De todo esto pusimos al
corriente a Puri y a Oscar y acordamos hacer lo posible por meter en
nuestro círculo incestuoso a Elena y a su hijo. Yo fui el que puso más
empeño pues Elena cada vez me atraía más como hembra. Oscar, por
supuesto, dijo que contáramos con su colaboración si era necesaria.
Quedamos entonces en tratar de aprovechar la primera oportunidad que se
nos presentara.
Días tras haber estado yo con
Puri en su casa, al marcharme dio la casualidad de que Elena, subía por
la escalera. Entonces yo aproveché para tocarle fugazmente una teta a
Puri fingiendo disimular mi acción pero asegurándome de que Elena me
viera claramente. Esta nos saludó y sin más siguió subiendo por la
escalera. Entonces, cuando Elena ya estaba fuera de nuestro alcance
visual, yo le dije a Puri asegurándome de que Elena me oyera claramente:
- Bueno, guapetona, mañana te
veo a esta misma hora.
También para acabar le di a
Puri un beso que sonó lo suficiente como para que Elena, aunque ya
estuviera un piso más arriba se diera perfecta cuenta de que había besado
a Puri. Al día siguiente a la misma hora estaba en casa de Puri, por
cierto para echarle un polvo en un caliente trío en compañía de su hijo.
Fue una sesión muy excitante
pues Puri nos provocó con unas minifaldas realmente cortas que se había
hecho ella misma a partir de faldas que ya no se ponía. La muy cachonda
nos puso tan calientes con su exhibición de muslos y culo con aquella
colección de minis que le hicimos de todo y los tres gozamos de lo lindo.
Puri llegó a experimentar cuatro intensos orgasmos mientras nosotros nos
corrimos dos veces cada uno; yo una en el chocho de Puri y otra en su
cara mientras que Oscar eyaculó una vez en la boca de su madre y otra
sobre sus nalgas tras follarla al estilo perro.
Cuando acabamos, tras hacerles
partícipes de mi plan, más o menos a la misma hora del día anterior salí
de casa de Puri y ésta me acompañó llevando sólo puesta un bata más bien
desabotonada siendo perfectamente visible que debajo no llevaba nada. Una
vez en el quicio de la puerta de Puri me fijé en que una sombra se
insinuaba por la escalera en el piso de arriba, señal inequívoca de que
alguien estaba mirando desde el piso superior. Le guiñé a Puri
confirmando que mi sospecha y mi plan habían sido acertados.
Entonces, y con la casi
completa seguridad de que Elena nos observaba desde arriba, le metí
decididamente mano en las tetas a Puri por dentro de la bata y le planté
un buen morreo en la boca con lengua. Cuando yo ya me iba Elena apareció
bajando por la escalera para ir a la calle. Nos saludó y sonrió con
picardía. Yo entonces me despedí de Puri y siguiendo el plan trazado,
acompañé a Elena escaleras abajo. Para iniciar la estrategia de ataque le
dije piropeándola que a dónde iba tan guapa y ella tras sonreír y
contestarme que a dar un paseo me dijo:
- Y gracias por llamarme
guapa; ya no le dicen eso todos los días a una mujer de mi edad.
- Pues a mi es que las mujeres
de tu edad me parecen precisamente las más guapas. Como te dijimos el
otro día tu hijo y yo cuando estábamos con mi madre, a mí me gustan mucho
las mujeres que ya no son unas crías, vamos. Y si son tan atractivas como
tú...
Esto último se lo dije
lanzándole una mirada absolutamente indisimulada a sus tremendas tetas.
Ella sin duda captó mi mirada y sonrió con un cierto toque de picardía.
- Pues es todo un halago
gustarle a un chico como tú ya a mi edad. Muchas gracias.
- No hay de qué, me pareces
una mujer muy atractiva, ya te digo, así que si a ti no te molesta a mi
me parece estupendo poder decírtelo. Si no te parece bien pues
disculpa...
- ¡Uy, hijo! Nada que
disculpar, todo lo contrario, ya te digo, muchas gracias por los piropos,
que todos los días no se los echan así a una.
- Pues bien merecidos los
tienes, Elena, que ya te digo que eres muy atractiva y estás muy, muy
guapa. – Y volví a echarle sin ningún disimulo una apreciativa y
sostenida mirada a sus voluminosos pechos.
- O sea que te gustan las
mujeres ya un poco mayores ¿no?
- Pues sí, la verdad, me
encantan las maduritas y rellenitas como tú.
- ¿Y hay alguna en especial
que te guste? – Preguntó ella con un evidente tono de malicia en la voz.
- Bueno, pues si no te molesta
que te lo diga, por ejemplo tú, Elena; ya te he dicho que eres muy
atractiva.
- ¿Y alguna más que te guste
especialmente? – Insistió ella sonriendo con aquel tono de picardía.
- Bueno, pues no se; supongo
que sí que me gustan algunas otras maduritas... Siempre que tengan un
cuerpo natural y de verdad y estén bien a mi me gustáis mucho las mujeres
de tu edad...
Dejé caer mi afirmación
tratando de provocar alguna reacción en ella que me diera pie ya
directamente a proponerle algo más concreto pero su reacción me
sorprendió un tanto.
- Te llevas muy bien con Puri
¿eh? – Dijo de nuevo con aquel tono lleno de picardía.
Yo le sonreí también con
picardía y le contesté:
- Sí, me lo paso muy bien con
ella, es muy maja. La verdad es que me gusta mucho estar con ella.
Además, como veníamos diciendo, ya sabes que a mi me gustan las mujeres
un poco maduritas, como Puri y como tú, Elena así que... - Y entonces le
di una suave palmada en su trasero haciendo que la madura mujer sonriera
con satisfacción.
- ¡Ay, qué chico este, qué
chico... que no se si es que le gusta tomarnos el pelo a las que ya somos
un poco mayores!
- Todo lo contrario, Elena.
Con lo que me gustáis a mi... Si vosotras supierais lo que me gustáis...
- Los dos reímos con picardía y ya nos separamos pues habíamos llegado a
un punto en que cada uno iba en distinta dirección,
Este incidente inicial que
empezó a abrir el camino de una eventual relación con Elena tuvo su
continuación días más tarde. En concreto una tarde en la que yo
acompañaba a mi madre y nos encontramos en la calle otra vez con Elena y
con su hijo que ya se dirigían a casa. Nos saludamos y comenzamos una
conversación trivial que pronto, por iniciativa mía y secundado por José,
aunque con cierto temor al principio por parte de éste, pronto
convertimos en una verdadera sesión de cortejo a nuestras madres.
Comenzamos piropeándolas con
desenfado, sobre todo yo para romper el hielo. Mi madre, por supuesto
colaboraba activamente y quizá fue eso lo que hizo que Elena, a pesar de
la presencia de su hijo, se desenvolviera con un talante abierto,
aceptando nuestros piropos de buen grado y riendo divertida con ellos.
Ellas, por otro lado, muy en su papel, también trataban de mostrarse
modestas y de quitarle peso a nuestros piropos. Para ello no hacían más
que decir que si bien de jóvenes alguno de nuestros piropos sí podían
haberles hecho justicia, ahora la cosa ya era más discutible.
- Mira mamá, cuando eras joven
estarías bien buena, de eso no tengo duda – le decía yo a mi madre
mientras le daba un cachetito en sus amplias nalgas, - pero ahora no me
digas que con este cuerpazo no levantas los ánimos de muchos hombres ¿eh?
Los cuatro reíamos y yo
apostillaba:
- Mira que tenéis encantos
suficientes las dos para atraer a más de uno y a más de dos. Y para
prueba aquí estamos José y yo que bien podemos afirmar que nos gustáis y
mucho ¿eh, José?
- Ya lo creo... – decía él un
tanto dubitativo al principio aunque visiblemente excitado por el tono de
la conversación que habíamos iniciado con su madre y con la mía.
- Bueno, bueno, ya será menos
– decía Elena riendo alegremente y haciendo que sus voluminosas mamas se
movieran de forma tremendamente excitante. – Si seguro que hasta os da un
poco de vergüenza que os vean vuestros amigos con nosotras...
- ¿Vergüenza? Es todo un
orgullo. – Dijo José, que se iba soltando más y más por momentos.
- Desde luego – apoyé yo. –
Seguro que hay un montón de chicos jóvenes que estarían deseando ir con
vosotras pero ¿quiénes son los que están con este par de hembras tan
atractivas? Pues nosotros.
- No exageréis – decía mi
madre, siguiendo la corriente de la conversación. - ¿Cómo va a haber
jóvenes que quieran estar con unas cincuentonas, hombre?
- Pues porque las
cincuentonas, si están tan buenas como estáis vosotras, son de lo más
apetecibles, podéis creernos. – Dije yo haciendo que mi madre y Elena
rieran divertidas.
- ¡Ay, qué chicos! – decía
Elena. – La verdad es que le alegráis a una el día aunque digáis esas
cosas de broma.
- Nada de bromas, Elena. Yo lo
digo de verdad.
- Sí, hombre... Una cosa es
que nos queráis como madres y eso está muy bien pero como mujeres...
¡cómo vais a estar orgullosos de ir con dos mujeres como nosotras! Que
tampoco somos tontas y sabemos que ya no tenemos unos cuerpos como para
hacer volver la vista a los hombres...
- Será que ya no os dais
cuenta de las miradas que os echan… - Seguía diciendo yo.
- Sí, hombre, si a nosotras ya
no nos mira nadie. Estamos ya hechas unas vacas...
- Ya te dijimos el otro día,
mamá, que a nosotros lo que nos gusta de una mujer es precisamente que
sea una buena vaquita y no una cordera esmirriada... Vamos, como
vosotras. – Intervino el hijo de Elena haciendo que ellas rieran
halagadas.
- Bueno, Elena, me parece que
tenemos dos verdaderos admiradores aquí y si de verdad les gustamos tanto
sería una pena desperdiciar la ocasión ¿eh?
- Sí que a nuestra edad ya no
le salen a una pretendientes todos los días, ja, ja, ja.
Él resultado de aquel
encuentro y aquella conversación no podía haber sido mejor pero la
situación ya no daba para más así que tras unos nuevos piropos y
requiebros a las dos maduritas ya nos fuimos cada pareja a su casa.
Por el camino mi madre me
comentó que veía muy factible el que yo me tirara a Elena y a partir de
ahí ya podríamos incluir a José en nuestro círculo incestuoso porque eso
ya sería mucho más sencillo. El cómo dar el paso definitivo era la gran
duda del momento pero eso se resolvió favorablemente pocos días después.
Era una tarde cuando yo me
dirigía a casa cuando me encontré con Elena a la altura de mi portal. En
ese momento también llegaba mi madre y tras una breve charla a modo de
saludo, mi madre propuso que subiéramos todos a su casa para tomar un
café y seguir charlando.
- Es que últimamente tenemos
unos encuentros de lo más largos en la calle y oye, mejor se está en casa
tomando un cafetito y charlando tranquilamente ¿no? – decía mi madre
mientras subíamos los tres en el ascensor.
Cuando ya en casa nos hubimos
sentado en la sala y mi madre nos hubo puesto el café yo, para abrir
tema, dije:
- Al que le va a dar un ataque
de envidia es a tu hijo José, Elena, cuando le cuente que he estado un
rato con las dos charlando y tomando café.
- Bueno, tomar un café con
nosotras no es como para ponerse envidioso aunque de verdad os guste
tanto como decís estar con nosotras. – Dijo mi madre.
- Sí, pero cuando le cuente
que además de estar con vosotras os he estado viendo, aunque sea así de
poco, esas piernas tan bonitas que tenéis... – Dije yo aludiendo y
señalando con la mirada las piernas de las dos mujeres cuyas faldas
dejaban ver desde justo por encima de la rodilla.
- ¡Uy, gracias por el piropo,
hijo! – dijo Elena. Y además que vaya dirigido a las piernas es toda una
novedad...
- Bueno, las tenéis las dos
bien bonitas ¿no? Es lógico que os las piropeen.
- Lo que quiere decir Elena es
que de los pocos piropos que nos echan por la calle seguro que ninguno es
para nuestras piernas aunque las tengamos bonitas como tú dices. – Dijo
mi madre haciendo que la conversación se orientase hacia el terreno que
nosotros pretendíamos.
- ¿Ah, no? – dije yo
haciéndome el inocente. - ¿Y qué os piropean entonces?
- Bueno, como hay confianza y
últimamente no hacemos más que hablar de nuestros encantos supongo que te
lo podemos decir ¿verdad? – dijo mi madre riendo y dirigiéndole una
mirada cómplice a su amiga Elena. – Bueno, hijo, pues a mi, y espero que
no te avergüences al saberlo...
Aquí mi madre se calló un
momento y dudó o simuló dudar un poco quizá para ver cómo se tomaba Elena
que entráramos en aquel terreno tan confidencial. Como Elena sonreía
decidida y sin mostrar en absoluto que la conversación la incomodara yo
decidí dar un empujón a la iniciativa de mi madre diciendo:
- ¿Avergonzarme? Todo lo
contrario, mamá. Me agradará mucho saber que te piropean los hombres. Te
puedo asegurar que me siento muy orgulloso de que a mi madre le echen
piropos por la calle, desde luego.
- ¿De verdad te parece bien
que los hombres por la calle le digan cosas a tu madre? ¿No te molesta? –
me preguntó Elena.
- Si a ella le molestara yo
también me enfadaría pero si a mi madre le gusta a mi me encanta que mi
madre guste a otros hombres. Lo veo normal porque ya os digo que a mi
también me parece que mi madre está muy bien; que las dos estáis muy
buenas de hecho así que... Me siento muy orgulloso de que te echen
piropos, mamá.
- Sí, pero si supieras las
cosas que me dicen algunos... Y seguro que a Elena también le dicen unas
cosas que no veas.
- Anda venga, mamá, dime qué
te dicen y qué te piropean, que seguro que estoy completamente de acuerdo
con los piropos que te echan.
- Bueno, pero es que me da un
poco de vergüenza – seguía mi madre con aquella en cierto modo actuación
para dar confianza a Elena y que ella se sumara también a las
confidencias subidas de tono.
- Venga, mamá, hombre, que
somos todos mayorcitos y no me voy a escandalizar por los piropos que le
echen a mi madre. Ya te digo que más bien al contrario me voy a sentir
muy orgulloso. Y para tranquilizarte te diré que cuanto más fuertes sean
mejor, más orgulloso voy a estar de lo atractiva que es mi madre.
- Bueno, hijo, pues siendo
así... Verás, lo que creo que Elena quería decir con lo de que es una
novedad que nos digan que tenemos las piernas bonitas es que a mi por
ejemplo la mayoría de los piropos que me echan vas dirigidos a mi...
bueno, al culo, y mira que lo tengo gordo ¿eh?
- Pero mamá, a mi eso me
parece normal, absolutamente normal, porque no es que tengas un culo
gordo; lo que tienes es un culo fenomenal y muy apetitoso, eso es todo y
es perfectamente comprensible.
Los tres reímos y luego yo le
pregunté a Elena sobre los piropos que le echaban a ella. Elena se puso
un poco colorada pero enseguida dijo:
- Bueno, hijo, pues como
seguro que te estarás imaginando a mi los piropos me los echan sobre…
sobre las tetas...
- Pues también estoy de
acuerdo, Elena, porque sería de necios negar que tienes unas tetas
realmente espectaculares y tremendamente atractivas.
Las dos mujeres reían
complacidas y cada vez con más confianza.
- De todas formas, - continué
yo – y aunque me parece bien que os piropeen el culo y las tetas
respectivamente lo cierto es que en mi opinión vosotras tenéis muchos más
atractivos cada una.
- ¿Tu crees, hijo?
- Desde luego. Tu culo es
espectacular y muy atractivo, mamá y lo mismo se puede decir de tus
tetas, Elena, aunque lamentablemente no te las haya visto, - añadí yo
haciendo una broma que fue muy bien acogida por las dos mujeres.
- Eso siempre tiene arreglo –
apostilló mi madre con intención. Los tres volvimos a reír y yo continué:
- Bueno, lo que quería decir
es eso, que tenéis muchas cosas muy, muy bonitas además de esos encantos
que seguro que son los que más destacan pero la verdad, a mi me encantan
vuestras piernas, las de las dos. Se ve que tenéis unas pantorrillas muy
bonitas, muy bien torneadas y se adivina que tenéis unos muslos macizos y
muy apetitosos.
- ¡Uy, qué chaval! – decía
Elena visiblemente orgullosa de ser la destinataria de aquel piropo
compartido. ¿De verdad te gustan nuestras piernas?
- Por supuesto, os lo digo de
verdad. Y también me parecéis las dos unas mujeres muy guapas, muy
atractivas...
- ¿Sí? ¿Tú crees que no
asustamos ya con estas caras de vieja que vamos teniendo? Que ya no
tenemos la piel como con 20 años... – Dijo Elena más buscando que yo me
reafirmara en mi piropo que contradiciéndome.
- ¿Asustar? Bien guapas que
sois las dos, y os lo digo en serio. Con esa cara redondita que tenéis
las dos parecéis más jóvenes, apenas tenéis arrugas y desde luego sois
muy guapas, ya os digo; vamos, que tiene que dar gusto besaros por
ejemplo.
Las dos se reían nerviosas y
complacidas, especialmente Elena, lógicamente, pues mi madre de sobra
sabía lo agradable que para mi resultaba tanto besarla como gozar sin
límites de su macizo cuerpo de jamona.
Como el tema lo estaba dejando
en bandeja lo siguiente que hice, tras extenderme en piropos y
comentarios sobre el atractivo de sus piernas y muslos, fue sugerirles
que me enseñaran con algo más de liberalidad sus bonitas piernas. Ambas
se rieron y creo que Elena también estaba desde un primer momento por la
labor pero en cualquier caso la actitud completamente decidida de mi
madre lo ponía todo viento a favor.
Tras hacerse las remolonas un
poco, mi madre señaló que no había nada malo en enseñar las piernas a un
admirador tan sincero y que además era de plena confianza así que se
levantó del sofá y se subió la falda hasta dejarla un palmo por encima de
la rodilla mostrando con generosidad sus rellenos muslazos.
Tras esta exhibición de mi
madre Elena tuvo poca opción para negarse y por otro lado tampoco parecía
tener demasiados inconvenientes en exhibir sus muslos delante de mi. Así
que imitando a mi madre se puso de pie y entre risas se subió la falda de
igual modo mostrando también más de la mitad de sus gordos y apetitosos
muslazos.
La verdad es que las dos
estaban para comérselas. Ambas son las típicas jamonas maduras realmente
apetecibles y allí estaban las dos enseñándome divertidas sus preciosos
muslos con las faldas subidas muy por encima de lo que era preceptivo en
unas mujeres de su edad y situación.
Tras deshacerme de nuevo en
piropos sobre sus muslos, yo me atreví a acariciárselos a ambas
brevemente sin que ninguna mostrara el menor gesto de rechazo; más bien
al contrario sonreían complacidas, especialmente Elena, que parecía
disfrutar realmente con todo aquello.
Así las cosas yo decidí que
era la situación idónea para hacer avanzar aquello hasta sus últimas
consecuencias de modo que les dije que ya que me mostraban los muslos tan
bonitos que tenían también me agradaría verles aquello que era objeto
primordial de los piropos que recibían por la calle.
Me dirigí principalmente a mi
madre para no comprometer a Elena más de la cuenta en un primer momento e
insistí en que ya que me había mostrado los muslos me agradaría
sobremanera que se subiera la falda del todo y que me dejara verle su
fantástico culazo.
Las dos mujeres rieron y yo
pude apreciar que Elena no se escandalizaba sino que en sus ojos asomaba
un brillo de lujuria más que reconocible. Mi madre, para poner las cosas
aún más a favor, antes de acceder señaló con tono serio que todo aquello
debía quedar entre nosotros sin que nadie más se enterara de si me habían
enseñado los muslos o me iban a enseñar el culo. Yo por supuesto me
comprometí a ser absolutamente discreto con toda la solemnidad que fui
capaz de transmitir. A Elena esto pareció complacerle y tranquilizarla y
de hecho, tras mis palabras, fue ella misma la que dijo:
- Venga Nati, que se trata de
tu hijo así que puedes estar tranquila de que de esto no se va a saber
nada. Anda, enseña el culo ese tan gordo que tienes y que vea tu hijo por
qué te echan los piropos que te echan por la calle.
Los tres reímos y por supuesto
mi madre aprovechó la excelente disposición de Elena para darse la vuelta
y poco a poco subirse la falda hasta mostrar su espectacular y redondo
culazo cubierto solamente por unas pequeñas bragas blancas de encaje.
La visión no podía ser más
excitante, y eso que no era la primera vez que veía a mi madre con el
culo al aire o en situación decididamente sexy. Mi madre llevaba unas
sandalias blancas de tacón abiertas por detrás que realzaban sus piernas
y sus caderas; no llevaba medias pues casi era verano y mostraba por
tanto completamente desnudos sus tremendos muslazos. Y para acabar
aquellas bragas enmarcaban de forma tremendamente atractiva su generoso
culazo.
Yo simulé sentir la excitación
de ser la primera vez que veía en aquella situación a mi madre y piropeé
con voz ronca el culazo y los muslos de la jamona madurita que es mi
madre. Tampoco tuve que disimular demasiado porque de hecho estaba
completamente excitado ante la exhibición del portentoso culo y los
bonitos muslos de mi madre.
Entonces fue una intervención
de Elena la que acabó de poner el tema aún más en franquicia si es que
cabe, y es que la cachonda jamona dijo nada más y nada menos:
- Venga Nati, enseña el culo
pero de verdad, hombre, que así lo que estás enseñando son las bragas, ja,
ja, ja.
Yo entonces aproveché y dije:
- Claro, mamá, enseña el culo
y deja que te lo veamos bien que seguro que lo tienes bonito de verdad;
anda, que estamos en confianza.
- ¿Pero cómo te voy a enseñar
el culo, hombre? – dijo mi madre simulando una cierta resistencia a la
petición que prácticamente habíamos hecho de forma conjunta Elena y yo.
- Hombre, pues es lo menos que
debes hacer, mamá – y añadí con toda intención: - Si no cuando le pida
ahora a Elena que me enseñe las tetas ¿qué me va a dejar verle, el
sujetador y ya está?
Elena entonces estalló en una
sonora carcajada y dijo:
- Eso, eso, dile eso a tu
madre y que te enseñe el culo en condiciones. Y tranquilo, que si a mi me
quieres ver las tetas yo te voy a enseñar las tetas, ya lo creo que sí.
Ja, ja, ja.
Email.
[LEER
PARTE SIGUIENTE]
Contactos
reales con gente de tu ciudad:
[
PULSA AQUÍ PARA VER MÁS CONTACTOS Y REGISTRARTE GRATIS
]