dió tiempo a contestarle, pues en ese momento aparecieron Pilar y Rosario. Ambos nos quedamos boquiabiertos. Nuestras chicas se habían cambiado de ropa, se habían puesto "cómodas". ¡Y de qué manera!.

Las dos vestían lencería de lo más sugerente. Estaban fabulosas. Mi mujer llevaba un conjunto blanco, compuesto por unas medias, liguero, tanga y un sujetador que jamás le había visto puesto, con agujeros en el centro que dejaban libres sus pezones y aureolas. Al parecer, se lo había traído Rosario. También me enteré, más tarde, que le había traído un consolador doble y unas bolas chinas. Por último, decir que tenía puestos unos zapatos de tacón y llevaba el pelo recogido en dos juveniles coletas. 

Rosario, por su parte, llevaba un conjunto rojo igualmente atrevido. Un liguero sujetaba sus medias de red, que descubrían sus largas y jamonas piernas, realzadas por altos zapatos de estilete. Completaba su atuendo un minisujetador de encaje semi-transparente, que cubría bien poco de sus deliciosas tetorras, y que las empujaba para arriba y las ponía respingonas. 

Se quedaron unos segundos delante nuestra adoptando diferentes poses y andando sensuálmente de un lado para otro para que las vieramos bién. Después se servieron unos cubatas y se sentaron junto a nosotros, Rosario a mi izquierda y mi mujer a la derecha de Iñigo, ya que ambos estábamos pegados. Comenzamos a hablar de asuntos laborales y familiares, pero después de un rato, cuando ya llevábamos varios pelotazos en el cuerpo, empezó a calentarse el ambiente. Fué Rosario la primera en sacar el tema del sexo, aunque Pilar reaccionó rapidamente y empezó a comentar lo maravillosamente bien que se lo había pasado haciendo el trio con Iñigo y conmigo.

Nos contaron paso por paso sus inicios en, digamos, el mundo liberal. Mi mujer y yo los escuchábamos con atención, y de vez en cuando cruzábamos alguna que otra mirada cómplice. De repente, observé que Iñigo había puesto su brazo derecho sobre los hombros de Pilar y con su otra mano, con la cual sujetaba el cubata, acariciaba suavemente su pierna izquierda. Mientras seguía escuchando a Rosario, me levanté para llenarme el vaso y cuando volví a sentarme, Iñigo acariciaba toda la pierna de mi mujer de arriba a abajo y Rosario se acercaba a ellos sentándose en mi sitio, susurrándole a su marido cosas acerca del cuerpo de Pilar y comenzando a acariciarle la entrepierna.

Me senté de nuevo, y al instante Rosario se giró hacia mí, se sacó las tetas por encima del sujetador y me preguntó mi opinión sobre ellas. Le dije que eran fabulosas. A continuación, comencé a pasarle suavemente mis dedos por uno de sus pezones, pasando de uno a otro para, finálmente, acabar agarrándole los pechos abarcándolos con las palmas de mis manos. Comenzamos a besarnos. Me abrió la bragueta y, sin dejar de mover su lengua dentro de mi boca, me sacó la polla y comenzó a pajearme. Dada la incomodez que me causaba el pantalón, le dije que parara un momento y me quité, con su ayuda, absolutamente toda la ropa.

Me separó las piernas, y poniéndose de rodillas, me masajeó los cojones con una mano y me pajeó lentamente con la otra. Con sus ojos, me hizo gestos para que mirara hacia mi lado y viera la fenomenal mamada que mi esposa le estaba haciendo a Iñigo. Tras hacer varios comentarios sobre lo bien que la chupaba Pilar, Rosario acercó su boca a mi durísima polla y empezó a pasar la lengua por el capullo, haciendo movimientos circulares e introduciéndose, paulatinamente, todo el rabo por completo, hasta que solo quedaron visibles mis huevos.

Completamente excitado, e intercalando mis miradas entre lo que hacía mi mujer y la boca de Rosario chupándomela, empecé a mover mi cuerpo de atrás hacia adelante, follándome frenéticamente su boca, sin que hubiera necesidad de que ella moviera la cabeza. 

Cuando quise darme cuenta, mi mujer ya estaba en el suelo, a cuatro patas y recibiendo por el coño la verga de Iñigo. Se había quitado únicamente el sujetador, porque los zapatos aún los llevaba puestos, al igual que su tanga, que estaba un poco apartado hacia un lado para permitir la entrada del miembro de nuestro amigo. Se la follaba con un ritmo bastante rápido, la agarraba firmemente de las caderas y además, empezó a meterle un dedo por el culo, cosa que hizo que mi esposa empezara a gemir tan fuerte que Rosario tuvo que alargar la mano para taparle la boca. Entonces, acercándose más a ella, se agarró una teta y se la puso a mi mujer en la boca para que así se entretuviera moviendo la lengua.

Coloqué a Rosario a cuatro patas y se la clavé por el coño hasta el fondo. Ellas quedaron la una enfrente de la otra y empezaron a besarse mientras nosotros no parábamos de follárnoslas. A veces, por la rapidez de mis embestidas, la polla se le salía del coño, debido a lo resbaladizo que estaba, pues lo tenía completamente encharcado. Cuando noté que iba a correrme, se la saqué y me puse a la altura de su boca. 

Ella y mi mujer se pusieron a chupármela, me comieron el culo, los cojones, hasta que acabé vaciándome sobre sus caras, echándoles múltiples disparos de leche que recogieron con sus lenguas. Después, se besaron apasionadamente, y a los pocos segundos se corrió Iñigo, que lo hizo abundántemente en la espalda de Pilar, dándole después un erótico masaje con la leche. 

Descansamos durantes unos (muy breves) minutos y nos dirigimos a nuestra habitación. Rosario tumbó a Pilar en la cama de matrimonio y le hizo una larga e intensa mamada de coño. Mi mujer se tocaba las tetas y le suplicaba, entre gemidos, que continuase sin detenerse. Iñigo y yo las observábamos y nos tocábamos las pollas mutuamente. Rosario separaba con sus dedos los labios vaginales de Pilar e introducía la lengua hasta el fondo. También le pasaba la lengua por fuera, a lo largo de toda la raja, rápido algunas veces y muy despacio otras.

Al final, se enzarzaron en un magnifico 69 que hizo que mi calentura llegara hasta tal punto, que me agaché y empecé a chuparle la polla a Iñigo, introduciéndomela todo lo que pude en mi boca y dándole lametones desde el capullo hasta la base. También dediqué bastante tiempo a sus huevos, que chupé alternativamente con delicadeza. A todo esto, yo no perdía ojo de lo que hacían las chicas. El hecho de ver a mi mujer comiéndose el gordo chocho de Rosario me tenía loco. 

Iñigo y yo nos situamos junto a ellas e iniciamos un 69 también. Mi mujer estaba a mi derecha, boca arriba, lamiéndole el coño a Rosario sin pausa. Con mi mano, y sin dejar de chuparle la polla a mi amigo, empujé el culo de ésta hacia abajo para refregarlo bién contra la cara de Pili. Además le metí un dedo en el culo, por lo que, debido al gustazo que le causó, comenzó a mover las caderas y a empujar aún más, provocando que mi esposa casi no pudiera ni respirar.

Pocos minutos después, sentí caer sobre mi cara varios chorreones de leche que yo, con nerviosismo, intenté atrapar con la lengua, consiguiendo saborear gran parte de su corrida. Masturbé aquella polla para acabar de exprimirla y me la volví a meter en la boca, mientras él seguía chupándomela. Nuestras esposas no perdían detalle de lo que hacíamos nosotros y seguían devorándose los coños, cada vez con más ansias. 

Ví como mi mujer le metió la lengua en el orificio anal, y Rosario, en un momento máximo de locura, empezó a romperle las medias, a gritar obscenidades y a morderle los muslos. Al poco tiempo, eyaculé. Iñigo se tragó hasta la última gota de mi leche. Nos limpiamos nuestras pollas mientras ellas acababan y después los cuatro nos quedamos un rato tumbados en la cama, cada uno abrazado a su respectiva pareja.

Decidimos que aquella noche, yo dormiría con Rosario en la habitación de invitados, e Iñigo se quedaría allí con mi mujer. Esto me permitió poder disfrutar con más tranquilidad y más a fondo del espléndido cuerpo de esa ardiente hembra. Estuvimos follando hasta casi el amanecer. Fue tremendo, colosal. La gachí era una perra en celo, reconozco que me dejó reventado, y al día siguiente me levanté con unas agujetas del copón. 

Después de tomarnos unos aperitivos, Pilar propuso ir a comer a algún restaurante. A todos nos pareció una buena idea. Cuando ya nos encontrábamos a punto de tomar el ascensor, Rosario me pidió que abriese de nuevo la puerta de la casa y ella y mi mujer volvieron a entrar, diciéndonos que nos esperáramos y que solo tardarían un minuto. Cuando regresaron, muy sonrientes por cierto, nos explicaron que se habían colocado unas bolas chinas en el chocho. Mi mujer, al entrar en el ascensor, me agarró el paquete y si no llega a ser porque conseguí tranquilizarla, me hubiese hecho una mamada allí mismo.

Mientras caminábamos hacia el coche cogidos de la cintura, se le notaba, por su manera de andar, el gusto que estaba sintiendo en su conejito. No paraba de decirme al oido que aquello era fantástico. Me fijé en que a Rosario se le notaba aún más, pues al andar movía sus caderas de manera casi exagerada. Cruzaron una mirada ella y mi esposa y se sonrieron. 

Entramos en el vehículo y Pilar le preguntó a Rosario si aquello no sería un descaro, pues estaba casi a punto de correrse y temía que en el restaurante, después de varios orgasmos, le cayeran hilillos de flujo por las piernas y la gente se lo notara, ya que llevaba puesta una falda bastante corta. Rosario la tranquilizó y le dijo que no se preocupara. También añadió, entre risas, que el hecho de que la vieran tenía mucho morbo. 

Habíamos elegido uno de los sitios más caros de la ciudad. El camarero nos tomó nota y, acto seguido, mi esposa, mirándonos pícaramente, se levantó y se dirigió al servicio. Entre nosotros tres nos quedamos hablando del mayúsculo efecto que habían causado las bolas chinas en Pilar. La verdad es que es una persona de fácil excitación y con un coño bastante sensible, pero no pensé que llegase al extremo de tener que ir al servicio de un sitio público para masturbarse.  Tardó unos cinco o siete minutos.Vino mucho más relajada. 

Tras comernos el primer plato, fuí a echar una meada. Cuando me estaba subiendo la cremallera del pantalón y me disponía a salir del cuarto de baño, entró Rosario allí, me cogió del brazo y nos metimos en uno de los wc individuales. Se sentó sobre la taza, se levantó la falda, se echó el tanga para un lado y empezó a tirar, suavemente, del hilo de las bolas chinas. Me acerqué, me agaché y empecé a lamerle el chocho. Volví a meter las bolitas, y cuando de nuevo estaban todas dentro, comencé a tirar del hilo para sacarlas otra vez. Alternativamente, con mi lengua, le daba lengüetazos en el clítoris.

Momentos después, me senté, ella se me subió encima y empezó a cabalgarme. Yo le besaba el cuello y le tocaba las tetas, y ella cada vez saltaba con más fuerza, hasta que acabé eyaculando dentro de su encharcado coño sintiendo un enorme placer. Salimos de allí como si nada hubiera sucedido. El segundo plato estaba casi helado.

Lo gracioso es que Iñigo y mi mujer no habían perdido tampoco el tiempo. Ella se había entretenido metiéndole mano en el paquete e incluso lo había masturbado por algunos momentos. Él, por su parte, había estado jugueteando con el hilito de las bolas chinas y la había pajeado ligeramente, aprovechando ambos el hecho de que gracias al largo mantel de la mesa, no podía apreciarse lo que allí abajo ocurría. Estaban tan calientes, que al poco de sentarnos Rosario y yo, se levantaron y fueron a echar un polvo, esta vez en los servicios de señoras.

Ni siquiera pedimos postre. Teníamos tal calentura que salimos casi corriendo para casa. Estuvimos toda la tarde follando. Iñigo y Rosario se quedaron un par de días más y a partir de ese día, nos llamamos con bastante frecuencia y hemos llevado a cabo con ellos más experiencias de este tipo que, quizás, me anime a contaros en otra ocasión. Hoy por hoy, Pilar y yo disfrutamos de una muy feliz y plena vida sexual que antes ni siquiera habíamos podido imaginar. En definitiva, ¡lo que nos habíamos estado perdiendo!.

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